Las Siete Semanas

La Virgen de Agosto ha sido tradicionalmente en toda Europa una de las fiestas más celebradas. Es un día que marcaba de alguna forma la finalización de las cosechas, de modo que las tierras de labor particulares revertían por un tiempo al patrimonio común (Costa, [1983]: 251). A partir de este día, o su siguiente, San Roque, en Alustante existía el uso y costumbre de desvedar las rastrojeras. Todavía hoy la fecha que marcan las ordenanzas de pastos locales para desvedarlas es el 16 de agosto. Resulta triste ver los rastrojos ya casi sin ganados que los pasteen.

Si la semana pasada escribíamos sobre las tierras de pan llevar, las tierras de labor del concejo, que eran una de sus principales fuentes de ingresos durante el Antiguo Régimen, el otro medio de financiación era el arrendamiento del término durante las llamadas Siete Semanas, desde San Pedro hasta la Virgen de Agosto. Un uso tradicional del Señorío de Molina que estuvo vigente durante casi cinco siglos y que, si bien no ha llegado hasta nosotros, forma parte también del viejo Alustante.

El territorio del Señorío de Molina funcionó como un gran predio en el que pastos, montes y aguas pertenecían a los vecinos del mismo.

El aprovechamiento de las Siete Semanas se apoyaba en la cláusula foral de que todo el territorio de Molina pertenecía a los pobladores del territorio (1), lo cual quería decir que era susceptible de ser aprovechado por todos los vecinos de los pueblos de este territorio. En una sociedad eminentemente agraria, esto quería decir que tanto los montes como  los pastos y las aguas podían ser de libre uso, independientemente del lugar donde se encontrasen. Así pues, los términos de las aldeas, a excepción de las dehesas concejiles y los ejidos que bordeaban a los pueblos (2), eran de libre disfrute, independientemente de la vecindad del ganadero o del recolector de leña, siempre que dicha vecindad correspondiera al conjunto de los pueblos del Señorío.

Una cita del siglo XVIII recogida en el lugar de  Rillo describe a la perfección en qué consistía el uso libre de los montes y pastos comunes, también llamados realengos y montes blancos: mancomunidad de la que “participan los unos en los términos de los otros y los otros en los de los otros(3). En el caso de Alustante, calculamos que  en torno a un 43,6% del término era común, de libre disfrute para el resto de los vecinos y ganados de los pueblos del Señorío de Molina.

Ordenación del territorio en Alustante en el Antiguo Régimen.

 De este modo, exceptuando las tres dehesas, Somera, Bajera y de los Esquiñones, así como los ejidos que rodeaban al pueblo, el resto de lomas y cerros, así como las rastrojeras en el periodo de la derrota de las mieses, podían ser potencialmente usados por el resto de los pueblos. Y al contrario; los vecinos de Alustante podían pastar y aprovechar los montes del resto de las poblaciones molinesas. Por nombrar algunos de los pueblos colindantes, sabemos que a finales del Antiguo Régimen en Motos un  47,41% era considerado común, en Alcoroches estos montes suponían un  52,77% de su término y en Tordesilos en torno a un 38% (4).

Desde luego, el caso del Señorío de Molina no era un caso único, de modo que las Comunidad de Albarracín (Berges, 2009: 228) y Teruel (Castán, 2002, 158)también existían sendas comunidades de pastos similares a la de esta tierra, mientras que en los territorios con foralidad aragonesa, se daba la llamada alera foral, que consistía en el derecho de pasto de  los ganados en el todos los términos del reino, con la condición de no entrar en las eras de los pueblos y volver a su término antes de la puesta del sol (Fairén, 1951), lo cual limitaba este aprovechamiento a los términos inmediatos. Esta alera foral, por comparación, podría completar algunos detalles de cómo se implementaban en otros lugares estos usos y costumbres. En Castilla existían comunidades de pastos y montes en la Tierra de Cuenca, en la de Medinaceli, en la de Soria, etc. Era, pues, un hecho comprensiblemente extendido, dada la necesidad de pastos, leña e incluso alimentos silvestres en la España preindustrial.

Este hecho explicaría en buena parte la deforestación de una parte considerable del término, o por qué el Realengo (el área de los Quemados, la plaza del Pinar, etc.) recibe este nombre, por qué los vecinos de Tordesilos defendían todavía en el siglo XIX el derecho de pastar en los Altos, por qué existía un paso de ganado que, desde las eras de la Soledad, conducía directamente al término de Alcoroches, o por qué los vecinos de Alcoroches tenían derecho de entrada en el área del Collado, o los de Motos derecho de paso de ganado a Sierra Molina por los Quemados.

Este derecho, que tenía sus ventajas evidentes, también tenía sus inconvenientes. Uno de ellos era la lógica competencia que se establecía entre los vecinos de los pueblos por los pastos, más aún cuando, a partir del siglo XIV, comienza a aumentar la cabaña ganadera en el Señorío y los pastos de verano son insuficientes para acoger los rebaños de los pueblos. Esto mismo se habría repetido en diversas épocas de aumento del ganado lanar, o de incremento demográfico humano, no siempre coincidentes. Por ello, se determina en 1399 que, en este caso, desde San Juan (24 de junio) hasta la Virgen de Agosto los pueblos podrían cerrar sus términos y venderlos (alquilarlos) a ganados foráneos durante todo el periodo de estas Siete Semanas que tal día como hoy, 15 de agosto, terminarían, quedando de nuevo los términos practicables para todos los vecinos del territorio (5).

El Realengo recibe su nombre de su origen común a todo el Señorío.

Es interesante comprobar cómo, en un principio, el producto de las Siete Semanas era repartido entre un grupo de propietarios muy concreto, compuesto por  aquellos herederos (propietarios de heredades) que poseía las buenas. Estas buenas eran las 50 medias fanegas mínimas para recibir el reparto de dicho producto (y que, nos tememos, no solo era una cuestión anecdótica, sino toda una discriminación entre herederos y no herederos, vecinos con ciertos derechos civiles y vecinos con menos derechos, acaso, vecinos con posibilidades de elección en la composición del concejo y del Común de la Tierra, y vecinos sin posibilidad alguna. Cuando en la documentación medieval y moderna se habla de hombres buenos, parece claro que esa bonanza se refiere más a esas buenas  que a una cuestión moral.

No obstante, también es importante destacar  que al finalizar el Antiguo Régimen, estas rentas son percibidas por el conjunto de los concejos para el mantenimiento de bienes comunes como caminos y puentes, o el pago de funcionarios y agentes públicos, como los fieles de fechos o escribanos y guardas.  Se sabe que los ganaderos que solían alquilar estos términos eran los grandes señores de ganados de Molina, pertenecientes a la nobleza de la villa que encontraban en la Sierra buenos agostaderos durante su estancia en el territorio, dado que en el invierno bajaban a Andalucía, la Mancha y Extremadura. Así, en Alustante los Peyró del Castillo y los Arias de Molina, junto a un Manuel  María Castejón, vecino de Ágreda, alquilaban el término de Alustante en la segunda mitad del siglo XVIII.

La existencia de la comunidad o mancomunidad de pastos, montes y aguas se comienza a cuestionar en el siglo XVIII so la excusa de una mejor gestión. Desde el siglo XVI el producto habitual de los montes comunes, especialmente en el carboneo,  se dividía en tres partes: una correspondiente a Molina y las dos restantes al Común de la Tierra. Pero en 1799, en un memorial elevado a la Corona por dicho Común reivindica que una de las partes del Común se conceda a los pueblos, dado que eran ellos los que limpiaban dichos montes y apagaban los incendios cuando sucedían; no en vano estos montes estaban enclavados en sus términos (6).

El siglo XIX es un siglo en el que son tantos los cambios sobre la concepción jurídica de la propiedad que no es de extrañar se ahonde más aún en esta cuestión, hasta el punto de hacerla desaparecer. Con la concesión de la municipalidad universal a los pueblos en las Cortes de Cádiz (1812), parece que comienza a incumplirse el ritmo tradicional de veda y desveda de términos, si bien se puede hacer un seguimiento de este uso y costumbre en el Señorío, en ocasiones, hasta la década de 1850. El cierre completo y permanente de los términos supuso, tal vez, una mayor autonomía para cada municipio pero, ¿quién sabe?, tal vez con ello también se produjo una cada vez mayor acentuación del localismo y con él un empobrecimiento y una pérdida considerable de nuestra cultura común.

Notas:

(1) Archivo Municipal de Molina de Aragón. Fuero de Molina, 7r: “Quiero que los omnes que ý poblaren que la ayan en heredad a ellos et a fiios de ellos con todo su término yermo e poblado con sus montes et con aguas et con molinos”.

(2) Tanto las dehesas como los ejidos eran de uso exclusivo de los vecinos de los pueblos. Habitualmente, junto a las casas de concejos, fraguas y algún otro establecimiento público, eran unos de los pocos bienes de los que disfrutaban los concejos. Esperamos escribir pronto sobre estos interesantes y, en el pasado, preciados espacios.

(3) Archivo General de Simancas (AGS). Catastro del Marqués de la Ensenada (CE), Dir. General de Cuentas, 1ª remesa, respuestas generales (RG), lib. 102, fol. 432 v (Rillo).

(4) Datos tomados del Catastro de Ensenada para cada uno de estos pueblos. Archivo General de Simancas (AGS). Catastro del Marqués de la Ensenada (CE), Dir. General de Cuentas, 1ª remesa, respuestas generales (RG), lib.101 (Motos); lib. 098 (Alcoroches); lib. 103 (Tordesilos).

(5) Biblioteca Real, II-2421. Sentencia entre villa y Tierra sobre los pastos de los términos e dehesas de boyalage. 30v.

(6) MARTÍNEZ, Sebastián. Redondez y límites del Señorío de Molina y varias noticias que contiene su distrito [1794] (Biblioteca Real, II 1585), fols. 98v-99v.

Bibliografía:

Berges Sánchez, Juan Manuel. Actividad y estructura pecuarias en la Comunidad de Albarracín (1284-1516). Teruel: CECAL, 2009.

Castán Esteban, José Luis. Pastores turolenses. Historia de la trashumancia aragonesa en el Reino de Valencia durante la época foral moderna. Zaragoza: CEDDAR 2002.

Costa, Joaquín. Colectivismo Agrario en España. Tomo II. Zaragoza: Guara Editorial, 1983.

Fairén Guillén, Víctor. “El régimen de montes y la alera foral de Aragón hasta el código civil” en Revista de Administración Pública, nº 5 (1951), pp. 107-143.

El cultivo de las tierras del concejo

El feudalismo suele ser concebido popularmente como un sistema jurídico piramidal en el que solo participan nobles, eclesiásticos y siervos. Unos arriba, los otros abajo. Por otro lado, a muchos nos queda la idea de que este régimen  se reduce a los siglos de la Edad Media. Incluso en España se extendió la idea durante algún tiempo de que el feudalismo era cosa de los países del centro y norte de Europa, hasta el punto de que hay quien afirmó que la Península Ibérica fue una especie de “islote de hombres libres en el mar feudal” (Sánchez Albornoz) (1).

La Cosecha. Pieter Bruegel el Viejo (1565). www.metmuseum.org

Sin embargo, el feudalismo fue modo de producción global, que en realidad afectó a todos los aspectos de la vida de los hombres desde la plena  Edad Media hasta el siglo XIX y, en mayor o menor medida condicionó la vida de todos los estratos, instituciones, colectivos y todas formas de relación entre personas. Me gusta imaginar el feudalismo comparado a un líquido tan sumamente fluido que habría alcanzado hasta los recodos más recónditos de la sociedad. ¿Acaso no ocurre lo mismo con el capitalismo hoy en día?

Aunque la sociedad aldeana del Señorío de Molina podría parecer completamente ajena a las formas ‘clásicas’ del feudalismo, también estuvo inmersa en este sistema, ya no solo por las cargas tributarias y obligaciones jurídicas que soportó el campesinado, sino también por su propia organización interna. Así, en un contexto feudal, no es extraño que sus reglas de convivencia evidenciaran también formas (y fondo) feudales. Esto no solo durante la (no tan) oscura Edad Media, sino hasta el siglo XIX, a veces bien entrado este;  e incluso hasta el XX, bajo la forma de usos y costumbres inmemoriales, reminiscencias del modo de producción feudal.

En esta ocasión nos referimos a la forma de trabajo que existía sobre los bienes raíces del concejo y de otras instituciones locales. El concejo de Alustante tuvo como únicas fuentes de ingresos un arbitrio llamado de las Siete Semanas, consistente en el alquiler de los pastos del término durante finales de junio y mediados de agosto (2) y la venta del producto de los huertos y hazas o tierras de secano del  común y concejo del pueblo.

 Estas tierras, que seguramente estuvieron en manos de esta institución local desde la Edad Media, se hallan inventariadas por primera vez en la documentación conservada en el Archivo Municipal de Alustante en 1699. En ese año, por orden del corregidor de Molina, se hace relación de todos los bienes que el concejo tiene, y en ella se enumeran  16 hazas (tierras de pan llevar) y 3 huertos, que sumaban  134 medias fanegas y 2 celemines (3); aproximadamente unas 22,55 Has, según la equivalencia de la medida histórica de Molina con el sistema métrico actual.  En este documento concejil también se enumera un haza más que, parece ser, fue vendida en ese mismo año al vecino Bernardino Fernández, con lo que habría que añadir a la extensión de tierra propia del concejo otras 5 medias. Según el Catastro de Ensenada (1752), estas tierras reportaban al concejo 780 reales anuales (4).

Relación y localización de hazas y huertos del concejo de Alustante en 1699

El producto dinerario y en especie de estas tierras servía para pagar una serie de gastos y sueldos de personal, tales como el mantenimiento del encañado de la fuente, el mantenimiento de las puentes, el pago censos o préstamos hipotecarios, y el sueldo de los regidores, contadores, fiel de fechos (escribano) y los dos guardas del concejo:  el de dehesas, vedados y siembras y el de montes y reses. La misma producción estaba gravada con el diezmo eclesiástico (que recibía el obispo), el diezmo de hierbas (que recibía el cura del pueblo) y el valimiento de hierbas (que se pagaba a la monarquía y que suponía de 1/10 a  1/3 de la hierba producida). También se pagaba al cura del pueblo un derecho por la celebración de las letanías mayor (25 de abril) y menores (los tres días anteriores a la Ascensión).

Hoy, el sistema más lógico de producción para esas tierras sería el arriendo de las mismas. Sin embargo, estamos hablando de un larguísimo periodo histórico en el que la forma de ver las cosas, incluida la economía, era de otro modo. Así, aunque se trata sin duda de un testimonio tardío, en el Catastro de Ensenada se señalaque  el concejo tiene “por propio diferentes heredades de pan llebar, las que venefician los vecinos a zofra(5). Como es sabido, las zofras eran prestaciones personales, en principio obligatorias, que satisfacían los vecinos de los pueblos a sus concejos. En este mismo documento se habla de que este procedimiento también se empleaba en obras, sin especificar cuáles, aunque han llegado hasta el siglo XX las prestaciones de este tipo para el arreglo de caminos y puentes, limpieza de arroyos, limpieza de calles, etc.

Siega en un ‘manor’ inglés (siglo XIV)

Volviendo al tema de los campos de labor, en el Catastro se especifica que existía un gasto de “ciento y veinte reales que también anualmente gastan en refrescos que dan a los vezinos que concurren [… al] cultivo de las heredades del concejo(6). La gratificación: un refresco cuya receta, sospechamos, no andaría lejana a la de la cuerva, vino especiado con fruta, que ha quedado en la memoria colectiva para denominar  a la bebida que se daba a los costaleros de los pasos el Viernes Santo como pago a su esfuerzo.

Estas prácticas, que sin duda estuvieron vigentes desde los mismos albores de la repoblación del territorio, allá por los siglos XII y XIII (7), sabemos que fueron desapareciendo entre la segunda mitad del siglo XVIII y principios del XIX. En ese momento se produce un cambio estructural que comienza a concebir la economía de otro modo, incluso la hacienda del concejo, ya para entonces ayuntamiento. Del cultivo, siega y todas las demás labores que conllevaba la producción de las tierras concejiles por parte de los vecinos, de clara inspiración feudal, se habría pasado a un arrendamiento, modelo más moderno… y capitalista.

Así, en 1762, tan solo diez años después de la encuesta catastral, se reseñan ya en las cuentas comunitarias “zinquenta y seis reales, importe de siete medias de trigo en que fueron rematadas las hazas del conzexo por Fabián Martínez, becino de este pueblo, por precio de ocho reales en cada una media(8). Cabe interpretar que las tierras, o parte de ellas, ya se estaban arrendando. Ocurrió lo mismo con las tierras del Santo Cristo de las Lluvias, las cuales habían sido cultivadas a través de un sistema similar por los cofrades, si bien en 1772 ya se encuentra el arriendo de algunas de las tierras que componían el peujar o conjunto de bienes raíces de la cofradía, hasta que en 1802 se arrienda la última tierra que quedaba sin hacerlo (9).

Aspecto de las eras de la Loma o de la Soledad a mediados del siglo XX.
Fte.: VV.AA. Alustante antes de ayer. Valencia: A.C.Hontanar (2000), p. 206

Es así como termina el cultivo de hazas colectivas en Alustante. Al visitar alguna de sus hipotéticas localizaciones, no es difícil imaginar allí a los vecinos y vecinas del lugar llevando a sus animales de arada para labrar las tierras del pueblo, sembrándolas restando unos días de su propio trabajo, segándolas en estos días de verano  y, después de acarrear las mieses y llevarlas a la era realizando allí todas las labores de la trilla, almacenar el grano en el pósito del pueblo para, un año más, hacer frente a los gastos del común y concejo, de algún modo, señor feudal de los propios vecinos.

Notas:

(1) Sanchez Albornoz se refiere en esta cita a Castilla, aunque por extensión, según él y otros de los seguidores de sus tesis, los distintos reinos y señoríos peninsulares (excepto Cataluña) habrían disfrutado de esta supuesta salvedad del feudalismo europeo.

(2) No tardaremos en tratar sobre este interesante periodo anual que engrosó durante unos seis siglos las rentas de los pequeños concejos de los pueblos del Señorío de Molina.

(3) Archivo Municipal de Alustante, 1.1., 13r-16r.

(4) Archivo General de Simancas. Catastro de Ensenada. Leg. 99, 49v

(5) Archivo General de Simancas. Catastro de Ensenada. Leg. 49v.

(6) Archivo General de Simancas. Catastro de Ensenada. Leg. 99, 52r-53v

(7) La zofra o azofra, ya aparece, por ejemplo, en el fuero de Alquézar en (1069) (Líbano, 1979: 76). Procede de la palabra hispano-árabe súfra, que, entre otros, poseía el significado de ‘trabajo obligatorio o impuesto’.

(8) Archivo Municipal de Alustante. Contabilidad (1764-1798), 46r.

(9) Archivo Parroquial de Alustante. Cofradía del Santo Cristo. 20.6., 178v-179v y 217v.

Bibliografía:

Aguadé Nieto, Santiago y Joseph Pérez (Coords.) Les origines de la féudalité. Homage à Claudio Sánchez Albornoz. Madrid: Colección Casa Velázquez, nº 69, 2000

Líbano Zumalacárregui, Ángeles. “Consideraciones lingüísticas sobre algunos tributos

medievales navarro-aragoneses y riojanos” en Príncipe de Viana, nos. 154-155 (1979), pp. 65-80.

Oliva Herrer, Hipólito Rafael  et al. (Coord.). La comunidad medieval como esfera pública. Sevilla: Secretariado de Publicaciones, Universidad de Sevilla, 2014.

Peña Boscos, Esther. La atribución social del espacio en la Castilla altomedieval: una nueva aproximación al feudalismo peninsular. Santander: Universidad de Cantabria, Asamblea Regional de Cantabria, 1995.

Sarasa Sánchez, Esteban; Serrano Martín, Eliseo (Coords.) Estudios sobre señorío y Feudalismo: homenaje a Julio Valdeón. Zaragoza: Institución Fernando el Católico, 2010.