La Villomera

En estos días de mayo suele reproducirse uno de esos espectáculos que la naturaleza nos ofrece gratuitamente. El florecimiento de los guillomos que adornan el halda de los Quemados, que es la cadena de cerros que delimita el término del pueblo por el mediodía.

Los guillomos (Amelanchier ovalis) aquí se llaman villomas /billomas/, aunque, en tiempos, también adquirían el nombre de millomos o millomas. Con este arbusto, con sus ramas, se hacían escobas con las que se barrían portales, eras y calles. No era difícil verlas utilizar por los padres de familia en vísperas de fiestas, especialmente en aquellas vías públicas por las que debía pasar la procesión. De ahí que también se llamaran así: escobas.

Villoma, guillomo, milloma, etc. (Amelanchier ovalis)

Suelen florecer en torno al 10 de mayo, aunque este año llevan como una semana y media de adelanto. Algo así ha pasado con los vencejos, que aquí llamamos aviones, que llegaron para San Marcos, cuando, habitualmente, suelen venir para la Cruz de Mayo. Todo parece trastocado.

Precisamente este arbusto da nombre a uno de los parajes del pueblo, la Villomera. En 1502, en un apeo de los bienes de la iglesia, aparece documentado como la Cuesta del Millomar, topónimo que se repite en diversos documentos (inventarios de bienes particulares -especialmente testamentos- y corporativos) de los siglos XVII y XVIII. En el amillaramiento (padrón de propiedades y propietarios con fines fiscales) de 1863, conservado en el Archivo Provincial de Guadalajara, conviven los dos topónimos: la Villomera y el Millomar para referirse al mismo paraje.

Localización del topónimo. Base cartográfica: D.G. Catastro

En un documento catastral de 1879 acaba prevaleciendo la Villomera, y en el siglo XX consta ésta en diversos documentos, empezando por los trabajos catastrales de 1931, que dieron origen a los planos y listados de propiedades que aún se siguen utilizando; aunque, si bien aparece en el padrón de propietarios, ya no consta en los planos. Unos años después, en 1935, es mencionado en el Contrato de pastos de la Mancomunidad de Labradores de Alustante, por el que se regulaba el uso de las áreas de labor como pastos, especialmente en el periodo de aprovechamiento de rastrojeras.

Flor de la villoma

Hoy, sin embargo, es uno de los topónimos que parece estar sufriendo con más rigor el proceso de olvido al que, en general, se está viendo sometido este patrimonio inmaterial local. Afortunadamente, unos pocos días al año, este nombre añejo regresa al habla popular, a pesar de que ya casi no consta en planos ni listados, y solo se conserva en ese frágil recipiente de barro, que es la memoria.