De San Miguel a San Miguel

Ayer se celebró San Miguel, el ángel guerrero que vence al demonio. Siempre me ha llamado la atención la representación de este santo en el retablo mayor de la iglesia de Alustante en un puesto preeminente, como dominándolo todo. Su magnitud con respecto al resto de imágenes e historias del retablo sigue siendo –al menos para mí- una incógnita, puesto que no he hallado en Alustante ninguna celebración especial en ese día.

Cabe explicar la presencia de esta imagen, no obstante, como una alusión a la importancia civil/jurídica de esta fiesta a lo largo de la historia local, en la que se daba una gran cantidad de actos de este tipo, desde la formalización o renovación de contratos entre amos y pastores y arrendatarios y propietarios de tierras a la licitación de aprovechamiento de ciertas propiedades del concejo/ayuntamiento, pasando por  la elección de los cargos principales de dicha Casa.

San Miguel fue la fiesta de los pastores por excelencia, en la que los señores de ganados los contrataban de cara a la próxima partida a los extremos.

Local, pero también internacional, puesto que durante siglos se encuentran en toda Europa actos de este tipo, desde Portugal a Italia de Francia y Alemania hasta las Islas Británicas, donde San Miguel era  la fecha predilecta para llevar a cabo acuerdos agrarios, al tiempo que desde la Edad Media era el día de inicio del año legislativo. Así, por ejemplo, en Tolouse era el día de las elecciones municipales (Bordes, 2006) y en Inglaterra Michaelmas era la fiesta de inicio de los años agrario, comercial y hasta educativo (Barthe, 1956: 164-165).

En los reinos y señoríos hispánicos San Miguel era, desde luego, una fecha de primer orden en aspectos contractuales, como ocurría en Córdoba, donde se arrendaban a las compañías los corrales de comedias en el siglo XVII de San Miguel a San Miguel (García, 1999) o en Galicia, donde hasta la misma actualidad San Miguel el Derecho Civil recoge esta fecha como momento de inicio y expiración de los contratos de aparcería (1).

En el Señorío de Molina el fuero deja claro que ese día se procedía a la elección de juez (autoridad suprema del concejo) y alcaldes de barrio (2). Por extensión, y tal como ocurrió hasta el siglo XIX, los jurados, más tarde llamados regidores, al estilo de Castilla, eran elegidos el día de San Miguel. Dichos jurados/ regidores eran dos vecinos de cada aldea que el concejo de Molina elegía anualmente como representantes del concejo local. El día de mercado después de San Miguel era un día especial en el Señorío “en el qual todos se allegarán” (3), lo cual fue interpretado como la celebración de un concejo mayor, en el que supuestamente participarían tanto los vecinos de la villa como de las aldeas (Soler, 1921: 68).

Esta costumbre se habría mantenido también para la elección de los cargos del Común de la Tierra:

“También [en] el modo de gobierno que tienen [los aldeanos] muestran ser gente de buena policía y entendimiento, y es de esta manera: cada año se juntan los de la Tierra de Molina por el día de San Matheo en el lugar que señalan en cada sexma y allí nombran para cada una de las cuatro sexmas un diputado, dos acompañados, dos contadores y un sexmero (…). Después de nombrados los ofizios como está dicho, el domingo siguiente a el día de San Miguel de aquel año se junta el Común en el lugar que deputan cada año” (4).

Aún en la actualidad, sin duda como reminiscencia de aquello, las elecciones para los cargos de la Comunidad del Señorío de Molina, que se celebran cada tres años, tienen lugar el tercer domingo de septiembre en cada sexma, si bien el nombramiento del procurador general se ha retrasado con el tiempo al 4 de noviembre siguiente (5).

 Por lo que respecta a Alustante, todavía hay memoria de que era el día de San Miguel el predilecto para llevar a cabo los contratos, nuevos o renovados, de los pastores. Sin embargo, este era solo uno de los muchos tipos de acuerdos a los que se llegaban en este día en el pueblo. Así, por ejemplo, los contratos de dulero, porquero y vaquero se hacían de San Miguel a San Miguel.

Por lo que respecta al dulero su función consistía en guardar las caballerías del pueblo, tanto las mayores como las menores y tanto las cerriles como  las domadas. En 1841 por cada caballería el dulero, Pascual Lahoz, cobraba cuatro cuartillos de trigo, excepto las “caballerías terientas o de grangeria que van a la dula por temporada, que estas han de pagar un quarto por día, es condición que las ha de guardar de noche por termino de un mes en el berano según costumbre, sugetandose el precitado Pasqual a asistir todos los días  a la dula no tratándola a ningún muchacho” (6).

En cuanto a la vacada del pueblo, al parecer, parte de ella era trashumante: hacia Andalucía en invierno y en Sierra Molina durante algunas temporadas de primavera o verano. Así se observa que en 1841 Manuel Ximénez y Domingo Lorente se obligan “por medio de una persona útil a satisfacción del Ayuntamiento a guardar la bacada de este pueblo, abonándoles una fanega de trigo por cada par de reses y las andaluzas por mitad, según costumbre, llevando los cerriles a la Sierra por uno o dos meses, según disponga el Ayuntamiento, abonándoles un real por cada mes y cada mes” (7).

El cirujano, el médico, el boticario y el veterinario cumplían igualmente con sus funciones de San Miguel a San Miguel,  en Alustante, Adobes y Piqueras, pueblos que formaban la llamada “Junta del Pinillo” por ser este paraje el elegido por estos tres pueblos para realizar los acuerdos referidos a la sanidad. Para el caso del veterinario o albéitar, Alustante pagaba 12 fanegas de trigo, mientras que Adobes y Piqueras pagaban 3 cada uno; el boticario era pagado, al parecer, por los casados de dichos pueblos “advirtiendo a los recién casados que cuenten medio año de matrimonio al bencimiento de esta escritura han de pagar por mitad” (8).

Desde 1743 existía en Alustante la costumbre de que el maestro fuera al mismo tiempo organista y sacristán. Su contrato se hacía también de San Miguel a San Miguel. Habitualmente los niños del pueblo estaban obligados a llevar la leña, como aún llegamos a alcanzar a ver eventualmente los niños de mi generación. No obstante, Miguel Atance, maestro natural de la villa de Maranchón, exige en 1770 que los padres de los niños le lleven  a su casa “una carga de leña por la crueldad del inbierno, sin traer leña los dichos niños, como era costumbre, y se me ha de traer para este San Miguel” (9).

Existen muchos más ejemplos de contratos en ese día tan importante económicamente para las personas que nos precedieron. Lógicamente, poco a poco se han ido olvidando las fechas que marcaban los calendarios en la vida de nuestros abuelos, pero no está mal de vez en cuando mirar más allá del numeral del calendarío y en él hallar parte de nuestra cultura popular. Es otra forma de saborear el paso de los días, de las estaciones, de los años.

Notas:

  1. BOE, nº 91, 05 dic. 1963.
  2. Archivo Municipal de Molina (A.M.M.). Fuero, fol. 11v-12r.
  3. A.M.M., Fuero, fol. 8v
  4. Archivo del cabildo eclesiástico de Molina. Núñez: 172v
  5. Estatutos del Real Señorío de Molina y su Tierra [1990], Arts. 24, 25 y 26.
  6. Archivo Municipal de Alustante (A.M.A), 7.10 fol. 14v.
  7. A.M.A., 7.10 fol. 15r.
  8. A.M.A., 6.27, fol. 174v
  9. A.M.A., 6.27, fol. 37v.

Bibliografía:

BARTHE PORCEL, Julio. “La festividad de San Miguel como término y plazo de negocio jurídico” en Anales de la Universidad de Murcia, vol. 14, nº  1-2 (1956), pp. 157-166.

BORDES, François. Formes et enjeux d’une memoire urbaine au bas Moyen Âge: le premier “Livre des Histoires de Toulouse” (1295-1532). [Tesis doctoral]. Toulouse:  Université de Toulouse-Le Mirail, 2006, T. II.

Fuero de Molina (Ed.) CABAÑAS GONZÁLEZ, Mª Dolores. [Guadalajara]: Diputación Provincial de Guadalajara, 2013.

GARCÍA GÓMEZ, Ángel María. Actividad teatral en Córdoba y arrendamientos de la Casa de las Comedias: 1602-1737. Madrid: Támesis; Diputación de Córdoba, 1999.

SOLER Y PÉREZ, Francisco. Los comunes de villa y Tierra y especialmente del Señorío de Molina de Aragón. Madrid: Establecimiento Tipográfico de Jaime Ratés, 1921.

El pan de pecho (y III)

Concluimos con esta entrada la microhistoria del tributo del pan de pecho. Llegamos hoy a las postrimerías del Antiguo Régimen, cuando este impuesto comienza a ser contestado por parte de los tributarios: los vecinos de los pueblos del Señorío de Molina.

En 1752 podemos observar a través del Catastro de Ensenada que el pan de pecho ha quedado reducido considerablemente en cuanto a su pago por parte de los pueblos, tanto por la rebaja que supuso la compensación del producto de los despoblados, como por la devaluación del tributo en sí a lo largo de los siglos, pues, si bien es cierto que la cantidad de trigo y cebada a pagar se mantiene intacta, los maravedís (moneda en que se pagaba) habían perdido su valor desde el siglo XIII hasta haberse convertido en una moneda, si no insignificante, sí de no demasiado valor. Tan es así, que el dinero en metálico parece ser que ha dejado de cobrarse, y ya solo se paga en especie o el equivalente de ella.

Imagen de Akerraren Adarrak en Pixabay 

Sea como fuere, se observa que Alustante fue el pueblo que mayor carga conservó en cuanto a este tributo entre los del Señorío de Molina con 113 medias de cereal en ese año (1). Este fue el cupo que le correspondió en virtud de un arreglo u operación que se llevó a cabo en Rillo bajo la presidencia del corregidor de Molina en 1751, D. Manuel de Prado (2). Desconozco la razón por la que Alustante pagaba más en este impuesto, pues hay que tener en cuenta que el siguiente que más pagaba era Alcoroches, con 87 medias y 13 cuartillos (3), seguido de Peralejos (80 medias, 19 cuartillos) (4) y Torrubia (79 medias, 2 celemines) (5)

Los criterios para la distribución del tributo entre los pueblos pudieron haber sido demográficos y en función de la cantidad y calidad de tierra laborable. Por lo que respecta a la población, Alustante contaba entonces con unos 809 habitantes (209 vecinos) (6), el segundo pueblo más habitado del Señorío tras Checa (217 vecinos, aproximadamente 839 habitantes) (7).

Por lo que respecta a las áreas de labor contenidas en el término, Alustante se presenta en esta época, sorprendentemente, como uno de los pueblos con mayor extensión de labrantíos, con  8.200 medias, que equivaldrían a unas  1.375 Has. Así, El Pobo contaba con 10.310 medias de labor en su término, Tortuera con 8.905 medias y Setiles con 8.552 medias. Por detrás de Alustante, Tartanedo contaba con 7.815 medias de labor y Campillo de las Dueñas 6.500 medias, siempre según el Catastro de Ensenada.

Según esta comparativa, se observa la coincidencia en Alustante de una considerable población, una razonable área de labores y una mayor tributación con respecto a otros pueblos vecinos. (Índice 100 población: Checa; índice 100 labores: Tortuera; índice 100 pan de pecho: Alustante).
Fte.: Elaboración propia a partir del Catastro de Ensenada.

Ciertamente, no era el impuesto más gravoso al que hacían frente los pueblos del Señorío, sin embargo, lo que parece claro es que este tributo seguía contando en la mentalidad de aquellos hombres y mujeres, ya no por su valor intrínseco, sino por su valor simbólico, como un tributo humillante en tanto que era pagado por un conjunto de pueblos realengos a un grupo de particulares, nobles y eclesiásticos. Anticuado, puesto que nadie recordaba ya la razón concreta para seguir haciendo frente a unas dádivas sin sentido.

De esto da cuenta el discurso del diputado por Molina en las Cortes de Cádiz, López Pelegrín. De este modo, quien había sido previamente procurador general del Común de la Tierra de Molina señala en una de las sesiones constituyentes que

“en el Señorío de Molina se paga una contribución considerable en granos al conde Priego y a las monjas de Buenafuente que se denomina pan de pecho, y lo singular es que lo satisfacen los que se dicen del estado llano, y no los nobles e hidalgos (…) y los infelices labradores del Señorío continúan pagando la recompensa de lo que no perciben, en prueba de los abusos que deben remediar las Cortes” (8).

Con todo, el pan de pecho se estuvo pagando durante varias décadas después de esta denuncia. Por lo que respecta a la cantidad que recibía el cabildo de caballeros de Molina, existen noticias contradictorias que hablarían de que los pueblos habrían dejado de tributar a esta corporación nobiliaria ya en el siglo XVIII por extinción de la misma, aunque en 1763 se vuelve a reclamar al Común de la Tierra que vuelva a entregar a este cabildo 168 reales y cuatro maravedíes en concepto de pan de pecho (Abánades, 2008: II, 228). Con todo, López Pelegrín en su discurso en Cortes de junio de 1811 ya no nombra a la nobleza de Molina como receptora de parte del pan de pecho. Aunque con la posibilidad de que se reinstaurase de nuevo eventualmente años después, en 1813 se declara abolido este tributo para dicho cabildo (9), aunque en 1840 se señala que lo correspondiente al cabildo de caballeros, tras su extinción, abría sido asignado a la dotación del corregidor (López, 1840: 346).

En diversas sesiones de las Cortes de Cádiz se discutieron asuntos atañentes al Señorío de Molina, uno de ellos la vigencia del pan de pecho, tras al menos seis siglos de tributación por parte del campesinado.

El monasterio de Buenafuente se sabe que seguía cobrando el pan de pecho en 1813, de hecho  Alustante seguía pagando 900 reales a este cenobio, lo que suponía aproximadamente unas 33 medias fanegas de grano en aquel momento. Pese a que el privilegio de las monjas de recibir 160 fanegas anuales de trigo y cebada es de nuevo confirmado por privilegio de Fernando VII en 1815, se observa de hecho en años posteriores el paulatino impago por parte de los pueblos de forma individual, es decir, ya no como parte del Común de la Tierra. Pese a ello, legalmente no se suprime el pago a Buenafuente hasta 1837 (Villar, 1994: 371-372).

Por último, en lo referente a la casa condal de Priego, parece ser que en este caso se observa una serie de derogaciones y reinstauraciones en función de los sucesivos cambios de régimen: las reformas constitucionales de 1812, la reacción absolutista de Fernando VII en 1814, la vuelta al constitucionalismo en el trienio liberal (1820-1823), y el nuevo regreso al absolutismo en la llamada Década Ominosa (1823-1833). Así pues, se encuentra una sucesión de derogaciones de este tributo al condado de Priego en 1814 y 1823; sin embargo, todavía en 1833 se da un contencioso entre el duque de Cazano, conde de Priego y príncipe de Montefalconi, grande de España, y a la sazón vecino de Nápoles, y el Común de la Tierra de Molina. En el proceso se descubre que el Común habría estado pagando al menos hasta 1830, siendo de nuevo Alustante el pueblo más cargado en este tributo, al menos en cuanto a lo pagado a Priego: 65 medias y seis cuartillos de trigo y otro tanto de cebada (10).

Fte.: Elaboración propia a partir de López, 1840: 346.

Todavía D. José López Juana, en su Biblioteca de la Hacienda de España (1840), señala que “en el Señorío de Molina se ha pagado y se paga aún en el día una contribución o tributo con el nombre de pan de pecho” (López, 1840: 346). Es posible que ya entonces este tributo estuviera a punto de extinguirse definitivamente, si es que no lo había hecho ya cuando fue publicada esta obra, pero muestra cómo todavía en pleno siglo XIX los labradores de los pueblos del Señorío no habrían olvidado este impuesto feudal que, hasta entonces –o poco antes-, había determinado su extracción social: aunque alguno de ellos hubiese prosperado económicamente sería casi imposible salir (aunque se dieron casos) de su condición de labrador.

La diferencia entre ser pechero o no pechero; que residía fundamentalmente en el nacimiento, en la sangre y, a veces, en la vecindad. Pagar el pan de pecho o no pagarlo había sido tanto como pertenecer a una raza u otra, y en hechos como este se basaron las luchas sociales de los siglos XIX y XX. Conocer la historia permite valorar los logros de aquellos que nos precedieron. Sin embargo, la mala noticia es que la historia no posee necesariamente un discurso lineal: nada se puede dar por sentado; las conquistas sociales de ayer nunca deben descuidarse, pues parece estar en la condición humana esgrimir tales o cuales excusas para justificar pretendidos poderíos de unos sobre otros, y siempre hay resquicios en el tiempo para imponer desigualdades y privilegios que se creían olvidados.

Notas:

(1) Archivo General de Simancas (AGS), Catastro de Ensenada (CE), Respuestas generales (RG), Lib. 99, fol. 30v.

(2) AGS, CE, RG, Lib. 98, fol. 320v

(3)  AGS, CE, RG, Lib. 98, fol. 748r

(4) AGS, CE, RG, Lib. 90, fol. 136v-137r

(5) AGS, CE, RG, Lib. 103, fol. 89r

(6) AGS, CE, RG, Lib. 99, fol. 47r. El coeficiente propuesto por el INE para la provincia de Cuenca, a la que pertenecía el Señorío de Molina, es de 3,869276 habitantes por vecino (Censo, 1993: II, 86).

(7) AGS, CE, RG, Lib. 100, fol. 303r.

(8) Diario de las Cortes Generales y Extraordinarias (26/06/1811) nº 267, p. 1335.

(9) Archivo de la Comunidad del Real Señorío de Molina (ACRSM), sign. 31.43.

(10) Archivo de la Chancillería de Valladolid (ACHV), Registro de ejecutorías, caja 3929, 124

Bibliografía:

ABÁNADES LÓPEZ, Claro. El Señorío de Molina. Volumen II. Sevilla: 2009.

Censo de Población de la Corona de Castilla “Marqués de la Ensenada” 1752. Voluen II. Madrid: Instituto Nacional de Estadística, 1993.

Diario de las Cortes Generales y Extraordinarias (26/06/1811) nº 267

LÓPEZ JUANA PINILLA, José. Biblioteca de Hacienda de España. Tomo I. Madrid: E. Aguado, 1840.

VILLAR ROMERO, María Teresa y VILLAR ROMERO, María del Carmen. Buenafuente, un monasterio del Císter (siglos XV-XIX). Silos: Abadía de Santo Domingo, 1994.

El pan de pecho (II)

La semana pasada  hablamos sobre el tributo del pan de pecho, una carga fiscal que tenían que satisfacer los vecinos de las aldeas de Molina a los condes de este territorio. No obstante, este impuesto fue repartiéndose (enajenándose) hasta terminar en manos del monasterio cisterciense de Buenafuente, el cabildo de caballeros de Molina y el conde de Priego.  También se habló de que el cupo que correspondía pagar al Común de las aldeas se distribuía entre ellas, consignándose distintas cantidades de cereal (trigo y cebada) y dinero (maravedís) a cada pueblo hasta satisfacer el total anual a pagar.

Dado que este era el sistema de cobro de aquel tributo, la salida de un pueblo de la jurisdicción del condado o su despoblación implicaba incrementar el cupo al resto de los pueblos, por lo que se trató por todos los medios de que esto no ocurriera. Fue el caso de Cobeta, Olmeda y Villar de Cobeta (Villar, 1987: 111) y también Establés y Anchuela del Campo, en el extremo occidental del Señorío (1). Fue el caso de Motos, asimismo, durante los episodios de violencia feudal del caballero de Motos a finales del siglo XV, momento en el que se corrió un grave riesgo de que el lugar quedase adscrito a un señor particular.

En otra ocasión trataremos más detenidamente sobre este periodo, que se prolongó aproximadamente entre 1453 y 1479 y que supuso la apropiación de Motos por parte de un noble que la cronística tradicional ha llamado Beltrán de Oreja o Álvaro de Hita (Layna, [1994] 1933: 475). Sea como fuere, tras la muerte del caballero en 1477, su hijo, Pedro de Motos, es considerado dueño de dicho lugar incluso, durante un tiempo, por la propia documentación oficial (2). Esta posible salida de Motos del realengo molinés, y con ello la suspensión del pago del pan de pecho por parte de este pueblo, inquietó al Común de las aldeas de Molina, corporación que se dirige en 1478 a la realeza diciendo:

“que de dies años a esta parte ellos [los pueblos del Común de la Tierra] han pagado e pagan todos los pedidos e monedas e alcaualas e martiniegas e otros pechos reales a nos pertenesçietes, y han valido a pagar al [= por el] logar de Motos, qués de la jurydiçión de la dicha villa, que moran más de çient mill maravedís, porque dys que los vesinos del dicho logar non querién pagar nin contribuyr a ellos nin los demás pechos, porque el dicho vuestro padre, e vos después de su fyn, tomastes e avedes tomado e entrado e tomado e ocupado el dicho logar, e los avedes defendido e defendedes que non paguen los dichos pechos ynjusta e yndeuidamente, disiendo que es vuestro el dicho logar e que a vos pertenesçen los dichos pechos, suplicándonos y sobre ello les mandásemos proueer merced y mandar que dexásedes e desocupásedes el dicho logar, pues dis que non es vuestro, saluo de la jurydiçión de la dicha villa, ni tomásedes los pechos del dicho logar, e a los vesinos dél, vos diesen e pagasen libremente los dichos çient mill maravedís e más el pan de la martiniega, que dis que deuen de los dichos dies años a esta parte con los otros dichos pechos, pues ansý dis que pagaron por ellos” (3).

Torre de la iglesia de Motos. Posterior a los episodios de señorialización narrados, y claramente construida en un espacio inferior al cerro del Castillo, e incluso bajo el nivel de algunas calles del pueblo, a fin e evitar nuevas situaciones de violencia feudal, como las causadas desde la antigua torre, emplazada sobre el cerro.

Ruego disculpas por la extensión de la cita, pero me ha parecido interesante transcribir este texto para ilustrar qué ocurría cuando un pueblo caía en manos particulares. Como puede verse, existe una mora o deuda de cien mil maravedís por parte de Motos al Común de las aldeas o de la Tierra. La razón es que durante diez años este lugar habría dejado de contribuir con el resto de los pueblos del Señorío y estos se habrían visto obligados a cubrir la parte no tributada por Motos. No obstante, el concejo del lugar sí estaba pagando los tributos, si bien no a los receptores legítimos, sino al caballero de Motos y a su hijo, Pedro de Motos, que habían usurpado una aldea perteneciente al realengo molinés, de ahí su negativa a duplicar el pago: ellos ya habían contribuido. La crudeza de las normas de la época hace que la deuda no se exija a Pedro de Motos, posiblemente por su condición de noble, sino a la población pechera.

En otros casos, donde la apropiación de un lugar por un noble, eclesiástico y orden militar sí fue aceptada por la realeza (señorialización), la pérdida para el Común fue definitiva, con la consiguiente redistribución de la cantidad a tributar entre los pueblos que se habían mantenido en el realengo. Fue el caso de La Yunta, Castilnuevo, Cuevas Minadas, Cobeta, El Villar, La Olmeda, etc.

Por lo que respecta a los despoblados, durante la baja Edad Media se había producido una despoblación considerable del territorio con numerosas aldeas abandonadas, debido a las guerras, las pandemias de peste, la misma presión fiscal o, simplemente, por causa de una tendencia demográfica a vivir en lugares mayores. Así, en la segunda mitad del siglo XIV se expresa por parte de Pedro IV de Aragón que

“por occasión de las guerras crueles que son seydas entre nos e el rey de Castiella, como por otras tribulaciones, las aldeas de Molina son en tanto despobladas que, segunt se dize, no habiten en aquellas quasi trenta personas que sean peyteras”  (Cit. Benítez, 1993: 71)

 Así, acaba despoblándose una serie de aldeas por cuya posesión luchará el Común de la Tierra, y acaba logrando de la mano de los Reyes Católicos: fue el caso de El Pedregal, Mortos o Mortus, Gañabisque, Villarejo Seco, Galdones, Monchel, Chilluentes, Vadillos, etc. La audacia del Común para lograr que estos despoblados se convirtieran en bienes de propios de esta institución, es quizá uno de los grandes hitos de su compleja historia.  Con dichos despoblados, arrendados con sus términos y dehesas, serán a lo largo de la Edad Moderna una importante fuente de ingresos para los pueblos del Señorío, los cuales sirvieron para rebajar el cupo a repartir entre los pueblos, y con ello reducir la presión fiscal (Diago, 1991: 496 y ss).

Una última cuestión a reseñar por esta semana es que, como se comentaba la semana pasada, los vecinos de Molina, el clero y los hidalgos de los pueblos estaban exentos de este tributo. Así ocurrió con las pocas casas hidalgas que había en Alustante, concretamente los Rosillo y los Lara.

De este modo, en las pruebas de limpieza de sangre de Juan Rosillo de Lara, natural del lugar y abogado de los Reales Consejos en Madrid, llevada a cabo en 1713 a fin de demostrar la condición de noble de este para adquirir el hábito de la orden de Santiago, se señala que todos sus antepasados habían “gozado entre el estado noble de la esempción de pagar y con otros gozes que an tenido en este Señorío de Molina y su Tierra” (5).

La nobleza, en España y resto de Europa, basaba su prestigio y, en no pocos casos su poder económico, en la exención parcial o total de impuestos. Entretanto, el pueblo llano estaba sometido a numerosas cargas fiscales que imposibilitaban su prosperidad.

Asimismo,  en los padroncillos del siglo XVII que se conservaban en aquel momento en el archivo concejil de Alustante referidos al pago del pan de pecho y otros impuestos por parte de los vecinos de Alustante, se podía leer: “Joseph Rosillo, hidalgo, nada. (…) Juan de Lara, hidalgo, nada. (…) Francisco Rosillo, hidalgo, nada.” (6).

Notas:

  1. Archivo General de Simancas (AGS). RGS,LEG,148802,27
  2. AGS. RGS,LEG,147710,61
  3. AGS. RGS, Leg. 147801,224
  4. Archivo Histórico Nacional (AHN). OM-CABALLEROS_SANTIAGO,Exp.7248
  5. Archivo Histórico Nacional. OM-CABALLEROS_SANTIAGO,Exp.7248
  6. Ídem.

Bibliografía:

BENÍTEZ MARTÍN, Lidia. (Ed.). Documentos para la historia de Molina en la Corona de Aragón. (1369-1375), Fuentes históricas aragonesas 20. Zaragoza: Institución Fernando el Católico, 1992.

DIAGO HERNANDO, Máximo. “Los términos despoblados en las comunidades de Villa y Tierra del Sistema Ibérico castellano a finales de la Edad Media” en Hispania. nº 178, vol. 51 (1991), pp. 467-515.

LAYNA SERRANO, Francisco. Castillos de Guadalajara: Aache: Guadalajara, 1994 (1ª Ed. 1933).

VILLAR ROMERO, Mª del Carmen. Defensa y repoblación de la línea del Tajo en un lugar determinado de la provincia de Guadalajara: Monasterio de Santa María de Buenafuente. Zaragoza: Caja de Ahorros de Zaragoza, Aragón y Rioja, 1987.

El pan de pecho (I)

Hablábamos hace unas semanas del modo de producción feudal y cómo este llegó a los lugares más recónditos, como Alustante. En las épocas en las que predominó este régimen, el final del verano era, para los hombres y mujeres del pasado en las aldeas de Molina, un tiempo complicado, dado que tras la cosecha tocaba pagar un impuesto, uno más de los que se entregaban a las clases dominantes en estas fechas sobre el producto de las cosecha: era el llamado pan de pecho, martiniega o cuenta del agosto.

Molina. Antigua Cámara del Pan o Pósito Real (posterior Delegación Subalterna de Hacienda), donde se depositaban los tributos públicos del Señorío, dinerarios y en especie.

Pan de pecho, porque era pagado (pechado) en cereal (pan). Cuenta del agosto, porque era la cuenta pendiente del campesinado con el señor en esta época del año, quizá también en su acepción de ‘verano’ (1). Téngase en cuenta que el agosto  no se refería siempre al mes de dicho nombre, sino que se prolongaba a lo largo de toda la cosecha que, en algunos lugares, dependiendo de la altitud, duraba hasta septiembre, como era el caso de Alustante, donde se podían encontrar cultivos por encima de los 1.600 metros. Desde luego, estos cultivos no se quedaban exentos de impuestos. De hecho, más adelante en el tiempo, también aparece documentado este impuesto con el nombre de martiniega, alusivo a su cobro, ya no en agosto, sino en San Martín (11 de noviembre), momento en el que se suponía que estaba recogida la totalidad de los frutos, aunque no se cobrase necesariamente ese día (2).

La historia de este tributo es larga, ya que comienza en el siglo XIII y termina a principios del siglo XIX, y su importancia para Alustante y el resto de los pueblos del territorio histórico del Señorío de Molina es que fue un tributo pagadero por ellos, por los habitantes de las aldeas, los labradores, los campesinos, los pecheros, dado que tanto los hidalgos de las aldeas como los habitantes de la villa de Molina estaban exentos de este impuesto.

Se atribuye su imposición a la condesa doña Blanca (c. 1243-1293), no obstante, su padre, el conde Alfonso de Molina (+1272), ya se documenta cobrando la cuenta del agosto en 1262 (3). Desconocemos a cuánto ascendía en ese  tiempo el tributo, pero queda claro que se trataba ya de un impuesto agrario sobre la cosecha del campesinado molinés.

En las adiciones al fuero que hace la condesa se señala ya en qué consistía este tributo anual:

El señor de Molina aya por fuero cada anno en la quenta del agosto mill maravedís et cient cafices de trigo et cient cafizes de ceuada, et el juez coia este pan con el a(l)mud de fierro et delo al señor con el almud derecho del conceio (4).

Puede decirse que la creación del Común de las aldeas de Molina tuvo mucho que ver con la imposición del pan de pecho, dado que parece surgir de algún modo como sociedad de damnificados. El hecho de que en tiempos del conde Alfonso de Molina ya se hable de la Comunidad de aldeas de Molina podría estar indicando que el pan de pecho ya estaba instituido durante su señorío (5).

Parte del pan de pecho habría sido enajenado (=extraído del  patrimonio condal) a mediados del siglo XIII a favor del monasterio de Buenafuente.  Según un testimonio posterior, se sabe que esta concesión se debería a que doña Mafalda, mujer del conde Alfonso, estaba enterrada allí (Villar, 1987: 129).

Castillo de Castilnuevo, una de las posesiones de los condes de Priego, receptores parciales del pan de pecho.

Otra de las enajenaciones que se hizo del tributo llegó en 1293, poco antes de la muerte de doña Blanca, en este caso beneficiando al cabildo de caballeros de Molina. Se trató de una ella se concede a los miembros del cabildo de caballeros de Molina décima parte del impuesto, del mismo modo que se hacía en la Tierra de Cuenca (6).

Tras la muerte de la última condesa independiente, el pan de pecho –lo que quedaba de él- se mantiene en el poder de los reyes de Castilla. La sucesora del Señorío, María de Molina, vuelve a hacer una nueva partición del tributo; este resto va a parar al monasterio de Buenafuente, consistente en 25 cargas de trigo y 25 de centeno anuales sacados  de “las mis rentas e los míos derechos de Molina”  (Villar, 1987: 129). Acaso estas últimas cargas de centeno, fueran en realidad de cebada. A veces las élites no sabían ni lo que cobraban.

La última porción del tributo que se enajenó se hizo en 1376 por parte de Enrique II como señor de Molina a favor de Pedro González de Mendoza, ascendiente de los condes de Priego, y consistía en 50 cahíces de pan toledano de trigo y cebada, que en el siglo XVI eran 894 fanegas de estas especies (7). Es así como este impuesto sale completamente del ámbito jurisdiccional de los señores de Molina, aunque en todo caso hay que recordar que para los campesinos la situación no cambió en absoluto, pues tuvieron que seguir pagando esos 100 cahíces de trigo y 100 de cebada, además de los 1.000 maravedís, independientemente de cuál fuera la medida del pan y el valor del dinero (que fue cambiando con el tiempo) y de quién fuera su receptor (8).

Almud o media fanega herrada con el sello del concejo de Molina, la rueda de molino. Fotografía gentileza Agustín Ruiz.

Este tributo, como la mayoría de los que se cobraban durante la Edad Media y el Antiguo Régimen, se recaudaba por el sistema de encabezamiento, es decir,  sobre las poblaciones. Así, en virtud del vecindario, y acaso de otros factores como la extensión de las áreas de labor e incluso de la productividad de las mismas, el impuesto era repartido para cada aldea por parte del Común de la Tierra, y los encargados de cobrarlo eran sus cuatro diputados, uno por cada sesma del Señorío: Campo, Sierra, Sabinar y Pedregal. Alustante se encontraba localizado en la sesma de la Sierra, al sur del Señorío.

Lo que suponía económicamente para los vecinos de los pueblos este tributo, especialmente en la Edad Media, se refleja en algunas situaciones de despoblación que se dieron en el Señorío. Así, en 1398 se señala que el territorio se encontraba muy mermado de vecindario“porque están en la frontera de Aragón e por la gran caueza de pecho que tienen los de las aldeas del término de Molina(9).

Ciertamente, con el tiempo, este tributo fue devaluándose y haciéndose más llevadero por parte de los aldeanos de Molina, pero no cabe duda de que al sumarse a otros impuestos directos sobre las cosechas (diezmos, y primicias eclesiásticos) o derivados de las mismas al fin y al cabo (alcabalas, cientos, millones, ,etc.),  los vecinos de los pueblos se veían sometidos a una presión fiscal que, en determinados años de medianas y malas cosechas, debían conllevar situaciones nada fáciles en no pocas casas de esta tierra.

(Continuará…)

Notas:

(1)          El agosto puede entenderse como el periodo actual de verano, aunque ocupaba un tiempo poco preciso. Del mismo modo que agostadero era el área de pastos aprovechada desde mayo-junio hasta octubre-noviembre, el agosto podría considerarse el periodo del año durante el cual se prolongaba el pasto de dichas hierbas y se llevaban a cabo otras labores agrarias propias del estío.

(2) En ocasiones se habla incluso, en otros casos, de «la martiniega de San Miguel» (Archivo Histórico de la Nobleza, Priego, CP. 373,D.4).

(3)          Biblioteca Nacional de España (BNE). Ms. 1557. Sánchez Portocarrero, Diego. Historia de los señores de Molina. Tomo II. 114v-115r.

(4)          Archivo Municipal de Molina de Aragón (AMMA). Fuero de Molina, 24r.

(5)          Archivo de la Corona de Aragón, Reg. 15, 33v.

(6)          AMMA. Fuero de Molina, 25v.

(7)         Archivo Histórico de la Nobleza, Priego, C 8, D 4,

(8)          En el año 1500, se señala que el pan de pecho ascendía a 1.449 fanegas de pan “de la medida vieja” y a 61.000 maravedís “en dinero, poco más o menos” (Archivo General de Simancas (RGS),LEG,1500-03,167)

Bibliografía:

DIAGO HERNANDO, Máximo. «Relaciones de poder y conflictos en Molina y su Tierra durante el reinado de los Reyes Católicos» en Wad-Al-Hayara. nº 20 (1993), pp. 127-164.

ESTEPA DÍEZ, Carlos. “Frontera, nobleza y señoríos en Castilla: el Señorío de Molina (siglos XII-XIII)”  en Studia Historica (Hª Med.), nº 24 (2006), pp. 15-86.

VILLAR ROMERO, Mª del Carmen. Defensa y repoblación de la línea del Tajo en un lugar determinado de la provincia de Guadalajara: Monasterio de Santa María de Buenafuente. Zaragoza: Caja de Ahorros de Zaragoza, Aragón y Rioja, 1987.