Un camino de Santiago por Alustante

Hace unos años llegaron a Alustante dos ciclistas procedentes de algún punto del antiguo Reino de Valencia buscando el Ayuntamiento. Iban con sus equipajes en los portamaletas y el color tostado de sus caras delataba un largo camino ya recorrido. Podrían haber pasado por unos de los muchos veraneantes que recorren la Sierra cada año. Sin embargo, un no sé qué decía que esos ciclistas no eran unos turistas al uso.

ꟷBuenas tardes ¿El bibliotecario? –preguntó uno de ellos, el más viejo, todavía subido a la bici.

ꟷSí, soy yo, ¿en qué les puedo ayudar?

ꟷNos han dicho que nos podría poner usted el sello del Ayuntamiento aquí –dijo. Y enseñando un librito manoseado, con varios sellos de pueblos más o menos vecinos, más o menos lejanos, añadió–:  Estamos haciendo el camino de Santiago; es una Compostelana.

Cruz de Santiago en una de las claves de la iglesia. Los colores, quizá, no se corresponden con los originales, dado que se trata de un repinte de 1986-87

El ojiplático bibliotecario se quedó mudo y, sin rechistar, les hizo un gesto con la mano indicando que le siguieran. Fue, desde luego, uno de los acontecimientos más interesantes de aquel verano.

Lo cierto es que desde hace bastantes años venimos defendiendo el discurso de un camino de cierta importancia en el pasado por este pueblo que uniría Valencia con Burgos (Sanz, 2019) y que, acaso, pudo servir también de camino de peregrinos a Santiago de Compostela. Ciertamente, esto puede sonar extraño hoy, pero poco a poco se van recopilando datos que confirman que, aunque no se tratara de una ruta masivamente frecuentada, sí que tenía la suficiente entidad como para que haya quedado algún vestigio de su existencia.

Uno de los principios de la caminería histórica es que el viandante del pasado no tenía tan desarrollado el sentido del turismo como el actual. A veces ni mucho ni poco: o sea, nada. Los senderos excursionistas que se vienen pintando en los mapas últimamente so pretexto de tal o cual ruta histórica adolecen de este dato.  La gente se desplazaba poco por norma general  y, cuando lo hacía, trataba de recorrer los caminos más cortos en función de su(s) destino(s). Los rodeos innecesarios eran una pérdida de tiempo y dinero, los pasos por ciertos puertos, evitados, y las entradas en montes cerrados una temeridad. Así pues, las rutas del pasado solían tender a la línea recta, salvando cerros, ríos (buscando vados y puentes) y bosques.

Pongamos que trazamos una línea recta desde la puerta de Serranos de Valencia al arco de Santa María de Burgos. Hoy con herramientas tan alcance de todos como Google Earth podemos hacerlo. Allí aparecerán algunos de los puntos por los que pasaría esta ruta: Valencia, Lliria, Villel, Albarracín, Bronchales, Alustante, Molina, Maranchón, Medinaceli, Burgo de Osma, Salas, Lara y Burgos. En otra ocasión hablaremos de las cualidades económicas que tuvo esta ruta, sin embargo, esta vez trataremos sobre los datos sobre el posible paso de peregrinos por Alustante.

Línea teórica por cuyas proximidades pasaría el camino más recto entre Valencia y Burgos.
Base cartográfica Google Earth.

Los hermanos Ubieto, Antonio y Agustín, historiadores de la Universidad de Zaragoza, se dedicaron al estudio de los caminos de Santiago en Aragón. Antonio Ubieto ya señaló algunas características comunes de los lugares por los que había pasado una ruta de este tipo (1). No es necesario decir que, aunque la ruta jacobea más famosa hoy es el llamado Camino Francés, que recorre el norte de la Península, caminos de Santiago los hubo por toda ella.

Pues bien, según este historiador, era bastante habitual hallar referencias a varios santos protectores de los peregrinos en los lugares por donde pasó uno de estos caminos: Santiago, por supuesto, San Martín, San Cristóbal, San Salvador (Ubieto, 1993). Por su parte, Agustín Ubieto añade la Virgen del Pilar, por las connotaciones jacobeas de esta advocación mariana, aunque esta devoción se habría expandido por Aragón y el resto de España tardíamente, en los siglos XVII y XVIII (Ubieto, 2016: 161,170).

Aparte del paso por Alustante de ese camino, de claras funciones comerciales, entre Valencia y Burgos, existen varias razones para pensar que también fue utilizado por los peregrinos provenientes de Valencia, o desembarcados en su puerto para llegar a Santiago. Así, siguiendo las hipótesis de los Ubieto, hallamos en primer lugar hasta tres referencias a Santiago Apostol en la iglesia de Alustante: por un lado, una cruz de Santiago en una de las claves de la bóveda localizada a los pies del templo parroquial, de principios del siglo XVI; una imagen de Santiago peregrino en el retablo mayor, de principios del XVII; una tercera referencia es la representación en el ángulo superior izquierdo de dicho retablo, más tardía, de finales de ese siglo.

Santiago peregrino en una de las calles del retablo mayor de la iglesia tras su restauración en 2000.

San Cristóbal (siglo XVIII) es otra advocación que cuenta con imagen en la iglesia de Alustante, concretamente en el ático del retablo de la Virgen de la Natividad, patrona del lugar.  En  cuanto a la Virgen del Pilar, en 1718 el mercader de lanas Pedro de Lahoz Malo construye a la vera del camino procedente de Albarracín una ermita, a modo de oratorio privado, dedicada a esta advocación mariana.

Sin embargo, la prueba definitiva del paso de peregrinos por Alustante es la existencia durante siglos del hospital de San Martín. Estaba localizado a los pies de la torre de la iglesia y tenemos referencias documentales a él desde mediados del siglo XVI (2), aunque su existencia pudo ser muy anterior. Según el libro de cuentas de este hospital, a medias concejil, a medias parroquial, servía “para el albergue y refugio de los pobres, peregrinos y pasageros(3). Este uso también se encuentra en el Catastro de Ensenada, el cual señala que en 1752 constaba de dos camas (4), desde luego, un muy humilde alojamiento.

Portada del antiguo hospital de San Martín de Tours de Alustante, hoy desaparecido.
Fotografía: María Jesús Mansilla (c. 1973)

No se puede saber quiénes eran las personas que se albergaban en él pues no se ha conservado registro alguno de huéspedes, si es que lo hubo alguna vez. Sin embargo, de vez en cuando, debido a su fallecimiento, queda constancia del paso por Alustante de personas de lejana procedencia, acogidas en el hospital de San Martín. Así, en 1780, murió en el hospital de Alustante Pablo Noselletas “natural de Ofco (¿Oscou?) en el obispado de Santa María de Loron (sic), de el Reyno de Francia(5). En 1803 se registró la defunción de Beltran Strada “natural de Astan en Champania, provincia de Francia, marido de Teresa Bagnerin, natural de Insprug (sic) en el Tirol, en Alemania(6).

Peregrinos como estos, o como los ciclistas llegados al pueblo hace unos años, no debieron de ser infrecuentes en Alustante, un alto en un camino que desde Valencia remontaba el Sistema Ibérico y descendía, por los páramos de Molina y Medinaceli, en dirección a las llanuras del norte de Castilla. Que muchas de las pequeñas historias de estas personas no se contaran, no quiere decir que no existieran. Que Alustante no haya contado como lugar de paso para los operarios que hoy diseñan senderos “históricos”, no quiere decir que por él no anduvieran aquellas personas.

Notas:

(1) Antonio Ubieto muere en 1990, de modo que el trabajo publicado en 1993 bajo el título Los caminos de Santiago en Aragón, fue una obra inconclusa que tuvo que ser terminada por las profesoras Cabanes y Falcón, de la Universidad de Zaragoza.

(2) Archivo Parroquial de Alustante. Fábrica, 12.1, 103v.

(3) Archivo Parroquial de Alustante. Hospital, 23.1, 80v.

(4) Archivo General de Simancas. Catastro de Ensenada. Leg. 99, 61r-63r

(5)  Archivo Parroquial de Alustante. Difuntos, libro II, fol. 183r.

(6) Archivo Parroquial de Alustante. Difuntos, libro III, fols. 29r-29v.

Bibliografía:

Sanz Martínez, Diego. «El camino de Albarracín a Molina» en Rehalda, Homenaje a Juan Manuel Berges Sánchez, nº 30 (2019), pp. 141-147.

Ubieto Arteta, Agustín. Caminos peregrinos en Aragón. Zaragoza: Institución Fernando el Católico, 2016.

Ubieto Arteta, Antonio; Cabanes Pecourt, María de los Desamparados;  Falcón Pérez María Isabel. Los caminos de Santiago en Aragón. Zaragoza: Departamento de Cultura y Educación, D.L. 1993.

Carrellana

Dentro del repertorio de topónimos que se ha conservado en Alustante, existe uno cuyo nombre ha ido evolucionando a lo largo del tiempo aunque ha conservado con suficiente claridad su significado. Nos referimos en esta ocasión a Carrellana, un paraje localizado a escasos 700 metros al noreste del casco urbano del pueblo, en el área del antiguo camino de Tordesilos  (desaparecido) y la actual CM-2112.

Localización de Carrellana. Base cartográfica IGN.

Este nombre está compuesto por un sustantivo apocopado (recortado), carra,y un adjetivo: llana. Carra está directamente relacionado con la palabra medieval carrera, que en los siglos XII y XIII significaba ‘camino’. Se lee en el fuero de Molina, por ejemplo, “Las robdas curien todo el anno la deffesa e las carreras(1), lo que vendría a significar que las rondas, o funcionarios nombrados por el concejo de Molina para vigilar la dehesa de la villa (Molina) de entradas ilegales, también tenían la función de cuidar de la seguridad de los caminos durante todo el año.

Alfonso X, en sus Partidas, ordena que si algún caballero traicionase a su señor, “si algúnd ome lo quisiere prender en la carrera para lleuarlo a su señor o a la cortedel rey”, y en esa situación lo matase, se exime del delito de homicidio al que le dio muerte al traidor (Partida 7, título 8, ley 3).

Con el tiempo la palabra carrera fue dejándose de utilizar con el significado de ‘camino’ para irse por otros derroteros semánticos  (Alba, 1995: 158-151). Por cierto, ya se observan en esta misma fuente documental, cuando dice el rey Sabio que “el vino es carrera que aduze a los omes a todos los pecados” (Partida 1, título 5, ley 36); asimismo, ordena que no se hagan juegos en el momento de velar las armas por parte de los aspirantes a caballeros la noche anterior a tomar las armas, sino “rogar a Dios ellos e los otros que ý fuessen, que los guarde e los enderesçe e aliuie, como a omes que entran en carrera de muerte” (Partida 2, título 21, ley 13). Es decir, aquí la palabra carrera va tomado, por medio de una metáfora, el sentido actual de ‘curso vital’, o incluso ‘profesional’.

El adjetivo llano/ llana, no presenta dificultad especial, pues su forma es la actual, procedente del latín planus, cuyo grupo pl- dio ll- en romance castellano. Alude al discurso liso, con poca pendiente, que tomaba el camino de Tordesilos tras su salida del pueblo en la que también se llamó Vega del Pairón posteriormente. Así, la cualidad del camino acabó designando a toda un área.

Recreación hipotética del trayecto del camino de Tordesilos hacia Carrellana.

El primer documento conservado y/o localizado en el que aparece escrito este nombre es en un inventario de los bienes raíces de la iglesia datado en el año 1500 con la forma Carrera Llana: “Primeramente una pieça en Carrera Llana que dexó Rollete (sic), cabe III medias.” (1)

 Dos años después, en 1502, al parecer teniendo en cuenta un inventario anterior datado en 1463, la iglesia vuelve a registrar esta pieza de tierra en este mismo paraje, aunque con una media de tierra menos:

“Primeramente una pieça que dexó Rollete en Carrera Llana que cabe una fanega de la medida real, aledaños, surquero por la cabeçada Miguel López e por la hondonada el camino que va a Tordesylos, e por el costado de fazia Tordesylos herederos de Mingo Sánchez e por el otro costado de fazia Allustante la Muñoza.” (2)

Labores en Carrellana

Avanzado en el tiempo, ya en 1699, se halla en un inventario de las tierras del concejo un haza o pieza de labor en la Rivilla, un topónimo que se ha perdido y que aludía posiblemente al área de esa vega más cercana al royo (arroyo). Una referencia para la localización de dicha haza es la cruz de Carrellana. Una nueva forma de este topónimo que acabará llegando hasta nosotros:

“Más otra haza en donde dizen la Rivilla, que asurca por acia el lugar con Joseph de Laoz y por avaxo Jil López Martínez y Diego de Corella y acia la cruz de Carrellana con Juan de Mejina Sánchez, y acia las Vittas con Catalán y por arriva con la senda. Cave siete medias.” (3)

Con todo, la forma Carrallana todavía se conservará en el siglo XVIII cuando, en las respuestas particulares dadas por los vecinos del lugar para confección del llamado Catastro de Ensenada (1752), se enumeran propiedades de los vecinos en este paraje. Así Ángela López Salas tenía:

Una haza en Carrallana, cave quatro celemines, asurca a saliente Roque Lorente, a poniente la marquesa [de Falces], al mediodía Miguel Estevan y al norte camino de Tordesilos, produze [en] reales: 17 reales, 17 maravedís.” (4)

Cruz actual de Carrellana, construida en 2005 por Fermín Aparicio.

Quizá el elemento que aún hoy conserva el topónimo con mayor frecuencia es la cruz que, como se ha visto, se documenta ya en 1699, una cruz de Ánimas que se ha mantenido, renovándose cada cierto tiempo, hasta la actualidad.  Las cruces de Ánimas tenían como función principal la sacralización de los cruces de caminos. Desde tiempos inmemoriales y en culturas y espacios distanciadísimos, se ha creído que el cruce de caminos era un espacio de incertidumbre no solo física sino también existencial (Chevalier y Gheerbrant, 1995: 446 y ss). El cruce era también donde convergían lo terrenal y lo ultraterreno y por ello, lugar a propósito para las apariciones de difuntos (Acosta, 1996: 30-31). Lo que se hace en la Europa medieval es sacralizar estas intersecciones con cruces de madera, de piedra, etc., dedicadas a las Ánimas del Purgatorio.

No obstante, aquí no se tiene documentado ningún cruce caminos. ¿Podría hacer referencia a alguna muerte accidental? Bien pudiera ser, dado que fue muy común colocar cruces en lugares donde se habían producido muertes no regladas, esto es, la muerte de personas que no habían recibido los últimos sacramentos (Mitre, 1994: 25). Algo a lo que se tuvo un enorme temor en el pasado, también en parte por la posibilidad de que no quedara en paz el alma del difunto y por ello, según la creencia popular, el riesgo de aparición al caminante, pidiendo misas y a veces anunciando la muerte de este.

En ocasiones, sin embargo, las respuestas a los interrogantes históricos requieren acudir al lugar donde se localizan los hechos que se desean estudiar. ¿Qué ocurre en ese punto, por lo tanto, para ser indicado por medio de una cruz? Sea casualidad o no, si se sigue el trazado del camino antiguo de Tordesilos (hoy necesariamente a través de labores) y no se pierde de vista el contexto, el resultado es que el primer sitio desde el que se ve la ermita de la Virgen del Tremedal es el punto aproximado donde se localiza la cruz de Carrellana.

Hay que tener en cuenta que las romerías a la ermita de San Roque eran acontecimientos cargados de gestos piadosos, como el Rosario de la Aurora con la interpretación de ciertos cantos ya perdidos para siempre (VV.AA, 2000: 295). Tal vez uno de los puntos donde se paraba en dichas romerías era en esta cruz, para rezar a la Virgen del Tremedal. Por otro lado, la Virgen del Tremedal ha sido históricamente un lugar sagrado de enorme atracción en la Sierra, y fuera de ella (Berges e Ibáñez, 2012: 133 y ss).

El cerro del Tremedal desde la cruz de Carrellana.

Invito a todos los lectores y lectoras a que este verano, cuando pasen o paseen por la cruz de Carrellana, recuerden algunos de estos datos que convierten a este paraje, como a todos los del pueblo (como a todos los lugares del mundo), en un sitio especial. Solo es necesario dotarlos de sentido, de connotaciones propias y heredadas de siglos. En eso estamos.

Notas:

(1) Archivo Municipal de Molina. Fuero de Molina, 24r-v.

(2) Archivo Parroquial de Alustante, Fábrica, 12.1, 4r. Es curioso el uso del apodo del donante de la pieza a la iglesia: Rollete.

(3) Archivo Parroquial de Alustante, Fábrica, 12.1., 9r.

(4) Archivo Municipal de Alustante, Concejo, 1.1., 15r.

Bibliografía:

Alba Zancajo, José Luis. “El campo semántico ‘camino’ en la poesía medieval española” en Criado del Val, Manuel (Coord.). Caminería Hispánica: Actas del II Congreso Internacional de Caminería Hispánica. Guadalajara: Aache, 1996, vol. III, pp. 135-160 [pp. 148-151].

Alfonso X El Sabio. Las Siete Partidas. (Ed.) López, Gregorio. Salamanca: Andrea de Portonariis, 1555 (Ed. Facsímil, Madrid: BOE, 2011).

Berges Sánchez, Juan Manuel e Ibáñez Hervás, Raúl. El culto a la Virgen del Tremedal. Teruel: CECAL, 2012.

Chevalier, Jean y Gheerbrant, Alain. Diccionario de los símbolos. Barcelona:  Herder, 1995.

Fuero de Molina (Ed.) Cabañas González, María Dolores. Guadalajara: Diputación de Guadalajara, 2013.

Mitre Fernández, Emilio. “La muerte y sus discursos dominantes entre los siglos dominantes entre los siglo XVIII y XV” en Muerte, religiosidad y cultura popular, siglos XIII-XVIII. Zaragoza: Institución Fernando el Católico, 1994.

VV.AA. Alustante antes de ayer. Valencia: Asociación Cultural Hontanar, 2000.

La medida local del tiempo en Alustante (y II). El reloj

El sentido de la temporalidad en el pasado era mucho más laxo que ahora, y no importaba tanto como en la actualidad la exactitud de la hora. De hecho, aunque muchas ciudades, e incluso aldeas, llegaron a tener mecanismos de reloj desde la Edad Media, cada uno marcaba su hora local. Y no hablamos solo de desfases de unos pocos segundos.

Torre del reloj. Molina de Aragón.

Cabe destacar también que los primeros relojes que se documentan en esta zona geográfica a principios del siglo XV (1) eran manuales y que, para su mayor precisión, los toques eran controlados por cronómetros de arena, por lo que era necesario el contrato de operarios municipales o eclesiásticos encargados tanto de controlar el tiempo de estos primitivos relojes como de tocar las horas con la campana tirando de sogas. En 1467 se comienzan a documentar en Daroca relojes mecánicos, aunque de gran imprecisión (Rodrigo, 1996: 107); en Teruel el reloj mecánico municipal se instala en la  torre de San Pedro en 1484 (Morales y Torreblanca, 1989: 453).

Antiguo reloj de Aragoncillo (Foto realizada en 2004)

Para el caso de la Castilla meridional, exceptuando Toledo, que había tenido reloj (manual) en la catedral ya en el siglo XIII, regido posiblemente por una clepsidra o reloj de agua (2), los relojes parecen ser algo más tardíos. En Guadalajara se sabe que a mediados del siglo XV las horas se marcaban manualmente en la desaparecida torre de San Gil, y más tarde en ella se localizó el reloj mecánico (Mejía et al, 2007: 270), para pasar posteriormente  a trasladarlo a la casa del Concejo, construida en la antigua plaza de Santo Domingo, hoy plaza Mayor (Layna, 1995: 256).

En Sigüenza, cabeza del obispado, consta que ya había reloj mecánico en la catedral en 1520 (Pérez-Villamil, 1899: 157), mientras que Molina en la torre del Reloj  se localiza una campana gótica que podría indicar la antigüedad de su función. En Tortuera ya en 1676 existía un reloj en la torre de la iglesia (Marco, 2004, 204). Muchos de los pueblos del Señorío fueron adquiriendo relojes mecánicos en siglos posteriores pues, aunque sus mecanismos revelan la que debió de ser su escasa precisión, fueron instrumentos no solo destinados a la medida del tiempo sino también a mostrar un cierto prestigio y orgullo comunal.

Antiguo reloj de Castellar (Foto realizada en 2009)

En Alustante se tiene documentado un reloj en la torre de la iglesia al menos desde 1773 (3); por supuesto, sin esfera ni manecillas exteriores. Se emplazaba en una planta de forjado de madera ubicada entre el suelo de la torre y el techo del coro y, al parecer, combinaba mecanismos metálicos y de madera, según la tradición. También se sabe que, aunque localizado en la torre de la iglesia, pertenecía al concejo del lugar. En 1803 se documenta la compra de un campanillo para el relox que todavía permanece en la torre, al parecer obra del campanero (fundidor) Felipe Ballenilla (4).

Este reloj se mantuvo en la torre hasta la construcción de la torre del reloj en la fachada de la Casa del Lugar en 1925. No sería difícil seguir la cronología de las intervenciones que tuvo este reloj en la documentación municipal conservada. Así, por ejemplo, en 1782 se pagan 12 reales al maestro Joseph García “por el azeite para untar las campanas y el relox” y 60 reales a Matías Herrera, “reloxero, de la conposición de relox que a echo” (5).

En 1925, durante el primer trimestre del año, todavía se pagan 25 pesetas  al herrero Eusebio Casas “por regir el reloj”  (6). Sin embargo, el Ayuntamiento acuerda  en julio de ese año cortar «600 pinos del monte ‘Realenco’ y llevar a efecto la subasta con remate en la cantidad de 4.015 pesetas para dotar a la población de un reloj bueno, pues el actual es inservible» (7). Por otra parte, en la sesión de 1 de noviembre de 1925 el alcalde, D. Baltasar Pérez Sánchez, expone:

“que era preciso practicar una trasferencia de crédito para terminar y pagar la obra de refuerzo de la Casa Consistorial (…) para afianzar la pared del medio día de la Casa Consistorial que al mismo tiempo sirve para la colocación del reloj, y faltando todavía para el pago total de la obra 802 pesetas la Corporación acordó practicar en su vista la expresada transferencia de crédito destinando de esta cantidad 500 pesetas” (8).

Aspecto de la torre del reloj en la década de 1950

Fue un reloj fabricado (o comercializado) por D. Gonzalo Tena, de Segorbe, al que se le pagan 3.320 pesetas “por un reloj nuevo y sus accesorios adquirido para instalación en las Casas Consistoriales”. No obstante, la campana de hierro fundido pertenece a la factoría de Vitoria, Lecea y Murua. Asimismo, se pagan 695 pesetas a José María Martínez por materiales y obra de instalación del reloj, a Pelegrín Herranz “por sacos de cemento y otros materiales invertidos en el muro o torre construida en las Casas Consistoriales”  (450 Ptas); a D. Aurelio Casinos, de Santa Eulalia, por piedra (20 Ptas.); y al albañil Luis Lahoz por terminar la colocación del reloj y retirar los andamios(12 Ptas) (9). Consta que también participó en el montaje del reloj el polifacético carpintero Pedro Herranz Ruiz a quien, sin duda, se debe el bastidor de madera con unas iniciales en letra neogótica: B. P. (Baltasar Pérez).

Reloj de Alustante, actualmente en el salón de plenos del Ayuntamiento.

Según nos informaba Juliana Sanz  Sánchez (1913-2011) la llegada del nuevo reloj no fue muy bien recibida por el pueblo, expresándose  opiniones como: «Antes teníamos un reloj de pueblo, el de ahora es un reloj de barrio» y al alcalde Baltasar se le decía: «Balterre, el reloj va mal». Lo cierto es que el reloj tuvo algunos defectos mecánicos que se mantuvieron hasta su sustitución en 2005, esta vez conservando su maquinaria íntegramente.

Detalle de un lateral del reloj.

Actualmente cualquier dispositivo electrónico cotidiano posee un reloj cuya perfección sincrónica con el resto de dispositivos del resto del planeta puede tener a lo sumo, si es que los tiene, pequeños desfases contados en milésimas de segundo. Sin embargo, escuchar la campana del reloj del pueblo o la campana de la iglesia llamando a misa, nos debe hacer recordar que hasta hace relativamente poco el ser humano se regía por unidades temporales tan relativas y flexibles que los relojes públicos eran más un objeto de ornato y ostentación que un artefacto para controlar el tiempo. Hoy, debido a la precisión horaria, el caso ha llegado al punto contrario: el tiempo controla al ser humano hasta casi convertirlo en un objeto, una maquinaria de producción.

Notas:

(1) El primer reloj documentado en Teruel data de 1425, y parece ser un reloj de arena que indica las horas; un reloxero estaba encargado de ‘ministrar, regir e toquar  de día e de noche el dito reloig’ (Morales y Torreblanca, 1989: 423).

(2) En 1255 se inventaría en la catedral de Toledo ‘un orlogio desbaratado’, si bien no se documenta de nuevo un posible reloj en esta catedral, esta vez mecánico, hasta 1357, 1366 o 1371 (Pérez Álvarez, 2018: 51-52), lo que no quiere decir que no existieran otras formas de medir el tiempo para, a su vez, tañer horas manualmente.

(3) A raíz de unas obras en la torre de la iglesia de Alustante se lee en los gastos de 1772-1773: “Más doscientos treinta y siete reales y medio que importaron los ladrillos, yeso y madera que se gastaron en solar el piso del campanario, componer las escaleras y hechar (sic) un  balostreado sobre el relox y pagar al maestro y oficial sus jornales” (Archivo Parroquial de Alustante, 12.3, 34v.)

(4) Archivo Parroquial de Alustante, 12.3, 196v.

(5) Archivo Municipal de Alustante, Contabilidad, 1780-1783,30v.

(6) Archivo Municipal de Alustante, Diario de Intervención 1925-1926. 32.

(7) Archivo Municipal de Alustante, 8.4, 3v-4r.

(8) Archivo Municipal de Alustante, 8.4, 8r.

(9) Archivo Municipal de Alustante, Diario de Intervención 1925-1926, 33-34, 38.

Bibliografía:

Gómez Pellón, Eloy. “El tañido del tiempo” en Las campanas: Cultura de un sonido milenario. Santander: Fundación Marcelino Botín, 1997, pp. 41-65.

Layna Serrano, Francisco. Historia de Guadalajara y sus Mendozas en los siglos XV y XVI, tomo III. Guadalajara: Aache, 1995 (2ª Ed.).

Marco Martínez, Juan Antonio y Heredia Heredia, Francisco Javier. Tortuera. Una villa, una historia. Guadalajara: Aache, 2004.

Martín-Artajo G., Javier y Buey Pérez, Jacinto del. Relojes de sol de Guadalajara. Recorrido gnómico por la provincia. Guadalajara: Diputación provincial, 2004.

Mejía Asensio, Ángel, Rubio Fuentes, Manuel, Salgado Olmeda, Félix. Historia moderna de la provincia de Guadalajara : (siglos XVI-XVIII). Guadalajara: Bornova, 2007.

Morales Gómez, Juan José y Torreblanca Gaspar, Mª Jesús. “Tiempo y relojes en Teruel en el siglo XV” en Aragón en la Edad Media, nº 8 (1989), pp. 449-474.

Pérez Álvarez, Víctor. Técnica y fe: el reloj medieval de la catedral de Toledo. Madrid: Fundación Juanelo Turriano, 2018.

Pérez-Villamil, Manuel. La catedral de Sigüenza. Madrid: Tipografía Herres, 1899 (Ed. facsímil, Madrid: 1984).

Rodrigo Estevan, María Luz. “Relojes y campanas. El cómputo del tiempo en la Edad Media” en El Ruejo. Revista de Estudios Históricos y Sociales, 2 (1996), pp. 93-130.

La medida local del tiempo en Alustante (I). Las esferas de misa

Pasan casi inadvertidos pero, si uno se fija bien, allí están. En la parte derecha de la portada de la iglesia hay un conjunto de círculos, cinco en total, a los que cruzan varios radios y en su centro se halla una hendidura más o menos pronunciada. Podrán parecer meros adornos; quizá alguien que se ha entretenido trazándolos con un compás. Pero no. Aunque es imposible negar que también en el pasado había lugar para la distracción y el juego, con el tiempo uno se va acostumbrado a ver que, en según en qué momentos y sitios, muy pocas veces se daba puntada sin hilo.

Localización general de las esferas de misa de Alustante

Así, estos círculos pertenecen a una tipología de relojes de sol muy simple denominada esfera de misa. Su funcionamiento es muy sencillo: basta con poner en el centro de la esfera un pequeño palo, con la mano (1),  y la sombra que este proyecta indica la hora aproximada. Claro está que la posición del sol en cada época del año implicaría una desviación de la sombra sobre la esfera, lo que hipotéticamente explicaría la presencia de varias ellas en este lugar, cada una trazada de un modo.

Ejemplo de uso de las esferas de misa.

Javier Martín-Artajo y Jacinto del Buey estudiaron en 2004 estas esferas y obtuvieron algunas conclusiones interesantes que pasamos a resumir:

  1. Aunque su estado de conservación es bueno, pudieron servir en el pasado como dianas improvisadas para ensayar el tiro con algún tipo de arma con carga de plomos (2), lo que explicaría la cantidad de orificios que tiene la piedra.
  2. Si bien hoy se encuentran dispuestas en vertical, quizá en el pasado, en una iglesia anterior, pudieron estar en horizontal, ya que tenían que estar colocadas a la altura de una persona para ser utilizadas.
  3. Pudieron ser trazadas en épocas distintas, siendo la más antigua la más alta. (Martín y del Buey, 2004: 280-282).

Estas esferas aparecen muy a menudo en las iglesias medievales, con el fin de averiguar en qué momento hay que tocar las campanas para una u otra función, religiosa o civil. Aunque muy pocas veces se hacía distinción entre una u otra categoría, hoy claramente separadas. Conviene recordar que durante siglos el tiempo lo marcaban las horas canónicas (maitines, laudes, primas, tercias, sextas, nonas, vísperas y completas), los oficios divinos y los toques que invitaban a la piedad privada, los principales de ellos los tres toques del Ave María: mañana, medio día y atardecer  (Gómez, 1997: 53-56).

En todo caso, hay un pequeño matiz que no acaba de encajar en la hipótesis del reaprovechamiento de las piedras procedentes de una iglesia anterior. Por un lado, se trata de un conjunto de piedras de sillar que sintonizan perfectamente con la obra de la portada construida por los hermanos Pedro y Martín Vélez en 1540 (3). Por otro lado, la piedra, el material con el que están fabricados tanto la portada como los relojes de sol es la misma; por el momento toda una incógnita histórica, pues se desconoce de qué cantera se trajo ese tipo de piedra caliza, blanda y por ello fácil de trabajar (4). Por esta razón, cabe la posibilidad de que el uso de estas esferas se hiciera mediante algún tipo de escalera.

La una solar en la torre de la iglesia, según la tradición popular.

Sea como fuere, la conservación de estos elementos muestran cómo se medía el transcurso del tiempo en el pasado. Aunque no era ni mucho menos el único método. Así, cuando, en verano, durante la trilla, comenzaba a generar sombra uno de los estribos de la torre de la iglesia se entendía que era la una de la tarde solar. La hora de comer. Por la noche, existía todo un horario marcado por el movimiento de la Tierra con respeto al cielo estrellado, del que hablaremos en otra ocasión, si es posible. Todo con el fin, como decimos, de mensurar una dimensión tan escurridiza como es el Tiempo.

Notas:

  • El palo, vara, o como se quiera llamar, de los relojes de sol se denomina gnomon. Suele ser un elemento fijado a la pared o al suelo donde se halla el reloj. Sin embargo en este caso se trata de un objeto movible. Una simple ramilla cogida del suelo podría valer, dado lo grosero de la medida.  
  • Hay que recordar que la iglesia de Alustante fue utilizada por el ejército Isabelino como fortín durante la primera guerra carlista. Quizá estos disparos podrían datar de aquella época. (Esteban, 1990: 6)
  • Archivo Parroquial de Alustante, Fábrica, 12.1., 91r.
  • Junto al cantero local, Félix Martínez, perfecto conocedor delas canteras de la zona, ha sido imposible localizar la cantera que no solo sirvió para construcción de la portada de la iglesia sino también del caracol.

Bibliografía:

Esteban Lorente, Juan Carlos “El castillo de Alustante” en Flores y Abejas (18/07/1990), p. 6.

Gómez Pellón, Eloy. “El tañido del tiempo” en Las campanas: Cultura de un sonido milenario. Santander: Fundación Marcelino Botín, 1997, pp. 41-65.

Martín-Artajo G., Javier y Buey Pérez, Jacinto del. Relojes de sol de Guadalajara. Recorrido gnómico por la provincia. Guadalajara: Diputación provincial, 2004.