Piedras

El mal triunfa cuando los buenos no hacen nada. Martin Luther King

Cuando era chico, mi madre se me quejaba con cariño de que solo hacía fotos de piedras. Y era cierto; bien visto, cuando llegaban los sobres de fotos tras largos días de revelado en Teruel, solo había piedras en ellos. Eran arcos, vanos de puertas, pairones, majanos, poyatos, torres de iglesias. Ellos mismos —mis padres-, que vieron demoler las fuentes del pueblo y desaparecer decenas de entrañables espacios y elementos urbanos y rústicos, me habían enseñado que había que proteger las cosas antiguas, porque de la noche a la mañana venía uno con una máquina y lo arrasaba todo.

Esta tierra ha sido muy destrozona. Dicen los que estudian el patrimonio desde la vertiente psicosocial que esto viene de cuando la precariedad en el comer. Como decíamos en la entrada anterior, es cierto que casi nunca hubo hambre severa en esta tierra, que en las mesas siempre hubo un huevo, o una patata, o cantero de pan para hacer unas sopas, pero aquello marcó mucho, y cuando la gente comenzó a comer bien, a vestir bien y a tener comodidades en las casas, lo primero que hizo fue deshacerse todo aquello que recordaba a la pobreza pasada. Eso dicen los que saben.

El arco antes de su demolición. Fte: Arquitectura popular en Tierra Molina (2007)

Hay más explicaciones sobre el porqué de tanta escabechina cultural, pero, visto por de dentro, hay un matiz que no sé si conocen bien los estudiosos de estas cosas. Es una actitud ante la vida toda que se adquiere, especialmente, cuando alguien confunde su mundo con el Mundo, quien, por lo que sea, en un momento de su vida decide que ya lo sabe todo y desprecia todo lo que no entra en sus (estrechos) parámetros.

Desgraciadamente, lejos de estereotipos roussonianos, en el medio rural también existe la perversidad, alimentada muchas veces por la arrogancia de creer tener el saber absoluto, y demostrada con el desprecio, ya no solo a quienes a base de cuestionarse las cosas van desentrañando, no sin esfuerzo, errores, ni crisis personales, insignificantes pedazos de conocimiento, sino también con el desdén a la misma sabiduría de los antepasados. Uno, que ha tenido que bregar más veces de las que hubiese querido con estos pontífices de paidera, infalibles, sabe hasta qué punto resulta doloroso cuando de los dichos pasan a los hechos.

A ello se une una tradición larga de menosprecio por la cultura rural en una provincia cuya capital decidió en un momento determinado acabar con su pasado, asolando, con el beneplácito de la autoridad competente, todo aquello que la dotaba de identidad. A Guadalajara yo la imagino en su momento como un Toledo en miniatura, pero el complejillo provinciano, fermentado a la sombra de Madrid, dejó a la ciudad del Henares a camino entre lo que fue y lo que pretendía ser, a media distancia entre la Guadalajara envejecida y el Madrid moderno, es decir, en un estilo Vicálvaro. ¿Cómo se iba a recurrir a estas autoridades cuando alguien de un pueblo ubicado a casi 200 kilómetros, subido en su ego (y su tractor) decidía que algo, aunque hubiese formado parte del escenario de decenas de generaciones, debía desaparecer?

Alguien dirá que la destrucción del patrimonio es cosa del pasado, que eso fue una ventolera provocada en medio de la tormenta del desarrollismo franquista, que el destructor del patrimonio, hoy, o es un atrasado pasado de moda o un desinformado; la falta de cultura… Pero no, en esta tierra, tradicionalmente alfabetizada casi al cien por cien, se sigue perdiendo patrimonio cada día, y yo sigo echando la culpa de esto a la arrogancia, a la certeza de algunos de creerse completos, redondos, perfectamente acabados, sin resquicio para la duda o la incertidumbre, sin lugar para un interrogante que, quizá con ayuda de otro u otra, podría haber sido resuelto.

Admiro a las personas que, a pesar de su mucha edad, aun en su lecho de muerte, siguen preguntándose cosas, siguen sintiéndose pequeños, siguen creciendo.

El origen de las fiestas patronales (y III)

La colación

Otra de las celebraciones importantes de esta hermandad debió de ser lo que la documentación denomina la colación, una comida de hermandad llevada a cabo el 8 de septiembre que desde los primeros años se encuentra presente y que en principio debió de consistir únicamente en vino (castellano y aragonés), huevos, tocino, carne, miel, fruta y pan, y no todos los años todo junto; en 1616, por ejemplo, se gastan 30 cuartos de vino castellano, “del cocer, y azeyte y guebos”, más otro alquez de vino y 7 arrobas de fruta , que por lo común solían ser peras. Desde aquellos primeros años aparecen las figuras de las cocederas, mujeres encargadas de realizar algún tipo de labor de cocina en esta celebración.

Fiesta campesina. Pieter Bruegel (c. 1566)

Al parecer, igual que en el caso de la cofradía de Santa Catalina, estas colaciones se celebraban “en la sala alta de la casa de conzejo, porque es más útil y más dezente que en otra ninguna”, por lo que es posible que anteriormente se hicieran en algún otro lugar menos conveniente, ¿acaso en la propia iglesia? De hecho, en 1688 se encuentra una partida en la que el piostre “ha gastado en nieve, en la Sala, real y medio”. Hay que decir que el Ayuntamiento, la Casa Consistorial, se denominó la Sala en el habla popular hasta el siglo XX; una especie de sinécdoque en la que se nombraba al todo por la parte. Cabe suponer que la nieve era para algún tipo de postre y que provenía de la nevera localizada en las eras llamadas de Lázaro (más tarde de Juan de Lahoz), perteneciente a la Cofradía del Santísimo Sacramento.

El descubrimiento del trasfuego de una chimenea y algunos útiles de cocina (dos cucharas de madera) en lo que fue la sala capitular en el trascurso de las obras de la casa de concejos llevadas a cabo en 2005-2010, permiten corroborar la existencia de este tipo de celebraciones en dicho espacio. Al tratarse de una fiesta restringida a los hermanos de la cofradía, la entrada a la sala debía de estar custodiada por un portero, figura que aparece desde 1635 y al que se le paga 1 real (o su equivalencia: 34 maravedíes) por su trabajo.

Estas colaciones parecen provenir de una forma de entender la cofradía en esa doble vertiente civil y religiosa que provenía de la Edad Media y en las que se fue restringiendo incluso el acceso a los clérigos a raíz de la visita pastoral de 1555, en la que se determina que

“porque es cosa prohibida al sacerdoçio hallarse los clérigos en cofradías de seglares, donde comunmente suelen acontezer excesos inhonestos, por ende [el visitador] mandó que nyngún clérigo de aquí adelante se atreua de comer en las dichas cofradías de seglares so pena de dos ducados por cada vez, el uno para la yglesia y el otro para el denunçiador y demás será castigado como inobediente”.

Hay que tener en cuenta que precisamente estas colaciones o comidas populares fueron una de las razones por las que se intentó acabar en toda España con este tipo de cofradías, de modo que en la el siglo XVIII fueron objeto de críticas, tanto desde el poder eclesiástico como del civil, como parte de la piedad popular que, so pretexto de celebrar a Dios y los santos, se manifestaba muchas veces en “los bayles impuros, las comilonas, las borracheras y otras cosas de este modo” (El Censor, 1781, discurso XLVI: 737).

Escena de taberna. Adriaen Brouwer (c. 1635)
 

Sea como fuere, lo cierto es que, aunque las colaciones del 8 de septiembre dejan de documentarse en 1689, debieron de seguir celebrándose, pues de ellas provenía el convite que se hacía después de la procesión que aún muchos hemos conocido, tradicionalmente costeado por los piostres, posteriormente por el Ayuntamiento y, finalmente, suprimido hace tan solo unos pocos años.

Los difuntos

Una de las cualidades de la cultura popular es la de dejar en muchas manifestaciones festivas un lugar para los difuntos. Recordemos, por ejemplo, la costumbre de celebrar los concejos en los cementerios de las iglesias, haciendo partícipes de las decisiones colectivas, como miembros de la comunidad, a aquellos que ya no estaban físicamente presentes. De ahí que, también en la fiesta, se reserve un día para ellos, habitualmente el posterior a la celebración principal.

Esta interacción entre los difuntos y el mundo de los vivos, que se observa en casi todas las culturas del planeta, pasadas y presentes, en el cristianismo católico se explica a través de un culto destinado a la salvación de las ánimas del purgatorio, es decir, de aquellos que, sin haber sido condenados al infierno, tampoco han logrado alcanzar el cielo. Quizá hoy estos conceptos se hallan devaluados, cuando no son completamente desconocidos por una cada vez mayor parte del púbico, sin embargo, en el pasado estas preocupaciones son claves para explicar la propia existencia de las cofradías, cuya función primordial era la ayuda mutua, tanto durante la vida como tras la muerte.

Es importante destacar, además, el carácter local con que se concibe el Más Allá, de modo que la demarcación política terrena es también la que rige en el mundo ultraterreno. Tan es así que los concejos, también el de Alustante, eran patronos habitualmente de las capellanías de ánimas, competiendo a ellos el pago del clérigo encargado de realizas las misas por los miembros difuntos de la comunidad.  

Virgen del Carmen sacando ánimas del purgatorio. Iglesia de Alustante (siglo XVIII)

Asimismo, es fácil encontrar partidas de gastos para misas de sufragio (misas de difuntos) en instituciones superiores, como podría ser en nuestro caso el Común de la Tierra de Molina, en este caso destinadas a la salvación de los difuntos del territorio concreto -y no más ni menos- comprendido en las fronteras que gobernaba esta corporación.

Por ello, la cofradía estaba obligada a pagar a su capellán o capellanes una serie de misas que se decían anualmente. Éstas se celebraban los sábados y durante la cuaresma y a ellas se sumaban dos oficios anuales que correspondía cobrar al cura del pueblo. Así, por ejemplo, en 1634 se señala que se paguen al capellán 130 misas, más 80 misas de los sábados y cuaresma y los mencionados dos oficios, que debían de ser el del día de la Natividad y el oficio de difuntos del 9 de septiembre.

Por lo que respecta a los capellanes, la cofradía pudo tener uno, pero en ocasiones, se llegan a contratar hasta dos, como en 1673, año en el que se acuerda con el Ldo. Pedro de Lara Manrique, vecino del lugar, la celebración de 72 misas, y con D. Phelipe Lahoz, también vecino del pueblo, 25 misas.

En 1676, siendo piostre Joan de Lahoz Fernández, diputado de la sesma de la Sierra por el estado seglar, a la cofradía le es concedida por parte del Papa Clemente X una bula que contiene “tres jubileos plenísimos, para el día de la entrada vno, otro para el día de Nª Sª de la Natiuidad de cada vn año, y otro para el artículo de la muerte con otras inumerables indulgencias, como más largamente consta en dicha bula”. Junto a ésta, que se debió de conservar en el archivo de la iglesia, y que llegó a Alustante desde Madrid por mediación del deán de la catedral de Albarracín, el Dr. D. Francisco Xarque, capellán de honor de Carlos II, se trajo

“otra bula para el día de las Ánimas, dos de nobiembre de cada vn año, y toda su octaua, y todos los lunes del año se sacase vna ánima del purgatorio diciendo vna missa en el altar de Nª Sª de la Natividad que está en la yglesia de Nª Sª de la Assumpción de dicho lugar, a do está fundada dicha cofadría”.

Altar actual de la Natividad (siglo XVIII)

Esta bula, que tenía validez para siete años, convertía al altar de la Natividad en privilegiado, e hizo no sólo que aumentaran las misas de la cofradía en dicho altar sino también las de particulares que dejaban en sus testamentos cierto número de misas que se debían de decir en éste. Tras la adquisición de la bula el número de cofrades crece sustancialmente contándose alrededor de 300 en ese mismo año y 48 entradas nuevas al año siguiente.

Los toros

La tradición taurina en el Señorío de Molina es antiquísima, hasta el punto de que se documenta una corrida de toros ya en 1293, durante los fastos de toma de posesión del territorio por parte de los reyes de Castilla, Sancho IV y María de Molina; posiblemente se trató de un festejo de toreo a caballo, modalidad en la que participaban miembros del estado noble. Sin embargo, también debió de haber ya entonces un toreo a pie, que predominaría en el ámbito rural.

Festejo taurino en el siglo XIII. Alfonso X. Cantiga CXLIV

Ya se vio cómo existieron capeas de reses de las vacadas locales de las que, en el siglo XVII, dice Portocarrero, que “deste ganado se sacan muy brauos y feroces toros, que muchas vezes en los cosos no han çedido a los celebrados en Xarama”. Así pues, aunque el concepto de toreo moderno, con reses explícitamente criadas para él, distaba aún en llegar, cabe pensar que desde la Edad Media pudieron darse variantes de lidia en el territorio de Molina, también en Alustante.

¿Qué tenían que ver los toros con la fiesta de la Natividad? Hay noticias de que era frecuente que, cuando se hacía voto de celebrar una fiesta, que solía acompañarse con la promesa de correr toros en honor al santo que se celebraba. Estos votos no debían ser vistos con muy buenos ojos por la Iglesia, que en ocasiones son tachados como signo “profanidad y rastro de gentilidad”, es decir, como una reminiscencia de paganismo que, no obstante, era imposible contener dado el fuerte arraigo de estas costumbres debía existir ya entonces.

Curiosamente, ya en 1544, se documenta en el primer libro fábrica de la iglesia una merienda de los mozos del pueblo con la carne de un toro, por lo que quizá ya se celebraran capeas protagonizadas por el colectivo de jóvenes del pueblo, que se mantendrán durante siglos. Hay que suponer que los bueyes, toros y vacas que se lidiaban, no serían matados habitualmente, aunque hay veces que el toro semental de la vacada, por vejez u otros motivos, deja de servir, y es entonces cuando se darían corridas a muerte.

Aspecto de la plaza cerrada por barreras en su frente oeste, con las pajeras y una de las porteras

Esto sería lo que pudo pasar en 1771, año en el que, precisamente el 8 de septiembre, se acuerda en concejo “matar el toro del lugar por ser cosa que confiesan todos no haprobecha para las bacas”. Es difícil pensar que el sacrificio del animal, en una fecha tan señalada, se hiciera sin una capea previa, aunque es posible que ya se celebrara el día 9 de septiembre, dado que el propio Pío V, hacia 1570, levantó el voto de correr toros de los pueblos españoles y prohibió hacerlo los días de fiesta religiosa, por lo que los pueblos trasladan generalmente este evento al día posterior.

En la breve acta que se levanta de este acuerdo se señala que el concejo recibió por el toro 331 pesos. ¿A quién correspondía el desembolso de este dinero? La respuesta parece estar de nuevo en la comparsa de jóvenes que formaban parte de la soldadesca gobernada por un capitán de los mozos. Aunque las noticias sobre este colectivo son muy fragmentarias, y a espera de hallar nuevas noticias documentales, lo que se observa en la documentación del siglo XIX es que la comparsa era la que, de su propio bolsillo, financiaba la compra de los toros.

Aunque tardía, existe una noticia documental que atestigua todavía en 1833 la existencia tanto de los capitanes de los mozos como de corridas de toros en estas fiestas:

“Que dicho pueblo, además de celebrar de inmemorial el ocho de septiembre de cada un año la festividad de Nª Sra de la Natibidad, tiene aprobadas, veneradas y respetadas sus constituciones que ordenan el culto religioso que ha de atribuirse a María Santisma (sic), y por general y unánime consentimiento corren en celebridad de tan solemne día unos nobillos de apeos. Esta función la costean los mozos, nombrando tres de ellos que se titulan o nombran capitán y mayordomos, los cuales corren con el cargo de la fiesta así en la parte religiosa como en la pública, adelantando por lo pronto o a lo menos siendo los responsables a todos los gastos que después se escotan o reparten entre todos”.

Más tarde, en 1842, se observa que se ha incrementado a siete el número de cargos en este comparsa, a fin de repartir el gasto con menos gravamen, aunque no por ello debieron de cesar los conflictos y controversias entre los jóvenes, que habían recurrido al juzgado de Molina para llegar a un acuerdo.

Aspecto de la plaza en su frente este. La portera que se abría en esta parte se sostenía sobre dos pilares

Queda mucho por conocer de esta tradición, pero parece que, aun después de abandonarse el nombramiento de capitán, mayordomos y soldados (así eran llamados) en 1893, y hacerse cargo el municipio de los gastos en toros, se observan diferentes iniciativas a lo largo del siglo XX para la celebración de capeas de mozos. La última, la que dio lugar precisamente al segundo día de toros, llamado el Día de los Becerros o de las Vacas: fue entre el año 1971 y 1972, en el que los mozos acuerdan poner cada domingo del año un duro (cinco pesetas) para comprar un novillo. Así, tras el día de los toros, se instituyó un cuarto día de fiestas, que ha llegado hasta la actualidad.

El corrotaje

Se me disculpará haber tratado el tema de los toros con tanta brevedad, si bien cabe decir que son muchísimos los detalles que quedan en el tintero. En esta ocasión solo he tratado de buscar los orígenes remotos de un elemento aún hoy imprescindible. De todos modos, cabe añadir que no fue ni mucho menos una costumbre exenta de polémica. La hoy tan cuestionada muerte de los toros en la plaza ya fue objeto de desórdenes públicos en el pueblo, por ejemplo, en las fiestas de 1901 en las que los toreros, a la sazón mataron los toros a la francesa, esto es, únicamente señalando el lugar del estoque con la mano y devolviendo a las reses con vida al toril.

Comida del Día de la Carne en el Trinquete en los años 1970

La controversia parecía venir porque sin la muerte de los toros se privaba al pueblo de la tradicional comida popular llamada en algún documento con el nombre de corrotaje. En una sociedad con no demasiados recursos, sin hambre generalizado, pero rayano a la miseria, como decía Araúz Estremera al hablar de los habitantes del Señorío de Molina, la comida gratuita, al menos por un día al año, era enormemente valorada. Por esta razón, el Día de la Carne ha sido tan importante en el lugar, y como un atavismo, se ha mantenido viva hasta hoy. Ahora comprende y evidentemente perdona un servidor algunos gestos interpretados erróneamente, cuando en diferentes años pasados observaba el revuelo que se organizaba durante el reparto de la carne.  No era avaricia, no.

La tradición de la carne sigue viva

Era así como terminaban unas fiestas que, como se ha visto en estos días, pese a su dinamismo, su constante transformación, han llegado hasta nosotros con una cantidad considerable de elementos, de actividades, que poseen una antigüedad de centenares de años. Quizá la interpretación de los rituales ha cambiado, e incluso puede ser que se haya perdido su significado; pese a ello, se siguen repitiendo.

Es fascinante acercarse a este tipo de manifestaciones culturales, a un patrimonio inmaterial cuya pervivencia no sabemos hasta cuándo podrá mantenerse en una comunidad tan desestructurada como la nuestra. Hay, sin embargo, una oportunidad: a pesar de nuestra dispersión geográfica, quizá jamás Alustante haya estado tan intercomunicado consigo mismo. Quiera la Virgen de la Natividad —o aquello en lo que cada uno crea— que al año que viene podamos celebrar de nuevo nuestras fiestas, quizá ahora conociendo un poco mejor la semiótica de nuestros gestos aprendidos de nuestros mayores.

El origen de las fiestas patronales (II)

La imagen de la Natividad

Del mismo modo que se funden y confunden los patronazgos marianos del pueblo, no queda claro cuál fue la imagen original de la Asunción y cuál la de la Natividad. La imagen que se ha conocido durante los últimos siglos como la Natividad fue originalmente una talla sedente, románica de transición al gótico, que posiblemente fue la imagen patronal del pueblo desde la Edad Media. En un momento indeterminado esta imagen fue muy modificada, sustituyendo los rostros de María y Jesús por tallas de facciones de gusto barroco. Por el momento sólo se sabe que en 1696 la imagen de la Virgen ya se vestía.

Complejidad de la imagen de la Natividad. Bajo el manto conserva parte de la escultura románica, del siglo XIII, si bien el rostro de la Virgen y la totalidad del Niño Jesús fueron sustituidos en un momento en el que se buscó mayor naturalismo estético, posiblemente el siglo XVIII.

Sin embargo, esta imagen, por haber sido la patronal del pueblo, pudo sustituir a la imagen original de la Natividad, que ocuparía el retablo que encarga la cofradía en 1545. ¿Cuál pudo ser esta imagen de la Natividad?, ¿dónde se encuentra actualmente? Hasta hace unos años era posible admirar en el Museo Diocesano de Sigüenza una Virgen Niña procedente de la parroquia de Alustante. Era una imagen de pequeñas dimensiones, de estilo clásico, que perfectamente podría datar del siglo XVI. Sin embargo, con la remodelación del Museo, esta imagen hoy no es visible y es de suponer que se encuentra en los depósitos del centro. Así pues, la hipótesis es que esta Virgen Niña pudo ser la original imagen de la Natividad y que, tras el cambio de patronazgo, se mantuvo la Virgen antigua, la románica, como imagen procesional.

Procesión de los años 1940. Las andas poseían un templete, hoy desaparecido. Fte.: Alustante antes de ayer.

Sea como fuere, su retablo actual, barroco, fue obra de un escultor llamado Francisco Corvinos y se llevó a cabo su construcción en 1734, destacando en él, aparte de la imagen vestidera de la Virgen, las de San Ignacio de Loyola y San Francisco Javier a ambos lados de la hornacina central y la de San Cristóbal en el ático. La imagen de la Virgen se portaba en andas dotadas de un templete, un pequeño baldaquino, que cubría la talla durante las procesiones. Más tarde, hacia los años 1950, este templete desaparece al remodelarse las andas.

Vísperas y maitines

Las fiestas en el pasado eran muy cortas, tanto que, en origen, solo durarían un día, con su correspondiente víspera, eso sí. También hay que tener en cuenta que la festividad se centraba enormemente en los aspectos religiosos, de modo que no ha de extrañar que la totalidad de los actos, incluidas las corridas de toros, tuvieran como eje central el culto a la Virgen.

Maitines en las pasadas fiestas de 2019

Las vísperas hacen referencia etimológica a la tarde (vespera en latín) y en el sistema horario canónico se situaban entre la nona y las completas, que coincidía con el momento de la puesta de sol, que el 7 de septiembre se sitúa en esta latitud/longitud en torno a las 18.30 h solares (las 20.30 h actuales). Las vísperas se celebraban con el oficio de la tarde. Los programas de fiestas suelen recoger aquello de “vísperas con repique de campanas”, lo cual se ha ido copiando año tras año y, si bien ha perdido algo de sentido, alude al hecho de que el rezo (o canto) de vísperas se convocaba por medio de un repique de campanas. Hay que tener en cuenta que en el pasado la tarde (a partir del ocaso) ya formaba parte del día siguiente, de modo que en la víspera de ciertas festividades era habitual el repique de fiesta, en tanto que inicio del día festivo siguiente.

No se han conservado cantos especiales destinados a las vísperas de la Natividad de la Virgen, aunque, como es sabido, sí se ha mantenido la melodía de los maitines. Del mismo modo que las vísperas, los maitines son también una hora canónica con sus oraciones prefijadas que se rezan justo antes del amanecer. En este caso, deberían tener lugar en Alustante en torno a las 05.40 h solares (las 07.40 h actuales), y es posible que así se llevara a cabo durante algún tiempo.

Maitines. Estamos aquí reunidos. Esteban Lorente

Sin embargo, hay que remontarse a principios del siglo XVII para observar un cambio de horario, momento en el cual las Constituciones Sinodales permiten en el obispado de Sigüenza que el pueblo pueda acudir a los maitines de ciertas festividades, como eran el Corpus, su Octava, y la Visitación de la Virgen (31 de mayo). Para ello, se permite que pueda adelantarse el rezo de dicha hora a la prima noche, una vez puesto el sol, es decir, tras el rezo de las vísperas, acaso con un paréntesis entre ambos.

Esta sería la razón por la que los maitines se cantan a una hora tan extraña. Asimismo, es posible que las cancioncillas que hoy se cantan en la puerta de la iglesia formaran parte de algún acto completo, aunque también es cierto que dada su mezcolanza temática profano-religiosa, incluso humorística a veces, fuesen sacadas de la iglesia en algún momento, si bien manteniendo el ámbito sagrado del cementerio, localizado en el atrio parroquial para seguir allí desarrollando estos cantos, por lo demás, lugar de celebración de concejos en el pasado.

En la puerta de la iglesia/ hay una piedra redonda/ donde Cristo puso el pie/ para subir a la gloria.
Letra de uno de los maitines

Sería conveniente una recopilación de las letras que espontáneamente los vecinos y vecinas del pueblo ponían a una melodía inalterable, transmitida de generación en generación. Como decimos, la temática va desde saludos y parabienes a la Virgen a la petición de buen tiempo durante las fiestas, pasando por la crítica social, la chanza y la nostalgia por las personas perdidas.

La melodía de los maitines, con variaciones mínimas, fue recogida por Asunción Lizarazu y José Luis Mingote en Megina en el Cancionero popular tradicional de Guadalajara, en esta ocasión cantada en honor a San Roque, por lo que, unido a la similitud de los cantos de San Timoteo en Alcoroches, y una noticia aislada acerca de su posible interpretación en Motos, se puede afirmar que esta melodía fue una especie de plantilla que sirvió durante siglos a los vecinos de la Sierra de Molina para cantar a sus patronos.

La antigüedad de dicha melodía es evidente. Hay que tener en cuenta, además que la melodía se canta en una tonalidad (modo en realidad) plagal, y que por algunas de las cualidades en su ejecución arrítmica se intuye la presencia de instrumentos de acompañamiento, de viento quizá, que cubrían los silencios que en ella se encuentran, especialmente en el final de las frases musicales. Así pues, aunque hoy se interpreta a capela, el hecho de que en Megina se recordaba acompañada por gaita (dulzaina) y tamboril, pudiera dar una noción de cómo eran estos cantos originalmente.

La música

Esto nos lleva a buscar la existencia de gaiteros en Alustante. Últimamente -hablamos de los años de la posguerra- los gaiteros por excelencia fueron los Marotos de Piqueras, siendo Mariano López Rubio el más célebre y valorado de ellos por los estudiosos de la música tradicional, dado su legado a esta. Los miembros de esta familia recorrían la comarca con la dulzaina y el tambor, sin duda como herederos de una tradición larguísima de música basada en estos dos instrumentos.

Aunque no siempre, también se encuentran referencias a la música en las cuentas de la cofradía; es casi seguro que la había casi todos los años, unas veces pagada por la cofradía y otras por el propio concejo, que ya había hecho suya la fiesta de la Natividad. De este modo en 1679, en el contrato del gaitero Láçaro Belinchón de 1674, hallamos que éste ha de actuar en las fiestas principales del pueblo,

Dulzainero. Cesare Vecellio (1590)

«de modo que la fiesta de la Ascensión del Sr y la de Nª Srª de la Natividad han de pagar los regidores y mayordomos del lugar de Alustante; la fiesta del Ssmo Sacramto, el piostre de dicha Cofradía; la fiesta de Nª Srª del Rosario, su piostre; el domingo siguiente al dia del Señor, que es quando se hace en dicho lugar la fiesta, pagan los mayordomos de fiestas de cada un año«.

Todavía en 1683 se encuentra la actuación del gaitero Láçaro, al que se le pagan 2 reales “de azer son en el día de Nuestra Señora” y más adelante se vuelven a encontrar referencias a músicos (seguramente, de nuevo gaiteros) en 1708, 1712, 1759, 1760 y 1763, año en el que terminan los registros de cuentas conservados de esta cofradía.

Los piostres

Como se señalaba en la entrada anterior, la celebración de la fiesta de la Natividad estaba íntimamente relacionada con una cofradía, una hermandad que aglutinaba, no solo a los vecinos y vecinas del pueblo, sino también a personas de algunos pueblos comarcanos. Esta cofradía tenía el objeto de organizar las funciones del 8 de septiembre, de modo que a ella correspondía el pago de una serie de actos, tales como la misa de aquel día, el pago de predicadores, una comida o colación e incluso se halla el gasto de dinero en cohetes.

Todos estos gastos eran controlados por una especie de junta directiva compuesta por un receptor, denominado piostre a partir 1653, y dos contadores, una triada ejecutiva de elección anual que se mantiene hasta la supresión de la cofradía en 1799 en el contexto general de reducción de cofradías no dedicadas exclusivamente al culto, que se llevó a cabo durante los reinados de Carlos III y Carlos IV. Sin embargo, pese a su aparente abolición, los piostres se seguirán nombrando de un modo no reglado, sin una huella escrita, pero con una continuidad sorprendente, hasta el punto de que, hasta la misma actualidad, cada año los tres piostres y las correspondientes piostras, siguen apareciendo en el acompañamiento de la Virgen de la Natividad, ya, claro, sin funciones organizativas.

El día de la fiesta debió celebrarse habitualmente con una procesión en la que no eran extraños modestos espectáculos pirotécnicos; al menos desde 1650 se encuentran pequeños gastos de pólvora y en 1653 se pagaron 120 reales “de los coetes que se trujeron para las fiestas”. Seguramente como parte éstas, y parece que en el marco de la cofradía, se encuentran documentados en ese mismo año unos “capitanes de las fiestas”, que fueron Pedro López Orea y Miguel Pérez y un “capitan de los moços”, cargo que correspondió a Domingo de Salas, los cuales parecen encargados de sufragar los gastos de pólvora en los que colabora la cofradía.

Estos capitanes parecen pertenecer a una soldadesca que dotaba a la fiesta de un carácter cívico-militar, alardes que no debían de ser extraños en ambas partes de la Sierra y que, por ejemplo, se encuentran en las fiestas de la Asunción y San Roque en Bronchales en 1770 y que, todavía hoy, se conservan en cierto modo en Orea en las fiestas de la Natividad.

La bandera de las fiestas

Este sería origen del también hoy vigente bandeo de la bandera, una especie de parada militar que se hacía en honor a la Virgen de la Natividad y que se encargaba de recordar la condición de potenciales soldados a los vecinos del pueblo. De hecho, las dos versiones de la bandera conservadas, una datada en 1947, donada por Cristóbal Casinos, y la otra en 1975 por parte de la familia Lorente Fernández, contienen, aunque muy esquemático y simplificado, el sotuer de Borgoña, la cruz de San Andrés, que durante varios siglos fue la bandera de guerra española por excelencia.

Evidentemente, Alustante no fue el único pueblo de Molina que tuvo y conserva esta costumbre de danzar o bailar la bandera, de hecho, se ha conservado con diferentes tamaños y colores de bandera en pueblos como Orea, Alcoroches, Traíd, Tordesilos, Setiles, Taravilla o Lebrancón. Parece ser que el saludo del pañuelo que se hace en Checa ante la imagen de san Bartolomé podría tener este origen también.

Bandeo de la bandera en la puerta de la iglesia. Fte. Alustante antes de ayer

Son muy pocas las noticias que se tienen acerca de la bandera de Alustante, aunque cabe pensar que pudo tratarse de una bandera del colectivo de los mozos, del mismo modo que la bandera de la Asunción/San Roque lo era de los casados. Otra posibilidad es que se tratase de la bandera del pueblo, o al menos que con el tiempo fuese adquiriendo calidad de tal. De hecho, parece ser que los pueblos tenían enseñas consideradas así. De este modo, en una rogativa celebrada en Alustante en 1803, con motivo de la sequía que se registra dicho año, los pueblos de Motos, Tordesilos, Piqueras, Adobes, Alcoroches, Orea y Alustante se reúnen con sus respectivas cruces y banderas.

Más tarde, en la década de 1870, a raíz de la roturación y subas de las dehesas Somera y Bajera se encuentran una serie de pujas por parte de diversos postores en las que se encuentran, aparte de dinero, objetos tan curiosos como un vaso de colmena para fuentes como la del Gayubico, la de los Borrachos o la del Cura, gamellones para abrevaderos, alpargatas para el alguacil, zapatos para el secretario, una correa para el tambor, vino y huevos para los días de San Sebastián y San Roque. Del mismo modo, en la subasta de las suertes del espacio comunal que iba desde la presa del molino hasta el Charcón, se advierte que cada suerte llevaría un recargo de diez reales de vellón “para reparar la bandera del pueblo”, si bien, lo que da a entender a lo largo la subasta es que el dinero recaudado es para una bandera nueva.

Desafortunadamente, ni la bandera anterior a 1872 ni la renovada han llegado hasta nosotros, y las dos conservadas, si bien poseen en común el mencionado sotuer rojo sobre fondo blanco, difieren en los colores de la orla y estrella de ocho puntas central, azul celeste en la más antigua, verde en la más moderna. También se observa una sutil diferencia entre ambas, dado que en la versión de 1947 una cruz amarilla se superpone perpendicularmente al aspa roja. Ello impide saber a ciencia cierta cómo pudieron ser los primitivos modelos de bandera local. Aparte, en la foto de 1971 que se mostró en la entrada anterior se observa una bandera carmesí con cierto bordado ¿dorado?, cuya función y paradero a día de hoy se desconoce.

La carrera pedestre

Además de estas funciones, también se encuentran carreras pedestres al menos desde finales del siglo XVIII, las cuales no estuvieron exentas de controversia en cuanto al atuendo de los corredores, de lo cual se manda en la visita pastoral de 1795:

Enterado su merced del abuso con que celebran a Nra Sra en esta población el día de su Natividad, llegando el exceso a unas carreras que hacen los mozos, desnudos de otra ropa que la camisa, a vista y presencia de personas de ambos sexos de todas edades, sin que la reflexión haia retraído a los padres y madres para no consentir que los vnos las practiquen y otros las presencien, conociendo con evidencia los efectos de esta escandalosa dibersion que directamente cede en ofensas y desonor de Dios y su Madre santísima, lo qual pide remedio pronto y eficaz, para conseguirlo, desde ahora prohíve su merced las espresadas carreras vajo apercibimiento de censuras en que los declararía incursos el cura por el hecho de desobediencia, poniéndolo en tablilla como a públicos escomulgados, y si aun esto no fuese suficiente acuda a la Real Justicia de Molina.

Sin embargo, estas carreras se siguieron celebrando durante los siglos XIX y XX, y han llegado a nosotros con muy buena salud. Asimismo, se ha conservado el premio para los tres primeros participantes en llegar a la meta: tres grandes tortas decoradas y tres peras, todas ellas ensartadas en una especie de tridente que, intuyo, en otro tiempo pudo tratarse de tres lanzas o rejones vinculados con la soldadesca y los cargos de esta. No obstante, el pincho hoy lo llevan los piostres, del mismo modo que, aunque quizá no con la solemnidad de antaño, el Ayuntamiento acude a este entrañable acto.

Comitiva de la entrega de premios de la carrera pedestre, hacia 1950. Fte.: Alustante antes de ayer.

Acerca del recorrido, aunque hoy se parte del cruce de Valhondo hasta la ermita de la Soledad, parece que antiguamente la carrera partía de una cruz ubicada en la salida hacia Motos y Orihuela; de hecho, en el Amillaramiento de 1863, se habla del paraje donde se echan a correr, localizado en el camino de Motos, donde al parecer existía una cruz, que bien pudiera ser  la cruz de madera que aparece todavía cartografiada en el borrador del plano del término municipal 1:25.000 fechado en 1901, de la cual todavía hoy se conserva la piedra horadada donde estaba clavada. La meta en esta ocasión podría ser la ermita del Pilar. Más tarde, y hasta hace unos años, los corredores partían de una cruz de Ánimas ubicada en el camino de Orea, la cruz del Charcón, y llegaban hasta la ermita de la Soledad.

El origen de las fiestas patronales (I)

La fiesta es un acontecimiento que parece inherente al ser humano, de ahí su importancia, de ahí lo que estamos echando de menos ese conjunto de actividades que nos sacan de la cotidianidad todos los años a finales del verano. Por esta razón, por tratarse de algo que casi forma parte de nuestro ADN, resulta interesante conocer el origen de numerosos gestos que seguimos repitiendo año tras año. Ciertamente, muchas cosas han cambiado, otras se quedaron en el camino, pero queda claro que, aunque la improvisación es parte fundamental de la fiesta, al celebrarla en su conjunto somos portadores de una larga tradición.  Comencemos pues.

De la Asunción a la Natividad de la Virgen

Quizá una de las primeras cuestiones que se han de tener en cuenta a la hora de analizar el origen de las fiestas de Alustante es el cambio de patronazgo que sufrió el pueblo en un momento, indeterminado por el momento. La tradición oral ha mantenido, seguramente con razón, que en origen las fiestas de Alustante se celebraban el 15 de agosto, festividad de la Asunción de la Virgen, y que, por estarse trabajando durante esas fechas del año en las faenas agrícolas de rigor, fue menester trasladar las fiestas al 8 de septiembre, la Natividad de la Virgen.

La Asunción de la Virgen. Tema central del retablo mayor de Alustante

Como digo, esta noticia, que se ha mantenido de generación en generación, debe de ser cierta porque todavía a finales del siglo XVII se encuentra a la Virgen de la Asunción no sólo como la titular de la parroquia sino también como patrona del lugar. Durante el siglo XVII, además, se encuentran partidas de gastos de pólvora para las funciones del 15 de agosto, la cual debía dispararse con armas de fuego durante las procesiones. Por otro lado, en la documentación municipal se halla datada en 1715 una escritura de adquisición de una “bandera de guerra de diferentes colores” para el colectivo de casados del pueblo, “que tiene por escudo a Nuestra Señora de la Asunción por la una parte y por la otra a San Roque”. Cabe pensar, pues, que esta bandera podría bandearse en ambos días sucesivos, si bien en este caso solo por parte de “los vecinos cassados de este lugar de Alustante, i no los mozos, los quales dichos cassados tienen mando i jurisdición sobre ella, i no otra persona alguna”. No en vano, fueron ellos los que desembolsaron los 750 reales que costó esta primera bandera documentada en el pueblo.

Corporación municipal en 1971 presidida por D. Aquilino Fuertes. Tras ellos, el abanderado con una bandera carmesí hoy desaparecida

La importancia de esta duplicidad festiva (la Asunción-San Roque) queda patente todavía a finales del siglo XIX, pues el día 16 de agosto era habitual lidiar en la plaza del pueblo las vacas de la vacada del lugar, constituida por las reses particulares de los vecinos. A este respecto, parece ser que, aprovechando algunas faenas propias de este tipo de ganado, como eran “herrar, castrar, destetar, acollar”, se procedía a la tienta de algunas de ellas. Estamos hablando, evidentemente, de reses en principio domésticas, utilizadas sobre todo para la labranza, pero que debido a sus encastes muchas veces de origen bravo, podían utilizarse eventualmente como animales de lidia. Estaríamos ante una de las modalidades más primitivas de corrida de toros, que todavía recogen en sendas novelas costumbristas en esta área geográfica Polo Peyrolón en Los Mayos de Albarracín (1878) y Araúz Estremera en La hija del Tío Paco (1895), para la Sierra de Molina.

Francisco de Goya. Diversión de España, serie ‘Los Toros de Burdeos’ (1824-1825). Fte.: Wikipedia

Las vacas se bajaban de las dehesas boyales al pueblo hasta la plaza del pueblo y, a pesar de su propiedad privada, la manada revertía a una especie de bien colectivo, semoviente en este caso, que era susceptible de ser disfrutado por el conjunto los vecinos del lugar por un día. A este respecto, se sabe que los vecinos de Molina tuvieron el privilegio durante los siglos XVI y XVII -tal vez desde la Edad Media- de llevar a la villa las vacadas de los pueblos que aquellos deseaban para sus celebraciones taurinas, lo que conllevó numerosos pleitos entre la villa y la tierra que se zanjaron con la suspensión de dicho privilegio en 1603.

Sin embargo, fundados en el mismo uso y costumbre, los vecinos de los pueblos, parece ser que siguieron haciendo lo propio con sus ganados comunales vacunos. Esta costumbre se cuestiona a partir de finales del siglo xix, concretamente se documenta en 1881, Blas Pérez denuncia al Ayuntamiento de Alustante por habérsele desgraciado una res en este festejo y, aunque la Corporación parece defender el derecho secular de la comunidad a hacer uso de la vacada del lugar para estos fines, finalmente ha de compensar al propietario. Lo importante de esta noticia documental es que el hecho parece suponer el cuestionamiento de la costumbre, que acabaría desapareciendo en décadas sucesivas, y de la que aún hemos oído hablar a los más mayores.

La cofradía de la Natividad de la Virgen en Alustante

Por lo que llevamos explicado, la fiesta principal del pueblo tenía lugar el 15 de agosto y el día posterior hasta un momento impreciso de los siglos XVIII o XIX, pero esto no quiere decir que la fiesta de Natividad de la Virgen no se celebrara al mismo tiempo, incluso da la impresión que con mayor boato en ocasiones. Acerca de la existencia de una cofradía de la Natividad en Alustante, se sabe que ya existía en 1545, año en el que proyecta la construcción de un retablo en la iglesia que, no hacía tanto, había sido terminada en sus obras de arquitectura. Así pues, ya entonces cabe hablar de una festividad mariana en Alustante el 8 de septiembre.

Clave de la capilla de la Natividad

Los objetivos de la cofradía y las cualidades de sus integrantes se nos escapan. Es interesante observar que en la clave de la capilla de Santa Catalina, en origen perteneciente a la cofradía hermana a la de la Natividad, se encuentra la rueda dentada, atributo iconográfico de dicha santa, mientras que en la capilla de la Natividad la clave está adornada con una serie de símbolos alusivos a ciertas herramientas de construcción: una escuadra, un compás, un mallo. Esto podría sugerir el posible origen gremial de dicha cofradía: ¿canteros, carpinteros? Sin embargo, si en sus componentes en origen se reducían a cierto oficio mecánico, cuando comienzan a abundar las noticias documentales, a partir de 1619, el número de cofrades asciende a 262, de los cuales, algunos incluso son vecinos de lugares próximos: Motos, Orihuela, Alcoroches, Adobes, Tordesilos, Setiles, El Pobo.

La población en Alustante en ese momento de principios del XVII ha de estimarse a través de dos censos, el de 1587, en el que aparece con 100 vecinos, y el llamado Censo de la Sal de 1631, con 137. Hay que señalar que las cifras que ofrecen estos censos son de vecinos, esto es, de casas habitadas, y que la dificultad que entrañan estos es qué coeficiente de conversión aplicar para estimar el número de habitantes del lugar; por ello, con toda la prudencia, aplicamos hipotéticamente un coeficiente de 3,2 habitantes/ hogar, que ofrecería una variación de 320 habitantes en 1587 a 438 en 1631. Calculamos, por ello, que esta cofradía podría aglutinar en torno a un 67% de los habitantes del lugar. No era pues, un colectivo minoritario ni cerrado.

* * *

Parece ser, por lo tanto, que las fiestas patronales actuales recogen elementos de dos festividades históricas en las que el lugar celebró sus solemnidades y regocijos: la Asunción y la Natividad. En estos días iremos analizándolos y reconociéndolos como parte de una tradición que, si bien este año no se ha podido reproducir, es seguro que seguirá siendo una cita obligada para todos los vecinos e hijos del pueblo de cara al futuro.

La Villomera

En estos días de mayo suele reproducirse uno de esos espectáculos que la naturaleza nos ofrece gratuitamente. El florecimiento de los guillomos que adornan el halda de los Quemados, que es la cadena de cerros que delimita el término del pueblo por el mediodía.

Los guillomos (Amelanchier ovalis) aquí se llaman villomas /billomas/, aunque, en tiempos, también adquirían el nombre de millomos o millomas. Con este arbusto, con sus ramas, se hacían escobas con las que se barrían portales, eras y calles. No era difícil verlas utilizar por los padres de familia en vísperas de fiestas, especialmente en aquellas vías públicas por las que debía pasar la procesión. De ahí que también se llamaran así: escobas.

Villoma, guillomo, milloma, etc. (Amelanchier ovalis)

Suelen florecer en torno al 10 de mayo, aunque este año llevan como una semana y media de adelanto. Algo así ha pasado con los vencejos, que aquí llamamos aviones, que llegaron para San Marcos, cuando, habitualmente, suelen venir para la Cruz de Mayo. Todo parece trastocado.

Precisamente este arbusto da nombre a uno de los parajes del pueblo, la Villomera. En 1502, en un apeo de los bienes de la iglesia, aparece documentado como la Cuesta del Millomar, topónimo que se repite en diversos documentos (inventarios de bienes particulares -especialmente testamentos- y corporativos) de los siglos XVII y XVIII. En el amillaramiento (padrón de propiedades y propietarios con fines fiscales) de 1863, conservado en el Archivo Provincial de Guadalajara, conviven los dos topónimos: la Villomera y el Millomar para referirse al mismo paraje.

Localización del topónimo. Base cartográfica: D.G. Catastro

En un documento catastral de 1879 acaba prevaleciendo la Villomera, y en el siglo XX consta ésta en diversos documentos, empezando por los trabajos catastrales de 1931, que dieron origen a los planos y listados de propiedades que aún se siguen utilizando; aunque, si bien aparece en el padrón de propietarios, ya no consta en los planos. Unos años después, en 1935, es mencionado en el Contrato de pastos de la Mancomunidad de Labradores de Alustante, por el que se regulaba el uso de las áreas de labor como pastos, especialmente en el periodo de aprovechamiento de rastrojeras.

Flor de la villoma

Hoy, sin embargo, es uno de los topónimos que parece estar sufriendo con más rigor el proceso de olvido al que, en general, se está viendo sometido este patrimonio inmaterial local. Afortunadamente, unos pocos días al año, este nombre añejo regresa al habla popular, a pesar de que ya casi no consta en planos ni listados, y solo se conserva en ese frágil recipiente de barro, que es la memoria.

Cirujeda, Cirujeda

El despoblado medieval de Cirujeda siempre ha sido un lugar lleno de misterios. Se dice que en él había un tesoro escondido, de cuando los moros. Un tesoro escondido, envuelto en una piel de toro, para más señas.

La verdad es que no se sabe mucho de este sitio. Un día iba en el tren, camino de Zaragoza, hojeando las fotocopias de un proceso judicial de principios del siglo XV y, de repente, di un salto en el asiento: «¡Ahí va!». La gente se volvió a ver qué pasaba. Yo, colorado, traté de disculparme. Había encontrado una mención a un tan Ferrán Martínez, vecino de Allustante, fraile de Santa María de Cirujeda.

Molino de Cirujeda

Poco más pude sacar de aquel documento, puesto que la palabra fraile podía referirse, tanto al miembro de una comunidad religiosa, como a un santero, de los muchos que hubo en tantas otras ermitas del Señorío de Molina. Sí que es cierto que Cirujeda no era solo la ermita: tenía su molino de cubo, una casa para el molinero, un pajar con su era, huertos, un colmenar, un herreñal, muchas tierras de labor y hasta se documenta una vacada propia de la ermita a principios del siglo XVI. Los restos que hay detrás de la ermita podrían corresponder a una torre defensiva. Ojalá un día no muy lejano nos puedan sacar de dudas los arqueólogos, o arqueólogas.

Sobre la posibilidad de que fuera un pequeño asentamiento medieval cristiano, no cabe duda. Cirujeda es un topónimo romance: ‘lugar de ciruelos’ . Previamente habría sido un poblado musulmán y, tal vez, retrocediendo en el tiempo, no sería ajeno a la cultura celtibérica.

Con la repoblación del Señorío de Molina en los siglos XII y XIII habría sido uno de los numerosos villares que se fundaron por doquier, de hecho en un inventario de la iglesia de Alustante datado en 1502 se señala, con respecto a las propiedades de la ermita, que las rentas estaban antes partidas entre la parroquia y la ermita «e agora está todo junto».

Esto quiere decir que, de algún modo, Cirujeda tuvo una cierta independencia con respecto a la parroquia de Alustante. La dehesa Somera o de Arriba de Alustante se denominaba, al parecer, dehesa (de) Cirujeda, con lo que es posible que dicho monte, en origen, perteneciera a este villar medieval. Hay que tener en cuenta que la dehesa Somera llegaba hasta el camino de Alcoroches y, por lo tanto, su límite norte estaba muy próximo a la ermita y al molino.

Sin embargo, en el proceso de despoblación de multitud de pequeñas aldeas que se da en el territorio molinés a partir del siglo XIV (tal vez desde fines del siglo anterior), Cirujeda pudo sufrir esta misma suerte. Muchos despoblados, especialmente los más tempranos, pasan a depender de los pueblos mayores más cercanos, lo que explicaría que, ya en 1407, Ferrán Martínez, nuestro fraile, sea considerado vecino de Alustante.

Imagen de la Virgen de Cirujeda

La imagen de la Virgen es del siglo XIII. Acaso de lo más antiguo del escaso, casi inexistente, románico molinés. Durante siglos fue objeto de culto por parte de los vecinos de Alustante, un hecho común a tantos despoblados, el cual ha sido interpretado a veces como una reminiscencia del culto que mantuvieron los antiguos pobladores y sus descendientes, a partir de su migración a pueblos cercanos, a sus antiguos santos patrones. Efectivamente, muchas romerías a ermitas ubicadas en lo que fueron antiguas aldeas parecen tener este origen.

En este caso la romería de la Virgen de Cirujeda tenía lugar el día de la letanía mayor, 25 de abril. El origen de estas letanías se encuentra en Roma, donde se acudía, y supongo se acude aún este día, a celebrar una rogativa en recuerdo de una epidemia de peste inguinaria acaecida en el año 590. Esta rogativa, que se siguió celebrando a lo largo de los siglos, terminaba en la basílica de Santa María la Mayor de Roma, de modo que, cuando se extendió la costumbre al resto de la Cristiandad, cada localidad la conducía a un lugar sagrado, preferiblemente de connotaciones marianas. Así, en Alustante la letanía mayor se hacía yendo en rogativa a Santa María de Cirujeda.

Fachada meridional de la ermita de Cirujeda

Al coincidir esta letanía con el el 25 de abril, la ermita acabó denominándose San Marcos, por ser hoy también su festividad, de modo que ya en el siglo XVIII se puede hallar esta confusión de nombres, que incluso se verá en la cartografía oficial. Sin embrago, no hay rastro documental acerca de que en dicha ermita hubiese ningún culto a este santo evangelista. Sí se sabe que durante siglos albergó un retablo (gótico posiblemente) que había estado instalado previamente en la iglesia de Alustante. También se sabe que esa ermita fue quemada durante la Guerra de Independencia y vuelta a reconstruir varias veces.

Se cuenta que aquel día de letanía, como era costumbre del país, el Ayuntamiento repartía huevos duros y vino. En un día tan hermoso como el que hoy hace, es fácil imaginar a todo el pueblo desperdigado por aquellos campos en comidas familiares y de cuadrillas de amigos. Todo aquello de las letanías mayores debió de terminar en las décadas de 1960-1970, a raíz del Gran Éxodo y de las transformaciones en la liturgia católica, quedando solo en un mero recuerdo. Aunque su techumbre fue renovada, ya nunca se ha vuelto a utilizar la ermita. Para los amantes de lo ajeno, no molestarse: está completamente vacía; las paredes, lisas y lasas.

A propósito del tesoro de Cirujeda, hay multitud de versiones de esta tradición oral, pero hoy nos quedamos con un fragmento de una de ellas que ha permanecido y que no sería bueno que se perdiera. Cuando los moros se fueron de Cirujeda, al enterrar el tesoro que no pudieron llevar con ellos -acaso a la espera de regresar a por él un día-, camino del destierro iban llorando por lo que allí dejaban, diciendo: «Cirujeda, Cirujeda, cuán rica y qué pobre te quedas».

La ermita de San Roque

Hoy exactamente hace 419 años que se bendijo la ermita de San Roque. Da la casualidad de que nos encontramos en una situación, si no idéntica, sí muy parecida. Por aquellos años, entre 1598 y 1602 hubo una gran epidemia de peste en toda la Península. Previamente, en 1580, se habla del ‘gran catarro’ que afectó también a la comarca de Molina.

La ermita debió de ser la pequeña iglesia de un despoblado medieval. Muchos recordamos aquella tradición oral que dice que antes el pueblo estaba en San Roque y que sus vecinos, por falta de agua, decidieron trasladar el emplazamiento del lugar donde está actualmente. Es solo una tradición, pero merece seguir recordándose. Quizá nos está hablando de un desplazamiento poblacional de un lugar pequeño a otro mayor, preexistente, como ocurrió en la baja Edad Media en tantos otros sitios.

La ermita, como digo, pudo aprovechar parte de una construcción antigua, a la que en 1601 se le dio otro significado. La situación epidémica de la que nos habla ese letrero grabado en piedra:

«De peste el orbe llagado/ esta ermita edificamos/ i bvestra fiesta botamos/ Roque sed nuestro abogado. Phelipe Tercero y León, cvra. Anno Domini 1601, abril 13»

No es mi intención con este post inquietar, echar más leña al fuego. Todo lo contrario: valorar las enseñanzas de la Historia y, sobre todo, que las circunstancias, incluso las más dramáticas, tarde o temprano, acaban pasando.

De San Miguel a San Miguel

Ayer se celebró San Miguel, el ángel guerrero que vence al demonio. Siempre me ha llamado la atención la representación de este santo en el retablo mayor de la iglesia de Alustante en un puesto preeminente, como dominándolo todo. Su magnitud con respecto al resto de imágenes e historias del retablo sigue siendo –al menos para mí- una incógnita, puesto que no he hallado en Alustante ninguna celebración especial en ese día.

Cabe explicar la presencia de esta imagen, no obstante, como una alusión a la importancia civil/jurídica de esta fiesta a lo largo de la historia local, en la que se daba una gran cantidad de actos de este tipo, desde la formalización o renovación de contratos entre amos y pastores y arrendatarios y propietarios de tierras a la licitación de aprovechamiento de ciertas propiedades del concejo/ayuntamiento, pasando por  la elección de los cargos principales de dicha Casa.

San Miguel fue la fiesta de los pastores por excelencia, en la que los señores de ganados los contrataban de cara a la próxima partida a los extremos.

Local, pero también internacional, puesto que durante siglos se encuentran en toda Europa actos de este tipo, desde Portugal a Italia de Francia y Alemania hasta las Islas Británicas, donde San Miguel era  la fecha predilecta para llevar a cabo acuerdos agrarios, al tiempo que desde la Edad Media era el día de inicio del año legislativo. Así, por ejemplo, en Tolouse era el día de las elecciones municipales (Bordes, 2006) y en Inglaterra Michaelmas era la fiesta de inicio de los años agrario, comercial y hasta educativo (Barthe, 1956: 164-165).

En los reinos y señoríos hispánicos San Miguel era, desde luego, una fecha de primer orden en aspectos contractuales, como ocurría en Córdoba, donde se arrendaban a las compañías los corrales de comedias en el siglo XVII de San Miguel a San Miguel (García, 1999) o en Galicia, donde hasta la misma actualidad San Miguel el Derecho Civil recoge esta fecha como momento de inicio y expiración de los contratos de aparcería (1).

En el Señorío de Molina el fuero deja claro que ese día se procedía a la elección de juez (autoridad suprema del concejo) y alcaldes de barrio (2). Por extensión, y tal como ocurrió hasta el siglo XIX, los jurados, más tarde llamados regidores, al estilo de Castilla, eran elegidos el día de San Miguel. Dichos jurados/ regidores eran dos vecinos de cada aldea que el concejo de Molina elegía anualmente como representantes del concejo local. El día de mercado después de San Miguel era un día especial en el Señorío “en el qual todos se allegarán” (3), lo cual fue interpretado como la celebración de un concejo mayor, en el que supuestamente participarían tanto los vecinos de la villa como de las aldeas (Soler, 1921: 68).

Esta costumbre se habría mantenido también para la elección de los cargos del Común de la Tierra:

“También [en] el modo de gobierno que tienen [los aldeanos] muestran ser gente de buena policía y entendimiento, y es de esta manera: cada año se juntan los de la Tierra de Molina por el día de San Matheo en el lugar que señalan en cada sexma y allí nombran para cada una de las cuatro sexmas un diputado, dos acompañados, dos contadores y un sexmero (…). Después de nombrados los ofizios como está dicho, el domingo siguiente a el día de San Miguel de aquel año se junta el Común en el lugar que deputan cada año” (4).

Aún en la actualidad, sin duda como reminiscencia de aquello, las elecciones para los cargos de la Comunidad del Señorío de Molina, que se celebran cada tres años, tienen lugar el tercer domingo de septiembre en cada sexma, si bien el nombramiento del procurador general se ha retrasado con el tiempo al 4 de noviembre siguiente (5).

 Por lo que respecta a Alustante, todavía hay memoria de que era el día de San Miguel el predilecto para llevar a cabo los contratos, nuevos o renovados, de los pastores. Sin embargo, este era solo uno de los muchos tipos de acuerdos a los que se llegaban en este día en el pueblo. Así, por ejemplo, los contratos de dulero, porquero y vaquero se hacían de San Miguel a San Miguel.

Por lo que respecta al dulero su función consistía en guardar las caballerías del pueblo, tanto las mayores como las menores y tanto las cerriles como  las domadas. En 1841 por cada caballería el dulero, Pascual Lahoz, cobraba cuatro cuartillos de trigo, excepto las “caballerías terientas o de grangeria que van a la dula por temporada, que estas han de pagar un quarto por día, es condición que las ha de guardar de noche por termino de un mes en el berano según costumbre, sugetandose el precitado Pasqual a asistir todos los días  a la dula no tratándola a ningún muchacho” (6).

En cuanto a la vacada del pueblo, al parecer, parte de ella era trashumante: hacia Andalucía en invierno y en Sierra Molina durante algunas temporadas de primavera o verano. Así se observa que en 1841 Manuel Ximénez y Domingo Lorente se obligan “por medio de una persona útil a satisfacción del Ayuntamiento a guardar la bacada de este pueblo, abonándoles una fanega de trigo por cada par de reses y las andaluzas por mitad, según costumbre, llevando los cerriles a la Sierra por uno o dos meses, según disponga el Ayuntamiento, abonándoles un real por cada mes y cada mes” (7).

El cirujano, el médico, el boticario y el veterinario cumplían igualmente con sus funciones de San Miguel a San Miguel,  en Alustante, Adobes y Piqueras, pueblos que formaban la llamada “Junta del Pinillo” por ser este paraje el elegido por estos tres pueblos para realizar los acuerdos referidos a la sanidad. Para el caso del veterinario o albéitar, Alustante pagaba 12 fanegas de trigo, mientras que Adobes y Piqueras pagaban 3 cada uno; el boticario era pagado, al parecer, por los casados de dichos pueblos “advirtiendo a los recién casados que cuenten medio año de matrimonio al bencimiento de esta escritura han de pagar por mitad” (8).

Desde 1743 existía en Alustante la costumbre de que el maestro fuera al mismo tiempo organista y sacristán. Su contrato se hacía también de San Miguel a San Miguel. Habitualmente los niños del pueblo estaban obligados a llevar la leña, como aún llegamos a alcanzar a ver eventualmente los niños de mi generación. No obstante, Miguel Atance, maestro natural de la villa de Maranchón, exige en 1770 que los padres de los niños le lleven  a su casa “una carga de leña por la crueldad del inbierno, sin traer leña los dichos niños, como era costumbre, y se me ha de traer para este San Miguel” (9).

Existen muchos más ejemplos de contratos en ese día tan importante económicamente para las personas que nos precedieron. Lógicamente, poco a poco se han ido olvidando las fechas que marcaban los calendarios en la vida de nuestros abuelos, pero no está mal de vez en cuando mirar más allá del numeral del calendarío y en él hallar parte de nuestra cultura popular. Es otra forma de saborear el paso de los días, de las estaciones, de los años.

Notas:

  1. BOE, nº 91, 05 dic. 1963.
  2. Archivo Municipal de Molina (A.M.M.). Fuero, fol. 11v-12r.
  3. A.M.M., Fuero, fol. 8v
  4. Archivo del cabildo eclesiástico de Molina. Núñez: 172v
  5. Estatutos del Real Señorío de Molina y su Tierra [1990], Arts. 24, 25 y 26.
  6. Archivo Municipal de Alustante (A.M.A), 7.10 fol. 14v.
  7. A.M.A., 7.10 fol. 15r.
  8. A.M.A., 6.27, fol. 174v
  9. A.M.A., 6.27, fol. 37v.

Bibliografía:

BARTHE PORCEL, Julio. “La festividad de San Miguel como término y plazo de negocio jurídico” en Anales de la Universidad de Murcia, vol. 14, nº  1-2 (1956), pp. 157-166.

BORDES, François. Formes et enjeux d’une memoire urbaine au bas Moyen Âge: le premier “Livre des Histoires de Toulouse” (1295-1532). [Tesis doctoral]. Toulouse:  Université de Toulouse-Le Mirail, 2006, T. II.

Fuero de Molina (Ed.) CABAÑAS GONZÁLEZ, Mª Dolores. [Guadalajara]: Diputación Provincial de Guadalajara, 2013.

GARCÍA GÓMEZ, Ángel María. Actividad teatral en Córdoba y arrendamientos de la Casa de las Comedias: 1602-1737. Madrid: Támesis; Diputación de Córdoba, 1999.

SOLER Y PÉREZ, Francisco. Los comunes de villa y Tierra y especialmente del Señorío de Molina de Aragón. Madrid: Establecimiento Tipográfico de Jaime Ratés, 1921.

El pan de pecho (y III)

Concluimos con esta entrada la microhistoria del tributo del pan de pecho. Llegamos hoy a las postrimerías del Antiguo Régimen, cuando este impuesto comienza a ser contestado por parte de los tributarios: los vecinos de los pueblos del Señorío de Molina.

En 1752 podemos observar a través del Catastro de Ensenada que el pan de pecho ha quedado reducido considerablemente en cuanto a su pago por parte de los pueblos, tanto por la rebaja que supuso la compensación del producto de los despoblados, como por la devaluación del tributo en sí a lo largo de los siglos, pues, si bien es cierto que la cantidad de trigo y cebada a pagar se mantiene intacta, los maravedís (moneda en que se pagaba) habían perdido su valor desde el siglo XIII hasta haberse convertido en una moneda, si no insignificante, sí de no demasiado valor. Tan es así, que el dinero en metálico parece ser que ha dejado de cobrarse, y ya solo se paga en especie o el equivalente de ella.

Imagen de Akerraren Adarrak en Pixabay 

Sea como fuere, se observa que Alustante fue el pueblo que mayor carga conservó en cuanto a este tributo entre los del Señorío de Molina con 113 medias de cereal en ese año (1). Este fue el cupo que le correspondió en virtud de un arreglo u operación que se llevó a cabo en Rillo bajo la presidencia del corregidor de Molina en 1751, D. Manuel de Prado (2). Desconozco la razón por la que Alustante pagaba más en este impuesto, pues hay que tener en cuenta que el siguiente que más pagaba era Alcoroches, con 87 medias y 13 cuartillos (3), seguido de Peralejos (80 medias, 19 cuartillos) (4) y Torrubia (79 medias, 2 celemines) (5)

Los criterios para la distribución del tributo entre los pueblos pudieron haber sido demográficos y en función de la cantidad y calidad de tierra laborable. Por lo que respecta a la población, Alustante contaba entonces con unos 809 habitantes (209 vecinos) (6), el segundo pueblo más habitado del Señorío tras Checa (217 vecinos, aproximadamente 839 habitantes) (7).

Por lo que respecta a las áreas de labor contenidas en el término, Alustante se presenta en esta época, sorprendentemente, como uno de los pueblos con mayor extensión de labrantíos, con  8.200 medias, que equivaldrían a unas  1.375 Has. Así, El Pobo contaba con 10.310 medias de labor en su término, Tortuera con 8.905 medias y Setiles con 8.552 medias. Por detrás de Alustante, Tartanedo contaba con 7.815 medias de labor y Campillo de las Dueñas 6.500 medias, siempre según el Catastro de Ensenada.

Según esta comparativa, se observa la coincidencia en Alustante de una considerable población, una razonable área de labores y una mayor tributación con respecto a otros pueblos vecinos. (Índice 100 población: Checa; índice 100 labores: Tortuera; índice 100 pan de pecho: Alustante).
Fte.: Elaboración propia a partir del Catastro de Ensenada.

Ciertamente, no era el impuesto más gravoso al que hacían frente los pueblos del Señorío, sin embargo, lo que parece claro es que este tributo seguía contando en la mentalidad de aquellos hombres y mujeres, ya no por su valor intrínseco, sino por su valor simbólico, como un tributo humillante en tanto que era pagado por un conjunto de pueblos realengos a un grupo de particulares, nobles y eclesiásticos. Anticuado, puesto que nadie recordaba ya la razón concreta para seguir haciendo frente a unas dádivas sin sentido.

De esto da cuenta el discurso del diputado por Molina en las Cortes de Cádiz, López Pelegrín. De este modo, quien había sido previamente procurador general del Común de la Tierra de Molina señala en una de las sesiones constituyentes que

“en el Señorío de Molina se paga una contribución considerable en granos al conde Priego y a las monjas de Buenafuente que se denomina pan de pecho, y lo singular es que lo satisfacen los que se dicen del estado llano, y no los nobles e hidalgos (…) y los infelices labradores del Señorío continúan pagando la recompensa de lo que no perciben, en prueba de los abusos que deben remediar las Cortes” (8).

Con todo, el pan de pecho se estuvo pagando durante varias décadas después de esta denuncia. Por lo que respecta a la cantidad que recibía el cabildo de caballeros de Molina, existen noticias contradictorias que hablarían de que los pueblos habrían dejado de tributar a esta corporación nobiliaria ya en el siglo XVIII por extinción de la misma, aunque en 1763 se vuelve a reclamar al Común de la Tierra que vuelva a entregar a este cabildo 168 reales y cuatro maravedíes en concepto de pan de pecho (Abánades, 2008: II, 228). Con todo, López Pelegrín en su discurso en Cortes de junio de 1811 ya no nombra a la nobleza de Molina como receptora de parte del pan de pecho. Aunque con la posibilidad de que se reinstaurase de nuevo eventualmente años después, en 1813 se declara abolido este tributo para dicho cabildo (9), aunque en 1840 se señala que lo correspondiente al cabildo de caballeros, tras su extinción, abría sido asignado a la dotación del corregidor (López, 1840: 346).

En diversas sesiones de las Cortes de Cádiz se discutieron asuntos atañentes al Señorío de Molina, uno de ellos la vigencia del pan de pecho, tras al menos seis siglos de tributación por parte del campesinado.

El monasterio de Buenafuente se sabe que seguía cobrando el pan de pecho en 1813, de hecho  Alustante seguía pagando 900 reales a este cenobio, lo que suponía aproximadamente unas 33 medias fanegas de grano en aquel momento. Pese a que el privilegio de las monjas de recibir 160 fanegas anuales de trigo y cebada es de nuevo confirmado por privilegio de Fernando VII en 1815, se observa de hecho en años posteriores el paulatino impago por parte de los pueblos de forma individual, es decir, ya no como parte del Común de la Tierra. Pese a ello, legalmente no se suprime el pago a Buenafuente hasta 1837 (Villar, 1994: 371-372).

Por último, en lo referente a la casa condal de Priego, parece ser que en este caso se observa una serie de derogaciones y reinstauraciones en función de los sucesivos cambios de régimen: las reformas constitucionales de 1812, la reacción absolutista de Fernando VII en 1814, la vuelta al constitucionalismo en el trienio liberal (1820-1823), y el nuevo regreso al absolutismo en la llamada Década Ominosa (1823-1833). Así pues, se encuentra una sucesión de derogaciones de este tributo al condado de Priego en 1814 y 1823; sin embargo, todavía en 1833 se da un contencioso entre el duque de Cazano, conde de Priego y príncipe de Montefalconi, grande de España, y a la sazón vecino de Nápoles, y el Común de la Tierra de Molina. En el proceso se descubre que el Común habría estado pagando al menos hasta 1830, siendo de nuevo Alustante el pueblo más cargado en este tributo, al menos en cuanto a lo pagado a Priego: 65 medias y seis cuartillos de trigo y otro tanto de cebada (10).

Fte.: Elaboración propia a partir de López, 1840: 346.

Todavía D. José López Juana, en su Biblioteca de la Hacienda de España (1840), señala que “en el Señorío de Molina se ha pagado y se paga aún en el día una contribución o tributo con el nombre de pan de pecho” (López, 1840: 346). Es posible que ya entonces este tributo estuviera a punto de extinguirse definitivamente, si es que no lo había hecho ya cuando fue publicada esta obra, pero muestra cómo todavía en pleno siglo XIX los labradores de los pueblos del Señorío no habrían olvidado este impuesto feudal que, hasta entonces –o poco antes-, había determinado su extracción social: aunque alguno de ellos hubiese prosperado económicamente sería casi imposible salir (aunque se dieron casos) de su condición de labrador.

La diferencia entre ser pechero o no pechero; que residía fundamentalmente en el nacimiento, en la sangre y, a veces, en la vecindad. Pagar el pan de pecho o no pagarlo había sido tanto como pertenecer a una raza u otra, y en hechos como este se basaron las luchas sociales de los siglos XIX y XX. Conocer la historia permite valorar los logros de aquellos que nos precedieron. Sin embargo, la mala noticia es que la historia no posee necesariamente un discurso lineal: nada se puede dar por sentado; las conquistas sociales de ayer nunca deben descuidarse, pues parece estar en la condición humana esgrimir tales o cuales excusas para justificar pretendidos poderíos de unos sobre otros, y siempre hay resquicios en el tiempo para imponer desigualdades y privilegios que se creían olvidados.

Notas:

(1) Archivo General de Simancas (AGS), Catastro de Ensenada (CE), Respuestas generales (RG), Lib. 99, fol. 30v.

(2) AGS, CE, RG, Lib. 98, fol. 320v

(3)  AGS, CE, RG, Lib. 98, fol. 748r

(4) AGS, CE, RG, Lib. 90, fol. 136v-137r

(5) AGS, CE, RG, Lib. 103, fol. 89r

(6) AGS, CE, RG, Lib. 99, fol. 47r. El coeficiente propuesto por el INE para la provincia de Cuenca, a la que pertenecía el Señorío de Molina, es de 3,869276 habitantes por vecino (Censo, 1993: II, 86).

(7) AGS, CE, RG, Lib. 100, fol. 303r.

(8) Diario de las Cortes Generales y Extraordinarias (26/06/1811) nº 267, p. 1335.

(9) Archivo de la Comunidad del Real Señorío de Molina (ACRSM), sign. 31.43.

(10) Archivo de la Chancillería de Valladolid (ACHV), Registro de ejecutorías, caja 3929, 124

Bibliografía:

ABÁNADES LÓPEZ, Claro. El Señorío de Molina. Volumen II. Sevilla: 2009.

Censo de Población de la Corona de Castilla “Marqués de la Ensenada” 1752. Voluen II. Madrid: Instituto Nacional de Estadística, 1993.

Diario de las Cortes Generales y Extraordinarias (26/06/1811) nº 267

LÓPEZ JUANA PINILLA, José. Biblioteca de Hacienda de España. Tomo I. Madrid: E. Aguado, 1840.

VILLAR ROMERO, María Teresa y VILLAR ROMERO, María del Carmen. Buenafuente, un monasterio del Císter (siglos XV-XIX). Silos: Abadía de Santo Domingo, 1994.

El pan de pecho (II)

La semana pasada  hablamos sobre el tributo del pan de pecho, una carga fiscal que tenían que satisfacer los vecinos de las aldeas de Molina a los condes de este territorio. No obstante, este impuesto fue repartiéndose (enajenándose) hasta terminar en manos del monasterio cisterciense de Buenafuente, el cabildo de caballeros de Molina y el conde de Priego.  También se habló de que el cupo que correspondía pagar al Común de las aldeas se distribuía entre ellas, consignándose distintas cantidades de cereal (trigo y cebada) y dinero (maravedís) a cada pueblo hasta satisfacer el total anual a pagar.

Dado que este era el sistema de cobro de aquel tributo, la salida de un pueblo de la jurisdicción del condado o su despoblación implicaba incrementar el cupo al resto de los pueblos, por lo que se trató por todos los medios de que esto no ocurriera. Fue el caso de Cobeta, Olmeda y Villar de Cobeta (Villar, 1987: 111) y también Establés y Anchuela del Campo, en el extremo occidental del Señorío (1). Fue el caso de Motos, asimismo, durante los episodios de violencia feudal del caballero de Motos a finales del siglo XV, momento en el que se corrió un grave riesgo de que el lugar quedase adscrito a un señor particular.

En otra ocasión trataremos más detenidamente sobre este periodo, que se prolongó aproximadamente entre 1453 y 1479 y que supuso la apropiación de Motos por parte de un noble que la cronística tradicional ha llamado Beltrán de Oreja o Álvaro de Hita (Layna, [1994] 1933: 475). Sea como fuere, tras la muerte del caballero en 1477, su hijo, Pedro de Motos, es considerado dueño de dicho lugar incluso, durante un tiempo, por la propia documentación oficial (2). Esta posible salida de Motos del realengo molinés, y con ello la suspensión del pago del pan de pecho por parte de este pueblo, inquietó al Común de las aldeas de Molina, corporación que se dirige en 1478 a la realeza diciendo:

“que de dies años a esta parte ellos [los pueblos del Común de la Tierra] han pagado e pagan todos los pedidos e monedas e alcaualas e martiniegas e otros pechos reales a nos pertenesçietes, y han valido a pagar al [= por el] logar de Motos, qués de la jurydiçión de la dicha villa, que moran más de çient mill maravedís, porque dys que los vesinos del dicho logar non querién pagar nin contribuyr a ellos nin los demás pechos, porque el dicho vuestro padre, e vos después de su fyn, tomastes e avedes tomado e entrado e tomado e ocupado el dicho logar, e los avedes defendido e defendedes que non paguen los dichos pechos ynjusta e yndeuidamente, disiendo que es vuestro el dicho logar e que a vos pertenesçen los dichos pechos, suplicándonos y sobre ello les mandásemos proueer merced y mandar que dexásedes e desocupásedes el dicho logar, pues dis que non es vuestro, saluo de la jurydiçión de la dicha villa, ni tomásedes los pechos del dicho logar, e a los vesinos dél, vos diesen e pagasen libremente los dichos çient mill maravedís e más el pan de la martiniega, que dis que deuen de los dichos dies años a esta parte con los otros dichos pechos, pues ansý dis que pagaron por ellos” (3).

Torre de la iglesia de Motos. Posterior a los episodios de señorialización narrados, y claramente construida en un espacio inferior al cerro del Castillo, e incluso bajo el nivel de algunas calles del pueblo, a fin e evitar nuevas situaciones de violencia feudal, como las causadas desde la antigua torre, emplazada sobre el cerro.

Ruego disculpas por la extensión de la cita, pero me ha parecido interesante transcribir este texto para ilustrar qué ocurría cuando un pueblo caía en manos particulares. Como puede verse, existe una mora o deuda de cien mil maravedís por parte de Motos al Común de las aldeas o de la Tierra. La razón es que durante diez años este lugar habría dejado de contribuir con el resto de los pueblos del Señorío y estos se habrían visto obligados a cubrir la parte no tributada por Motos. No obstante, el concejo del lugar sí estaba pagando los tributos, si bien no a los receptores legítimos, sino al caballero de Motos y a su hijo, Pedro de Motos, que habían usurpado una aldea perteneciente al realengo molinés, de ahí su negativa a duplicar el pago: ellos ya habían contribuido. La crudeza de las normas de la época hace que la deuda no se exija a Pedro de Motos, posiblemente por su condición de noble, sino a la población pechera.

En otros casos, donde la apropiación de un lugar por un noble, eclesiástico y orden militar sí fue aceptada por la realeza (señorialización), la pérdida para el Común fue definitiva, con la consiguiente redistribución de la cantidad a tributar entre los pueblos que se habían mantenido en el realengo. Fue el caso de La Yunta, Castilnuevo, Cuevas Minadas, Cobeta, El Villar, La Olmeda, etc.

Por lo que respecta a los despoblados, durante la baja Edad Media se había producido una despoblación considerable del territorio con numerosas aldeas abandonadas, debido a las guerras, las pandemias de peste, la misma presión fiscal o, simplemente, por causa de una tendencia demográfica a vivir en lugares mayores. Así, en la segunda mitad del siglo XIV se expresa por parte de Pedro IV de Aragón que

“por occasión de las guerras crueles que son seydas entre nos e el rey de Castiella, como por otras tribulaciones, las aldeas de Molina son en tanto despobladas que, segunt se dize, no habiten en aquellas quasi trenta personas que sean peyteras”  (Cit. Benítez, 1993: 71)

 Así, acaba despoblándose una serie de aldeas por cuya posesión luchará el Común de la Tierra, y acaba logrando de la mano de los Reyes Católicos: fue el caso de El Pedregal, Mortos o Mortus, Gañabisque, Villarejo Seco, Galdones, Monchel, Chilluentes, Vadillos, etc. La audacia del Común para lograr que estos despoblados se convirtieran en bienes de propios de esta institución, es quizá uno de los grandes hitos de su compleja historia.  Con dichos despoblados, arrendados con sus términos y dehesas, serán a lo largo de la Edad Moderna una importante fuente de ingresos para los pueblos del Señorío, los cuales sirvieron para rebajar el cupo a repartir entre los pueblos, y con ello reducir la presión fiscal (Diago, 1991: 496 y ss).

Una última cuestión a reseñar por esta semana es que, como se comentaba la semana pasada, los vecinos de Molina, el clero y los hidalgos de los pueblos estaban exentos de este tributo. Así ocurrió con las pocas casas hidalgas que había en Alustante, concretamente los Rosillo y los Lara.

De este modo, en las pruebas de limpieza de sangre de Juan Rosillo de Lara, natural del lugar y abogado de los Reales Consejos en Madrid, llevada a cabo en 1713 a fin de demostrar la condición de noble de este para adquirir el hábito de la orden de Santiago, se señala que todos sus antepasados habían “gozado entre el estado noble de la esempción de pagar y con otros gozes que an tenido en este Señorío de Molina y su Tierra” (5).

La nobleza, en España y resto de Europa, basaba su prestigio y, en no pocos casos su poder económico, en la exención parcial o total de impuestos. Entretanto, el pueblo llano estaba sometido a numerosas cargas fiscales que imposibilitaban su prosperidad.

Asimismo,  en los padroncillos del siglo XVII que se conservaban en aquel momento en el archivo concejil de Alustante referidos al pago del pan de pecho y otros impuestos por parte de los vecinos de Alustante, se podía leer: “Joseph Rosillo, hidalgo, nada. (…) Juan de Lara, hidalgo, nada. (…) Francisco Rosillo, hidalgo, nada.” (6).

Notas:

  1. Archivo General de Simancas (AGS). RGS,LEG,148802,27
  2. AGS. RGS,LEG,147710,61
  3. AGS. RGS, Leg. 147801,224
  4. Archivo Histórico Nacional (AHN). OM-CABALLEROS_SANTIAGO,Exp.7248
  5. Archivo Histórico Nacional. OM-CABALLEROS_SANTIAGO,Exp.7248
  6. Ídem.

Bibliografía:

BENÍTEZ MARTÍN, Lidia. (Ed.). Documentos para la historia de Molina en la Corona de Aragón. (1369-1375), Fuentes históricas aragonesas 20. Zaragoza: Institución Fernando el Católico, 1992.

DIAGO HERNANDO, Máximo. “Los términos despoblados en las comunidades de Villa y Tierra del Sistema Ibérico castellano a finales de la Edad Media” en Hispania. nº 178, vol. 51 (1991), pp. 467-515.

LAYNA SERRANO, Francisco. Castillos de Guadalajara: Aache: Guadalajara, 1994 (1ª Ed. 1933).

VILLAR ROMERO, Mª del Carmen. Defensa y repoblación de la línea del Tajo en un lugar determinado de la provincia de Guadalajara: Monasterio de Santa María de Buenafuente. Zaragoza: Caja de Ahorros de Zaragoza, Aragón y Rioja, 1987.