El origen de las fiestas patronales (y III)

La colación

Otra de las celebraciones importantes de esta hermandad debió de ser lo que la documentación denomina la colación, una comida de hermandad llevada a cabo el 8 de septiembre que desde los primeros años se encuentra presente y que en principio debió de consistir únicamente en vino (castellano y aragonés), huevos, tocino, carne, miel, fruta y pan, y no todos los años todo junto; en 1616, por ejemplo, se gastan 30 cuartos de vino castellano, “del cocer, y azeyte y guebos”, más otro alquez de vino y 7 arrobas de fruta , que por lo común solían ser peras. Desde aquellos primeros años aparecen las figuras de las cocederas, mujeres encargadas de realizar algún tipo de labor de cocina en esta celebración.

Fiesta campesina. Pieter Bruegel (c. 1566)

Al parecer, igual que en el caso de la cofradía de Santa Catalina, estas colaciones se celebraban “en la sala alta de la casa de conzejo, porque es más útil y más dezente que en otra ninguna”, por lo que es posible que anteriormente se hicieran en algún otro lugar menos conveniente, ¿acaso en la propia iglesia? De hecho, en 1688 se encuentra una partida en la que el piostre “ha gastado en nieve, en la Sala, real y medio”. Hay que decir que el Ayuntamiento, la Casa Consistorial, se denominó la Sala en el habla popular hasta el siglo XX; una especie de sinécdoque en la que se nombraba al todo por la parte. Cabe suponer que la nieve era para algún tipo de postre y que provenía de la nevera localizada en las eras llamadas de Lázaro (más tarde de Juan de Lahoz), perteneciente a la Cofradía del Santísimo Sacramento.

El descubrimiento del trasfuego de una chimenea y algunos útiles de cocina (dos cucharas de madera) en lo que fue la sala capitular en el trascurso de las obras de la casa de concejos llevadas a cabo en 2005-2010, permiten corroborar la existencia de este tipo de celebraciones en dicho espacio. Al tratarse de una fiesta restringida a los hermanos de la cofradía, la entrada a la sala debía de estar custodiada por un portero, figura que aparece desde 1635 y al que se le paga 1 real (o su equivalencia: 34 maravedíes) por su trabajo.

Estas colaciones parecen provenir de una forma de entender la cofradía en esa doble vertiente civil y religiosa que provenía de la Edad Media y en las que se fue restringiendo incluso el acceso a los clérigos a raíz de la visita pastoral de 1555, en la que se determina que

“porque es cosa prohibida al sacerdoçio hallarse los clérigos en cofradías de seglares, donde comunmente suelen acontezer excesos inhonestos, por ende [el visitador] mandó que nyngún clérigo de aquí adelante se atreua de comer en las dichas cofradías de seglares so pena de dos ducados por cada vez, el uno para la yglesia y el otro para el denunçiador y demás será castigado como inobediente”.

Hay que tener en cuenta que precisamente estas colaciones o comidas populares fueron una de las razones por las que se intentó acabar en toda España con este tipo de cofradías, de modo que en la el siglo XVIII fueron objeto de críticas, tanto desde el poder eclesiástico como del civil, como parte de la piedad popular que, so pretexto de celebrar a Dios y los santos, se manifestaba muchas veces en “los bayles impuros, las comilonas, las borracheras y otras cosas de este modo” (El Censor, 1781, discurso XLVI: 737).

Escena de taberna. Adriaen Brouwer (c. 1635)
 

Sea como fuere, lo cierto es que, aunque las colaciones del 8 de septiembre dejan de documentarse en 1689, debieron de seguir celebrándose, pues de ellas provenía el convite que se hacía después de la procesión que aún muchos hemos conocido, tradicionalmente costeado por los piostres, posteriormente por el Ayuntamiento y, finalmente, suprimido hace tan solo unos pocos años.

Los difuntos

Una de las cualidades de la cultura popular es la de dejar en muchas manifestaciones festivas un lugar para los difuntos. Recordemos, por ejemplo, la costumbre de celebrar los concejos en los cementerios de las iglesias, haciendo partícipes de las decisiones colectivas, como miembros de la comunidad, a aquellos que ya no estaban físicamente presentes. De ahí que, también en la fiesta, se reserve un día para ellos, habitualmente el posterior a la celebración principal.

Esta interacción entre los difuntos y el mundo de los vivos, que se observa en casi todas las culturas del planeta, pasadas y presentes, en el cristianismo católico se explica a través de un culto destinado a la salvación de las ánimas del purgatorio, es decir, de aquellos que, sin haber sido condenados al infierno, tampoco han logrado alcanzar el cielo. Quizá hoy estos conceptos se hallan devaluados, cuando no son completamente desconocidos por una cada vez mayor parte del púbico, sin embargo, en el pasado estas preocupaciones son claves para explicar la propia existencia de las cofradías, cuya función primordial era la ayuda mutua, tanto durante la vida como tras la muerte.

Es importante destacar, además, el carácter local con que se concibe el Más Allá, de modo que la demarcación política terrena es también la que rige en el mundo ultraterreno. Tan es así que los concejos, también el de Alustante, eran patronos habitualmente de las capellanías de ánimas, competiendo a ellos el pago del clérigo encargado de realizas las misas por los miembros difuntos de la comunidad.  

Virgen del Carmen sacando ánimas del purgatorio. Iglesia de Alustante (siglo XVIII)

Asimismo, es fácil encontrar partidas de gastos para misas de sufragio (misas de difuntos) en instituciones superiores, como podría ser en nuestro caso el Común de la Tierra de Molina, en este caso destinadas a la salvación de los difuntos del territorio concreto -y no más ni menos- comprendido en las fronteras que gobernaba esta corporación.

Por ello, la cofradía estaba obligada a pagar a su capellán o capellanes una serie de misas que se decían anualmente. Éstas se celebraban los sábados y durante la cuaresma y a ellas se sumaban dos oficios anuales que correspondía cobrar al cura del pueblo. Así, por ejemplo, en 1634 se señala que se paguen al capellán 130 misas, más 80 misas de los sábados y cuaresma y los mencionados dos oficios, que debían de ser el del día de la Natividad y el oficio de difuntos del 9 de septiembre.

Por lo que respecta a los capellanes, la cofradía pudo tener uno, pero en ocasiones, se llegan a contratar hasta dos, como en 1673, año en el que se acuerda con el Ldo. Pedro de Lara Manrique, vecino del lugar, la celebración de 72 misas, y con D. Phelipe Lahoz, también vecino del pueblo, 25 misas.

En 1676, siendo piostre Joan de Lahoz Fernández, diputado de la sesma de la Sierra por el estado seglar, a la cofradía le es concedida por parte del Papa Clemente X una bula que contiene “tres jubileos plenísimos, para el día de la entrada vno, otro para el día de Nª Sª de la Natiuidad de cada vn año, y otro para el artículo de la muerte con otras inumerables indulgencias, como más largamente consta en dicha bula”. Junto a ésta, que se debió de conservar en el archivo de la iglesia, y que llegó a Alustante desde Madrid por mediación del deán de la catedral de Albarracín, el Dr. D. Francisco Xarque, capellán de honor de Carlos II, se trajo

“otra bula para el día de las Ánimas, dos de nobiembre de cada vn año, y toda su octaua, y todos los lunes del año se sacase vna ánima del purgatorio diciendo vna missa en el altar de Nª Sª de la Natividad que está en la yglesia de Nª Sª de la Assumpción de dicho lugar, a do está fundada dicha cofadría”.

Altar actual de la Natividad (siglo XVIII)

Esta bula, que tenía validez para siete años, convertía al altar de la Natividad en privilegiado, e hizo no sólo que aumentaran las misas de la cofradía en dicho altar sino también las de particulares que dejaban en sus testamentos cierto número de misas que se debían de decir en éste. Tras la adquisición de la bula el número de cofrades crece sustancialmente contándose alrededor de 300 en ese mismo año y 48 entradas nuevas al año siguiente.

Los toros

La tradición taurina en el Señorío de Molina es antiquísima, hasta el punto de que se documenta una corrida de toros ya en 1293, durante los fastos de toma de posesión del territorio por parte de los reyes de Castilla, Sancho IV y María de Molina; posiblemente se trató de un festejo de toreo a caballo, modalidad en la que participaban miembros del estado noble. Sin embargo, también debió de haber ya entonces un toreo a pie, que predominaría en el ámbito rural.

Festejo taurino en el siglo XIII. Alfonso X. Cantiga CXLIV

Ya se vio cómo existieron capeas de reses de las vacadas locales de las que, en el siglo XVII, dice Portocarrero, que “deste ganado se sacan muy brauos y feroces toros, que muchas vezes en los cosos no han çedido a los celebrados en Xarama”. Así pues, aunque el concepto de toreo moderno, con reses explícitamente criadas para él, distaba aún en llegar, cabe pensar que desde la Edad Media pudieron darse variantes de lidia en el territorio de Molina, también en Alustante.

¿Qué tenían que ver los toros con la fiesta de la Natividad? Hay noticias de que era frecuente que, cuando se hacía voto de celebrar una fiesta, que solía acompañarse con la promesa de correr toros en honor al santo que se celebraba. Estos votos no debían ser vistos con muy buenos ojos por la Iglesia, que en ocasiones son tachados como signo “profanidad y rastro de gentilidad”, es decir, como una reminiscencia de paganismo que, no obstante, era imposible contener dado el fuerte arraigo de estas costumbres debía existir ya entonces.

Curiosamente, ya en 1544, se documenta en el primer libro fábrica de la iglesia una merienda de los mozos del pueblo con la carne de un toro, por lo que quizá ya se celebraran capeas protagonizadas por el colectivo de jóvenes del pueblo, que se mantendrán durante siglos. Hay que suponer que los bueyes, toros y vacas que se lidiaban, no serían matados habitualmente, aunque hay veces que el toro semental de la vacada, por vejez u otros motivos, deja de servir, y es entonces cuando se darían corridas a muerte.

Aspecto de la plaza cerrada por barreras en su frente oeste, con las pajeras y una de las porteras

Esto sería lo que pudo pasar en 1771, año en el que, precisamente el 8 de septiembre, se acuerda en concejo “matar el toro del lugar por ser cosa que confiesan todos no haprobecha para las bacas”. Es difícil pensar que el sacrificio del animal, en una fecha tan señalada, se hiciera sin una capea previa, aunque es posible que ya se celebrara el día 9 de septiembre, dado que el propio Pío V, hacia 1570, levantó el voto de correr toros de los pueblos españoles y prohibió hacerlo los días de fiesta religiosa, por lo que los pueblos trasladan generalmente este evento al día posterior.

En la breve acta que se levanta de este acuerdo se señala que el concejo recibió por el toro 331 pesos. ¿A quién correspondía el desembolso de este dinero? La respuesta parece estar de nuevo en la comparsa de jóvenes que formaban parte de la soldadesca gobernada por un capitán de los mozos. Aunque las noticias sobre este colectivo son muy fragmentarias, y a espera de hallar nuevas noticias documentales, lo que se observa en la documentación del siglo XIX es que la comparsa era la que, de su propio bolsillo, financiaba la compra de los toros.

Aunque tardía, existe una noticia documental que atestigua todavía en 1833 la existencia tanto de los capitanes de los mozos como de corridas de toros en estas fiestas:

“Que dicho pueblo, además de celebrar de inmemorial el ocho de septiembre de cada un año la festividad de Nª Sra de la Natibidad, tiene aprobadas, veneradas y respetadas sus constituciones que ordenan el culto religioso que ha de atribuirse a María Santisma (sic), y por general y unánime consentimiento corren en celebridad de tan solemne día unos nobillos de apeos. Esta función la costean los mozos, nombrando tres de ellos que se titulan o nombran capitán y mayordomos, los cuales corren con el cargo de la fiesta así en la parte religiosa como en la pública, adelantando por lo pronto o a lo menos siendo los responsables a todos los gastos que después se escotan o reparten entre todos”.

Más tarde, en 1842, se observa que se ha incrementado a siete el número de cargos en este comparsa, a fin de repartir el gasto con menos gravamen, aunque no por ello debieron de cesar los conflictos y controversias entre los jóvenes, que habían recurrido al juzgado de Molina para llegar a un acuerdo.

Aspecto de la plaza en su frente este. La portera que se abría en esta parte se sostenía sobre dos pilares

Queda mucho por conocer de esta tradición, pero parece que, aun después de abandonarse el nombramiento de capitán, mayordomos y soldados (así eran llamados) en 1893, y hacerse cargo el municipio de los gastos en toros, se observan diferentes iniciativas a lo largo del siglo XX para la celebración de capeas de mozos. La última, la que dio lugar precisamente al segundo día de toros, llamado el Día de los Becerros o de las Vacas: fue entre el año 1971 y 1972, en el que los mozos acuerdan poner cada domingo del año un duro (cinco pesetas) para comprar un novillo. Así, tras el día de los toros, se instituyó un cuarto día de fiestas, que ha llegado hasta la actualidad.

El corrotaje

Se me disculpará haber tratado el tema de los toros con tanta brevedad, si bien cabe decir que son muchísimos los detalles que quedan en el tintero. En esta ocasión solo he tratado de buscar los orígenes remotos de un elemento aún hoy imprescindible. De todos modos, cabe añadir que no fue ni mucho menos una costumbre exenta de polémica. La hoy tan cuestionada muerte de los toros en la plaza ya fue objeto de desórdenes públicos en el pueblo, por ejemplo, en las fiestas de 1901 en las que los toreros, a la sazón mataron los toros a la francesa, esto es, únicamente señalando el lugar del estoque con la mano y devolviendo a las reses con vida al toril.

Comida del Día de la Carne en el Trinquete en los años 1970

La controversia parecía venir porque sin la muerte de los toros se privaba al pueblo de la tradicional comida popular llamada en algún documento con el nombre de corrotaje. En una sociedad con no demasiados recursos, sin hambre generalizado, pero rayano a la miseria, como decía Araúz Estremera al hablar de los habitantes del Señorío de Molina, la comida gratuita, al menos por un día al año, era enormemente valorada. Por esta razón, el Día de la Carne ha sido tan importante en el lugar, y como un atavismo, se ha mantenido viva hasta hoy. Ahora comprende y evidentemente perdona un servidor algunos gestos interpretados erróneamente, cuando en diferentes años pasados observaba el revuelo que se organizaba durante el reparto de la carne.  No era avaricia, no.

La tradición de la carne sigue viva

Era así como terminaban unas fiestas que, como se ha visto en estos días, pese a su dinamismo, su constante transformación, han llegado hasta nosotros con una cantidad considerable de elementos, de actividades, que poseen una antigüedad de centenares de años. Quizá la interpretación de los rituales ha cambiado, e incluso puede ser que se haya perdido su significado; pese a ello, se siguen repitiendo.

Es fascinante acercarse a este tipo de manifestaciones culturales, a un patrimonio inmaterial cuya pervivencia no sabemos hasta cuándo podrá mantenerse en una comunidad tan desestructurada como la nuestra. Hay, sin embargo, una oportunidad: a pesar de nuestra dispersión geográfica, quizá jamás Alustante haya estado tan intercomunicado consigo mismo. Quiera la Virgen de la Natividad —o aquello en lo que cada uno crea— que al año que viene podamos celebrar de nuevo nuestras fiestas, quizá ahora conociendo un poco mejor la semiótica de nuestros gestos aprendidos de nuestros mayores.

El origen de las fiestas patronales (II)

La imagen de la Natividad

Del mismo modo que se funden y confunden los patronazgos marianos del pueblo, no queda claro cuál fue la imagen original de la Asunción y cuál la de la Natividad. La imagen que se ha conocido durante los últimos siglos como la Natividad fue originalmente una talla sedente, románica de transición al gótico, que posiblemente fue la imagen patronal del pueblo desde la Edad Media. En un momento indeterminado esta imagen fue muy modificada, sustituyendo los rostros de María y Jesús por tallas de facciones de gusto barroco. Por el momento sólo se sabe que en 1696 la imagen de la Virgen ya se vestía.

Complejidad de la imagen de la Natividad. Bajo el manto conserva parte de la escultura románica, del siglo XIII, si bien el rostro de la Virgen y la totalidad del Niño Jesús fueron sustituidos en un momento en el que se buscó mayor naturalismo estético, posiblemente el siglo XVIII.

Sin embargo, esta imagen, por haber sido la patronal del pueblo, pudo sustituir a la imagen original de la Natividad, que ocuparía el retablo que encarga la cofradía en 1545. ¿Cuál pudo ser esta imagen de la Natividad?, ¿dónde se encuentra actualmente? Hasta hace unos años era posible admirar en el Museo Diocesano de Sigüenza una Virgen Niña procedente de la parroquia de Alustante. Era una imagen de pequeñas dimensiones, de estilo clásico, que perfectamente podría datar del siglo XVI. Sin embargo, con la remodelación del Museo, esta imagen hoy no es visible y es de suponer que se encuentra en los depósitos del centro. Así pues, la hipótesis es que esta Virgen Niña pudo ser la original imagen de la Natividad y que, tras el cambio de patronazgo, se mantuvo la Virgen antigua, la románica, como imagen procesional.

Procesión de los años 1940. Las andas poseían un templete, hoy desaparecido. Fte.: Alustante antes de ayer.

Sea como fuere, su retablo actual, barroco, fue obra de un escultor llamado Francisco Corvinos y se llevó a cabo su construcción en 1734, destacando en él, aparte de la imagen vestidera de la Virgen, las de San Ignacio de Loyola y San Francisco Javier a ambos lados de la hornacina central y la de San Cristóbal en el ático. La imagen de la Virgen se portaba en andas dotadas de un templete, un pequeño baldaquino, que cubría la talla durante las procesiones. Más tarde, hacia los años 1950, este templete desaparece al remodelarse las andas.

Vísperas y maitines

Las fiestas en el pasado eran muy cortas, tanto que, en origen, solo durarían un día, con su correspondiente víspera, eso sí. También hay que tener en cuenta que la festividad se centraba enormemente en los aspectos religiosos, de modo que no ha de extrañar que la totalidad de los actos, incluidas las corridas de toros, tuvieran como eje central el culto a la Virgen.

Maitines en las pasadas fiestas de 2019

Las vísperas hacen referencia etimológica a la tarde (vespera en latín) y en el sistema horario canónico se situaban entre la nona y las completas, que coincidía con el momento de la puesta de sol, que el 7 de septiembre se sitúa en esta latitud/longitud en torno a las 18.30 h solares (las 20.30 h actuales). Las vísperas se celebraban con el oficio de la tarde. Los programas de fiestas suelen recoger aquello de “vísperas con repique de campanas”, lo cual se ha ido copiando año tras año y, si bien ha perdido algo de sentido, alude al hecho de que el rezo (o canto) de vísperas se convocaba por medio de un repique de campanas. Hay que tener en cuenta que en el pasado la tarde (a partir del ocaso) ya formaba parte del día siguiente, de modo que en la víspera de ciertas festividades era habitual el repique de fiesta, en tanto que inicio del día festivo siguiente.

No se han conservado cantos especiales destinados a las vísperas de la Natividad de la Virgen, aunque, como es sabido, sí se ha mantenido la melodía de los maitines. Del mismo modo que las vísperas, los maitines son también una hora canónica con sus oraciones prefijadas que se rezan justo antes del amanecer. En este caso, deberían tener lugar en Alustante en torno a las 05.40 h solares (las 07.40 h actuales), y es posible que así se llevara a cabo durante algún tiempo.

Maitines. Estamos aquí reunidos. Esteban Lorente

Sin embargo, hay que remontarse a principios del siglo XVII para observar un cambio de horario, momento en el cual las Constituciones Sinodales permiten en el obispado de Sigüenza que el pueblo pueda acudir a los maitines de ciertas festividades, como eran el Corpus, su Octava, y la Visitación de la Virgen (31 de mayo). Para ello, se permite que pueda adelantarse el rezo de dicha hora a la prima noche, una vez puesto el sol, es decir, tras el rezo de las vísperas, acaso con un paréntesis entre ambos.

Esta sería la razón por la que los maitines se cantan a una hora tan extraña. Asimismo, es posible que las cancioncillas que hoy se cantan en la puerta de la iglesia formaran parte de algún acto completo, aunque también es cierto que dada su mezcolanza temática profano-religiosa, incluso humorística a veces, fuesen sacadas de la iglesia en algún momento, si bien manteniendo el ámbito sagrado del cementerio, localizado en el atrio parroquial para seguir allí desarrollando estos cantos, por lo demás, lugar de celebración de concejos en el pasado.

En la puerta de la iglesia/ hay una piedra redonda/ donde Cristo puso el pie/ para subir a la gloria.
Letra de uno de los maitines

Sería conveniente una recopilación de las letras que espontáneamente los vecinos y vecinas del pueblo ponían a una melodía inalterable, transmitida de generación en generación. Como decimos, la temática va desde saludos y parabienes a la Virgen a la petición de buen tiempo durante las fiestas, pasando por la crítica social, la chanza y la nostalgia por las personas perdidas.

La melodía de los maitines, con variaciones mínimas, fue recogida por Asunción Lizarazu y José Luis Mingote en Megina en el Cancionero popular tradicional de Guadalajara, en esta ocasión cantada en honor a San Roque, por lo que, unido a la similitud de los cantos de San Timoteo en Alcoroches, y una noticia aislada acerca de su posible interpretación en Motos, se puede afirmar que esta melodía fue una especie de plantilla que sirvió durante siglos a los vecinos de la Sierra de Molina para cantar a sus patronos.

La antigüedad de dicha melodía es evidente. Hay que tener en cuenta, además que la melodía se canta en una tonalidad (modo en realidad) plagal, y que por algunas de las cualidades en su ejecución arrítmica se intuye la presencia de instrumentos de acompañamiento, de viento quizá, que cubrían los silencios que en ella se encuentran, especialmente en el final de las frases musicales. Así pues, aunque hoy se interpreta a capela, el hecho de que en Megina se recordaba acompañada por gaita (dulzaina) y tamboril, pudiera dar una noción de cómo eran estos cantos originalmente.

La música

Esto nos lleva a buscar la existencia de gaiteros en Alustante. Últimamente -hablamos de los años de la posguerra- los gaiteros por excelencia fueron los Marotos de Piqueras, siendo Mariano López Rubio el más célebre y valorado de ellos por los estudiosos de la música tradicional, dado su legado a esta. Los miembros de esta familia recorrían la comarca con la dulzaina y el tambor, sin duda como herederos de una tradición larguísima de música basada en estos dos instrumentos.

Aunque no siempre, también se encuentran referencias a la música en las cuentas de la cofradía; es casi seguro que la había casi todos los años, unas veces pagada por la cofradía y otras por el propio concejo, que ya había hecho suya la fiesta de la Natividad. De este modo en 1679, en el contrato del gaitero Láçaro Belinchón de 1674, hallamos que éste ha de actuar en las fiestas principales del pueblo,

Dulzainero. Cesare Vecellio (1590)

«de modo que la fiesta de la Ascensión del Sr y la de Nª Srª de la Natividad han de pagar los regidores y mayordomos del lugar de Alustante; la fiesta del Ssmo Sacramto, el piostre de dicha Cofradía; la fiesta de Nª Srª del Rosario, su piostre; el domingo siguiente al dia del Señor, que es quando se hace en dicho lugar la fiesta, pagan los mayordomos de fiestas de cada un año«.

Todavía en 1683 se encuentra la actuación del gaitero Láçaro, al que se le pagan 2 reales “de azer son en el día de Nuestra Señora” y más adelante se vuelven a encontrar referencias a músicos (seguramente, de nuevo gaiteros) en 1708, 1712, 1759, 1760 y 1763, año en el que terminan los registros de cuentas conservados de esta cofradía.

Los piostres

Como se señalaba en la entrada anterior, la celebración de la fiesta de la Natividad estaba íntimamente relacionada con una cofradía, una hermandad que aglutinaba, no solo a los vecinos y vecinas del pueblo, sino también a personas de algunos pueblos comarcanos. Esta cofradía tenía el objeto de organizar las funciones del 8 de septiembre, de modo que a ella correspondía el pago de una serie de actos, tales como la misa de aquel día, el pago de predicadores, una comida o colación e incluso se halla el gasto de dinero en cohetes.

Todos estos gastos eran controlados por una especie de junta directiva compuesta por un receptor, denominado piostre a partir 1653, y dos contadores, una triada ejecutiva de elección anual que se mantiene hasta la supresión de la cofradía en 1799 en el contexto general de reducción de cofradías no dedicadas exclusivamente al culto, que se llevó a cabo durante los reinados de Carlos III y Carlos IV. Sin embargo, pese a su aparente abolición, los piostres se seguirán nombrando de un modo no reglado, sin una huella escrita, pero con una continuidad sorprendente, hasta el punto de que, hasta la misma actualidad, cada año los tres piostres y las correspondientes piostras, siguen apareciendo en el acompañamiento de la Virgen de la Natividad, ya, claro, sin funciones organizativas.

El día de la fiesta debió celebrarse habitualmente con una procesión en la que no eran extraños modestos espectáculos pirotécnicos; al menos desde 1650 se encuentran pequeños gastos de pólvora y en 1653 se pagaron 120 reales “de los coetes que se trujeron para las fiestas”. Seguramente como parte éstas, y parece que en el marco de la cofradía, se encuentran documentados en ese mismo año unos “capitanes de las fiestas”, que fueron Pedro López Orea y Miguel Pérez y un “capitan de los moços”, cargo que correspondió a Domingo de Salas, los cuales parecen encargados de sufragar los gastos de pólvora en los que colabora la cofradía.

Estos capitanes parecen pertenecer a una soldadesca que dotaba a la fiesta de un carácter cívico-militar, alardes que no debían de ser extraños en ambas partes de la Sierra y que, por ejemplo, se encuentran en las fiestas de la Asunción y San Roque en Bronchales en 1770 y que, todavía hoy, se conservan en cierto modo en Orea en las fiestas de la Natividad.

La bandera de las fiestas

Este sería origen del también hoy vigente bandeo de la bandera, una especie de parada militar que se hacía en honor a la Virgen de la Natividad y que se encargaba de recordar la condición de potenciales soldados a los vecinos del pueblo. De hecho, las dos versiones de la bandera conservadas, una datada en 1947, donada por Cristóbal Casinos, y la otra en 1975 por parte de la familia Lorente Fernández, contienen, aunque muy esquemático y simplificado, el sotuer de Borgoña, la cruz de San Andrés, que durante varios siglos fue la bandera de guerra española por excelencia.

Evidentemente, Alustante no fue el único pueblo de Molina que tuvo y conserva esta costumbre de danzar o bailar la bandera, de hecho, se ha conservado con diferentes tamaños y colores de bandera en pueblos como Orea, Alcoroches, Traíd, Tordesilos, Setiles, Taravilla o Lebrancón. Parece ser que el saludo del pañuelo que se hace en Checa ante la imagen de san Bartolomé podría tener este origen también.

Bandeo de la bandera en la puerta de la iglesia. Fte. Alustante antes de ayer

Son muy pocas las noticias que se tienen acerca de la bandera de Alustante, aunque cabe pensar que pudo tratarse de una bandera del colectivo de los mozos, del mismo modo que la bandera de la Asunción/San Roque lo era de los casados. Otra posibilidad es que se tratase de la bandera del pueblo, o al menos que con el tiempo fuese adquiriendo calidad de tal. De hecho, parece ser que los pueblos tenían enseñas consideradas así. De este modo, en una rogativa celebrada en Alustante en 1803, con motivo de la sequía que se registra dicho año, los pueblos de Motos, Tordesilos, Piqueras, Adobes, Alcoroches, Orea y Alustante se reúnen con sus respectivas cruces y banderas.

Más tarde, en la década de 1870, a raíz de la roturación y subas de las dehesas Somera y Bajera se encuentran una serie de pujas por parte de diversos postores en las que se encuentran, aparte de dinero, objetos tan curiosos como un vaso de colmena para fuentes como la del Gayubico, la de los Borrachos o la del Cura, gamellones para abrevaderos, alpargatas para el alguacil, zapatos para el secretario, una correa para el tambor, vino y huevos para los días de San Sebastián y San Roque. Del mismo modo, en la subasta de las suertes del espacio comunal que iba desde la presa del molino hasta el Charcón, se advierte que cada suerte llevaría un recargo de diez reales de vellón “para reparar la bandera del pueblo”, si bien, lo que da a entender a lo largo la subasta es que el dinero recaudado es para una bandera nueva.

Desafortunadamente, ni la bandera anterior a 1872 ni la renovada han llegado hasta nosotros, y las dos conservadas, si bien poseen en común el mencionado sotuer rojo sobre fondo blanco, difieren en los colores de la orla y estrella de ocho puntas central, azul celeste en la más antigua, verde en la más moderna. También se observa una sutil diferencia entre ambas, dado que en la versión de 1947 una cruz amarilla se superpone perpendicularmente al aspa roja. Ello impide saber a ciencia cierta cómo pudieron ser los primitivos modelos de bandera local. Aparte, en la foto de 1971 que se mostró en la entrada anterior se observa una bandera carmesí con cierto bordado ¿dorado?, cuya función y paradero a día de hoy se desconoce.

La carrera pedestre

Además de estas funciones, también se encuentran carreras pedestres al menos desde finales del siglo XVIII, las cuales no estuvieron exentas de controversia en cuanto al atuendo de los corredores, de lo cual se manda en la visita pastoral de 1795:

Enterado su merced del abuso con que celebran a Nra Sra en esta población el día de su Natividad, llegando el exceso a unas carreras que hacen los mozos, desnudos de otra ropa que la camisa, a vista y presencia de personas de ambos sexos de todas edades, sin que la reflexión haia retraído a los padres y madres para no consentir que los vnos las practiquen y otros las presencien, conociendo con evidencia los efectos de esta escandalosa dibersion que directamente cede en ofensas y desonor de Dios y su Madre santísima, lo qual pide remedio pronto y eficaz, para conseguirlo, desde ahora prohíve su merced las espresadas carreras vajo apercibimiento de censuras en que los declararía incursos el cura por el hecho de desobediencia, poniéndolo en tablilla como a públicos escomulgados, y si aun esto no fuese suficiente acuda a la Real Justicia de Molina.

Sin embargo, estas carreras se siguieron celebrando durante los siglos XIX y XX, y han llegado a nosotros con muy buena salud. Asimismo, se ha conservado el premio para los tres primeros participantes en llegar a la meta: tres grandes tortas decoradas y tres peras, todas ellas ensartadas en una especie de tridente que, intuyo, en otro tiempo pudo tratarse de tres lanzas o rejones vinculados con la soldadesca y los cargos de esta. No obstante, el pincho hoy lo llevan los piostres, del mismo modo que, aunque quizá no con la solemnidad de antaño, el Ayuntamiento acude a este entrañable acto.

Comitiva de la entrega de premios de la carrera pedestre, hacia 1950. Fte.: Alustante antes de ayer.

Acerca del recorrido, aunque hoy se parte del cruce de Valhondo hasta la ermita de la Soledad, parece que antiguamente la carrera partía de una cruz ubicada en la salida hacia Motos y Orihuela; de hecho, en el Amillaramiento de 1863, se habla del paraje donde se echan a correr, localizado en el camino de Motos, donde al parecer existía una cruz, que bien pudiera ser  la cruz de madera que aparece todavía cartografiada en el borrador del plano del término municipal 1:25.000 fechado en 1901, de la cual todavía hoy se conserva la piedra horadada donde estaba clavada. La meta en esta ocasión podría ser la ermita del Pilar. Más tarde, y hasta hace unos años, los corredores partían de una cruz de Ánimas ubicada en el camino de Orea, la cruz del Charcón, y llegaban hasta la ermita de la Soledad.

El origen de las fiestas patronales (I)

La fiesta es un acontecimiento que parece inherente al ser humano, de ahí su importancia, de ahí lo que estamos echando de menos ese conjunto de actividades que nos sacan de la cotidianidad todos los años a finales del verano. Por esta razón, por tratarse de algo que casi forma parte de nuestro ADN, resulta interesante conocer el origen de numerosos gestos que seguimos repitiendo año tras año. Ciertamente, muchas cosas han cambiado, otras se quedaron en el camino, pero queda claro que, aunque la improvisación es parte fundamental de la fiesta, al celebrarla en su conjunto somos portadores de una larga tradición.  Comencemos pues.

De la Asunción a la Natividad de la Virgen

Quizá una de las primeras cuestiones que se han de tener en cuenta a la hora de analizar el origen de las fiestas de Alustante es el cambio de patronazgo que sufrió el pueblo en un momento, indeterminado por el momento. La tradición oral ha mantenido, seguramente con razón, que en origen las fiestas de Alustante se celebraban el 15 de agosto, festividad de la Asunción de la Virgen, y que, por estarse trabajando durante esas fechas del año en las faenas agrícolas de rigor, fue menester trasladar las fiestas al 8 de septiembre, la Natividad de la Virgen.

La Asunción de la Virgen. Tema central del retablo mayor de Alustante

Como digo, esta noticia, que se ha mantenido de generación en generación, debe de ser cierta porque todavía a finales del siglo XVII se encuentra a la Virgen de la Asunción no sólo como la titular de la parroquia sino también como patrona del lugar. Durante el siglo XVII, además, se encuentran partidas de gastos de pólvora para las funciones del 15 de agosto, la cual debía dispararse con armas de fuego durante las procesiones. Por otro lado, en la documentación municipal se halla datada en 1715 una escritura de adquisición de una “bandera de guerra de diferentes colores” para el colectivo de casados del pueblo, “que tiene por escudo a Nuestra Señora de la Asunción por la una parte y por la otra a San Roque”. Cabe pensar, pues, que esta bandera podría bandearse en ambos días sucesivos, si bien en este caso solo por parte de “los vecinos cassados de este lugar de Alustante, i no los mozos, los quales dichos cassados tienen mando i jurisdición sobre ella, i no otra persona alguna”. No en vano, fueron ellos los que desembolsaron los 750 reales que costó esta primera bandera documentada en el pueblo.

Corporación municipal en 1971 presidida por D. Aquilino Fuertes. Tras ellos, el abanderado con una bandera carmesí hoy desaparecida

La importancia de esta duplicidad festiva (la Asunción-San Roque) queda patente todavía a finales del siglo XIX, pues el día 16 de agosto era habitual lidiar en la plaza del pueblo las vacas de la vacada del lugar, constituida por las reses particulares de los vecinos. A este respecto, parece ser que, aprovechando algunas faenas propias de este tipo de ganado, como eran “herrar, castrar, destetar, acollar”, se procedía a la tienta de algunas de ellas. Estamos hablando, evidentemente, de reses en principio domésticas, utilizadas sobre todo para la labranza, pero que debido a sus encastes muchas veces de origen bravo, podían utilizarse eventualmente como animales de lidia. Estaríamos ante una de las modalidades más primitivas de corrida de toros, que todavía recogen en sendas novelas costumbristas en esta área geográfica Polo Peyrolón en Los Mayos de Albarracín (1878) y Araúz Estremera en La hija del Tío Paco (1895), para la Sierra de Molina.

Francisco de Goya. Diversión de España, serie ‘Los Toros de Burdeos’ (1824-1825). Fte.: Wikipedia

Las vacas se bajaban de las dehesas boyales al pueblo hasta la plaza del pueblo y, a pesar de su propiedad privada, la manada revertía a una especie de bien colectivo, semoviente en este caso, que era susceptible de ser disfrutado por el conjunto los vecinos del lugar por un día. A este respecto, se sabe que los vecinos de Molina tuvieron el privilegio durante los siglos XVI y XVII -tal vez desde la Edad Media- de llevar a la villa las vacadas de los pueblos que aquellos deseaban para sus celebraciones taurinas, lo que conllevó numerosos pleitos entre la villa y la tierra que se zanjaron con la suspensión de dicho privilegio en 1603.

Sin embargo, fundados en el mismo uso y costumbre, los vecinos de los pueblos, parece ser que siguieron haciendo lo propio con sus ganados comunales vacunos. Esta costumbre se cuestiona a partir de finales del siglo xix, concretamente se documenta en 1881, Blas Pérez denuncia al Ayuntamiento de Alustante por habérsele desgraciado una res en este festejo y, aunque la Corporación parece defender el derecho secular de la comunidad a hacer uso de la vacada del lugar para estos fines, finalmente ha de compensar al propietario. Lo importante de esta noticia documental es que el hecho parece suponer el cuestionamiento de la costumbre, que acabaría desapareciendo en décadas sucesivas, y de la que aún hemos oído hablar a los más mayores.

La cofradía de la Natividad de la Virgen en Alustante

Por lo que llevamos explicado, la fiesta principal del pueblo tenía lugar el 15 de agosto y el día posterior hasta un momento impreciso de los siglos XVIII o XIX, pero esto no quiere decir que la fiesta de Natividad de la Virgen no se celebrara al mismo tiempo, incluso da la impresión que con mayor boato en ocasiones. Acerca de la existencia de una cofradía de la Natividad en Alustante, se sabe que ya existía en 1545, año en el que proyecta la construcción de un retablo en la iglesia que, no hacía tanto, había sido terminada en sus obras de arquitectura. Así pues, ya entonces cabe hablar de una festividad mariana en Alustante el 8 de septiembre.

Clave de la capilla de la Natividad

Los objetivos de la cofradía y las cualidades de sus integrantes se nos escapan. Es interesante observar que en la clave de la capilla de Santa Catalina, en origen perteneciente a la cofradía hermana a la de la Natividad, se encuentra la rueda dentada, atributo iconográfico de dicha santa, mientras que en la capilla de la Natividad la clave está adornada con una serie de símbolos alusivos a ciertas herramientas de construcción: una escuadra, un compás, un mallo. Esto podría sugerir el posible origen gremial de dicha cofradía: ¿canteros, carpinteros? Sin embargo, si en sus componentes en origen se reducían a cierto oficio mecánico, cuando comienzan a abundar las noticias documentales, a partir de 1619, el número de cofrades asciende a 262, de los cuales, algunos incluso son vecinos de lugares próximos: Motos, Orihuela, Alcoroches, Adobes, Tordesilos, Setiles, El Pobo.

La población en Alustante en ese momento de principios del XVII ha de estimarse a través de dos censos, el de 1587, en el que aparece con 100 vecinos, y el llamado Censo de la Sal de 1631, con 137. Hay que señalar que las cifras que ofrecen estos censos son de vecinos, esto es, de casas habitadas, y que la dificultad que entrañan estos es qué coeficiente de conversión aplicar para estimar el número de habitantes del lugar; por ello, con toda la prudencia, aplicamos hipotéticamente un coeficiente de 3,2 habitantes/ hogar, que ofrecería una variación de 320 habitantes en 1587 a 438 en 1631. Calculamos, por ello, que esta cofradía podría aglutinar en torno a un 67% de los habitantes del lugar. No era pues, un colectivo minoritario ni cerrado.

* * *

Parece ser, por lo tanto, que las fiestas patronales actuales recogen elementos de dos festividades históricas en las que el lugar celebró sus solemnidades y regocijos: la Asunción y la Natividad. En estos días iremos analizándolos y reconociéndolos como parte de una tradición que, si bien este año no se ha podido reproducir, es seguro que seguirá siendo una cita obligada para todos los vecinos e hijos del pueblo de cara al futuro.