El pan de pecho (y III)

Concluimos con esta entrada la microhistoria del tributo del pan de pecho. Llegamos hoy a las postrimerías del Antiguo Régimen, cuando este impuesto comienza a ser contestado por parte de los tributarios: los vecinos de los pueblos del Señorío de Molina.

En 1752 podemos observar a través del Catastro de Ensenada que el pan de pecho ha quedado reducido considerablemente en cuanto a su pago por parte de los pueblos, tanto por la rebaja que supuso la compensación del producto de los despoblados, como por la devaluación del tributo en sí a lo largo de los siglos, pues, si bien es cierto que la cantidad de trigo y cebada a pagar se mantiene intacta, los maravedís (moneda en que se pagaba) habían perdido su valor desde el siglo XIII hasta haberse convertido en una moneda, si no insignificante, sí de no demasiado valor. Tan es así, que el dinero en metálico parece ser que ha dejado de cobrarse, y ya solo se paga en especie o el equivalente de ella.

Imagen de Akerraren Adarrak en Pixabay 

Sea como fuere, se observa que Alustante fue el pueblo que mayor carga conservó en cuanto a este tributo entre los del Señorío de Molina con 113 medias de cereal en ese año (1). Este fue el cupo que le correspondió en virtud de un arreglo u operación que se llevó a cabo en Rillo bajo la presidencia del corregidor de Molina en 1751, D. Manuel de Prado (2). Desconozco la razón por la que Alustante pagaba más en este impuesto, pues hay que tener en cuenta que el siguiente que más pagaba era Alcoroches, con 87 medias y 13 cuartillos (3), seguido de Peralejos (80 medias, 19 cuartillos) (4) y Torrubia (79 medias, 2 celemines) (5)

Los criterios para la distribución del tributo entre los pueblos pudieron haber sido demográficos y en función de la cantidad y calidad de tierra laborable. Por lo que respecta a la población, Alustante contaba entonces con unos 809 habitantes (209 vecinos) (6), el segundo pueblo más habitado del Señorío tras Checa (217 vecinos, aproximadamente 839 habitantes) (7).

Por lo que respecta a las áreas de labor contenidas en el término, Alustante se presenta en esta época, sorprendentemente, como uno de los pueblos con mayor extensión de labrantíos, con  8.200 medias, que equivaldrían a unas  1.375 Has. Así, El Pobo contaba con 10.310 medias de labor en su término, Tortuera con 8.905 medias y Setiles con 8.552 medias. Por detrás de Alustante, Tartanedo contaba con 7.815 medias de labor y Campillo de las Dueñas 6.500 medias, siempre según el Catastro de Ensenada.

Según esta comparativa, se observa la coincidencia en Alustante de una considerable población, una razonable área de labores y una mayor tributación con respecto a otros pueblos vecinos. (Índice 100 población: Checa; índice 100 labores: Tortuera; índice 100 pan de pecho: Alustante).
Fte.: Elaboración propia a partir del Catastro de Ensenada.

Ciertamente, no era el impuesto más gravoso al que hacían frente los pueblos del Señorío, sin embargo, lo que parece claro es que este tributo seguía contando en la mentalidad de aquellos hombres y mujeres, ya no por su valor intrínseco, sino por su valor simbólico, como un tributo humillante en tanto que era pagado por un conjunto de pueblos realengos a un grupo de particulares, nobles y eclesiásticos. Anticuado, puesto que nadie recordaba ya la razón concreta para seguir haciendo frente a unas dádivas sin sentido.

De esto da cuenta el discurso del diputado por Molina en las Cortes de Cádiz, López Pelegrín. De este modo, quien había sido previamente procurador general del Común de la Tierra de Molina señala en una de las sesiones constituyentes que

“en el Señorío de Molina se paga una contribución considerable en granos al conde Priego y a las monjas de Buenafuente que se denomina pan de pecho, y lo singular es que lo satisfacen los que se dicen del estado llano, y no los nobles e hidalgos (…) y los infelices labradores del Señorío continúan pagando la recompensa de lo que no perciben, en prueba de los abusos que deben remediar las Cortes” (8).

Con todo, el pan de pecho se estuvo pagando durante varias décadas después de esta denuncia. Por lo que respecta a la cantidad que recibía el cabildo de caballeros de Molina, existen noticias contradictorias que hablarían de que los pueblos habrían dejado de tributar a esta corporación nobiliaria ya en el siglo XVIII por extinción de la misma, aunque en 1763 se vuelve a reclamar al Común de la Tierra que vuelva a entregar a este cabildo 168 reales y cuatro maravedíes en concepto de pan de pecho (Abánades, 2008: II, 228). Con todo, López Pelegrín en su discurso en Cortes de junio de 1811 ya no nombra a la nobleza de Molina como receptora de parte del pan de pecho. Aunque con la posibilidad de que se reinstaurase de nuevo eventualmente años después, en 1813 se declara abolido este tributo para dicho cabildo (9), aunque en 1840 se señala que lo correspondiente al cabildo de caballeros, tras su extinción, abría sido asignado a la dotación del corregidor (López, 1840: 346).

En diversas sesiones de las Cortes de Cádiz se discutieron asuntos atañentes al Señorío de Molina, uno de ellos la vigencia del pan de pecho, tras al menos seis siglos de tributación por parte del campesinado.

El monasterio de Buenafuente se sabe que seguía cobrando el pan de pecho en 1813, de hecho  Alustante seguía pagando 900 reales a este cenobio, lo que suponía aproximadamente unas 33 medias fanegas de grano en aquel momento. Pese a que el privilegio de las monjas de recibir 160 fanegas anuales de trigo y cebada es de nuevo confirmado por privilegio de Fernando VII en 1815, se observa de hecho en años posteriores el paulatino impago por parte de los pueblos de forma individual, es decir, ya no como parte del Común de la Tierra. Pese a ello, legalmente no se suprime el pago a Buenafuente hasta 1837 (Villar, 1994: 371-372).

Por último, en lo referente a la casa condal de Priego, parece ser que en este caso se observa una serie de derogaciones y reinstauraciones en función de los sucesivos cambios de régimen: las reformas constitucionales de 1812, la reacción absolutista de Fernando VII en 1814, la vuelta al constitucionalismo en el trienio liberal (1820-1823), y el nuevo regreso al absolutismo en la llamada Década Ominosa (1823-1833). Así pues, se encuentra una sucesión de derogaciones de este tributo al condado de Priego en 1814 y 1823; sin embargo, todavía en 1833 se da un contencioso entre el duque de Cazano, conde de Priego y príncipe de Montefalconi, grande de España, y a la sazón vecino de Nápoles, y el Común de la Tierra de Molina. En el proceso se descubre que el Común habría estado pagando al menos hasta 1830, siendo de nuevo Alustante el pueblo más cargado en este tributo, al menos en cuanto a lo pagado a Priego: 65 medias y seis cuartillos de trigo y otro tanto de cebada (10).

Fte.: Elaboración propia a partir de López, 1840: 346.

Todavía D. José López Juana, en su Biblioteca de la Hacienda de España (1840), señala que “en el Señorío de Molina se ha pagado y se paga aún en el día una contribución o tributo con el nombre de pan de pecho” (López, 1840: 346). Es posible que ya entonces este tributo estuviera a punto de extinguirse definitivamente, si es que no lo había hecho ya cuando fue publicada esta obra, pero muestra cómo todavía en pleno siglo XIX los labradores de los pueblos del Señorío no habrían olvidado este impuesto feudal que, hasta entonces –o poco antes-, había determinado su extracción social: aunque alguno de ellos hubiese prosperado económicamente sería casi imposible salir (aunque se dieron casos) de su condición de labrador.

La diferencia entre ser pechero o no pechero; que residía fundamentalmente en el nacimiento, en la sangre y, a veces, en la vecindad. Pagar el pan de pecho o no pagarlo había sido tanto como pertenecer a una raza u otra, y en hechos como este se basaron las luchas sociales de los siglos XIX y XX. Conocer la historia permite valorar los logros de aquellos que nos precedieron. Sin embargo, la mala noticia es que la historia no posee necesariamente un discurso lineal: nada se puede dar por sentado; las conquistas sociales de ayer nunca deben descuidarse, pues parece estar en la condición humana esgrimir tales o cuales excusas para justificar pretendidos poderíos de unos sobre otros, y siempre hay resquicios en el tiempo para imponer desigualdades y privilegios que se creían olvidados.

Notas:

(1) Archivo General de Simancas (AGS), Catastro de Ensenada (CE), Respuestas generales (RG), Lib. 99, fol. 30v.

(2) AGS, CE, RG, Lib. 98, fol. 320v

(3)  AGS, CE, RG, Lib. 98, fol. 748r

(4) AGS, CE, RG, Lib. 90, fol. 136v-137r

(5) AGS, CE, RG, Lib. 103, fol. 89r

(6) AGS, CE, RG, Lib. 99, fol. 47r. El coeficiente propuesto por el INE para la provincia de Cuenca, a la que pertenecía el Señorío de Molina, es de 3,869276 habitantes por vecino (Censo, 1993: II, 86).

(7) AGS, CE, RG, Lib. 100, fol. 303r.

(8) Diario de las Cortes Generales y Extraordinarias (26/06/1811) nº 267, p. 1335.

(9) Archivo de la Comunidad del Real Señorío de Molina (ACRSM), sign. 31.43.

(10) Archivo de la Chancillería de Valladolid (ACHV), Registro de ejecutorías, caja 3929, 124

Bibliografía:

ABÁNADES LÓPEZ, Claro. El Señorío de Molina. Volumen II. Sevilla: 2009.

Censo de Población de la Corona de Castilla “Marqués de la Ensenada” 1752. Voluen II. Madrid: Instituto Nacional de Estadística, 1993.

Diario de las Cortes Generales y Extraordinarias (26/06/1811) nº 267

LÓPEZ JUANA PINILLA, José. Biblioteca de Hacienda de España. Tomo I. Madrid: E. Aguado, 1840.

VILLAR ROMERO, María Teresa y VILLAR ROMERO, María del Carmen. Buenafuente, un monasterio del Císter (siglos XV-XIX). Silos: Abadía de Santo Domingo, 1994.

El pan de pecho (I)

Hablábamos hace unas semanas del modo de producción feudal y cómo este llegó a los lugares más recónditos, como Alustante. En las épocas en las que predominó este régimen, el final del verano era, para los hombres y mujeres del pasado en las aldeas de Molina, un tiempo complicado, dado que tras la cosecha tocaba pagar un impuesto, uno más de los que se entregaban a las clases dominantes en estas fechas sobre el producto de las cosecha: era el llamado pan de pecho, martiniega o cuenta del agosto.

Molina. Antigua Cámara del Pan o Pósito Real (posterior Delegación Subalterna de Hacienda), donde se depositaban los tributos públicos del Señorío, dinerarios y en especie.

Pan de pecho, porque era pagado (pechado) en cereal (pan). Cuenta del agosto, porque era la cuenta pendiente del campesinado con el señor en esta época del año, quizá también en su acepción de ‘verano’ (1). Téngase en cuenta que el agosto  no se refería siempre al mes de dicho nombre, sino que se prolongaba a lo largo de toda la cosecha que, en algunos lugares, dependiendo de la altitud, duraba hasta septiembre, como era el caso de Alustante, donde se podían encontrar cultivos por encima de los 1.600 metros. Desde luego, estos cultivos no se quedaban exentos de impuestos. De hecho, más adelante en el tiempo, también aparece documentado este impuesto con el nombre de martiniega, alusivo a su cobro, ya no en agosto, sino en San Martín (11 de noviembre), momento en el que se suponía que estaba recogida la totalidad de los frutos, aunque no se cobrase necesariamente ese día (2).

La historia de este tributo es larga, ya que comienza en el siglo XIII y termina a principios del siglo XIX, y su importancia para Alustante y el resto de los pueblos del territorio histórico del Señorío de Molina es que fue un tributo pagadero por ellos, por los habitantes de las aldeas, los labradores, los campesinos, los pecheros, dado que tanto los hidalgos de las aldeas como los habitantes de la villa de Molina estaban exentos de este impuesto.

Se atribuye su imposición a la condesa doña Blanca (c. 1243-1293), no obstante, su padre, el conde Alfonso de Molina (+1272), ya se documenta cobrando la cuenta del agosto en 1262 (3). Desconocemos a cuánto ascendía en ese  tiempo el tributo, pero queda claro que se trataba ya de un impuesto agrario sobre la cosecha del campesinado molinés.

En las adiciones al fuero que hace la condesa se señala ya en qué consistía este tributo anual:

El señor de Molina aya por fuero cada anno en la quenta del agosto mill maravedís et cient cafices de trigo et cient cafizes de ceuada, et el juez coia este pan con el a(l)mud de fierro et delo al señor con el almud derecho del conceio (4).

Puede decirse que la creación del Común de las aldeas de Molina tuvo mucho que ver con la imposición del pan de pecho, dado que parece surgir de algún modo como sociedad de damnificados. El hecho de que en tiempos del conde Alfonso de Molina ya se hable de la Comunidad de aldeas de Molina podría estar indicando que el pan de pecho ya estaba instituido durante su señorío (5).

Parte del pan de pecho habría sido enajenado (=extraído del  patrimonio condal) a mediados del siglo XIII a favor del monasterio de Buenafuente.  Según un testimonio posterior, se sabe que esta concesión se debería a que doña Mafalda, mujer del conde Alfonso, estaba enterrada allí (Villar, 1987: 129).

Castillo de Castilnuevo, una de las posesiones de los condes de Priego, receptores parciales del pan de pecho.

Otra de las enajenaciones que se hizo del tributo llegó en 1293, poco antes de la muerte de doña Blanca, en este caso beneficiando al cabildo de caballeros de Molina. Se trató de una ella se concede a los miembros del cabildo de caballeros de Molina décima parte del impuesto, del mismo modo que se hacía en la Tierra de Cuenca (6).

Tras la muerte de la última condesa independiente, el pan de pecho –lo que quedaba de él- se mantiene en el poder de los reyes de Castilla. La sucesora del Señorío, María de Molina, vuelve a hacer una nueva partición del tributo; este resto va a parar al monasterio de Buenafuente, consistente en 25 cargas de trigo y 25 de centeno anuales sacados  de “las mis rentas e los míos derechos de Molina”  (Villar, 1987: 129). Acaso estas últimas cargas de centeno, fueran en realidad de cebada. A veces las élites no sabían ni lo que cobraban.

La última porción del tributo que se enajenó se hizo en 1376 por parte de Enrique II como señor de Molina a favor de Pedro González de Mendoza, ascendiente de los condes de Priego, y consistía en 50 cahíces de pan toledano de trigo y cebada, que en el siglo XVI eran 894 fanegas de estas especies (7). Es así como este impuesto sale completamente del ámbito jurisdiccional de los señores de Molina, aunque en todo caso hay que recordar que para los campesinos la situación no cambió en absoluto, pues tuvieron que seguir pagando esos 100 cahíces de trigo y 100 de cebada, además de los 1.000 maravedís, independientemente de cuál fuera la medida del pan y el valor del dinero (que fue cambiando con el tiempo) y de quién fuera su receptor (8).

Almud o media fanega herrada con el sello del concejo de Molina, la rueda de molino. Fotografía gentileza Agustín Ruiz.

Este tributo, como la mayoría de los que se cobraban durante la Edad Media y el Antiguo Régimen, se recaudaba por el sistema de encabezamiento, es decir,  sobre las poblaciones. Así, en virtud del vecindario, y acaso de otros factores como la extensión de las áreas de labor e incluso de la productividad de las mismas, el impuesto era repartido para cada aldea por parte del Común de la Tierra, y los encargados de cobrarlo eran sus cuatro diputados, uno por cada sesma del Señorío: Campo, Sierra, Sabinar y Pedregal. Alustante se encontraba localizado en la sesma de la Sierra, al sur del Señorío.

Lo que suponía económicamente para los vecinos de los pueblos este tributo, especialmente en la Edad Media, se refleja en algunas situaciones de despoblación que se dieron en el Señorío. Así, en 1398 se señala que el territorio se encontraba muy mermado de vecindario“porque están en la frontera de Aragón e por la gran caueza de pecho que tienen los de las aldeas del término de Molina(9).

Ciertamente, con el tiempo, este tributo fue devaluándose y haciéndose más llevadero por parte de los aldeanos de Molina, pero no cabe duda de que al sumarse a otros impuestos directos sobre las cosechas (diezmos, y primicias eclesiásticos) o derivados de las mismas al fin y al cabo (alcabalas, cientos, millones, ,etc.),  los vecinos de los pueblos se veían sometidos a una presión fiscal que, en determinados años de medianas y malas cosechas, debían conllevar situaciones nada fáciles en no pocas casas de esta tierra.

(Continuará…)

Notas:

(1)          El agosto puede entenderse como el periodo actual de verano, aunque ocupaba un tiempo poco preciso. Del mismo modo que agostadero era el área de pastos aprovechada desde mayo-junio hasta octubre-noviembre, el agosto podría considerarse el periodo del año durante el cual se prolongaba el pasto de dichas hierbas y se llevaban a cabo otras labores agrarias propias del estío.

(2) En ocasiones se habla incluso, en otros casos, de «la martiniega de San Miguel» (Archivo Histórico de la Nobleza, Priego, CP. 373,D.4).

(3)          Biblioteca Nacional de España (BNE). Ms. 1557. Sánchez Portocarrero, Diego. Historia de los señores de Molina. Tomo II. 114v-115r.

(4)          Archivo Municipal de Molina de Aragón (AMMA). Fuero de Molina, 24r.

(5)          Archivo de la Corona de Aragón, Reg. 15, 33v.

(6)          AMMA. Fuero de Molina, 25v.

(7)         Archivo Histórico de la Nobleza, Priego, C 8, D 4,

(8)          En el año 1500, se señala que el pan de pecho ascendía a 1.449 fanegas de pan “de la medida vieja” y a 61.000 maravedís “en dinero, poco más o menos” (Archivo General de Simancas (RGS),LEG,1500-03,167)

Bibliografía:

DIAGO HERNANDO, Máximo. «Relaciones de poder y conflictos en Molina y su Tierra durante el reinado de los Reyes Católicos» en Wad-Al-Hayara. nº 20 (1993), pp. 127-164.

ESTEPA DÍEZ, Carlos. “Frontera, nobleza y señoríos en Castilla: el Señorío de Molina (siglos XII-XIII)”  en Studia Historica (Hª Med.), nº 24 (2006), pp. 15-86.

VILLAR ROMERO, Mª del Carmen. Defensa y repoblación de la línea del Tajo en un lugar determinado de la provincia de Guadalajara: Monasterio de Santa María de Buenafuente. Zaragoza: Caja de Ahorros de Zaragoza, Aragón y Rioja, 1987.

El cultivo de las tierras del concejo

El feudalismo suele ser concebido popularmente como un sistema jurídico piramidal en el que solo participan nobles, eclesiásticos y siervos. Unos arriba, los otros abajo. Por otro lado, a muchos nos queda la idea de que este régimen  se reduce a los siglos de la Edad Media. Incluso en España se extendió la idea durante algún tiempo de que el feudalismo era cosa de los países del centro y norte de Europa, hasta el punto de que hay quien afirmó que la Península Ibérica fue una especie de “islote de hombres libres en el mar feudal” (Sánchez Albornoz) (1).

La Cosecha. Pieter Bruegel el Viejo (1565). www.metmuseum.org

Sin embargo, el feudalismo fue modo de producción global, que en realidad afectó a todos los aspectos de la vida de los hombres desde la plena  Edad Media hasta el siglo XIX y, en mayor o menor medida condicionó la vida de todos los estratos, instituciones, colectivos y todas formas de relación entre personas. Me gusta imaginar el feudalismo comparado a un líquido tan sumamente fluido que habría alcanzado hasta los recodos más recónditos de la sociedad. ¿Acaso no ocurre lo mismo con el capitalismo hoy en día?

Aunque la sociedad aldeana del Señorío de Molina podría parecer completamente ajena a las formas ‘clásicas’ del feudalismo, también estuvo inmersa en este sistema, ya no solo por las cargas tributarias y obligaciones jurídicas que soportó el campesinado, sino también por su propia organización interna. Así, en un contexto feudal, no es extraño que sus reglas de convivencia evidenciaran también formas (y fondo) feudales. Esto no solo durante la (no tan) oscura Edad Media, sino hasta el siglo XIX, a veces bien entrado este;  e incluso hasta el XX, bajo la forma de usos y costumbres inmemoriales, reminiscencias del modo de producción feudal.

En esta ocasión nos referimos a la forma de trabajo que existía sobre los bienes raíces del concejo y de otras instituciones locales. El concejo de Alustante tuvo como únicas fuentes de ingresos un arbitrio llamado de las Siete Semanas, consistente en el alquiler de los pastos del término durante finales de junio y mediados de agosto (2) y la venta del producto de los huertos y hazas o tierras de secano del  común y concejo del pueblo.

 Estas tierras, que seguramente estuvieron en manos de esta institución local desde la Edad Media, se hallan inventariadas por primera vez en la documentación conservada en el Archivo Municipal de Alustante en 1699. En ese año, por orden del corregidor de Molina, se hace relación de todos los bienes que el concejo tiene, y en ella se enumeran  16 hazas (tierras de pan llevar) y 3 huertos, que sumaban  134 medias fanegas y 2 celemines (3); aproximadamente unas 22,55 Has, según la equivalencia de la medida histórica de Molina con el sistema métrico actual.  En este documento concejil también se enumera un haza más que, parece ser, fue vendida en ese mismo año al vecino Bernardino Fernández, con lo que habría que añadir a la extensión de tierra propia del concejo otras 5 medias. Según el Catastro de Ensenada (1752), estas tierras reportaban al concejo 780 reales anuales (4).

Relación y localización de hazas y huertos del concejo de Alustante en 1699

El producto dinerario y en especie de estas tierras servía para pagar una serie de gastos y sueldos de personal, tales como el mantenimiento del encañado de la fuente, el mantenimiento de las puentes, el pago censos o préstamos hipotecarios, y el sueldo de los regidores, contadores, fiel de fechos (escribano) y los dos guardas del concejo:  el de dehesas, vedados y siembras y el de montes y reses. La misma producción estaba gravada con el diezmo eclesiástico (que recibía el obispo), el diezmo de hierbas (que recibía el cura del pueblo) y el valimiento de hierbas (que se pagaba a la monarquía y que suponía de 1/10 a  1/3 de la hierba producida). También se pagaba al cura del pueblo un derecho por la celebración de las letanías mayor (25 de abril) y menores (los tres días anteriores a la Ascensión).

Hoy, el sistema más lógico de producción para esas tierras sería el arriendo de las mismas. Sin embargo, estamos hablando de un larguísimo periodo histórico en el que la forma de ver las cosas, incluida la economía, era de otro modo. Así, aunque se trata sin duda de un testimonio tardío, en el Catastro de Ensenada se señalaque  el concejo tiene “por propio diferentes heredades de pan llebar, las que venefician los vecinos a zofra(5). Como es sabido, las zofras eran prestaciones personales, en principio obligatorias, que satisfacían los vecinos de los pueblos a sus concejos. En este mismo documento se habla de que este procedimiento también se empleaba en obras, sin especificar cuáles, aunque han llegado hasta el siglo XX las prestaciones de este tipo para el arreglo de caminos y puentes, limpieza de arroyos, limpieza de calles, etc.

Siega en un ‘manor’ inglés (siglo XIV)

Volviendo al tema de los campos de labor, en el Catastro se especifica que existía un gasto de “ciento y veinte reales que también anualmente gastan en refrescos que dan a los vezinos que concurren [… al] cultivo de las heredades del concejo(6). La gratificación: un refresco cuya receta, sospechamos, no andaría lejana a la de la cuerva, vino especiado con fruta, que ha quedado en la memoria colectiva para denominar  a la bebida que se daba a los costaleros de los pasos el Viernes Santo como pago a su esfuerzo.

Estas prácticas, que sin duda estuvieron vigentes desde los mismos albores de la repoblación del territorio, allá por los siglos XII y XIII (7), sabemos que fueron desapareciendo entre la segunda mitad del siglo XVIII y principios del XIX. En ese momento se produce un cambio estructural que comienza a concebir la economía de otro modo, incluso la hacienda del concejo, ya para entonces ayuntamiento. Del cultivo, siega y todas las demás labores que conllevaba la producción de las tierras concejiles por parte de los vecinos, de clara inspiración feudal, se habría pasado a un arrendamiento, modelo más moderno… y capitalista.

Así, en 1762, tan solo diez años después de la encuesta catastral, se reseñan ya en las cuentas comunitarias “zinquenta y seis reales, importe de siete medias de trigo en que fueron rematadas las hazas del conzexo por Fabián Martínez, becino de este pueblo, por precio de ocho reales en cada una media(8). Cabe interpretar que las tierras, o parte de ellas, ya se estaban arrendando. Ocurrió lo mismo con las tierras del Santo Cristo de las Lluvias, las cuales habían sido cultivadas a través de un sistema similar por los cofrades, si bien en 1772 ya se encuentra el arriendo de algunas de las tierras que componían el peujar o conjunto de bienes raíces de la cofradía, hasta que en 1802 se arrienda la última tierra que quedaba sin hacerlo (9).

Aspecto de las eras de la Loma o de la Soledad a mediados del siglo XX.
Fte.: VV.AA. Alustante antes de ayer. Valencia: A.C.Hontanar (2000), p. 206

Es así como termina el cultivo de hazas colectivas en Alustante. Al visitar alguna de sus hipotéticas localizaciones, no es difícil imaginar allí a los vecinos y vecinas del lugar llevando a sus animales de arada para labrar las tierras del pueblo, sembrándolas restando unos días de su propio trabajo, segándolas en estos días de verano  y, después de acarrear las mieses y llevarlas a la era realizando allí todas las labores de la trilla, almacenar el grano en el pósito del pueblo para, un año más, hacer frente a los gastos del común y concejo, de algún modo, señor feudal de los propios vecinos.

Notas:

(1) Sanchez Albornoz se refiere en esta cita a Castilla, aunque por extensión, según él y otros de los seguidores de sus tesis, los distintos reinos y señoríos peninsulares (excepto Cataluña) habrían disfrutado de esta supuesta salvedad del feudalismo europeo.

(2) No tardaremos en tratar sobre este interesante periodo anual que engrosó durante unos seis siglos las rentas de los pequeños concejos de los pueblos del Señorío de Molina.

(3) Archivo Municipal de Alustante, 1.1., 13r-16r.

(4) Archivo General de Simancas. Catastro de Ensenada. Leg. 99, 49v

(5) Archivo General de Simancas. Catastro de Ensenada. Leg. 49v.

(6) Archivo General de Simancas. Catastro de Ensenada. Leg. 99, 52r-53v

(7) La zofra o azofra, ya aparece, por ejemplo, en el fuero de Alquézar en (1069) (Líbano, 1979: 76). Procede de la palabra hispano-árabe súfra, que, entre otros, poseía el significado de ‘trabajo obligatorio o impuesto’.

(8) Archivo Municipal de Alustante. Contabilidad (1764-1798), 46r.

(9) Archivo Parroquial de Alustante. Cofradía del Santo Cristo. 20.6., 178v-179v y 217v.

Bibliografía:

Aguadé Nieto, Santiago y Joseph Pérez (Coords.) Les origines de la féudalité. Homage à Claudio Sánchez Albornoz. Madrid: Colección Casa Velázquez, nº 69, 2000

Líbano Zumalacárregui, Ángeles. “Consideraciones lingüísticas sobre algunos tributos

medievales navarro-aragoneses y riojanos” en Príncipe de Viana, nos. 154-155 (1979), pp. 65-80.

Oliva Herrer, Hipólito Rafael  et al. (Coord.). La comunidad medieval como esfera pública. Sevilla: Secretariado de Publicaciones, Universidad de Sevilla, 2014.

Peña Boscos, Esther. La atribución social del espacio en la Castilla altomedieval: una nueva aproximación al feudalismo peninsular. Santander: Universidad de Cantabria, Asamblea Regional de Cantabria, 1995.

Sarasa Sánchez, Esteban; Serrano Martín, Eliseo (Coords.) Estudios sobre señorío y Feudalismo: homenaje a Julio Valdeón. Zaragoza: Institución Fernando el Católico, 2010.

Un camino de Santiago por Alustante

Hace unos años llegaron a Alustante dos ciclistas procedentes de algún punto del antiguo Reino de Valencia buscando el Ayuntamiento. Iban con sus equipajes en los portamaletas y el color tostado de sus caras delataba un largo camino ya recorrido. Podrían haber pasado por unos de los muchos veraneantes que recorren la Sierra cada año. Sin embargo, un no sé qué decía que esos ciclistas no eran unos turistas al uso.

ꟷBuenas tardes ¿El bibliotecario? –preguntó uno de ellos, el más viejo, todavía subido a la bici.

ꟷSí, soy yo, ¿en qué les puedo ayudar?

ꟷNos han dicho que nos podría poner usted el sello del Ayuntamiento aquí –dijo. Y enseñando un librito manoseado, con varios sellos de pueblos más o menos vecinos, más o menos lejanos, añadió–:  Estamos haciendo el camino de Santiago; es una Compostelana.

Cruz de Santiago en una de las claves de la iglesia. Los colores, quizá, no se corresponden con los originales, dado que se trata de un repinte de 1986-87

El ojiplático bibliotecario se quedó mudo y, sin rechistar, les hizo un gesto con la mano indicando que le siguieran. Fue, desde luego, uno de los acontecimientos más interesantes de aquel verano.

Lo cierto es que desde hace bastantes años venimos defendiendo el discurso de un camino de cierta importancia en el pasado por este pueblo que uniría Valencia con Burgos (Sanz, 2019) y que, acaso, pudo servir también de camino de peregrinos a Santiago de Compostela. Ciertamente, esto puede sonar extraño hoy, pero poco a poco se van recopilando datos que confirman que, aunque no se tratara de una ruta masivamente frecuentada, sí que tenía la suficiente entidad como para que haya quedado algún vestigio de su existencia.

Uno de los principios de la caminería histórica es que el viandante del pasado no tenía tan desarrollado el sentido del turismo como el actual. A veces ni mucho ni poco: o sea, nada. Los senderos excursionistas que se vienen pintando en los mapas últimamente so pretexto de tal o cual ruta histórica adolecen de este dato.  La gente se desplazaba poco por norma general  y, cuando lo hacía, trataba de recorrer los caminos más cortos en función de su(s) destino(s). Los rodeos innecesarios eran una pérdida de tiempo y dinero, los pasos por ciertos puertos, evitados, y las entradas en montes cerrados una temeridad. Así pues, las rutas del pasado solían tender a la línea recta, salvando cerros, ríos (buscando vados y puentes) y bosques.

Pongamos que trazamos una línea recta desde la puerta de Serranos de Valencia al arco de Santa María de Burgos. Hoy con herramientas tan alcance de todos como Google Earth podemos hacerlo. Allí aparecerán algunos de los puntos por los que pasaría esta ruta: Valencia, Lliria, Villel, Albarracín, Bronchales, Alustante, Molina, Maranchón, Medinaceli, Burgo de Osma, Salas, Lara y Burgos. En otra ocasión hablaremos de las cualidades económicas que tuvo esta ruta, sin embargo, esta vez trataremos sobre los datos sobre el posible paso de peregrinos por Alustante.

Línea teórica por cuyas proximidades pasaría el camino más recto entre Valencia y Burgos.
Base cartográfica Google Earth.

Los hermanos Ubieto, Antonio y Agustín, historiadores de la Universidad de Zaragoza, se dedicaron al estudio de los caminos de Santiago en Aragón. Antonio Ubieto ya señaló algunas características comunes de los lugares por los que había pasado una ruta de este tipo (1). No es necesario decir que, aunque la ruta jacobea más famosa hoy es el llamado Camino Francés, que recorre el norte de la Península, caminos de Santiago los hubo por toda ella.

Pues bien, según este historiador, era bastante habitual hallar referencias a varios santos protectores de los peregrinos en los lugares por donde pasó uno de estos caminos: Santiago, por supuesto, San Martín, San Cristóbal, San Salvador (Ubieto, 1993). Por su parte, Agustín Ubieto añade la Virgen del Pilar, por las connotaciones jacobeas de esta advocación mariana, aunque esta devoción se habría expandido por Aragón y el resto de España tardíamente, en los siglos XVII y XVIII (Ubieto, 2016: 161,170).

Aparte del paso por Alustante de ese camino, de claras funciones comerciales, entre Valencia y Burgos, existen varias razones para pensar que también fue utilizado por los peregrinos provenientes de Valencia, o desembarcados en su puerto para llegar a Santiago. Así, siguiendo las hipótesis de los Ubieto, hallamos en primer lugar hasta tres referencias a Santiago Apostol en la iglesia de Alustante: por un lado, una cruz de Santiago en una de las claves de la bóveda localizada a los pies del templo parroquial, de principios del siglo XVI; una imagen de Santiago peregrino en el retablo mayor, de principios del XVII; una tercera referencia es la representación en el ángulo superior izquierdo de dicho retablo, más tardía, de finales de ese siglo.

Santiago peregrino en una de las calles del retablo mayor de la iglesia tras su restauración en 2000.

San Cristóbal (siglo XVIII) es otra advocación que cuenta con imagen en la iglesia de Alustante, concretamente en el ático del retablo de la Virgen de la Natividad, patrona del lugar.  En  cuanto a la Virgen del Pilar, en 1718 el mercader de lanas Pedro de Lahoz Malo construye a la vera del camino procedente de Albarracín una ermita, a modo de oratorio privado, dedicada a esta advocación mariana.

Sin embargo, la prueba definitiva del paso de peregrinos por Alustante es la existencia durante siglos del hospital de San Martín. Estaba localizado a los pies de la torre de la iglesia y tenemos referencias documentales a él desde mediados del siglo XVI (2), aunque su existencia pudo ser muy anterior. Según el libro de cuentas de este hospital, a medias concejil, a medias parroquial, servía “para el albergue y refugio de los pobres, peregrinos y pasageros(3). Este uso también se encuentra en el Catastro de Ensenada, el cual señala que en 1752 constaba de dos camas (4), desde luego, un muy humilde alojamiento.

Portada del antiguo hospital de San Martín de Tours de Alustante, hoy desaparecido.
Fotografía: María Jesús Mansilla (c. 1973)

No se puede saber quiénes eran las personas que se albergaban en él pues no se ha conservado registro alguno de huéspedes, si es que lo hubo alguna vez. Sin embargo, de vez en cuando, debido a su fallecimiento, queda constancia del paso por Alustante de personas de lejana procedencia, acogidas en el hospital de San Martín. Así, en 1780, murió en el hospital de Alustante Pablo Noselletas “natural de Ofco (¿Oscou?) en el obispado de Santa María de Loron (sic), de el Reyno de Francia(5). En 1803 se registró la defunción de Beltran Strada “natural de Astan en Champania, provincia de Francia, marido de Teresa Bagnerin, natural de Insprug (sic) en el Tirol, en Alemania(6).

Peregrinos como estos, o como los ciclistas llegados al pueblo hace unos años, no debieron de ser infrecuentes en Alustante, un alto en un camino que desde Valencia remontaba el Sistema Ibérico y descendía, por los páramos de Molina y Medinaceli, en dirección a las llanuras del norte de Castilla. Que muchas de las pequeñas historias de estas personas no se contaran, no quiere decir que no existieran. Que Alustante no haya contado como lugar de paso para los operarios que hoy diseñan senderos “históricos”, no quiere decir que por él no anduvieran aquellas personas.

Notas:

(1) Antonio Ubieto muere en 1990, de modo que el trabajo publicado en 1993 bajo el título Los caminos de Santiago en Aragón, fue una obra inconclusa que tuvo que ser terminada por las profesoras Cabanes y Falcón, de la Universidad de Zaragoza.

(2) Archivo Parroquial de Alustante. Fábrica, 12.1, 103v.

(3) Archivo Parroquial de Alustante. Hospital, 23.1, 80v.

(4) Archivo General de Simancas. Catastro de Ensenada. Leg. 99, 61r-63r

(5)  Archivo Parroquial de Alustante. Difuntos, libro II, fol. 183r.

(6) Archivo Parroquial de Alustante. Difuntos, libro III, fols. 29r-29v.

Bibliografía:

Sanz Martínez, Diego. «El camino de Albarracín a Molina» en Rehalda, Homenaje a Juan Manuel Berges Sánchez, nº 30 (2019), pp. 141-147.

Ubieto Arteta, Agustín. Caminos peregrinos en Aragón. Zaragoza: Institución Fernando el Católico, 2016.

Ubieto Arteta, Antonio; Cabanes Pecourt, María de los Desamparados;  Falcón Pérez María Isabel. Los caminos de Santiago en Aragón. Zaragoza: Departamento de Cultura y Educación, D.L. 1993.

Y otro día amaneció raso

En un año seco como este, viene a la memoria la enorme desgracia que era para los habitantes de estas tierras la falta de lluvias. En esta ocasión parece fuera de duda que esta sequía se debe a un cambio climático ocasionado directamente por el ser humano. Sin embargo, las fluctuaciones climáticas se han dado a lo largo de la historia conocida con consecuencias devastadoras en ocasiones.

Se trata de un hecho cada vez mejor conocido que el clima europeo sufrió un enfriamiento entre los siglos XIV y XIX, con periodos de hielos y grandes nevadas, pero también con repetidos episodios de grandes sequías (Fagan, 2014: 90-91). Así, se encuentran documentadas grandes nevadas en Alustante, como la de 1765, que conllevó la corta y esquilmo del Carrascal, o sequías recurrentes, como la que tiene lugar a principios del siglo XVII, de la que trata esta entrada y cuya finalización (o alivio transitorio) se documenta como un prodigio atribuido al Cristo de Alustante, a partir de entonces conocido como Santo Cristo de las Lluvias.

El río Gallo

El hecho se encuentra narrado en un librito manuscrito conservado en el archivo parroquial titulado Las cosas marauillosas que Dios Nuestro Señor ha sido servido de obrar en los deuotos del Santo Cruzifixo de Allustante, y tiene lugar el 17 de junio de 1614 Es cuando al Santo Cristo de Alustante comienza a atribuírsele la propiedad de hacer llover en momentos de sequía.

Parece ser que este año fue especialmente seco en toda la Península Ibérica, y así se encuentra el rastro de esta sequía en noticias documentales recogidas en puntos como Valladolid, donde se hicieron rogativas (Herrero, 2012: 223), el Reino de Murcia (Lisón, 2014: 150) e incluso se tiene noticias en Canarias, en cuya isla de El Hierro también se documentan rogativas por el mismo motivo.

Más cercano es el caso de Hita y su Tierra (Carrasco, 2003), donde en dicho año se celebran rogativas en torno a la devoción de la Virgen de Sopetrán, y tiene lugar un conflicto entre los clérigos de la villa y los frailes del monasterio de Sopetrán, ocasionado indirectamente por la climatología. En la Tierra de Molina 1614 también fue un año de “grande esterilidad” en el que se incrementaron las manifestaciones piadosas, como novenas y procesiones de disciplinantes por las ermitas del Señorío, promovidas por diversas órdenes religiosas. Una de ellas, la de los trinitarios, realizaba

«sus procesiones muy de mañana con extraordinarias muestras de penitencia, que el superior iba delante con la cruz cargado de hierro, todos descalzos cargados de cruces y cadenas, con ceniza sobre las cabezas, dándose con cantos en los pechos, con mordazas en las lenguas o huesos de muertos en las bocas.«

Francisco Nuñez. Archivo de las cosas notables de esta Leal villa de Molina (finales del siglo XVI-principios del siglo XVII).
El Cristo de las Lluvias.

En este contexto, se explica el clima de histeria colectiva que describe también el cura de Alustante, Felipe Tercero y León, a la llegada de los vecinos de Piqueras ante la imagen del Santo Cristo:

Año de mill y seiscientos y catorze, a diez y siete de junio en martes. Abiendo seca jeneral  por España, que todo perecía, bino el pueblo de Piqueras a este Sto. Xpo. con gran luminaria y reberencia a pedir agua a Dios y, abiendo de deçirse la misa, yo corrí el primer belo para que biesen a el Cristo; fue tan grande el alborote y aullicio que se lebantó de llorar y pedir a Dios, como por fuerça que nos socorriese, que al salir de misa se bio encima los Quemados en raso una nubeçica como belloçino metida en una tarbiera (?), y se dibidió en dos y con el aire fue llebada la una por cima de el Pinillo, y llobió en lo de Piqueras a la vna ora, y a la noche nos hiço Dios merced por aca, y otro dia amanecio raso.

Phelipe Terçero y Leon.

Es muy posible que desde entonces fueran comunes las visitas de los pueblos cercanos en rogativa hasta el Santo Cristo. De hecho en 1652 se documenta en este mismo libro una procesión en el contexto de una novena “por la necesidad en que nos allabamos de falta de agua” a la cual asisten las cruces de Orea, Alcoroches, Piqueras, Adobes, Tordesilos y Motos y en la que se señala que acudieron dos mil personas. También se da noticia de que, aunque ese día se convocó a Orihuela, no acudió porque subió a la ermita del Tremedal.

Ermita de San Sebastián. En primer plano muro de contención del antiguo camino de Molina.

A partir de entonces, y posiblemente durante siglos, las llamadas Siete Cruces se reunirían en Alustante en rogativas ante la falta de lluvia y, se cuenta, que hasta principios del siglo XX Piqueras solía acudir anualmente hasta la ermita de San Sebastián de Alustante, conmemorando aquel prodigio meteorológico que, acaecido a principios del siglo XVII, quedó grabado en la memoria colectiva de ambos pueblos.

Bibliografía:

Carrasco Vázquez, Jesús Antonio. “Un conflicto de intereses entre el clero de Hita y los monjes de Sopetrán en 1614” en Wad-al-Hayara: Revista de estudios de Guadalajara, nº. 30 (2003) pp. 101-110

Fagan, Brian. La pequeña Edad de Hielo. Cómo el clima afectó a la historia de Europa (1300-1850). Barcelona: Gedisa, 2014.

Herrero Salas, Fernando. Libros de cuentas del monasterio cisterciense de Palazuelos (1568-1832). Valencia: 2012.

Lisón Hernández, Luis. “Secuelas de la expulsión de los moriscos murcianos” en Murgetana, nº 131, año LXV (2014), pp. 139-153.

Núñez, Francisco. Archivo de las cosas notables de esta Leal villa de Molina. Archivo del Cabildo Eclesiástico de Molina de Aragón.

VV.AA. Las cosas marauillosas que Dios Nuestro Señor ha sido servido de obrar en los deuotos del Santo Cruzifixo de Allustante. Archivo Parroquial de Alustante. Ms. 20.2

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