De San Miguel a San Miguel

Ayer se celebró San Miguel, el ángel guerrero que vence al demonio. Siempre me ha llamado la atención la representación de este santo en el retablo mayor de la iglesia de Alustante en un puesto preeminente, como dominándolo todo. Su magnitud con respecto al resto de imágenes e historias del retablo sigue siendo –al menos para mí- una incógnita, puesto que no he hallado en Alustante ninguna celebración especial en ese día.

Cabe explicar la presencia de esta imagen, no obstante, como una alusión a la importancia civil/jurídica de esta fiesta a lo largo de la historia local, en la que se daba una gran cantidad de actos de este tipo, desde la formalización o renovación de contratos entre amos y pastores y arrendatarios y propietarios de tierras a la licitación de aprovechamiento de ciertas propiedades del concejo/ayuntamiento, pasando por  la elección de los cargos principales de dicha Casa.

San Miguel fue la fiesta de los pastores por excelencia, en la que los señores de ganados los contrataban de cara a la próxima partida a los extremos.

Local, pero también internacional, puesto que durante siglos se encuentran en toda Europa actos de este tipo, desde Portugal a Italia de Francia y Alemania hasta las Islas Británicas, donde San Miguel era  la fecha predilecta para llevar a cabo acuerdos agrarios, al tiempo que desde la Edad Media era el día de inicio del año legislativo. Así, por ejemplo, en Tolouse era el día de las elecciones municipales (Bordes, 2006) y en Inglaterra Michaelmas era la fiesta de inicio de los años agrario, comercial y hasta educativo (Barthe, 1956: 164-165).

En los reinos y señoríos hispánicos San Miguel era, desde luego, una fecha de primer orden en aspectos contractuales, como ocurría en Córdoba, donde se arrendaban a las compañías los corrales de comedias en el siglo XVII de San Miguel a San Miguel (García, 1999) o en Galicia, donde hasta la misma actualidad San Miguel el Derecho Civil recoge esta fecha como momento de inicio y expiración de los contratos de aparcería (1).

En el Señorío de Molina el fuero deja claro que ese día se procedía a la elección de juez (autoridad suprema del concejo) y alcaldes de barrio (2). Por extensión, y tal como ocurrió hasta el siglo XIX, los jurados, más tarde llamados regidores, al estilo de Castilla, eran elegidos el día de San Miguel. Dichos jurados/ regidores eran dos vecinos de cada aldea que el concejo de Molina elegía anualmente como representantes del concejo local. El día de mercado después de San Miguel era un día especial en el Señorío “en el qual todos se allegarán” (3), lo cual fue interpretado como la celebración de un concejo mayor, en el que supuestamente participarían tanto los vecinos de la villa como de las aldeas (Soler, 1921: 68).

Esta costumbre se habría mantenido también para la elección de los cargos del Común de la Tierra:

“También [en] el modo de gobierno que tienen [los aldeanos] muestran ser gente de buena policía y entendimiento, y es de esta manera: cada año se juntan los de la Tierra de Molina por el día de San Matheo en el lugar que señalan en cada sexma y allí nombran para cada una de las cuatro sexmas un diputado, dos acompañados, dos contadores y un sexmero (…). Después de nombrados los ofizios como está dicho, el domingo siguiente a el día de San Miguel de aquel año se junta el Común en el lugar que deputan cada año” (4).

Aún en la actualidad, sin duda como reminiscencia de aquello, las elecciones para los cargos de la Comunidad del Señorío de Molina, que se celebran cada tres años, tienen lugar el tercer domingo de septiembre en cada sexma, si bien el nombramiento del procurador general se ha retrasado con el tiempo al 4 de noviembre siguiente (5).

 Por lo que respecta a Alustante, todavía hay memoria de que era el día de San Miguel el predilecto para llevar a cabo los contratos, nuevos o renovados, de los pastores. Sin embargo, este era solo uno de los muchos tipos de acuerdos a los que se llegaban en este día en el pueblo. Así, por ejemplo, los contratos de dulero, porquero y vaquero se hacían de San Miguel a San Miguel.

Por lo que respecta al dulero su función consistía en guardar las caballerías del pueblo, tanto las mayores como las menores y tanto las cerriles como  las domadas. En 1841 por cada caballería el dulero, Pascual Lahoz, cobraba cuatro cuartillos de trigo, excepto las “caballerías terientas o de grangeria que van a la dula por temporada, que estas han de pagar un quarto por día, es condición que las ha de guardar de noche por termino de un mes en el berano según costumbre, sugetandose el precitado Pasqual a asistir todos los días  a la dula no tratándola a ningún muchacho” (6).

En cuanto a la vacada del pueblo, al parecer, parte de ella era trashumante: hacia Andalucía en invierno y en Sierra Molina durante algunas temporadas de primavera o verano. Así se observa que en 1841 Manuel Ximénez y Domingo Lorente se obligan “por medio de una persona útil a satisfacción del Ayuntamiento a guardar la bacada de este pueblo, abonándoles una fanega de trigo por cada par de reses y las andaluzas por mitad, según costumbre, llevando los cerriles a la Sierra por uno o dos meses, según disponga el Ayuntamiento, abonándoles un real por cada mes y cada mes” (7).

El cirujano, el médico, el boticario y el veterinario cumplían igualmente con sus funciones de San Miguel a San Miguel,  en Alustante, Adobes y Piqueras, pueblos que formaban la llamada “Junta del Pinillo” por ser este paraje el elegido por estos tres pueblos para realizar los acuerdos referidos a la sanidad. Para el caso del veterinario o albéitar, Alustante pagaba 12 fanegas de trigo, mientras que Adobes y Piqueras pagaban 3 cada uno; el boticario era pagado, al parecer, por los casados de dichos pueblos “advirtiendo a los recién casados que cuenten medio año de matrimonio al bencimiento de esta escritura han de pagar por mitad” (8).

Desde 1743 existía en Alustante la costumbre de que el maestro fuera al mismo tiempo organista y sacristán. Su contrato se hacía también de San Miguel a San Miguel. Habitualmente los niños del pueblo estaban obligados a llevar la leña, como aún llegamos a alcanzar a ver eventualmente los niños de mi generación. No obstante, Miguel Atance, maestro natural de la villa de Maranchón, exige en 1770 que los padres de los niños le lleven  a su casa “una carga de leña por la crueldad del inbierno, sin traer leña los dichos niños, como era costumbre, y se me ha de traer para este San Miguel” (9).

Existen muchos más ejemplos de contratos en ese día tan importante económicamente para las personas que nos precedieron. Lógicamente, poco a poco se han ido olvidando las fechas que marcaban los calendarios en la vida de nuestros abuelos, pero no está mal de vez en cuando mirar más allá del numeral del calendarío y en él hallar parte de nuestra cultura popular. Es otra forma de saborear el paso de los días, de las estaciones, de los años.

Notas:

  1. BOE, nº 91, 05 dic. 1963.
  2. Archivo Municipal de Molina (A.M.M.). Fuero, fol. 11v-12r.
  3. A.M.M., Fuero, fol. 8v
  4. Archivo del cabildo eclesiástico de Molina. Núñez: 172v
  5. Estatutos del Real Señorío de Molina y su Tierra [1990], Arts. 24, 25 y 26.
  6. Archivo Municipal de Alustante (A.M.A), 7.10 fol. 14v.
  7. A.M.A., 7.10 fol. 15r.
  8. A.M.A., 6.27, fol. 174v
  9. A.M.A., 6.27, fol. 37v.

Bibliografía:

BARTHE PORCEL, Julio. “La festividad de San Miguel como término y plazo de negocio jurídico” en Anales de la Universidad de Murcia, vol. 14, nº  1-2 (1956), pp. 157-166.

BORDES, François. Formes et enjeux d’une memoire urbaine au bas Moyen Âge: le premier “Livre des Histoires de Toulouse” (1295-1532). [Tesis doctoral]. Toulouse:  Université de Toulouse-Le Mirail, 2006, T. II.

Fuero de Molina (Ed.) CABAÑAS GONZÁLEZ, Mª Dolores. [Guadalajara]: Diputación Provincial de Guadalajara, 2013.

GARCÍA GÓMEZ, Ángel María. Actividad teatral en Córdoba y arrendamientos de la Casa de las Comedias: 1602-1737. Madrid: Támesis; Diputación de Córdoba, 1999.

SOLER Y PÉREZ, Francisco. Los comunes de villa y Tierra y especialmente del Señorío de Molina de Aragón. Madrid: Establecimiento Tipográfico de Jaime Ratés, 1921.

El pan de pecho (y III)

Concluimos con esta entrada la microhistoria del tributo del pan de pecho. Llegamos hoy a las postrimerías del Antiguo Régimen, cuando este impuesto comienza a ser contestado por parte de los tributarios: los vecinos de los pueblos del Señorío de Molina.

En 1752 podemos observar a través del Catastro de Ensenada que el pan de pecho ha quedado reducido considerablemente en cuanto a su pago por parte de los pueblos, tanto por la rebaja que supuso la compensación del producto de los despoblados, como por la devaluación del tributo en sí a lo largo de los siglos, pues, si bien es cierto que la cantidad de trigo y cebada a pagar se mantiene intacta, los maravedís (moneda en que se pagaba) habían perdido su valor desde el siglo XIII hasta haberse convertido en una moneda, si no insignificante, sí de no demasiado valor. Tan es así, que el dinero en metálico parece ser que ha dejado de cobrarse, y ya solo se paga en especie o el equivalente de ella.

Imagen de Akerraren Adarrak en Pixabay 

Sea como fuere, se observa que Alustante fue el pueblo que mayor carga conservó en cuanto a este tributo entre los del Señorío de Molina con 113 medias de cereal en ese año (1). Este fue el cupo que le correspondió en virtud de un arreglo u operación que se llevó a cabo en Rillo bajo la presidencia del corregidor de Molina en 1751, D. Manuel de Prado (2). Desconozco la razón por la que Alustante pagaba más en este impuesto, pues hay que tener en cuenta que el siguiente que más pagaba era Alcoroches, con 87 medias y 13 cuartillos (3), seguido de Peralejos (80 medias, 19 cuartillos) (4) y Torrubia (79 medias, 2 celemines) (5)

Los criterios para la distribución del tributo entre los pueblos pudieron haber sido demográficos y en función de la cantidad y calidad de tierra laborable. Por lo que respecta a la población, Alustante contaba entonces con unos 809 habitantes (209 vecinos) (6), el segundo pueblo más habitado del Señorío tras Checa (217 vecinos, aproximadamente 839 habitantes) (7).

Por lo que respecta a las áreas de labor contenidas en el término, Alustante se presenta en esta época, sorprendentemente, como uno de los pueblos con mayor extensión de labrantíos, con  8.200 medias, que equivaldrían a unas  1.375 Has. Así, El Pobo contaba con 10.310 medias de labor en su término, Tortuera con 8.905 medias y Setiles con 8.552 medias. Por detrás de Alustante, Tartanedo contaba con 7.815 medias de labor y Campillo de las Dueñas 6.500 medias, siempre según el Catastro de Ensenada.

Según esta comparativa, se observa la coincidencia en Alustante de una considerable población, una razonable área de labores y una mayor tributación con respecto a otros pueblos vecinos. (Índice 100 población: Checa; índice 100 labores: Tortuera; índice 100 pan de pecho: Alustante).
Fte.: Elaboración propia a partir del Catastro de Ensenada.

Ciertamente, no era el impuesto más gravoso al que hacían frente los pueblos del Señorío, sin embargo, lo que parece claro es que este tributo seguía contando en la mentalidad de aquellos hombres y mujeres, ya no por su valor intrínseco, sino por su valor simbólico, como un tributo humillante en tanto que era pagado por un conjunto de pueblos realengos a un grupo de particulares, nobles y eclesiásticos. Anticuado, puesto que nadie recordaba ya la razón concreta para seguir haciendo frente a unas dádivas sin sentido.

De esto da cuenta el discurso del diputado por Molina en las Cortes de Cádiz, López Pelegrín. De este modo, quien había sido previamente procurador general del Común de la Tierra de Molina señala en una de las sesiones constituyentes que

“en el Señorío de Molina se paga una contribución considerable en granos al conde Priego y a las monjas de Buenafuente que se denomina pan de pecho, y lo singular es que lo satisfacen los que se dicen del estado llano, y no los nobles e hidalgos (…) y los infelices labradores del Señorío continúan pagando la recompensa de lo que no perciben, en prueba de los abusos que deben remediar las Cortes” (8).

Con todo, el pan de pecho se estuvo pagando durante varias décadas después de esta denuncia. Por lo que respecta a la cantidad que recibía el cabildo de caballeros de Molina, existen noticias contradictorias que hablarían de que los pueblos habrían dejado de tributar a esta corporación nobiliaria ya en el siglo XVIII por extinción de la misma, aunque en 1763 se vuelve a reclamar al Común de la Tierra que vuelva a entregar a este cabildo 168 reales y cuatro maravedíes en concepto de pan de pecho (Abánades, 2008: II, 228). Con todo, López Pelegrín en su discurso en Cortes de junio de 1811 ya no nombra a la nobleza de Molina como receptora de parte del pan de pecho. Aunque con la posibilidad de que se reinstaurase de nuevo eventualmente años después, en 1813 se declara abolido este tributo para dicho cabildo (9), aunque en 1840 se señala que lo correspondiente al cabildo de caballeros, tras su extinción, abría sido asignado a la dotación del corregidor (López, 1840: 346).

En diversas sesiones de las Cortes de Cádiz se discutieron asuntos atañentes al Señorío de Molina, uno de ellos la vigencia del pan de pecho, tras al menos seis siglos de tributación por parte del campesinado.

El monasterio de Buenafuente se sabe que seguía cobrando el pan de pecho en 1813, de hecho  Alustante seguía pagando 900 reales a este cenobio, lo que suponía aproximadamente unas 33 medias fanegas de grano en aquel momento. Pese a que el privilegio de las monjas de recibir 160 fanegas anuales de trigo y cebada es de nuevo confirmado por privilegio de Fernando VII en 1815, se observa de hecho en años posteriores el paulatino impago por parte de los pueblos de forma individual, es decir, ya no como parte del Común de la Tierra. Pese a ello, legalmente no se suprime el pago a Buenafuente hasta 1837 (Villar, 1994: 371-372).

Por último, en lo referente a la casa condal de Priego, parece ser que en este caso se observa una serie de derogaciones y reinstauraciones en función de los sucesivos cambios de régimen: las reformas constitucionales de 1812, la reacción absolutista de Fernando VII en 1814, la vuelta al constitucionalismo en el trienio liberal (1820-1823), y el nuevo regreso al absolutismo en la llamada Década Ominosa (1823-1833). Así pues, se encuentra una sucesión de derogaciones de este tributo al condado de Priego en 1814 y 1823; sin embargo, todavía en 1833 se da un contencioso entre el duque de Cazano, conde de Priego y príncipe de Montefalconi, grande de España, y a la sazón vecino de Nápoles, y el Común de la Tierra de Molina. En el proceso se descubre que el Común habría estado pagando al menos hasta 1830, siendo de nuevo Alustante el pueblo más cargado en este tributo, al menos en cuanto a lo pagado a Priego: 65 medias y seis cuartillos de trigo y otro tanto de cebada (10).

Fte.: Elaboración propia a partir de López, 1840: 346.

Todavía D. José López Juana, en su Biblioteca de la Hacienda de España (1840), señala que “en el Señorío de Molina se ha pagado y se paga aún en el día una contribución o tributo con el nombre de pan de pecho” (López, 1840: 346). Es posible que ya entonces este tributo estuviera a punto de extinguirse definitivamente, si es que no lo había hecho ya cuando fue publicada esta obra, pero muestra cómo todavía en pleno siglo XIX los labradores de los pueblos del Señorío no habrían olvidado este impuesto feudal que, hasta entonces –o poco antes-, había determinado su extracción social: aunque alguno de ellos hubiese prosperado económicamente sería casi imposible salir (aunque se dieron casos) de su condición de labrador.

La diferencia entre ser pechero o no pechero; que residía fundamentalmente en el nacimiento, en la sangre y, a veces, en la vecindad. Pagar el pan de pecho o no pagarlo había sido tanto como pertenecer a una raza u otra, y en hechos como este se basaron las luchas sociales de los siglos XIX y XX. Conocer la historia permite valorar los logros de aquellos que nos precedieron. Sin embargo, la mala noticia es que la historia no posee necesariamente un discurso lineal: nada se puede dar por sentado; las conquistas sociales de ayer nunca deben descuidarse, pues parece estar en la condición humana esgrimir tales o cuales excusas para justificar pretendidos poderíos de unos sobre otros, y siempre hay resquicios en el tiempo para imponer desigualdades y privilegios que se creían olvidados.

Notas:

(1) Archivo General de Simancas (AGS), Catastro de Ensenada (CE), Respuestas generales (RG), Lib. 99, fol. 30v.

(2) AGS, CE, RG, Lib. 98, fol. 320v

(3)  AGS, CE, RG, Lib. 98, fol. 748r

(4) AGS, CE, RG, Lib. 90, fol. 136v-137r

(5) AGS, CE, RG, Lib. 103, fol. 89r

(6) AGS, CE, RG, Lib. 99, fol. 47r. El coeficiente propuesto por el INE para la provincia de Cuenca, a la que pertenecía el Señorío de Molina, es de 3,869276 habitantes por vecino (Censo, 1993: II, 86).

(7) AGS, CE, RG, Lib. 100, fol. 303r.

(8) Diario de las Cortes Generales y Extraordinarias (26/06/1811) nº 267, p. 1335.

(9) Archivo de la Comunidad del Real Señorío de Molina (ACRSM), sign. 31.43.

(10) Archivo de la Chancillería de Valladolid (ACHV), Registro de ejecutorías, caja 3929, 124

Bibliografía:

ABÁNADES LÓPEZ, Claro. El Señorío de Molina. Volumen II. Sevilla: 2009.

Censo de Población de la Corona de Castilla “Marqués de la Ensenada” 1752. Voluen II. Madrid: Instituto Nacional de Estadística, 1993.

Diario de las Cortes Generales y Extraordinarias (26/06/1811) nº 267

LÓPEZ JUANA PINILLA, José. Biblioteca de Hacienda de España. Tomo I. Madrid: E. Aguado, 1840.

VILLAR ROMERO, María Teresa y VILLAR ROMERO, María del Carmen. Buenafuente, un monasterio del Císter (siglos XV-XIX). Silos: Abadía de Santo Domingo, 1994.

El pan de pecho (II)

La semana pasada  hablamos sobre el tributo del pan de pecho, una carga fiscal que tenían que satisfacer los vecinos de las aldeas de Molina a los condes de este territorio. No obstante, este impuesto fue repartiéndose (enajenándose) hasta terminar en manos del monasterio cisterciense de Buenafuente, el cabildo de caballeros de Molina y el conde de Priego.  También se habló de que el cupo que correspondía pagar al Común de las aldeas se distribuía entre ellas, consignándose distintas cantidades de cereal (trigo y cebada) y dinero (maravedís) a cada pueblo hasta satisfacer el total anual a pagar.

Dado que este era el sistema de cobro de aquel tributo, la salida de un pueblo de la jurisdicción del condado o su despoblación implicaba incrementar el cupo al resto de los pueblos, por lo que se trató por todos los medios de que esto no ocurriera. Fue el caso de Cobeta, Olmeda y Villar de Cobeta (Villar, 1987: 111) y también Establés y Anchuela del Campo, en el extremo occidental del Señorío (1). Fue el caso de Motos, asimismo, durante los episodios de violencia feudal del caballero de Motos a finales del siglo XV, momento en el que se corrió un grave riesgo de que el lugar quedase adscrito a un señor particular.

En otra ocasión trataremos más detenidamente sobre este periodo, que se prolongó aproximadamente entre 1453 y 1479 y que supuso la apropiación de Motos por parte de un noble que la cronística tradicional ha llamado Beltrán de Oreja o Álvaro de Hita (Layna, [1994] 1933: 475). Sea como fuere, tras la muerte del caballero en 1477, su hijo, Pedro de Motos, es considerado dueño de dicho lugar incluso, durante un tiempo, por la propia documentación oficial (2). Esta posible salida de Motos del realengo molinés, y con ello la suspensión del pago del pan de pecho por parte de este pueblo, inquietó al Común de las aldeas de Molina, corporación que se dirige en 1478 a la realeza diciendo:

“que de dies años a esta parte ellos [los pueblos del Común de la Tierra] han pagado e pagan todos los pedidos e monedas e alcaualas e martiniegas e otros pechos reales a nos pertenesçietes, y han valido a pagar al [= por el] logar de Motos, qués de la jurydiçión de la dicha villa, que moran más de çient mill maravedís, porque dys que los vesinos del dicho logar non querién pagar nin contribuyr a ellos nin los demás pechos, porque el dicho vuestro padre, e vos después de su fyn, tomastes e avedes tomado e entrado e tomado e ocupado el dicho logar, e los avedes defendido e defendedes que non paguen los dichos pechos ynjusta e yndeuidamente, disiendo que es vuestro el dicho logar e que a vos pertenesçen los dichos pechos, suplicándonos y sobre ello les mandásemos proueer merced y mandar que dexásedes e desocupásedes el dicho logar, pues dis que non es vuestro, saluo de la jurydiçión de la dicha villa, ni tomásedes los pechos del dicho logar, e a los vesinos dél, vos diesen e pagasen libremente los dichos çient mill maravedís e más el pan de la martiniega, que dis que deuen de los dichos dies años a esta parte con los otros dichos pechos, pues ansý dis que pagaron por ellos” (3).

Torre de la iglesia de Motos. Posterior a los episodios de señorialización narrados, y claramente construida en un espacio inferior al cerro del Castillo, e incluso bajo el nivel de algunas calles del pueblo, a fin e evitar nuevas situaciones de violencia feudal, como las causadas desde la antigua torre, emplazada sobre el cerro.

Ruego disculpas por la extensión de la cita, pero me ha parecido interesante transcribir este texto para ilustrar qué ocurría cuando un pueblo caía en manos particulares. Como puede verse, existe una mora o deuda de cien mil maravedís por parte de Motos al Común de las aldeas o de la Tierra. La razón es que durante diez años este lugar habría dejado de contribuir con el resto de los pueblos del Señorío y estos se habrían visto obligados a cubrir la parte no tributada por Motos. No obstante, el concejo del lugar sí estaba pagando los tributos, si bien no a los receptores legítimos, sino al caballero de Motos y a su hijo, Pedro de Motos, que habían usurpado una aldea perteneciente al realengo molinés, de ahí su negativa a duplicar el pago: ellos ya habían contribuido. La crudeza de las normas de la época hace que la deuda no se exija a Pedro de Motos, posiblemente por su condición de noble, sino a la población pechera.

En otros casos, donde la apropiación de un lugar por un noble, eclesiástico y orden militar sí fue aceptada por la realeza (señorialización), la pérdida para el Común fue definitiva, con la consiguiente redistribución de la cantidad a tributar entre los pueblos que se habían mantenido en el realengo. Fue el caso de La Yunta, Castilnuevo, Cuevas Minadas, Cobeta, El Villar, La Olmeda, etc.

Por lo que respecta a los despoblados, durante la baja Edad Media se había producido una despoblación considerable del territorio con numerosas aldeas abandonadas, debido a las guerras, las pandemias de peste, la misma presión fiscal o, simplemente, por causa de una tendencia demográfica a vivir en lugares mayores. Así, en la segunda mitad del siglo XIV se expresa por parte de Pedro IV de Aragón que

“por occasión de las guerras crueles que son seydas entre nos e el rey de Castiella, como por otras tribulaciones, las aldeas de Molina son en tanto despobladas que, segunt se dize, no habiten en aquellas quasi trenta personas que sean peyteras”  (Cit. Benítez, 1993: 71)

 Así, acaba despoblándose una serie de aldeas por cuya posesión luchará el Común de la Tierra, y acaba logrando de la mano de los Reyes Católicos: fue el caso de El Pedregal, Mortos o Mortus, Gañabisque, Villarejo Seco, Galdones, Monchel, Chilluentes, Vadillos, etc. La audacia del Común para lograr que estos despoblados se convirtieran en bienes de propios de esta institución, es quizá uno de los grandes hitos de su compleja historia.  Con dichos despoblados, arrendados con sus términos y dehesas, serán a lo largo de la Edad Moderna una importante fuente de ingresos para los pueblos del Señorío, los cuales sirvieron para rebajar el cupo a repartir entre los pueblos, y con ello reducir la presión fiscal (Diago, 1991: 496 y ss).

Una última cuestión a reseñar por esta semana es que, como se comentaba la semana pasada, los vecinos de Molina, el clero y los hidalgos de los pueblos estaban exentos de este tributo. Así ocurrió con las pocas casas hidalgas que había en Alustante, concretamente los Rosillo y los Lara.

De este modo, en las pruebas de limpieza de sangre de Juan Rosillo de Lara, natural del lugar y abogado de los Reales Consejos en Madrid, llevada a cabo en 1713 a fin de demostrar la condición de noble de este para adquirir el hábito de la orden de Santiago, se señala que todos sus antepasados habían “gozado entre el estado noble de la esempción de pagar y con otros gozes que an tenido en este Señorío de Molina y su Tierra” (5).

La nobleza, en España y resto de Europa, basaba su prestigio y, en no pocos casos su poder económico, en la exención parcial o total de impuestos. Entretanto, el pueblo llano estaba sometido a numerosas cargas fiscales que imposibilitaban su prosperidad.

Asimismo,  en los padroncillos del siglo XVII que se conservaban en aquel momento en el archivo concejil de Alustante referidos al pago del pan de pecho y otros impuestos por parte de los vecinos de Alustante, se podía leer: “Joseph Rosillo, hidalgo, nada. (…) Juan de Lara, hidalgo, nada. (…) Francisco Rosillo, hidalgo, nada.” (6).

Notas:

  1. Archivo General de Simancas (AGS). RGS,LEG,148802,27
  2. AGS. RGS,LEG,147710,61
  3. AGS. RGS, Leg. 147801,224
  4. Archivo Histórico Nacional (AHN). OM-CABALLEROS_SANTIAGO,Exp.7248
  5. Archivo Histórico Nacional. OM-CABALLEROS_SANTIAGO,Exp.7248
  6. Ídem.

Bibliografía:

BENÍTEZ MARTÍN, Lidia. (Ed.). Documentos para la historia de Molina en la Corona de Aragón. (1369-1375), Fuentes históricas aragonesas 20. Zaragoza: Institución Fernando el Católico, 1992.

DIAGO HERNANDO, Máximo. “Los términos despoblados en las comunidades de Villa y Tierra del Sistema Ibérico castellano a finales de la Edad Media” en Hispania. nº 178, vol. 51 (1991), pp. 467-515.

LAYNA SERRANO, Francisco. Castillos de Guadalajara: Aache: Guadalajara, 1994 (1ª Ed. 1933).

VILLAR ROMERO, Mª del Carmen. Defensa y repoblación de la línea del Tajo en un lugar determinado de la provincia de Guadalajara: Monasterio de Santa María de Buenafuente. Zaragoza: Caja de Ahorros de Zaragoza, Aragón y Rioja, 1987.

El pan de pecho (I)

Hablábamos hace unas semanas del modo de producción feudal y cómo este llegó a los lugares más recónditos, como Alustante. En las épocas en las que predominó este régimen, el final del verano era, para los hombres y mujeres del pasado en las aldeas de Molina, un tiempo complicado, dado que tras la cosecha tocaba pagar un impuesto, uno más de los que se entregaban a las clases dominantes en estas fechas sobre el producto de las cosecha: era el llamado pan de pecho, martiniega o cuenta del agosto.

Molina. Antigua Cámara del Pan o Pósito Real (posterior Delegación Subalterna de Hacienda), donde se depositaban los tributos públicos del Señorío, dinerarios y en especie.

Pan de pecho, porque era pagado (pechado) en cereal (pan). Cuenta del agosto, porque era la cuenta pendiente del campesinado con el señor en esta época del año, quizá también en su acepción de ‘verano’ (1). Téngase en cuenta que el agosto  no se refería siempre al mes de dicho nombre, sino que se prolongaba a lo largo de toda la cosecha que, en algunos lugares, dependiendo de la altitud, duraba hasta septiembre, como era el caso de Alustante, donde se podían encontrar cultivos por encima de los 1.600 metros. Desde luego, estos cultivos no se quedaban exentos de impuestos. De hecho, más adelante en el tiempo, también aparece documentado este impuesto con el nombre de martiniega, alusivo a su cobro, ya no en agosto, sino en San Martín (11 de noviembre), momento en el que se suponía que estaba recogida la totalidad de los frutos, aunque no se cobrase necesariamente ese día (2).

La historia de este tributo es larga, ya que comienza en el siglo XIII y termina a principios del siglo XIX, y su importancia para Alustante y el resto de los pueblos del territorio histórico del Señorío de Molina es que fue un tributo pagadero por ellos, por los habitantes de las aldeas, los labradores, los campesinos, los pecheros, dado que tanto los hidalgos de las aldeas como los habitantes de la villa de Molina estaban exentos de este impuesto.

Se atribuye su imposición a la condesa doña Blanca (c. 1243-1293), no obstante, su padre, el conde Alfonso de Molina (+1272), ya se documenta cobrando la cuenta del agosto en 1262 (3). Desconocemos a cuánto ascendía en ese  tiempo el tributo, pero queda claro que se trataba ya de un impuesto agrario sobre la cosecha del campesinado molinés.

En las adiciones al fuero que hace la condesa se señala ya en qué consistía este tributo anual:

El señor de Molina aya por fuero cada anno en la quenta del agosto mill maravedís et cient cafices de trigo et cient cafizes de ceuada, et el juez coia este pan con el a(l)mud de fierro et delo al señor con el almud derecho del conceio (4).

Puede decirse que la creación del Común de las aldeas de Molina tuvo mucho que ver con la imposición del pan de pecho, dado que parece surgir de algún modo como sociedad de damnificados. El hecho de que en tiempos del conde Alfonso de Molina ya se hable de la Comunidad de aldeas de Molina podría estar indicando que el pan de pecho ya estaba instituido durante su señorío (5).

Parte del pan de pecho habría sido enajenado (=extraído del  patrimonio condal) a mediados del siglo XIII a favor del monasterio de Buenafuente.  Según un testimonio posterior, se sabe que esta concesión se debería a que doña Mafalda, mujer del conde Alfonso, estaba enterrada allí (Villar, 1987: 129).

Castillo de Castilnuevo, una de las posesiones de los condes de Priego, receptores parciales del pan de pecho.

Otra de las enajenaciones que se hizo del tributo llegó en 1293, poco antes de la muerte de doña Blanca, en este caso beneficiando al cabildo de caballeros de Molina. Se trató de una ella se concede a los miembros del cabildo de caballeros de Molina décima parte del impuesto, del mismo modo que se hacía en la Tierra de Cuenca (6).

Tras la muerte de la última condesa independiente, el pan de pecho –lo que quedaba de él- se mantiene en el poder de los reyes de Castilla. La sucesora del Señorío, María de Molina, vuelve a hacer una nueva partición del tributo; este resto va a parar al monasterio de Buenafuente, consistente en 25 cargas de trigo y 25 de centeno anuales sacados  de “las mis rentas e los míos derechos de Molina”  (Villar, 1987: 129). Acaso estas últimas cargas de centeno, fueran en realidad de cebada. A veces las élites no sabían ni lo que cobraban.

La última porción del tributo que se enajenó se hizo en 1376 por parte de Enrique II como señor de Molina a favor de Pedro González de Mendoza, ascendiente de los condes de Priego, y consistía en 50 cahíces de pan toledano de trigo y cebada, que en el siglo XVI eran 894 fanegas de estas especies (7). Es así como este impuesto sale completamente del ámbito jurisdiccional de los señores de Molina, aunque en todo caso hay que recordar que para los campesinos la situación no cambió en absoluto, pues tuvieron que seguir pagando esos 100 cahíces de trigo y 100 de cebada, además de los 1.000 maravedís, independientemente de cuál fuera la medida del pan y el valor del dinero (que fue cambiando con el tiempo) y de quién fuera su receptor (8).

Almud o media fanega herrada con el sello del concejo de Molina, la rueda de molino. Fotografía gentileza Agustín Ruiz.

Este tributo, como la mayoría de los que se cobraban durante la Edad Media y el Antiguo Régimen, se recaudaba por el sistema de encabezamiento, es decir,  sobre las poblaciones. Así, en virtud del vecindario, y acaso de otros factores como la extensión de las áreas de labor e incluso de la productividad de las mismas, el impuesto era repartido para cada aldea por parte del Común de la Tierra, y los encargados de cobrarlo eran sus cuatro diputados, uno por cada sesma del Señorío: Campo, Sierra, Sabinar y Pedregal. Alustante se encontraba localizado en la sesma de la Sierra, al sur del Señorío.

Lo que suponía económicamente para los vecinos de los pueblos este tributo, especialmente en la Edad Media, se refleja en algunas situaciones de despoblación que se dieron en el Señorío. Así, en 1398 se señala que el territorio se encontraba muy mermado de vecindario“porque están en la frontera de Aragón e por la gran caueza de pecho que tienen los de las aldeas del término de Molina(9).

Ciertamente, con el tiempo, este tributo fue devaluándose y haciéndose más llevadero por parte de los aldeanos de Molina, pero no cabe duda de que al sumarse a otros impuestos directos sobre las cosechas (diezmos, y primicias eclesiásticos) o derivados de las mismas al fin y al cabo (alcabalas, cientos, millones, ,etc.),  los vecinos de los pueblos se veían sometidos a una presión fiscal que, en determinados años de medianas y malas cosechas, debían conllevar situaciones nada fáciles en no pocas casas de esta tierra.

(Continuará…)

Notas:

(1)          El agosto puede entenderse como el periodo actual de verano, aunque ocupaba un tiempo poco preciso. Del mismo modo que agostadero era el área de pastos aprovechada desde mayo-junio hasta octubre-noviembre, el agosto podría considerarse el periodo del año durante el cual se prolongaba el pasto de dichas hierbas y se llevaban a cabo otras labores agrarias propias del estío.

(2) En ocasiones se habla incluso, en otros casos, de «la martiniega de San Miguel» (Archivo Histórico de la Nobleza, Priego, CP. 373,D.4).

(3)          Biblioteca Nacional de España (BNE). Ms. 1557. Sánchez Portocarrero, Diego. Historia de los señores de Molina. Tomo II. 114v-115r.

(4)          Archivo Municipal de Molina de Aragón (AMMA). Fuero de Molina, 24r.

(5)          Archivo de la Corona de Aragón, Reg. 15, 33v.

(6)          AMMA. Fuero de Molina, 25v.

(7)         Archivo Histórico de la Nobleza, Priego, C 8, D 4,

(8)          En el año 1500, se señala que el pan de pecho ascendía a 1.449 fanegas de pan “de la medida vieja” y a 61.000 maravedís “en dinero, poco más o menos” (Archivo General de Simancas (RGS),LEG,1500-03,167)

Bibliografía:

DIAGO HERNANDO, Máximo. «Relaciones de poder y conflictos en Molina y su Tierra durante el reinado de los Reyes Católicos» en Wad-Al-Hayara. nº 20 (1993), pp. 127-164.

ESTEPA DÍEZ, Carlos. “Frontera, nobleza y señoríos en Castilla: el Señorío de Molina (siglos XII-XIII)”  en Studia Historica (Hª Med.), nº 24 (2006), pp. 15-86.

VILLAR ROMERO, Mª del Carmen. Defensa y repoblación de la línea del Tajo en un lugar determinado de la provincia de Guadalajara: Monasterio de Santa María de Buenafuente. Zaragoza: Caja de Ahorros de Zaragoza, Aragón y Rioja, 1987.

Las Siete Semanas

La Virgen de Agosto ha sido tradicionalmente en toda Europa una de las fiestas más celebradas. Es un día que marcaba de alguna forma la finalización de las cosechas, de modo que las tierras de labor particulares revertían por un tiempo al patrimonio común (Costa, [1983]: 251). A partir de este día, o su siguiente, San Roque, en Alustante existía el uso y costumbre de desvedar las rastrojeras. Todavía hoy la fecha que marcan las ordenanzas de pastos locales para desvedarlas es el 16 de agosto. Resulta triste ver los rastrojos ya casi sin ganados que los pasteen.

Si la semana pasada escribíamos sobre las tierras de pan llevar, las tierras de labor del concejo, que eran una de sus principales fuentes de ingresos durante el Antiguo Régimen, el otro medio de financiación era el arrendamiento del término durante las llamadas Siete Semanas, desde San Pedro hasta la Virgen de Agosto. Un uso tradicional del Señorío de Molina que estuvo vigente durante casi cinco siglos y que, si bien no ha llegado hasta nosotros, forma parte también del viejo Alustante.

El territorio del Señorío de Molina funcionó como un gran predio en el que pastos, montes y aguas pertenecían a los vecinos del mismo.

El aprovechamiento de las Siete Semanas se apoyaba en la cláusula foral de que todo el territorio de Molina pertenecía a los pobladores del territorio (1), lo cual quería decir que era susceptible de ser aprovechado por todos los vecinos de los pueblos de este territorio. En una sociedad eminentemente agraria, esto quería decir que tanto los montes como  los pastos y las aguas podían ser de libre uso, independientemente del lugar donde se encontrasen. Así pues, los términos de las aldeas, a excepción de las dehesas concejiles y los ejidos que bordeaban a los pueblos (2), eran de libre disfrute, independientemente de la vecindad del ganadero o del recolector de leña, siempre que dicha vecindad correspondiera al conjunto de los pueblos del Señorío.

Una cita del siglo XVIII recogida en el lugar de  Rillo describe a la perfección en qué consistía el uso libre de los montes y pastos comunes, también llamados realengos y montes blancos: mancomunidad de la que “participan los unos en los términos de los otros y los otros en los de los otros(3). En el caso de Alustante, calculamos que  en torno a un 43,6% del término era común, de libre disfrute para el resto de los vecinos y ganados de los pueblos del Señorío de Molina.

Ordenación del territorio en Alustante en el Antiguo Régimen.

 De este modo, exceptuando las tres dehesas, Somera, Bajera y de los Esquiñones, así como los ejidos que rodeaban al pueblo, el resto de lomas y cerros, así como las rastrojeras en el periodo de la derrota de las mieses, podían ser potencialmente usados por el resto de los pueblos. Y al contrario; los vecinos de Alustante podían pastar y aprovechar los montes del resto de las poblaciones molinesas. Por nombrar algunos de los pueblos colindantes, sabemos que a finales del Antiguo Régimen en Motos un  47,41% era considerado común, en Alcoroches estos montes suponían un  52,77% de su término y en Tordesilos en torno a un 38% (4).

Desde luego, el caso del Señorío de Molina no era un caso único, de modo que las Comunidad de Albarracín (Berges, 2009: 228) y Teruel (Castán, 2002, 158)también existían sendas comunidades de pastos similares a la de esta tierra, mientras que en los territorios con foralidad aragonesa, se daba la llamada alera foral, que consistía en el derecho de pasto de  los ganados en el todos los términos del reino, con la condición de no entrar en las eras de los pueblos y volver a su término antes de la puesta del sol (Fairén, 1951), lo cual limitaba este aprovechamiento a los términos inmediatos. Esta alera foral, por comparación, podría completar algunos detalles de cómo se implementaban en otros lugares estos usos y costumbres. En Castilla existían comunidades de pastos y montes en la Tierra de Cuenca, en la de Medinaceli, en la de Soria, etc. Era, pues, un hecho comprensiblemente extendido, dada la necesidad de pastos, leña e incluso alimentos silvestres en la España preindustrial.

Este hecho explicaría en buena parte la deforestación de una parte considerable del término, o por qué el Realengo (el área de los Quemados, la plaza del Pinar, etc.) recibe este nombre, por qué los vecinos de Tordesilos defendían todavía en el siglo XIX el derecho de pastar en los Altos, por qué existía un paso de ganado que, desde las eras de la Soledad, conducía directamente al término de Alcoroches, o por qué los vecinos de Alcoroches tenían derecho de entrada en el área del Collado, o los de Motos derecho de paso de ganado a Sierra Molina por los Quemados.

Este derecho, que tenía sus ventajas evidentes, también tenía sus inconvenientes. Uno de ellos era la lógica competencia que se establecía entre los vecinos de los pueblos por los pastos, más aún cuando, a partir del siglo XIV, comienza a aumentar la cabaña ganadera en el Señorío y los pastos de verano son insuficientes para acoger los rebaños de los pueblos. Esto mismo se habría repetido en diversas épocas de aumento del ganado lanar, o de incremento demográfico humano, no siempre coincidentes. Por ello, se determina en 1399 que, en este caso, desde San Juan (24 de junio) hasta la Virgen de Agosto los pueblos podrían cerrar sus términos y venderlos (alquilarlos) a ganados foráneos durante todo el periodo de estas Siete Semanas que tal día como hoy, 15 de agosto, terminarían, quedando de nuevo los términos practicables para todos los vecinos del territorio (5).

El Realengo recibe su nombre de su origen común a todo el Señorío.

Es interesante comprobar cómo, en un principio, el producto de las Siete Semanas era repartido entre un grupo de propietarios muy concreto, compuesto por  aquellos herederos (propietarios de heredades) que poseía las buenas. Estas buenas eran las 50 medias fanegas mínimas para recibir el reparto de dicho producto (y que, nos tememos, no solo era una cuestión anecdótica, sino toda una discriminación entre herederos y no herederos, vecinos con ciertos derechos civiles y vecinos con menos derechos, acaso, vecinos con posibilidades de elección en la composición del concejo y del Común de la Tierra, y vecinos sin posibilidad alguna. Cuando en la documentación medieval y moderna se habla de hombres buenos, parece claro que esa bonanza se refiere más a esas buenas  que a una cuestión moral.

No obstante, también es importante destacar  que al finalizar el Antiguo Régimen, estas rentas son percibidas por el conjunto de los concejos para el mantenimiento de bienes comunes como caminos y puentes, o el pago de funcionarios y agentes públicos, como los fieles de fechos o escribanos y guardas.  Se sabe que los ganaderos que solían alquilar estos términos eran los grandes señores de ganados de Molina, pertenecientes a la nobleza de la villa que encontraban en la Sierra buenos agostaderos durante su estancia en el territorio, dado que en el invierno bajaban a Andalucía, la Mancha y Extremadura. Así, en Alustante los Peyró del Castillo y los Arias de Molina, junto a un Manuel  María Castejón, vecino de Ágreda, alquilaban el término de Alustante en la segunda mitad del siglo XVIII.

La existencia de la comunidad o mancomunidad de pastos, montes y aguas se comienza a cuestionar en el siglo XVIII so la excusa de una mejor gestión. Desde el siglo XVI el producto habitual de los montes comunes, especialmente en el carboneo,  se dividía en tres partes: una correspondiente a Molina y las dos restantes al Común de la Tierra. Pero en 1799, en un memorial elevado a la Corona por dicho Común reivindica que una de las partes del Común se conceda a los pueblos, dado que eran ellos los que limpiaban dichos montes y apagaban los incendios cuando sucedían; no en vano estos montes estaban enclavados en sus términos (6).

El siglo XIX es un siglo en el que son tantos los cambios sobre la concepción jurídica de la propiedad que no es de extrañar se ahonde más aún en esta cuestión, hasta el punto de hacerla desaparecer. Con la concesión de la municipalidad universal a los pueblos en las Cortes de Cádiz (1812), parece que comienza a incumplirse el ritmo tradicional de veda y desveda de términos, si bien se puede hacer un seguimiento de este uso y costumbre en el Señorío, en ocasiones, hasta la década de 1850. El cierre completo y permanente de los términos supuso, tal vez, una mayor autonomía para cada municipio pero, ¿quién sabe?, tal vez con ello también se produjo una cada vez mayor acentuación del localismo y con él un empobrecimiento y una pérdida considerable de nuestra cultura común.

Notas:

(1) Archivo Municipal de Molina de Aragón. Fuero de Molina, 7r: “Quiero que los omnes que ý poblaren que la ayan en heredad a ellos et a fiios de ellos con todo su término yermo e poblado con sus montes et con aguas et con molinos”.

(2) Tanto las dehesas como los ejidos eran de uso exclusivo de los vecinos de los pueblos. Habitualmente, junto a las casas de concejos, fraguas y algún otro establecimiento público, eran unos de los pocos bienes de los que disfrutaban los concejos. Esperamos escribir pronto sobre estos interesantes y, en el pasado, preciados espacios.

(3) Archivo General de Simancas (AGS). Catastro del Marqués de la Ensenada (CE), Dir. General de Cuentas, 1ª remesa, respuestas generales (RG), lib. 102, fol. 432 v (Rillo).

(4) Datos tomados del Catastro de Ensenada para cada uno de estos pueblos. Archivo General de Simancas (AGS). Catastro del Marqués de la Ensenada (CE), Dir. General de Cuentas, 1ª remesa, respuestas generales (RG), lib.101 (Motos); lib. 098 (Alcoroches); lib. 103 (Tordesilos).

(5) Biblioteca Real, II-2421. Sentencia entre villa y Tierra sobre los pastos de los términos e dehesas de boyalage. 30v.

(6) MARTÍNEZ, Sebastián. Redondez y límites del Señorío de Molina y varias noticias que contiene su distrito [1794] (Biblioteca Real, II 1585), fols. 98v-99v.

Bibliografía:

Berges Sánchez, Juan Manuel. Actividad y estructura pecuarias en la Comunidad de Albarracín (1284-1516). Teruel: CECAL, 2009.

Castán Esteban, José Luis. Pastores turolenses. Historia de la trashumancia aragonesa en el Reino de Valencia durante la época foral moderna. Zaragoza: CEDDAR 2002.

Costa, Joaquín. Colectivismo Agrario en España. Tomo II. Zaragoza: Guara Editorial, 1983.

Fairén Guillén, Víctor. “El régimen de montes y la alera foral de Aragón hasta el código civil” en Revista de Administración Pública, nº 5 (1951), pp. 107-143.

El cultivo de las tierras del concejo

El feudalismo suele ser concebido popularmente como un sistema jurídico piramidal en el que solo participan nobles, eclesiásticos y siervos. Unos arriba, los otros abajo. Por otro lado, a muchos nos queda la idea de que este régimen  se reduce a los siglos de la Edad Media. Incluso en España se extendió la idea durante algún tiempo de que el feudalismo era cosa de los países del centro y norte de Europa, hasta el punto de que hay quien afirmó que la Península Ibérica fue una especie de “islote de hombres libres en el mar feudal” (Sánchez Albornoz) (1).

La Cosecha. Pieter Bruegel el Viejo (1565). www.metmuseum.org

Sin embargo, el feudalismo fue modo de producción global, que en realidad afectó a todos los aspectos de la vida de los hombres desde la plena  Edad Media hasta el siglo XIX y, en mayor o menor medida condicionó la vida de todos los estratos, instituciones, colectivos y todas formas de relación entre personas. Me gusta imaginar el feudalismo comparado a un líquido tan sumamente fluido que habría alcanzado hasta los recodos más recónditos de la sociedad. ¿Acaso no ocurre lo mismo con el capitalismo hoy en día?

Aunque la sociedad aldeana del Señorío de Molina podría parecer completamente ajena a las formas ‘clásicas’ del feudalismo, también estuvo inmersa en este sistema, ya no solo por las cargas tributarias y obligaciones jurídicas que soportó el campesinado, sino también por su propia organización interna. Así, en un contexto feudal, no es extraño que sus reglas de convivencia evidenciaran también formas (y fondo) feudales. Esto no solo durante la (no tan) oscura Edad Media, sino hasta el siglo XIX, a veces bien entrado este;  e incluso hasta el XX, bajo la forma de usos y costumbres inmemoriales, reminiscencias del modo de producción feudal.

En esta ocasión nos referimos a la forma de trabajo que existía sobre los bienes raíces del concejo y de otras instituciones locales. El concejo de Alustante tuvo como únicas fuentes de ingresos un arbitrio llamado de las Siete Semanas, consistente en el alquiler de los pastos del término durante finales de junio y mediados de agosto (2) y la venta del producto de los huertos y hazas o tierras de secano del  común y concejo del pueblo.

 Estas tierras, que seguramente estuvieron en manos de esta institución local desde la Edad Media, se hallan inventariadas por primera vez en la documentación conservada en el Archivo Municipal de Alustante en 1699. En ese año, por orden del corregidor de Molina, se hace relación de todos los bienes que el concejo tiene, y en ella se enumeran  16 hazas (tierras de pan llevar) y 3 huertos, que sumaban  134 medias fanegas y 2 celemines (3); aproximadamente unas 22,55 Has, según la equivalencia de la medida histórica de Molina con el sistema métrico actual.  En este documento concejil también se enumera un haza más que, parece ser, fue vendida en ese mismo año al vecino Bernardino Fernández, con lo que habría que añadir a la extensión de tierra propia del concejo otras 5 medias. Según el Catastro de Ensenada (1752), estas tierras reportaban al concejo 780 reales anuales (4).

Relación y localización de hazas y huertos del concejo de Alustante en 1699

El producto dinerario y en especie de estas tierras servía para pagar una serie de gastos y sueldos de personal, tales como el mantenimiento del encañado de la fuente, el mantenimiento de las puentes, el pago censos o préstamos hipotecarios, y el sueldo de los regidores, contadores, fiel de fechos (escribano) y los dos guardas del concejo:  el de dehesas, vedados y siembras y el de montes y reses. La misma producción estaba gravada con el diezmo eclesiástico (que recibía el obispo), el diezmo de hierbas (que recibía el cura del pueblo) y el valimiento de hierbas (que se pagaba a la monarquía y que suponía de 1/10 a  1/3 de la hierba producida). También se pagaba al cura del pueblo un derecho por la celebración de las letanías mayor (25 de abril) y menores (los tres días anteriores a la Ascensión).

Hoy, el sistema más lógico de producción para esas tierras sería el arriendo de las mismas. Sin embargo, estamos hablando de un larguísimo periodo histórico en el que la forma de ver las cosas, incluida la economía, era de otro modo. Así, aunque se trata sin duda de un testimonio tardío, en el Catastro de Ensenada se señalaque  el concejo tiene “por propio diferentes heredades de pan llebar, las que venefician los vecinos a zofra(5). Como es sabido, las zofras eran prestaciones personales, en principio obligatorias, que satisfacían los vecinos de los pueblos a sus concejos. En este mismo documento se habla de que este procedimiento también se empleaba en obras, sin especificar cuáles, aunque han llegado hasta el siglo XX las prestaciones de este tipo para el arreglo de caminos y puentes, limpieza de arroyos, limpieza de calles, etc.

Siega en un ‘manor’ inglés (siglo XIV)

Volviendo al tema de los campos de labor, en el Catastro se especifica que existía un gasto de “ciento y veinte reales que también anualmente gastan en refrescos que dan a los vezinos que concurren [… al] cultivo de las heredades del concejo(6). La gratificación: un refresco cuya receta, sospechamos, no andaría lejana a la de la cuerva, vino especiado con fruta, que ha quedado en la memoria colectiva para denominar  a la bebida que se daba a los costaleros de los pasos el Viernes Santo como pago a su esfuerzo.

Estas prácticas, que sin duda estuvieron vigentes desde los mismos albores de la repoblación del territorio, allá por los siglos XII y XIII (7), sabemos que fueron desapareciendo entre la segunda mitad del siglo XVIII y principios del XIX. En ese momento se produce un cambio estructural que comienza a concebir la economía de otro modo, incluso la hacienda del concejo, ya para entonces ayuntamiento. Del cultivo, siega y todas las demás labores que conllevaba la producción de las tierras concejiles por parte de los vecinos, de clara inspiración feudal, se habría pasado a un arrendamiento, modelo más moderno… y capitalista.

Así, en 1762, tan solo diez años después de la encuesta catastral, se reseñan ya en las cuentas comunitarias “zinquenta y seis reales, importe de siete medias de trigo en que fueron rematadas las hazas del conzexo por Fabián Martínez, becino de este pueblo, por precio de ocho reales en cada una media(8). Cabe interpretar que las tierras, o parte de ellas, ya se estaban arrendando. Ocurrió lo mismo con las tierras del Santo Cristo de las Lluvias, las cuales habían sido cultivadas a través de un sistema similar por los cofrades, si bien en 1772 ya se encuentra el arriendo de algunas de las tierras que componían el peujar o conjunto de bienes raíces de la cofradía, hasta que en 1802 se arrienda la última tierra que quedaba sin hacerlo (9).

Aspecto de las eras de la Loma o de la Soledad a mediados del siglo XX.
Fte.: VV.AA. Alustante antes de ayer. Valencia: A.C.Hontanar (2000), p. 206

Es así como termina el cultivo de hazas colectivas en Alustante. Al visitar alguna de sus hipotéticas localizaciones, no es difícil imaginar allí a los vecinos y vecinas del lugar llevando a sus animales de arada para labrar las tierras del pueblo, sembrándolas restando unos días de su propio trabajo, segándolas en estos días de verano  y, después de acarrear las mieses y llevarlas a la era realizando allí todas las labores de la trilla, almacenar el grano en el pósito del pueblo para, un año más, hacer frente a los gastos del común y concejo, de algún modo, señor feudal de los propios vecinos.

Notas:

(1) Sanchez Albornoz se refiere en esta cita a Castilla, aunque por extensión, según él y otros de los seguidores de sus tesis, los distintos reinos y señoríos peninsulares (excepto Cataluña) habrían disfrutado de esta supuesta salvedad del feudalismo europeo.

(2) No tardaremos en tratar sobre este interesante periodo anual que engrosó durante unos seis siglos las rentas de los pequeños concejos de los pueblos del Señorío de Molina.

(3) Archivo Municipal de Alustante, 1.1., 13r-16r.

(4) Archivo General de Simancas. Catastro de Ensenada. Leg. 99, 49v

(5) Archivo General de Simancas. Catastro de Ensenada. Leg. 49v.

(6) Archivo General de Simancas. Catastro de Ensenada. Leg. 99, 52r-53v

(7) La zofra o azofra, ya aparece, por ejemplo, en el fuero de Alquézar en (1069) (Líbano, 1979: 76). Procede de la palabra hispano-árabe súfra, que, entre otros, poseía el significado de ‘trabajo obligatorio o impuesto’.

(8) Archivo Municipal de Alustante. Contabilidad (1764-1798), 46r.

(9) Archivo Parroquial de Alustante. Cofradía del Santo Cristo. 20.6., 178v-179v y 217v.

Bibliografía:

Aguadé Nieto, Santiago y Joseph Pérez (Coords.) Les origines de la féudalité. Homage à Claudio Sánchez Albornoz. Madrid: Colección Casa Velázquez, nº 69, 2000

Líbano Zumalacárregui, Ángeles. “Consideraciones lingüísticas sobre algunos tributos

medievales navarro-aragoneses y riojanos” en Príncipe de Viana, nos. 154-155 (1979), pp. 65-80.

Oliva Herrer, Hipólito Rafael  et al. (Coord.). La comunidad medieval como esfera pública. Sevilla: Secretariado de Publicaciones, Universidad de Sevilla, 2014.

Peña Boscos, Esther. La atribución social del espacio en la Castilla altomedieval: una nueva aproximación al feudalismo peninsular. Santander: Universidad de Cantabria, Asamblea Regional de Cantabria, 1995.

Sarasa Sánchez, Esteban; Serrano Martín, Eliseo (Coords.) Estudios sobre señorío y Feudalismo: homenaje a Julio Valdeón. Zaragoza: Institución Fernando el Católico, 2010.

Un camino de Santiago por Alustante

Hace unos años llegaron a Alustante dos ciclistas procedentes de algún punto del antiguo Reino de Valencia buscando el Ayuntamiento. Iban con sus equipajes en los portamaletas y el color tostado de sus caras delataba un largo camino ya recorrido. Podrían haber pasado por unos de los muchos veraneantes que recorren la Sierra cada año. Sin embargo, un no sé qué decía que esos ciclistas no eran unos turistas al uso.

ꟷBuenas tardes ¿El bibliotecario? –preguntó uno de ellos, el más viejo, todavía subido a la bici.

ꟷSí, soy yo, ¿en qué les puedo ayudar?

ꟷNos han dicho que nos podría poner usted el sello del Ayuntamiento aquí –dijo. Y enseñando un librito manoseado, con varios sellos de pueblos más o menos vecinos, más o menos lejanos, añadió–:  Estamos haciendo el camino de Santiago; es una Compostelana.

Cruz de Santiago en una de las claves de la iglesia. Los colores, quizá, no se corresponden con los originales, dado que se trata de un repinte de 1986-87

El ojiplático bibliotecario se quedó mudo y, sin rechistar, les hizo un gesto con la mano indicando que le siguieran. Fue, desde luego, uno de los acontecimientos más interesantes de aquel verano.

Lo cierto es que desde hace bastantes años venimos defendiendo el discurso de un camino de cierta importancia en el pasado por este pueblo que uniría Valencia con Burgos (Sanz, 2019) y que, acaso, pudo servir también de camino de peregrinos a Santiago de Compostela. Ciertamente, esto puede sonar extraño hoy, pero poco a poco se van recopilando datos que confirman que, aunque no se tratara de una ruta masivamente frecuentada, sí que tenía la suficiente entidad como para que haya quedado algún vestigio de su existencia.

Uno de los principios de la caminería histórica es que el viandante del pasado no tenía tan desarrollado el sentido del turismo como el actual. A veces ni mucho ni poco: o sea, nada. Los senderos excursionistas que se vienen pintando en los mapas últimamente so pretexto de tal o cual ruta histórica adolecen de este dato.  La gente se desplazaba poco por norma general  y, cuando lo hacía, trataba de recorrer los caminos más cortos en función de su(s) destino(s). Los rodeos innecesarios eran una pérdida de tiempo y dinero, los pasos por ciertos puertos, evitados, y las entradas en montes cerrados una temeridad. Así pues, las rutas del pasado solían tender a la línea recta, salvando cerros, ríos (buscando vados y puentes) y bosques.

Pongamos que trazamos una línea recta desde la puerta de Serranos de Valencia al arco de Santa María de Burgos. Hoy con herramientas tan alcance de todos como Google Earth podemos hacerlo. Allí aparecerán algunos de los puntos por los que pasaría esta ruta: Valencia, Lliria, Villel, Albarracín, Bronchales, Alustante, Molina, Maranchón, Medinaceli, Burgo de Osma, Salas, Lara y Burgos. En otra ocasión hablaremos de las cualidades económicas que tuvo esta ruta, sin embargo, esta vez trataremos sobre los datos sobre el posible paso de peregrinos por Alustante.

Línea teórica por cuyas proximidades pasaría el camino más recto entre Valencia y Burgos.
Base cartográfica Google Earth.

Los hermanos Ubieto, Antonio y Agustín, historiadores de la Universidad de Zaragoza, se dedicaron al estudio de los caminos de Santiago en Aragón. Antonio Ubieto ya señaló algunas características comunes de los lugares por los que había pasado una ruta de este tipo (1). No es necesario decir que, aunque la ruta jacobea más famosa hoy es el llamado Camino Francés, que recorre el norte de la Península, caminos de Santiago los hubo por toda ella.

Pues bien, según este historiador, era bastante habitual hallar referencias a varios santos protectores de los peregrinos en los lugares por donde pasó uno de estos caminos: Santiago, por supuesto, San Martín, San Cristóbal, San Salvador (Ubieto, 1993). Por su parte, Agustín Ubieto añade la Virgen del Pilar, por las connotaciones jacobeas de esta advocación mariana, aunque esta devoción se habría expandido por Aragón y el resto de España tardíamente, en los siglos XVII y XVIII (Ubieto, 2016: 161,170).

Aparte del paso por Alustante de ese camino, de claras funciones comerciales, entre Valencia y Burgos, existen varias razones para pensar que también fue utilizado por los peregrinos provenientes de Valencia, o desembarcados en su puerto para llegar a Santiago. Así, siguiendo las hipótesis de los Ubieto, hallamos en primer lugar hasta tres referencias a Santiago Apostol en la iglesia de Alustante: por un lado, una cruz de Santiago en una de las claves de la bóveda localizada a los pies del templo parroquial, de principios del siglo XVI; una imagen de Santiago peregrino en el retablo mayor, de principios del XVII; una tercera referencia es la representación en el ángulo superior izquierdo de dicho retablo, más tardía, de finales de ese siglo.

Santiago peregrino en una de las calles del retablo mayor de la iglesia tras su restauración en 2000.

San Cristóbal (siglo XVIII) es otra advocación que cuenta con imagen en la iglesia de Alustante, concretamente en el ático del retablo de la Virgen de la Natividad, patrona del lugar.  En  cuanto a la Virgen del Pilar, en 1718 el mercader de lanas Pedro de Lahoz Malo construye a la vera del camino procedente de Albarracín una ermita, a modo de oratorio privado, dedicada a esta advocación mariana.

Sin embargo, la prueba definitiva del paso de peregrinos por Alustante es la existencia durante siglos del hospital de San Martín. Estaba localizado a los pies de la torre de la iglesia y tenemos referencias documentales a él desde mediados del siglo XVI (2), aunque su existencia pudo ser muy anterior. Según el libro de cuentas de este hospital, a medias concejil, a medias parroquial, servía “para el albergue y refugio de los pobres, peregrinos y pasageros(3). Este uso también se encuentra en el Catastro de Ensenada, el cual señala que en 1752 constaba de dos camas (4), desde luego, un muy humilde alojamiento.

Portada del antiguo hospital de San Martín de Tours de Alustante, hoy desaparecido.
Fotografía: María Jesús Mansilla (c. 1973)

No se puede saber quiénes eran las personas que se albergaban en él pues no se ha conservado registro alguno de huéspedes, si es que lo hubo alguna vez. Sin embargo, de vez en cuando, debido a su fallecimiento, queda constancia del paso por Alustante de personas de lejana procedencia, acogidas en el hospital de San Martín. Así, en 1780, murió en el hospital de Alustante Pablo Noselletas “natural de Ofco (¿Oscou?) en el obispado de Santa María de Loron (sic), de el Reyno de Francia(5). En 1803 se registró la defunción de Beltran Strada “natural de Astan en Champania, provincia de Francia, marido de Teresa Bagnerin, natural de Insprug (sic) en el Tirol, en Alemania(6).

Peregrinos como estos, o como los ciclistas llegados al pueblo hace unos años, no debieron de ser infrecuentes en Alustante, un alto en un camino que desde Valencia remontaba el Sistema Ibérico y descendía, por los páramos de Molina y Medinaceli, en dirección a las llanuras del norte de Castilla. Que muchas de las pequeñas historias de estas personas no se contaran, no quiere decir que no existieran. Que Alustante no haya contado como lugar de paso para los operarios que hoy diseñan senderos “históricos”, no quiere decir que por él no anduvieran aquellas personas.

Notas:

(1) Antonio Ubieto muere en 1990, de modo que el trabajo publicado en 1993 bajo el título Los caminos de Santiago en Aragón, fue una obra inconclusa que tuvo que ser terminada por las profesoras Cabanes y Falcón, de la Universidad de Zaragoza.

(2) Archivo Parroquial de Alustante. Fábrica, 12.1, 103v.

(3) Archivo Parroquial de Alustante. Hospital, 23.1, 80v.

(4) Archivo General de Simancas. Catastro de Ensenada. Leg. 99, 61r-63r

(5)  Archivo Parroquial de Alustante. Difuntos, libro II, fol. 183r.

(6) Archivo Parroquial de Alustante. Difuntos, libro III, fols. 29r-29v.

Bibliografía:

Sanz Martínez, Diego. «El camino de Albarracín a Molina» en Rehalda, Homenaje a Juan Manuel Berges Sánchez, nº 30 (2019), pp. 141-147.

Ubieto Arteta, Agustín. Caminos peregrinos en Aragón. Zaragoza: Institución Fernando el Católico, 2016.

Ubieto Arteta, Antonio; Cabanes Pecourt, María de los Desamparados;  Falcón Pérez María Isabel. Los caminos de Santiago en Aragón. Zaragoza: Departamento de Cultura y Educación, D.L. 1993.

Carrellana

Dentro del repertorio de topónimos que se ha conservado en Alustante, existe uno cuyo nombre ha ido evolucionando a lo largo del tiempo aunque ha conservado con suficiente claridad su significado. Nos referimos en esta ocasión a Carrellana, un paraje localizado a escasos 700 metros al noreste del casco urbano del pueblo, en el área del antiguo camino de Tordesilos  (desaparecido) y la actual CM-2112.

Localización de Carrellana. Base cartográfica IGN.

Este nombre está compuesto por un sustantivo apocopado (recortado), carra,y un adjetivo: llana. Carra está directamente relacionado con la palabra medieval carrera, que en los siglos XII y XIII significaba ‘camino’. Se lee en el fuero de Molina, por ejemplo, “Las robdas curien todo el anno la deffesa e las carreras(1), lo que vendría a significar que las rondas, o funcionarios nombrados por el concejo de Molina para vigilar la dehesa de la villa (Molina) de entradas ilegales, también tenían la función de cuidar de la seguridad de los caminos durante todo el año.

Alfonso X, en sus Partidas, ordena que si algún caballero traicionase a su señor, “si algúnd ome lo quisiere prender en la carrera para lleuarlo a su señor o a la cortedel rey”, y en esa situación lo matase, se exime del delito de homicidio al que le dio muerte al traidor (Partida 7, título 8, ley 3).

Con el tiempo la palabra carrera fue dejándose de utilizar con el significado de ‘camino’ para irse por otros derroteros semánticos  (Alba, 1995: 158-151). Por cierto, ya se observan en esta misma fuente documental, cuando dice el rey Sabio que “el vino es carrera que aduze a los omes a todos los pecados” (Partida 1, título 5, ley 36); asimismo, ordena que no se hagan juegos en el momento de velar las armas por parte de los aspirantes a caballeros la noche anterior a tomar las armas, sino “rogar a Dios ellos e los otros que ý fuessen, que los guarde e los enderesçe e aliuie, como a omes que entran en carrera de muerte” (Partida 2, título 21, ley 13). Es decir, aquí la palabra carrera va tomado, por medio de una metáfora, el sentido actual de ‘curso vital’, o incluso ‘profesional’.

El adjetivo llano/ llana, no presenta dificultad especial, pues su forma es la actual, procedente del latín planus, cuyo grupo pl- dio ll- en romance castellano. Alude al discurso liso, con poca pendiente, que tomaba el camino de Tordesilos tras su salida del pueblo en la que también se llamó Vega del Pairón posteriormente. Así, la cualidad del camino acabó designando a toda un área.

Recreación hipotética del trayecto del camino de Tordesilos hacia Carrellana.

El primer documento conservado y/o localizado en el que aparece escrito este nombre es en un inventario de los bienes raíces de la iglesia datado en el año 1500 con la forma Carrera Llana: “Primeramente una pieça en Carrera Llana que dexó Rollete (sic), cabe III medias.” (1)

 Dos años después, en 1502, al parecer teniendo en cuenta un inventario anterior datado en 1463, la iglesia vuelve a registrar esta pieza de tierra en este mismo paraje, aunque con una media de tierra menos:

“Primeramente una pieça que dexó Rollete en Carrera Llana que cabe una fanega de la medida real, aledaños, surquero por la cabeçada Miguel López e por la hondonada el camino que va a Tordesylos, e por el costado de fazia Tordesylos herederos de Mingo Sánchez e por el otro costado de fazia Allustante la Muñoza.” (2)

Labores en Carrellana

Avanzado en el tiempo, ya en 1699, se halla en un inventario de las tierras del concejo un haza o pieza de labor en la Rivilla, un topónimo que se ha perdido y que aludía posiblemente al área de esa vega más cercana al royo (arroyo). Una referencia para la localización de dicha haza es la cruz de Carrellana. Una nueva forma de este topónimo que acabará llegando hasta nosotros:

“Más otra haza en donde dizen la Rivilla, que asurca por acia el lugar con Joseph de Laoz y por avaxo Jil López Martínez y Diego de Corella y acia la cruz de Carrellana con Juan de Mejina Sánchez, y acia las Vittas con Catalán y por arriva con la senda. Cave siete medias.” (3)

Con todo, la forma Carrallana todavía se conservará en el siglo XVIII cuando, en las respuestas particulares dadas por los vecinos del lugar para confección del llamado Catastro de Ensenada (1752), se enumeran propiedades de los vecinos en este paraje. Así Ángela López Salas tenía:

Una haza en Carrallana, cave quatro celemines, asurca a saliente Roque Lorente, a poniente la marquesa [de Falces], al mediodía Miguel Estevan y al norte camino de Tordesilos, produze [en] reales: 17 reales, 17 maravedís.” (4)

Cruz actual de Carrellana, construida en 2005 por Fermín Aparicio.

Quizá el elemento que aún hoy conserva el topónimo con mayor frecuencia es la cruz que, como se ha visto, se documenta ya en 1699, una cruz de Ánimas que se ha mantenido, renovándose cada cierto tiempo, hasta la actualidad.  Las cruces de Ánimas tenían como función principal la sacralización de los cruces de caminos. Desde tiempos inmemoriales y en culturas y espacios distanciadísimos, se ha creído que el cruce de caminos era un espacio de incertidumbre no solo física sino también existencial (Chevalier y Gheerbrant, 1995: 446 y ss). El cruce era también donde convergían lo terrenal y lo ultraterreno y por ello, lugar a propósito para las apariciones de difuntos (Acosta, 1996: 30-31). Lo que se hace en la Europa medieval es sacralizar estas intersecciones con cruces de madera, de piedra, etc., dedicadas a las Ánimas del Purgatorio.

No obstante, aquí no se tiene documentado ningún cruce caminos. ¿Podría hacer referencia a alguna muerte accidental? Bien pudiera ser, dado que fue muy común colocar cruces en lugares donde se habían producido muertes no regladas, esto es, la muerte de personas que no habían recibido los últimos sacramentos (Mitre, 1994: 25). Algo a lo que se tuvo un enorme temor en el pasado, también en parte por la posibilidad de que no quedara en paz el alma del difunto y por ello, según la creencia popular, el riesgo de aparición al caminante, pidiendo misas y a veces anunciando la muerte de este.

En ocasiones, sin embargo, las respuestas a los interrogantes históricos requieren acudir al lugar donde se localizan los hechos que se desean estudiar. ¿Qué ocurre en ese punto, por lo tanto, para ser indicado por medio de una cruz? Sea casualidad o no, si se sigue el trazado del camino antiguo de Tordesilos (hoy necesariamente a través de labores) y no se pierde de vista el contexto, el resultado es que el primer sitio desde el que se ve la ermita de la Virgen del Tremedal es el punto aproximado donde se localiza la cruz de Carrellana.

Hay que tener en cuenta que las romerías a la ermita de San Roque eran acontecimientos cargados de gestos piadosos, como el Rosario de la Aurora con la interpretación de ciertos cantos ya perdidos para siempre (VV.AA, 2000: 295). Tal vez uno de los puntos donde se paraba en dichas romerías era en esta cruz, para rezar a la Virgen del Tremedal. Por otro lado, la Virgen del Tremedal ha sido históricamente un lugar sagrado de enorme atracción en la Sierra, y fuera de ella (Berges e Ibáñez, 2012: 133 y ss).

El cerro del Tremedal desde la cruz de Carrellana.

Invito a todos los lectores y lectoras a que este verano, cuando pasen o paseen por la cruz de Carrellana, recuerden algunos de estos datos que convierten a este paraje, como a todos los del pueblo (como a todos los lugares del mundo), en un sitio especial. Solo es necesario dotarlos de sentido, de connotaciones propias y heredadas de siglos. En eso estamos.

Notas:

(1) Archivo Municipal de Molina. Fuero de Molina, 24r-v.

(2) Archivo Parroquial de Alustante, Fábrica, 12.1, 4r. Es curioso el uso del apodo del donante de la pieza a la iglesia: Rollete.

(3) Archivo Parroquial de Alustante, Fábrica, 12.1., 9r.

(4) Archivo Municipal de Alustante, Concejo, 1.1., 15r.

Bibliografía:

Alba Zancajo, José Luis. “El campo semántico ‘camino’ en la poesía medieval española” en Criado del Val, Manuel (Coord.). Caminería Hispánica: Actas del II Congreso Internacional de Caminería Hispánica. Guadalajara: Aache, 1996, vol. III, pp. 135-160 [pp. 148-151].

Alfonso X El Sabio. Las Siete Partidas. (Ed.) López, Gregorio. Salamanca: Andrea de Portonariis, 1555 (Ed. Facsímil, Madrid: BOE, 2011).

Berges Sánchez, Juan Manuel e Ibáñez Hervás, Raúl. El culto a la Virgen del Tremedal. Teruel: CECAL, 2012.

Chevalier, Jean y Gheerbrant, Alain. Diccionario de los símbolos. Barcelona:  Herder, 1995.

Fuero de Molina (Ed.) Cabañas González, María Dolores. Guadalajara: Diputación de Guadalajara, 2013.

Mitre Fernández, Emilio. “La muerte y sus discursos dominantes entre los siglos dominantes entre los siglo XVIII y XV” en Muerte, religiosidad y cultura popular, siglos XIII-XVIII. Zaragoza: Institución Fernando el Católico, 1994.

VV.AA. Alustante antes de ayer. Valencia: Asociación Cultural Hontanar, 2000.

La medida local del tiempo en Alustante (y II). El reloj

El sentido de la temporalidad en el pasado era mucho más laxo que ahora, y no importaba tanto como en la actualidad la exactitud de la hora. De hecho, aunque muchas ciudades, e incluso aldeas, llegaron a tener mecanismos de reloj desde la Edad Media, cada uno marcaba su hora local. Y no hablamos solo de desfases de unos pocos segundos.

Torre del reloj. Molina de Aragón.

Cabe destacar también que los primeros relojes que se documentan en esta zona geográfica a principios del siglo XV (1) eran manuales y que, para su mayor precisión, los toques eran controlados por cronómetros de arena, por lo que era necesario el contrato de operarios municipales o eclesiásticos encargados tanto de controlar el tiempo de estos primitivos relojes como de tocar las horas con la campana tirando de sogas. En 1467 se comienzan a documentar en Daroca relojes mecánicos, aunque de gran imprecisión (Rodrigo, 1996: 107); en Teruel el reloj mecánico municipal se instala en la  torre de San Pedro en 1484 (Morales y Torreblanca, 1989: 453).

Antiguo reloj de Aragoncillo (Foto realizada en 2004)

Para el caso de la Castilla meridional, exceptuando Toledo, que había tenido reloj (manual) en la catedral ya en el siglo XIII, regido posiblemente por una clepsidra o reloj de agua (2), los relojes parecen ser algo más tardíos. En Guadalajara se sabe que a mediados del siglo XV las horas se marcaban manualmente en la desaparecida torre de San Gil, y más tarde en ella se localizó el reloj mecánico (Mejía et al, 2007: 270), para pasar posteriormente  a trasladarlo a la casa del Concejo, construida en la antigua plaza de Santo Domingo, hoy plaza Mayor (Layna, 1995: 256).

En Sigüenza, cabeza del obispado, consta que ya había reloj mecánico en la catedral en 1520 (Pérez-Villamil, 1899: 157), mientras que Molina en la torre del Reloj  se localiza una campana gótica que podría indicar la antigüedad de su función. En Tortuera ya en 1676 existía un reloj en la torre de la iglesia (Marco, 2004, 204). Muchos de los pueblos del Señorío fueron adquiriendo relojes mecánicos en siglos posteriores pues, aunque sus mecanismos revelan la que debió de ser su escasa precisión, fueron instrumentos no solo destinados a la medida del tiempo sino también a mostrar un cierto prestigio y orgullo comunal.

Antiguo reloj de Castellar (Foto realizada en 2009)

En Alustante se tiene documentado un reloj en la torre de la iglesia al menos desde 1773 (3); por supuesto, sin esfera ni manecillas exteriores. Se emplazaba en una planta de forjado de madera ubicada entre el suelo de la torre y el techo del coro y, al parecer, combinaba mecanismos metálicos y de madera, según la tradición. También se sabe que, aunque localizado en la torre de la iglesia, pertenecía al concejo del lugar. En 1803 se documenta la compra de un campanillo para el relox que todavía permanece en la torre, al parecer obra del campanero (fundidor) Felipe Ballenilla (4).

Este reloj se mantuvo en la torre hasta la construcción de la torre del reloj en la fachada de la Casa del Lugar en 1925. No sería difícil seguir la cronología de las intervenciones que tuvo este reloj en la documentación municipal conservada. Así, por ejemplo, en 1782 se pagan 12 reales al maestro Joseph García “por el azeite para untar las campanas y el relox” y 60 reales a Matías Herrera, “reloxero, de la conposición de relox que a echo” (5).

En 1925, durante el primer trimestre del año, todavía se pagan 25 pesetas  al herrero Eusebio Casas “por regir el reloj”  (6). Sin embargo, el Ayuntamiento acuerda  en julio de ese año cortar «600 pinos del monte ‘Realenco’ y llevar a efecto la subasta con remate en la cantidad de 4.015 pesetas para dotar a la población de un reloj bueno, pues el actual es inservible» (7). Por otra parte, en la sesión de 1 de noviembre de 1925 el alcalde, D. Baltasar Pérez Sánchez, expone:

“que era preciso practicar una trasferencia de crédito para terminar y pagar la obra de refuerzo de la Casa Consistorial (…) para afianzar la pared del medio día de la Casa Consistorial que al mismo tiempo sirve para la colocación del reloj, y faltando todavía para el pago total de la obra 802 pesetas la Corporación acordó practicar en su vista la expresada transferencia de crédito destinando de esta cantidad 500 pesetas” (8).

Aspecto de la torre del reloj en la década de 1950

Fue un reloj fabricado (o comercializado) por D. Gonzalo Tena, de Segorbe, al que se le pagan 3.320 pesetas “por un reloj nuevo y sus accesorios adquirido para instalación en las Casas Consistoriales”. No obstante, la campana de hierro fundido pertenece a la factoría de Vitoria, Lecea y Murua. Asimismo, se pagan 695 pesetas a José María Martínez por materiales y obra de instalación del reloj, a Pelegrín Herranz “por sacos de cemento y otros materiales invertidos en el muro o torre construida en las Casas Consistoriales”  (450 Ptas); a D. Aurelio Casinos, de Santa Eulalia, por piedra (20 Ptas.); y al albañil Luis Lahoz por terminar la colocación del reloj y retirar los andamios(12 Ptas) (9). Consta que también participó en el montaje del reloj el polifacético carpintero Pedro Herranz Ruiz a quien, sin duda, se debe el bastidor de madera con unas iniciales en letra neogótica: B. P. (Baltasar Pérez).

Reloj de Alustante, actualmente en el salón de plenos del Ayuntamiento.

Según nos informaba Juliana Sanz  Sánchez (1913-2011) la llegada del nuevo reloj no fue muy bien recibida por el pueblo, expresándose  opiniones como: «Antes teníamos un reloj de pueblo, el de ahora es un reloj de barrio» y al alcalde Baltasar se le decía: «Balterre, el reloj va mal». Lo cierto es que el reloj tuvo algunos defectos mecánicos que se mantuvieron hasta su sustitución en 2005, esta vez conservando su maquinaria íntegramente.

Detalle de un lateral del reloj.

Actualmente cualquier dispositivo electrónico cotidiano posee un reloj cuya perfección sincrónica con el resto de dispositivos del resto del planeta puede tener a lo sumo, si es que los tiene, pequeños desfases contados en milésimas de segundo. Sin embargo, escuchar la campana del reloj del pueblo o la campana de la iglesia llamando a misa, nos debe hacer recordar que hasta hace relativamente poco el ser humano se regía por unidades temporales tan relativas y flexibles que los relojes públicos eran más un objeto de ornato y ostentación que un artefacto para controlar el tiempo. Hoy, debido a la precisión horaria, el caso ha llegado al punto contrario: el tiempo controla al ser humano hasta casi convertirlo en un objeto, una maquinaria de producción.

Notas:

(1) El primer reloj documentado en Teruel data de 1425, y parece ser un reloj de arena que indica las horas; un reloxero estaba encargado de ‘ministrar, regir e toquar  de día e de noche el dito reloig’ (Morales y Torreblanca, 1989: 423).

(2) En 1255 se inventaría en la catedral de Toledo ‘un orlogio desbaratado’, si bien no se documenta de nuevo un posible reloj en esta catedral, esta vez mecánico, hasta 1357, 1366 o 1371 (Pérez Álvarez, 2018: 51-52), lo que no quiere decir que no existieran otras formas de medir el tiempo para, a su vez, tañer horas manualmente.

(3) A raíz de unas obras en la torre de la iglesia de Alustante se lee en los gastos de 1772-1773: “Más doscientos treinta y siete reales y medio que importaron los ladrillos, yeso y madera que se gastaron en solar el piso del campanario, componer las escaleras y hechar (sic) un  balostreado sobre el relox y pagar al maestro y oficial sus jornales” (Archivo Parroquial de Alustante, 12.3, 34v.)

(4) Archivo Parroquial de Alustante, 12.3, 196v.

(5) Archivo Municipal de Alustante, Contabilidad, 1780-1783,30v.

(6) Archivo Municipal de Alustante, Diario de Intervención 1925-1926. 32.

(7) Archivo Municipal de Alustante, 8.4, 3v-4r.

(8) Archivo Municipal de Alustante, 8.4, 8r.

(9) Archivo Municipal de Alustante, Diario de Intervención 1925-1926, 33-34, 38.

Bibliografía:

Gómez Pellón, Eloy. “El tañido del tiempo” en Las campanas: Cultura de un sonido milenario. Santander: Fundación Marcelino Botín, 1997, pp. 41-65.

Layna Serrano, Francisco. Historia de Guadalajara y sus Mendozas en los siglos XV y XVI, tomo III. Guadalajara: Aache, 1995 (2ª Ed.).

Marco Martínez, Juan Antonio y Heredia Heredia, Francisco Javier. Tortuera. Una villa, una historia. Guadalajara: Aache, 2004.

Martín-Artajo G., Javier y Buey Pérez, Jacinto del. Relojes de sol de Guadalajara. Recorrido gnómico por la provincia. Guadalajara: Diputación provincial, 2004.

Mejía Asensio, Ángel, Rubio Fuentes, Manuel, Salgado Olmeda, Félix. Historia moderna de la provincia de Guadalajara : (siglos XVI-XVIII). Guadalajara: Bornova, 2007.

Morales Gómez, Juan José y Torreblanca Gaspar, Mª Jesús. “Tiempo y relojes en Teruel en el siglo XV” en Aragón en la Edad Media, nº 8 (1989), pp. 449-474.

Pérez Álvarez, Víctor. Técnica y fe: el reloj medieval de la catedral de Toledo. Madrid: Fundación Juanelo Turriano, 2018.

Pérez-Villamil, Manuel. La catedral de Sigüenza. Madrid: Tipografía Herres, 1899 (Ed. facsímil, Madrid: 1984).

Rodrigo Estevan, María Luz. “Relojes y campanas. El cómputo del tiempo en la Edad Media” en El Ruejo. Revista de Estudios Históricos y Sociales, 2 (1996), pp. 93-130.

La medida local del tiempo en Alustante (I). Las esferas de misa

Pasan casi inadvertidos pero, si uno se fija bien, allí están. En la parte derecha de la portada de la iglesia hay un conjunto de círculos, cinco en total, a los que cruzan varios radios y en su centro se halla una hendidura más o menos pronunciada. Podrán parecer meros adornos; quizá alguien que se ha entretenido trazándolos con un compás. Pero no. Aunque es imposible negar que también en el pasado había lugar para la distracción y el juego, con el tiempo uno se va acostumbrado a ver que, en según en qué momentos y sitios, muy pocas veces se daba puntada sin hilo.

Localización general de las esferas de misa de Alustante

Así, estos círculos pertenecen a una tipología de relojes de sol muy simple denominada esfera de misa. Su funcionamiento es muy sencillo: basta con poner en el centro de la esfera un pequeño palo, con la mano (1),  y la sombra que este proyecta indica la hora aproximada. Claro está que la posición del sol en cada época del año implicaría una desviación de la sombra sobre la esfera, lo que hipotéticamente explicaría la presencia de varias ellas en este lugar, cada una trazada de un modo.

Ejemplo de uso de las esferas de misa.

Javier Martín-Artajo y Jacinto del Buey estudiaron en 2004 estas esferas y obtuvieron algunas conclusiones interesantes que pasamos a resumir:

  1. Aunque su estado de conservación es bueno, pudieron servir en el pasado como dianas improvisadas para ensayar el tiro con algún tipo de arma con carga de plomos (2), lo que explicaría la cantidad de orificios que tiene la piedra.
  2. Si bien hoy se encuentran dispuestas en vertical, quizá en el pasado, en una iglesia anterior, pudieron estar en horizontal, ya que tenían que estar colocadas a la altura de una persona para ser utilizadas.
  3. Pudieron ser trazadas en épocas distintas, siendo la más antigua la más alta. (Martín y del Buey, 2004: 280-282).

Estas esferas aparecen muy a menudo en las iglesias medievales, con el fin de averiguar en qué momento hay que tocar las campanas para una u otra función, religiosa o civil. Aunque muy pocas veces se hacía distinción entre una u otra categoría, hoy claramente separadas. Conviene recordar que durante siglos el tiempo lo marcaban las horas canónicas (maitines, laudes, primas, tercias, sextas, nonas, vísperas y completas), los oficios divinos y los toques que invitaban a la piedad privada, los principales de ellos los tres toques del Ave María: mañana, medio día y atardecer  (Gómez, 1997: 53-56).

En todo caso, hay un pequeño matiz que no acaba de encajar en la hipótesis del reaprovechamiento de las piedras procedentes de una iglesia anterior. Por un lado, se trata de un conjunto de piedras de sillar que sintonizan perfectamente con la obra de la portada construida por los hermanos Pedro y Martín Vélez en 1540 (3). Por otro lado, la piedra, el material con el que están fabricados tanto la portada como los relojes de sol es la misma; por el momento toda una incógnita histórica, pues se desconoce de qué cantera se trajo ese tipo de piedra caliza, blanda y por ello fácil de trabajar (4). Por esta razón, cabe la posibilidad de que el uso de estas esferas se hiciera mediante algún tipo de escalera.

La una solar en la torre de la iglesia, según la tradición popular.

Sea como fuere, la conservación de estos elementos muestran cómo se medía el transcurso del tiempo en el pasado. Aunque no era ni mucho menos el único método. Así, cuando, en verano, durante la trilla, comenzaba a generar sombra uno de los estribos de la torre de la iglesia se entendía que era la una de la tarde solar. La hora de comer. Por la noche, existía todo un horario marcado por el movimiento de la Tierra con respeto al cielo estrellado, del que hablaremos en otra ocasión, si es posible. Todo con el fin, como decimos, de mensurar una dimensión tan escurridiza como es el Tiempo.

Notas:

  • El palo, vara, o como se quiera llamar, de los relojes de sol se denomina gnomon. Suele ser un elemento fijado a la pared o al suelo donde se halla el reloj. Sin embargo en este caso se trata de un objeto movible. Una simple ramilla cogida del suelo podría valer, dado lo grosero de la medida.  
  • Hay que recordar que la iglesia de Alustante fue utilizada por el ejército Isabelino como fortín durante la primera guerra carlista. Quizá estos disparos podrían datar de aquella época. (Esteban, 1990: 6)
  • Archivo Parroquial de Alustante, Fábrica, 12.1., 91r.
  • Junto al cantero local, Félix Martínez, perfecto conocedor delas canteras de la zona, ha sido imposible localizar la cantera que no solo sirvió para construcción de la portada de la iglesia sino también del caracol.

Bibliografía:

Esteban Lorente, Juan Carlos “El castillo de Alustante” en Flores y Abejas (18/07/1990), p. 6.

Gómez Pellón, Eloy. “El tañido del tiempo” en Las campanas: Cultura de un sonido milenario. Santander: Fundación Marcelino Botín, 1997, pp. 41-65.

Martín-Artajo G., Javier y Buey Pérez, Jacinto del. Relojes de sol de Guadalajara. Recorrido gnómico por la provincia. Guadalajara: Diputación provincial, 2004.