Cirujeda, Cirujeda

El despoblado medieval de Cirujeda siempre ha sido un lugar lleno de misterios. Se dice que en él había un tesoro escondido, de cuando los moros. Un tesoro escondido, envuelto en una piel de toro, para más señas.

La verdad es que no se sabe mucho de este sitio. Un día iba en el tren, camino de Zaragoza, hojeando las fotocopias de un proceso judicial de principios del siglo XV y, de repente, di un salto en el asiento: «¡Ahí va!». La gente se volvió a ver qué pasaba. Yo, colorado, traté de disculparme. Había encontrado una mención a un tan Ferrán Martínez, vecino de Allustante, fraile de Santa María de Cirujeda.

Molino de Cirujeda

Poco más pude sacar de aquel documento, puesto que la palabra fraile podía referirse, tanto al miembro de una comunidad religiosa, como a un santero, de los muchos que hubo en tantas otras ermitas del Señorío de Molina. Sí que es cierto que Cirujeda no era solo la ermita: tenía su molino de cubo, una casa para el molinero, un pajar con su era, huertos, un colmenar, un herreñal, muchas tierras de labor y hasta se documenta una vacada propia de la ermita a principios del siglo XVI. Los restos que hay detrás de la ermita podrían corresponder a una torre defensiva. Ojalá un día no muy lejano nos puedan sacar de dudas los arqueólogos, o arqueólogas.

Sobre la posibilidad de que fuera un pequeño asentamiento medieval cristiano, no cabe duda. Cirujeda es un topónimo romance: ‘lugar de ciruelos’ . Previamente habría sido un poblado musulmán y, tal vez, retrocediendo en el tiempo, no sería ajeno a la cultura celtibérica.

Con la repoblación del Señorío de Molina en los siglos XII y XIII habría sido uno de los numerosos villares que se fundaron por doquier, de hecho en un inventario de la iglesia de Alustante datado en 1502 se señala, con respecto a las propiedades de la ermita, que las rentas estaban antes partidas entre la parroquia y la ermita «e agora está todo junto».

Esto quiere decir que, de algún modo, Cirujeda tuvo una cierta independencia con respecto a la parroquia de Alustante. La dehesa Somera o de Arriba de Alustante se denominaba, al parecer, dehesa (de) Cirujeda, con lo que es posible que dicho monte, en origen, perteneciera a este villar medieval. Hay que tener en cuenta que la dehesa Somera llegaba hasta el camino de Alcoroches y, por lo tanto, su límite norte estaba muy próximo a la ermita y al molino.

Sin embargo, en el proceso de despoblación de multitud de pequeñas aldeas que se da en el territorio molinés a partir del siglo XIV (tal vez desde fines del siglo anterior), Cirujeda pudo sufrir esta misma suerte. Muchos despoblados, especialmente los más tempranos, pasan a depender de los pueblos mayores más cercanos, lo que explicaría que, ya en 1407, Ferrán Martínez, nuestro fraile, sea considerado vecino de Alustante.

Imagen de la Virgen de Cirujeda

La imagen de la Virgen es del siglo XIII. Acaso de lo más antiguo del escaso, casi inexistente, románico molinés. Durante siglos fue objeto de culto por parte de los vecinos de Alustante, un hecho común a tantos despoblados, el cual ha sido interpretado a veces como una reminiscencia del culto que mantuvieron los antiguos pobladores y sus descendientes, a partir de su migración a pueblos cercanos, a sus antiguos santos patrones. Efectivamente, muchas romerías a ermitas ubicadas en lo que fueron antiguas aldeas parecen tener este origen.

En este caso la romería de la Virgen de Cirujeda tenía lugar el día de la letanía mayor, 25 de abril. El origen de estas letanías se encuentra en Roma, donde se acudía, y supongo se acude aún este día, a celebrar una rogativa en recuerdo de una epidemia de peste inguinaria acaecida en el año 590. Esta rogativa, que se siguió celebrando a lo largo de los siglos, terminaba en la basílica de Santa María la Mayor de Roma, de modo que, cuando se extendió la costumbre al resto de la Cristiandad, cada localidad la conducía a un lugar sagrado, preferiblemente de connotaciones marianas. Así, en Alustante la letanía mayor se hacía yendo en rogativa a Santa María de Cirujeda.

Fachada meridional de la ermita de Cirujeda

Al coincidir esta letanía con el el 25 de abril, la ermita acabó denominándose San Marcos, por ser hoy también su festividad, de modo que ya en el siglo XVIII se puede hallar esta confusión de nombres, que incluso se verá en la cartografía oficial. Sin embrago, no hay rastro documental acerca de que en dicha ermita hubiese ningún culto a este santo evangelista. Sí se sabe que durante siglos albergó un retablo (gótico posiblemente) que había estado instalado previamente en la iglesia de Alustante. También se sabe que esa ermita fue quemada durante la Guerra de Independencia y vuelta a reconstruir varias veces.

Se cuenta que aquel día de letanía, como era costumbre del país, el Ayuntamiento repartía huevos duros y vino. En un día tan hermoso como el que hoy hace, es fácil imaginar a todo el pueblo desperdigado por aquellos campos en comidas familiares y de cuadrillas de amigos. Todo aquello de las letanías mayores debió de terminar en las décadas de 1960-1970, a raíz del Gran Éxodo y de las transformaciones en la liturgia católica, quedando solo en un mero recuerdo. Aunque su techumbre fue renovada, ya nunca se ha vuelto a utilizar la ermita. Para los amantes de lo ajeno, no molestarse: está completamente vacía; las paredes, lisas y lasas.

A propósito del tesoro de Cirujeda, hay multitud de versiones de esta tradición oral, pero hoy nos quedamos con un fragmento de una de ellas que ha permanecido y que no sería bueno que se perdiera. Cuando los moros se fueron de Cirujeda, al enterrar el tesoro que no pudieron llevar con ellos -acaso a la espera de regresar a por él un día-, camino del destierro iban llorando por lo que allí dejaban, diciendo: «Cirujeda, Cirujeda, cuán rica y qué pobre te quedas».

La ermita de San Roque

Hoy exactamente hace 419 años que se bendijo la ermita de San Roque. Da la casualidad de que nos encontramos en una situación, si no idéntica, sí muy parecida. Por aquellos años, entre 1598 y 1602 hubo una gran epidemia de peste en toda la Península. Previamente, en 1580, se habla del ‘gran catarro’ que afectó también a la comarca de Molina.

La ermita debió de ser la pequeña iglesia de un despoblado medieval. Muchos recordamos aquella tradición oral que dice que antes el pueblo estaba en San Roque y que sus vecinos, por falta de agua, decidieron trasladar el emplazamiento del lugar donde está actualmente. Es solo una tradición, pero merece seguir recordándose. Quizá nos está hablando de un desplazamiento poblacional de un lugar pequeño a otro mayor, preexistente, como ocurrió en la baja Edad Media en tantos otros sitios.

La ermita, como digo, pudo aprovechar parte de una construcción antigua, a la que en 1601 se le dio otro significado. La situación epidémica de la que nos habla ese letrero grabado en piedra:

«De peste el orbe llagado/ esta ermita edificamos/ i bvestra fiesta botamos/ Roque sed nuestro abogado. Phelipe Tercero y León, cvra. Anno Domini 1601, abril 13»

No es mi intención con este post inquietar, echar más leña al fuego. Todo lo contrario: valorar las enseñanzas de la Historia y, sobre todo, que las circunstancias, incluso las más dramáticas, tarde o temprano, acaban pasando.