La medida local del tiempo en Alustante (y II). El reloj

El sentido de la temporalidad en el pasado era mucho más laxo que ahora, y no importaba tanto como en la actualidad la exactitud de la hora. De hecho, aunque muchas ciudades, e incluso aldeas, llegaron a tener mecanismos de reloj desde la Edad Media, cada uno marcaba su hora local. Y no hablamos solo de desfases de unos pocos segundos.

Torre del reloj. Molina de Aragón.

Cabe destacar también que los primeros relojes que se documentan en esta zona geográfica a principios del siglo XV (1) eran manuales y que, para su mayor precisión, los toques eran controlados por cronómetros de arena, por lo que era necesario el contrato de operarios municipales o eclesiásticos encargados tanto de controlar el tiempo de estos primitivos relojes como de tocar las horas con la campana tirando de sogas. En 1467 se comienzan a documentar en Daroca relojes mecánicos, aunque de gran imprecisión (Rodrigo, 1996: 107); en Teruel el reloj mecánico municipal se instala en la  torre de San Pedro en 1484 (Morales y Torreblanca, 1989: 453).

Antiguo reloj de Aragoncillo (Foto realizada en 2004)

Para el caso de la Castilla meridional, exceptuando Toledo, que había tenido reloj (manual) en la catedral ya en el siglo XIII, regido posiblemente por una clepsidra o reloj de agua (2), los relojes parecen ser algo más tardíos. En Guadalajara se sabe que a mediados del siglo XV las horas se marcaban manualmente en la desaparecida torre de San Gil, y más tarde en ella se localizó el reloj mecánico (Mejía et al, 2007: 270), para pasar posteriormente  a trasladarlo a la casa del Concejo, construida en la antigua plaza de Santo Domingo, hoy plaza Mayor (Layna, 1995: 256).

En Sigüenza, cabeza del obispado, consta que ya había reloj mecánico en la catedral en 1520 (Pérez-Villamil, 1899: 157), mientras que Molina en la torre del Reloj  se localiza una campana gótica que podría indicar la antigüedad de su función. En Tortuera ya en 1676 existía un reloj en la torre de la iglesia (Marco, 2004, 204). Muchos de los pueblos del Señorío fueron adquiriendo relojes mecánicos en siglos posteriores pues, aunque sus mecanismos revelan la que debió de ser su escasa precisión, fueron instrumentos no solo destinados a la medida del tiempo sino también a mostrar un cierto prestigio y orgullo comunal.

Antiguo reloj de Castellar (Foto realizada en 2009)

En Alustante se tiene documentado un reloj en la torre de la iglesia al menos desde 1773 (3); por supuesto, sin esfera ni manecillas exteriores. Se emplazaba en una planta de forjado de madera ubicada entre el suelo de la torre y el techo del coro y, al parecer, combinaba mecanismos metálicos y de madera, según la tradición. También se sabe que, aunque localizado en la torre de la iglesia, pertenecía al concejo del lugar. En 1803 se documenta la compra de un campanillo para el relox que todavía permanece en la torre, al parecer obra del campanero (fundidor) Felipe Ballenilla (4).

Este reloj se mantuvo en la torre hasta la construcción de la torre del reloj en la fachada de la Casa del Lugar en 1925. No sería difícil seguir la cronología de las intervenciones que tuvo este reloj en la documentación municipal conservada. Así, por ejemplo, en 1782 se pagan 12 reales al maestro Joseph García “por el azeite para untar las campanas y el relox” y 60 reales a Matías Herrera, “reloxero, de la conposición de relox que a echo” (5).

En 1925, durante el primer trimestre del año, todavía se pagan 25 pesetas  al herrero Eusebio Casas “por regir el reloj”  (6). Sin embargo, el Ayuntamiento acuerda  en julio de ese año cortar «600 pinos del monte ‘Realenco’ y llevar a efecto la subasta con remate en la cantidad de 4.015 pesetas para dotar a la población de un reloj bueno, pues el actual es inservible» (7). Por otra parte, en la sesión de 1 de noviembre de 1925 el alcalde, D. Baltasar Pérez Sánchez, expone:

“que era preciso practicar una trasferencia de crédito para terminar y pagar la obra de refuerzo de la Casa Consistorial (…) para afianzar la pared del medio día de la Casa Consistorial que al mismo tiempo sirve para la colocación del reloj, y faltando todavía para el pago total de la obra 802 pesetas la Corporación acordó practicar en su vista la expresada transferencia de crédito destinando de esta cantidad 500 pesetas” (8).

Aspecto de la torre del reloj en la década de 1950

Fue un reloj fabricado (o comercializado) por D. Gonzalo Tena, de Segorbe, al que se le pagan 3.320 pesetas “por un reloj nuevo y sus accesorios adquirido para instalación en las Casas Consistoriales”. No obstante, la campana de hierro fundido pertenece a la factoría de Vitoria, Lecea y Murua. Asimismo, se pagan 695 pesetas a José María Martínez por materiales y obra de instalación del reloj, a Pelegrín Herranz “por sacos de cemento y otros materiales invertidos en el muro o torre construida en las Casas Consistoriales”  (450 Ptas); a D. Aurelio Casinos, de Santa Eulalia, por piedra (20 Ptas.); y al albañil Luis Lahoz por terminar la colocación del reloj y retirar los andamios(12 Ptas) (9). Consta que también participó en el montaje del reloj el polifacético carpintero Pedro Herranz Ruiz a quien, sin duda, se debe el bastidor de madera con unas iniciales en letra neogótica: B. P. (Baltasar Pérez).

Reloj de Alustante, actualmente en el salón de plenos del Ayuntamiento.

Según nos informaba Juliana Sanz  Sánchez (1913-2011) la llegada del nuevo reloj no fue muy bien recibida por el pueblo, expresándose  opiniones como: «Antes teníamos un reloj de pueblo, el de ahora es un reloj de barrio» y al alcalde Baltasar se le decía: «Balterre, el reloj va mal». Lo cierto es que el reloj tuvo algunos defectos mecánicos que se mantuvieron hasta su sustitución en 2005, esta vez conservando su maquinaria íntegramente.

Detalle de un lateral del reloj.

Actualmente cualquier dispositivo electrónico cotidiano posee un reloj cuya perfección sincrónica con el resto de dispositivos del resto del planeta puede tener a lo sumo, si es que los tiene, pequeños desfases contados en milésimas de segundo. Sin embargo, escuchar la campana del reloj del pueblo o la campana de la iglesia llamando a misa, nos debe hacer recordar que hasta hace relativamente poco el ser humano se regía por unidades temporales tan relativas y flexibles que los relojes públicos eran más un objeto de ornato y ostentación que un artefacto para controlar el tiempo. Hoy, debido a la precisión horaria, el caso ha llegado al punto contrario: el tiempo controla al ser humano hasta casi convertirlo en un objeto, una maquinaria de producción.

Notas:

(1) El primer reloj documentado en Teruel data de 1425, y parece ser un reloj de arena que indica las horas; un reloxero estaba encargado de ‘ministrar, regir e toquar  de día e de noche el dito reloig’ (Morales y Torreblanca, 1989: 423).

(2) En 1255 se inventaría en la catedral de Toledo ‘un orlogio desbaratado’, si bien no se documenta de nuevo un posible reloj en esta catedral, esta vez mecánico, hasta 1357, 1366 o 1371 (Pérez Álvarez, 2018: 51-52), lo que no quiere decir que no existieran otras formas de medir el tiempo para, a su vez, tañer horas manualmente.

(3) A raíz de unas obras en la torre de la iglesia de Alustante se lee en los gastos de 1772-1773: “Más doscientos treinta y siete reales y medio que importaron los ladrillos, yeso y madera que se gastaron en solar el piso del campanario, componer las escaleras y hechar (sic) un  balostreado sobre el relox y pagar al maestro y oficial sus jornales” (Archivo Parroquial de Alustante, 12.3, 34v.)

(4) Archivo Parroquial de Alustante, 12.3, 196v.

(5) Archivo Municipal de Alustante, Contabilidad, 1780-1783,30v.

(6) Archivo Municipal de Alustante, Diario de Intervención 1925-1926. 32.

(7) Archivo Municipal de Alustante, 8.4, 3v-4r.

(8) Archivo Municipal de Alustante, 8.4, 8r.

(9) Archivo Municipal de Alustante, Diario de Intervención 1925-1926, 33-34, 38.

Bibliografía:

Gómez Pellón, Eloy. “El tañido del tiempo” en Las campanas: Cultura de un sonido milenario. Santander: Fundación Marcelino Botín, 1997, pp. 41-65.

Layna Serrano, Francisco. Historia de Guadalajara y sus Mendozas en los siglos XV y XVI, tomo III. Guadalajara: Aache, 1995 (2ª Ed.).

Marco Martínez, Juan Antonio y Heredia Heredia, Francisco Javier. Tortuera. Una villa, una historia. Guadalajara: Aache, 2004.

Martín-Artajo G., Javier y Buey Pérez, Jacinto del. Relojes de sol de Guadalajara. Recorrido gnómico por la provincia. Guadalajara: Diputación provincial, 2004.

Mejía Asensio, Ángel, Rubio Fuentes, Manuel, Salgado Olmeda, Félix. Historia moderna de la provincia de Guadalajara : (siglos XVI-XVIII). Guadalajara: Bornova, 2007.

Morales Gómez, Juan José y Torreblanca Gaspar, Mª Jesús. “Tiempo y relojes en Teruel en el siglo XV” en Aragón en la Edad Media, nº 8 (1989), pp. 449-474.

Pérez Álvarez, Víctor. Técnica y fe: el reloj medieval de la catedral de Toledo. Madrid: Fundación Juanelo Turriano, 2018.

Pérez-Villamil, Manuel. La catedral de Sigüenza. Madrid: Tipografía Herres, 1899 (Ed. facsímil, Madrid: 1984).

Rodrigo Estevan, María Luz. “Relojes y campanas. El cómputo del tiempo en la Edad Media” en El Ruejo. Revista de Estudios Históricos y Sociales, 2 (1996), pp. 93-130.

La medida local del tiempo en Alustante (I). Las esferas de misa

Pasan casi inadvertidos pero, si uno se fija bien, allí están. En la parte derecha de la portada de la iglesia hay un conjunto de círculos, cinco en total, a los que cruzan varios radios y en su centro se halla una hendidura más o menos pronunciada. Podrán parecer meros adornos; quizá alguien que se ha entretenido trazándolos con un compás. Pero no. Aunque es imposible negar que también en el pasado había lugar para la distracción y el juego, con el tiempo uno se va acostumbrado a ver que, en según en qué momentos y sitios, muy pocas veces se daba puntada sin hilo.

Localización general de las esferas de misa de Alustante

Así, estos círculos pertenecen a una tipología de relojes de sol muy simple denominada esfera de misa. Su funcionamiento es muy sencillo: basta con poner en el centro de la esfera un pequeño palo, con la mano (1),  y la sombra que este proyecta indica la hora aproximada. Claro está que la posición del sol en cada época del año implicaría una desviación de la sombra sobre la esfera, lo que hipotéticamente explicaría la presencia de varias ellas en este lugar, cada una trazada de un modo.

Ejemplo de uso de las esferas de misa.

Javier Martín-Artajo y Jacinto del Buey estudiaron en 2004 estas esferas y obtuvieron algunas conclusiones interesantes que pasamos a resumir:

  1. Aunque su estado de conservación es bueno, pudieron servir en el pasado como dianas improvisadas para ensayar el tiro con algún tipo de arma con carga de plomos (2), lo que explicaría la cantidad de orificios que tiene la piedra.
  2. Si bien hoy se encuentran dispuestas en vertical, quizá en el pasado, en una iglesia anterior, pudieron estar en horizontal, ya que tenían que estar colocadas a la altura de una persona para ser utilizadas.
  3. Pudieron ser trazadas en épocas distintas, siendo la más antigua la más alta. (Martín y del Buey, 2004: 280-282).

Estas esferas aparecen muy a menudo en las iglesias medievales, con el fin de averiguar en qué momento hay que tocar las campanas para una u otra función, religiosa o civil. Aunque muy pocas veces se hacía distinción entre una u otra categoría, hoy claramente separadas. Conviene recordar que durante siglos el tiempo lo marcaban las horas canónicas (maitines, laudes, primas, tercias, sextas, nonas, vísperas y completas), los oficios divinos y los toques que invitaban a la piedad privada, los principales de ellos los tres toques del Ave María: mañana, medio día y atardecer  (Gómez, 1997: 53-56).

En todo caso, hay un pequeño matiz que no acaba de encajar en la hipótesis del reaprovechamiento de las piedras procedentes de una iglesia anterior. Por un lado, se trata de un conjunto de piedras de sillar que sintonizan perfectamente con la obra de la portada construida por los hermanos Pedro y Martín Vélez en 1540 (3). Por otro lado, la piedra, el material con el que están fabricados tanto la portada como los relojes de sol es la misma; por el momento toda una incógnita histórica, pues se desconoce de qué cantera se trajo ese tipo de piedra caliza, blanda y por ello fácil de trabajar (4). Por esta razón, cabe la posibilidad de que el uso de estas esferas se hiciera mediante algún tipo de escalera.

La una solar en la torre de la iglesia, según la tradición popular.

Sea como fuere, la conservación de estos elementos muestran cómo se medía el transcurso del tiempo en el pasado. Aunque no era ni mucho menos el único método. Así, cuando, en verano, durante la trilla, comenzaba a generar sombra uno de los estribos de la torre de la iglesia se entendía que era la una de la tarde solar. La hora de comer. Por la noche, existía todo un horario marcado por el movimiento de la Tierra con respeto al cielo estrellado, del que hablaremos en otra ocasión, si es posible. Todo con el fin, como decimos, de mensurar una dimensión tan escurridiza como es el Tiempo.

Notas:

  • El palo, vara, o como se quiera llamar, de los relojes de sol se denomina gnomon. Suele ser un elemento fijado a la pared o al suelo donde se halla el reloj. Sin embargo en este caso se trata de un objeto movible. Una simple ramilla cogida del suelo podría valer, dado lo grosero de la medida.  
  • Hay que recordar que la iglesia de Alustante fue utilizada por el ejército Isabelino como fortín durante la primera guerra carlista. Quizá estos disparos podrían datar de aquella época. (Esteban, 1990: 6)
  • Archivo Parroquial de Alustante, Fábrica, 12.1., 91r.
  • Junto al cantero local, Félix Martínez, perfecto conocedor delas canteras de la zona, ha sido imposible localizar la cantera que no solo sirvió para construcción de la portada de la iglesia sino también del caracol.

Bibliografía:

Esteban Lorente, Juan Carlos “El castillo de Alustante” en Flores y Abejas (18/07/1990), p. 6.

Gómez Pellón, Eloy. “El tañido del tiempo” en Las campanas: Cultura de un sonido milenario. Santander: Fundación Marcelino Botín, 1997, pp. 41-65.

Martín-Artajo G., Javier y Buey Pérez, Jacinto del. Relojes de sol de Guadalajara. Recorrido gnómico por la provincia. Guadalajara: Diputación provincial, 2004.

Solana Juana. El cerro de la noche de San Juan.

La toponimia menor es quizá uno de los aspectos más genuinos que existe en el medio rural (y en las ciudades, claro). A falta de otro tipo de ordenación del ámbito rural, durante siglos, los habitantes de los núcleos de población que se mantuvieron o crearon tras la conquista y repoblación, se regían por un tupido elenco de nombres propios con los que se fueron bautizando áreas de labor, montes y lomas.

Todo el mundo conocía donde se encontraba tal o cual paraje, siempre denominados de acuerdo a alguna de sus características, ya fueran estas su morfología, su función para la actividad humana, la localización de una construcción o incluso el nombre propio de alguno de los que debieron ser sus antiguos propietarios.

Localización de Solana Juana. Base cartográfica IGN.

Entre las decenas de topónimos que se han conservado en Alustante hoy trataremos sobre uno con un curioso nombre: Solana Juana. Para quienes no conozcan su ubicación, se trata del cerro donde se encuentran los Arenales, en las inmediaciones del antiguo camino de Molina, a unos 1,8 km al noroeste del casco urbano del pueblo.

Como indica la primera parte del nombre, se trata de un paraje localizado en solana, esto es, orientado al sur y/o sureste. Posee, pues, una insolación prácticamente completa a lo largo del día. El problema surge en el momento de determinar qué significa eso de “Juana”.

La primera hipótesis que surge es que se trata de un antropónimo, es decir, un topónimo que surge por el nombre propio de una persona, en este caso Juan, Juana. De ser así, esta sería la solana (de) Juana, o quizá de Juan, uno de los nombres de persona más comunes en el pasado, especialmente durante de la Edad Media, momento en el que presumiblemente surge este topónimo.

Cima de Solana Juana (1.541 m.), con el camino de Molina debajo.

A este respecto hay que recordar que se trata de un paraje intensamente humanizado, con una gran corraliza en la cumbre y numerosas tablas o bancales hoy abandonados en la ladera. Es muy abundante la cerámica que se halla en estas áreas de labor, procedente de muladares donde, aparte del estiércol para abono de los campos, podían arrojarse cacharros rotos. Buena parte de esta cerámica es de Teruel, tanto de la serie verde-morada medieval como de la azul, más avanzada en el tiempo. Esto da una idea de la antigüedad de dichas tablas que, no obstante, estuvieron en uso hasta el siglo XX.

Sin embargo, observamos una cualidad de este cerro que puede ser también el origen de su nombre: en este paraje se pone el sol la víspera de San Juan, 23 de junio. Ciertamente, si se observa la puesta de sol desde el barrio viejo de la iglesia, o sea, desde el Castillo, en estas fechas del solsticio de verano, esta se produce más o menos en este punto, de modo que los últimos rayos de sol parecen iluminar el cerro.

Alustante desde Solana Juana

Esta cualidad, digamos, astronómica, hace que este cerro sea un hito en el calendario local, que se opone a otro paraje en el que, observado desde el mismo punto, desde el Castillo, se oculta el sol en el solsticio de invierno: la Umbría del Diablo, en las proximidades de Valhondo.

Una última propuesta, esta, lo reconozco, mucho más rebuscada y por ello menos probable, es que, a través de las lenguas romances que llegaron a este territorio durante la repoblación, ese Juana tuviese un origen latino en ianua, esto es, ‘puerta’. ¿Puerta de qué? Pues puerta, entrada o salida, del pueblo por el camino de Molina, que discurre por su pie. Una curiosidad urbanística de Alustante es que Solana Juana es visible desde la plaza Mayor y desde otra de las vías urbanas por las que discurría este camino procedente de Albarracín: la calle de las Cuatro Esquinas.

Solana Juana desde la plaza Mayor.

Así pues, este cerro sería también un hito caminero, una referencia para los viajeros para retomar su camino una vez llegados a Alustante. No había más que preguntar por el camino de Molina y cualquier vecino o vecina podría indicarte: “Siga vuestra merced el camino buscando aquel cerro, y por allí hallará la carrera a la villa”. Efectivamente, Carravilla es el nombre que recibió este y otros muchos caminos locales a Molina en las aldeas del Señorío. Pero este es otro topónimo que también tiene su historia.

Y otro día amaneció raso

En un año seco como este, viene a la memoria la enorme desgracia que era para los habitantes de estas tierras la falta de lluvias. En esta ocasión parece fuera de duda que esta sequía se debe a un cambio climático ocasionado directamente por el ser humano. Sin embargo, las fluctuaciones climáticas se han dado a lo largo de la historia conocida con consecuencias devastadoras en ocasiones.

Se trata de un hecho cada vez mejor conocido que el clima europeo sufrió un enfriamiento entre los siglos XIV y XIX, con periodos de hielos y grandes nevadas, pero también con repetidos episodios de grandes sequías (Fagan, 2014: 90-91). Así, se encuentran documentadas grandes nevadas en Alustante, como la de 1765, que conllevó la corta y esquilmo del Carrascal, o sequías recurrentes, como la que tiene lugar a principios del siglo XVII, de la que trata esta entrada y cuya finalización (o alivio transitorio) se documenta como un prodigio atribuido al Cristo de Alustante, a partir de entonces conocido como Santo Cristo de las Lluvias.

El río Gallo

El hecho se encuentra narrado en un librito manuscrito conservado en el archivo parroquial titulado Las cosas marauillosas que Dios Nuestro Señor ha sido servido de obrar en los deuotos del Santo Cruzifixo de Allustante, y tiene lugar el 17 de junio de 1614 Es cuando al Santo Cristo de Alustante comienza a atribuírsele la propiedad de hacer llover en momentos de sequía.

Parece ser que este año fue especialmente seco en toda la Península Ibérica, y así se encuentra el rastro de esta sequía en noticias documentales recogidas en puntos como Valladolid, donde se hicieron rogativas (Herrero, 2012: 223), el Reino de Murcia (Lisón, 2014: 150) e incluso se tiene noticias en Canarias, en cuya isla de El Hierro también se documentan rogativas por el mismo motivo.

Más cercano es el caso de Hita y su Tierra (Carrasco, 2003), donde en dicho año se celebran rogativas en torno a la devoción de la Virgen de Sopetrán, y tiene lugar un conflicto entre los clérigos de la villa y los frailes del monasterio de Sopetrán, ocasionado indirectamente por la climatología. En la Tierra de Molina 1614 también fue un año de “grande esterilidad” en el que se incrementaron las manifestaciones piadosas, como novenas y procesiones de disciplinantes por las ermitas del Señorío, promovidas por diversas órdenes religiosas. Una de ellas, la de los trinitarios, realizaba

«sus procesiones muy de mañana con extraordinarias muestras de penitencia, que el superior iba delante con la cruz cargado de hierro, todos descalzos cargados de cruces y cadenas, con ceniza sobre las cabezas, dándose con cantos en los pechos, con mordazas en las lenguas o huesos de muertos en las bocas.«

Francisco Nuñez. Archivo de las cosas notables de esta Leal villa de Molina (finales del siglo XVI-principios del siglo XVII).
El Cristo de las Lluvias.

En este contexto, se explica el clima de histeria colectiva que describe también el cura de Alustante, Felipe Tercero y León, a la llegada de los vecinos de Piqueras ante la imagen del Santo Cristo:

Año de mill y seiscientos y catorze, a diez y siete de junio en martes. Abiendo seca jeneral  por España, que todo perecía, bino el pueblo de Piqueras a este Sto. Xpo. con gran luminaria y reberencia a pedir agua a Dios y, abiendo de deçirse la misa, yo corrí el primer belo para que biesen a el Cristo; fue tan grande el alborote y aullicio que se lebantó de llorar y pedir a Dios, como por fuerça que nos socorriese, que al salir de misa se bio encima los Quemados en raso una nubeçica como belloçino metida en una tarbiera (?), y se dibidió en dos y con el aire fue llebada la una por cima de el Pinillo, y llobió en lo de Piqueras a la vna ora, y a la noche nos hiço Dios merced por aca, y otro dia amanecio raso.

Phelipe Terçero y Leon.

Es muy posible que desde entonces fueran comunes las visitas de los pueblos cercanos en rogativa hasta el Santo Cristo. De hecho en 1652 se documenta en este mismo libro una procesión en el contexto de una novena “por la necesidad en que nos allabamos de falta de agua” a la cual asisten las cruces de Orea, Alcoroches, Piqueras, Adobes, Tordesilos y Motos y en la que se señala que acudieron dos mil personas. También se da noticia de que, aunque ese día se convocó a Orihuela, no acudió porque subió a la ermita del Tremedal.

Ermita de San Sebastián. En primer plano muro de contención del antiguo camino de Molina.

A partir de entonces, y posiblemente durante siglos, las llamadas Siete Cruces se reunirían en Alustante en rogativas ante la falta de lluvia y, se cuenta, que hasta principios del siglo XX Piqueras solía acudir anualmente hasta la ermita de San Sebastián de Alustante, conmemorando aquel prodigio meteorológico que, acaecido a principios del siglo XVII, quedó grabado en la memoria colectiva de ambos pueblos.

Bibliografía:

Carrasco Vázquez, Jesús Antonio. “Un conflicto de intereses entre el clero de Hita y los monjes de Sopetrán en 1614” en Wad-al-Hayara: Revista de estudios de Guadalajara, nº. 30 (2003) pp. 101-110

Fagan, Brian. La pequeña Edad de Hielo. Cómo el clima afectó a la historia de Europa (1300-1850). Barcelona: Gedisa, 2014.

Herrero Salas, Fernando. Libros de cuentas del monasterio cisterciense de Palazuelos (1568-1832). Valencia: 2012.

Lisón Hernández, Luis. “Secuelas de la expulsión de los moriscos murcianos” en Murgetana, nº 131, año LXV (2014), pp. 139-153.

Núñez, Francisco. Archivo de las cosas notables de esta Leal villa de Molina. Archivo del Cabildo Eclesiástico de Molina de Aragón.

VV.AA. Las cosas marauillosas que Dios Nuestro Señor ha sido servido de obrar en los deuotos del Santo Cruzifixo de Allustante. Archivo Parroquial de Alustante. Ms. 20.2

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El porqué de las cosejas

Dicen que comenzar un blog no es importante, que lo que de verdad importa es mantenerlo. Como todo en esta vida, la cosa está en plantear los retos como una carrera de fondo. Con esta excusa he ido escribiendo una serie de artículos basados en datos que he ido recogiendo a lo largo de los años aquí y allá y al final el resultado ha sido este: Cosejas de Alustante.

Cosejas, porque no son grandes acontecimientos los que se van a mostrar aquí, ni mucho menos hechos que hayan cambiado la historia de España. Sin embargo, leí hace poco, no sé dónde, que era imprescindible que las comunidades virtuales de nuestro tiempo conocieran la cultura de las comunidades físicas de donde proceden. Solo así se puede mantener la cultura de lugares como Alustante en la memoria de todos y todas.

Puesta de sol desde el Castillo.

Alustante, como sabemos, ha sido un pueblo de montaña que, a pesar de su altitud y sus escasos recursos, se mantuvo vivo durante siglos, con más o menos población, aunque nunca tan poca como la que menos actualmente. El último padrón marcaba 144 habitantes; que seremos alguno menos en verdad, como todo el mundo sabe.

Con esta población es imposible que una comunidad siga adelante. Sin embargo, a lo largo de la historia muchos pueblos, exiliados, deportados, aniquilados del suelo patrio, han mantenido en su diáspora particular un legado oral que les ha permitido seguir perteneciendo a una identidad determinada, a veces sin haber pisado jamás el lugar de origen.

Alustante tiene 144 habitantes, vale, pero muchas veces me pregunto cuántos somos en realidad repartidos por todo el mundo. ¿Acaso un par de millares o tres? Bien, pues este blog que hoy inauguramos trata de hacer piña en torno a una serie de microdatos que me gustaría que no se perdieran. Pues, lo mismo que muchos de ellos los recogí de los más mayores, pudieran ser de utilidad a personas más jóvenes en el futuro.

Mapa de Aragón (Fragmento). Juan Bautista Labaña (1777)

Cosejas, porque son tan pequeñas, tan diminutas, que no alcanzan el tamaño adecuado para considerarlas cosas. Cosejas porque es una de las maneras como construían nuestros antepasados los diminutivos, lo que  llamaba la atención de los vecinos aragoneses. Así, al pasar la frontera y emplear esos sufijos en –ejo o –eja, era común oír de aquellos: “¡Ya están aquí los castellanejos!”. Aunque no tenemos muy claro si lo somos, si somos castellanos o aragoneses, o las dos cosas, o incluso ninguna de ellas, en esto sí que se nos nota un poco nuestra pertenencia a la vieja Corona castellana, y es posible encontrar en muchos puntos de ella todavía, especialmente en el Reino de Toledo, en toda Castilla la Nueva, esta forma de sufijos que, al parecer provienen de la desinencia diminutiva latina –icŭlu.

Imagen de Adina Voicu en Pixabay

El empleo de estos diminutivos, al menos a quien esto escribe, recuerda a tardes de ires y venires en la cocina de varias mujeres del barrio preparando rolletes. “Yo creo –decía una- que la masa ya está bien mezclá; pero lo mismo le falta un poqu-ejo de anís –decía otra-“. Y así la masa iba creciendo, y con manos hacendosas se iban formando esas rosquill-etas (otra forma local de diminutivo), que se echaban a la sartén con el azaite caliente, y salían de él en forma de una repostería inigualable. Luego, la tía Felisa, que hacía las veces de guisandera, se quitaba el mandil y se despedía, porque iba a ver si echaba la patat -illa (más diminutivos). O sea, a ver si preparaba la cena.

Así que, cuando utilizo estas formas de sufijación, y en especial aquella en –ejo o –eja, en la denominación genérica de todo un blog, lo que primero me viene a la memoria es ese aroma a masa dulce de huevo, harina y anís.