La Villomera

En estos días de mayo suele reproducirse uno de esos espectáculos que la naturaleza nos ofrece gratuitamente. El florecimiento de los guillomos que adornan el halda de los Quemados, que es la cadena de cerros que delimita el término del pueblo por el mediodía.

Los guillomos (Amelanchier ovalis) aquí se llaman villomas /billomas/, aunque, en tiempos, también adquirían el nombre de millomos o millomas. Con este arbusto, con sus ramas, se hacían escobas con las que se barrían portales, eras y calles. No era difícil verlas utilizar por los padres de familia en vísperas de fiestas, especialmente en aquellas vías públicas por las que debía pasar la procesión. De ahí que también se llamaran así: escobas.

Villoma, guillomo, milloma, etc. (Amelanchier ovalis)

Suelen florecer en torno al 10 de mayo, aunque este año llevan como una semana y media de adelanto. Algo así ha pasado con los vencejos, que aquí llamamos aviones, que llegaron para San Marcos, cuando, habitualmente, suelen venir para la Cruz de Mayo. Todo parece trastocado.

Precisamente este arbusto da nombre a uno de los parajes del pueblo, la Villomera. En 1502, en un apeo de los bienes de la iglesia, aparece documentado como la Cuesta del Millomar, topónimo que se repite en diversos documentos (inventarios de bienes particulares -especialmente testamentos- y corporativos) de los siglos XVII y XVIII. En el amillaramiento (padrón de propiedades y propietarios con fines fiscales) de 1863, conservado en el Archivo Provincial de Guadalajara, conviven los dos topónimos: la Villomera y el Millomar para referirse al mismo paraje.

Localización del topónimo. Base cartográfica: D.G. Catastro

En un documento catastral de 1879 acaba prevaleciendo la Villomera, y en el siglo XX consta ésta en diversos documentos, empezando por los trabajos catastrales de 1931, que dieron origen a los planos y listados de propiedades que aún se siguen utilizando; aunque, si bien aparece en el padrón de propietarios, ya no consta en los planos. Unos años después, en 1935, es mencionado en el Contrato de pastos de la Mancomunidad de Labradores de Alustante, por el que se regulaba el uso de las áreas de labor como pastos, especialmente en el periodo de aprovechamiento de rastrojeras.

Flor de la villoma

Hoy, sin embargo, es uno de los topónimos que parece estar sufriendo con más rigor el proceso de olvido al que, en general, se está viendo sometido este patrimonio inmaterial local. Afortunadamente, unos pocos días al año, este nombre añejo regresa al habla popular, a pesar de que ya casi no consta en planos ni listados, y solo se conserva en ese frágil recipiente de barro, que es la memoria.

Cirujeda, Cirujeda

El despoblado medieval de Cirujeda siempre ha sido un lugar lleno de misterios. Se dice que en él había un tesoro escondido, de cuando los moros. Un tesoro escondido, envuelto en una piel de toro, para más señas.

La verdad es que no se sabe mucho de este sitio. Un día iba en el tren, camino de Zaragoza, hojeando las fotocopias de un proceso judicial de principios del siglo XV y, de repente, di un salto en el asiento: «¡Ahí va!». La gente se volvió a ver qué pasaba. Yo, colorado, traté de disculparme. Había encontrado una mención a un tan Ferrán Martínez, vecino de Allustante, fraile de Santa María de Cirujeda.

Molino de Cirujeda

Poco más pude sacar de aquel documento, puesto que la palabra fraile podía referirse, tanto al miembro de una comunidad religiosa, como a un santero, de los muchos que hubo en tantas otras ermitas del Señorío de Molina. Sí que es cierto que Cirujeda no era solo la ermita: tenía su molino de cubo, una casa para el molinero, un pajar con su era, huertos, un colmenar, un herreñal, muchas tierras de labor y hasta se documenta una vacada propia de la ermita a principios del siglo XVI. Los restos que hay detrás de la ermita podrían corresponder a una torre defensiva. Ojalá un día no muy lejano nos puedan sacar de dudas los arqueólogos, o arqueólogas.

Sobre la posibilidad de que fuera un pequeño asentamiento medieval cristiano, no cabe duda. Cirujeda es un topónimo romance: ‘lugar de ciruelos’ . Previamente habría sido un poblado musulmán y, tal vez, retrocediendo en el tiempo, no sería ajeno a la cultura celtibérica.

Con la repoblación del Señorío de Molina en los siglos XII y XIII habría sido uno de los numerosos villares que se fundaron por doquier, de hecho en un inventario de la iglesia de Alustante datado en 1502 se señala, con respecto a las propiedades de la ermita, que las rentas estaban antes partidas entre la parroquia y la ermita «e agora está todo junto».

Esto quiere decir que, de algún modo, Cirujeda tuvo una cierta independencia con respecto a la parroquia de Alustante. La dehesa Somera o de Arriba de Alustante se denominaba, al parecer, dehesa (de) Cirujeda, con lo que es posible que dicho monte, en origen, perteneciera a este villar medieval. Hay que tener en cuenta que la dehesa Somera llegaba hasta el camino de Alcoroches y, por lo tanto, su límite norte estaba muy próximo a la ermita y al molino.

Sin embargo, en el proceso de despoblación de multitud de pequeñas aldeas que se da en el territorio molinés a partir del siglo XIV (tal vez desde fines del siglo anterior), Cirujeda pudo sufrir esta misma suerte. Muchos despoblados, especialmente los más tempranos, pasan a depender de los pueblos mayores más cercanos, lo que explicaría que, ya en 1407, Ferrán Martínez, nuestro fraile, sea considerado vecino de Alustante.

Imagen de la Virgen de Cirujeda

La imagen de la Virgen es del siglo XIII. Acaso de lo más antiguo del escaso, casi inexistente, románico molinés. Durante siglos fue objeto de culto por parte de los vecinos de Alustante, un hecho común a tantos despoblados, el cual ha sido interpretado a veces como una reminiscencia del culto que mantuvieron los antiguos pobladores y sus descendientes, a partir de su migración a pueblos cercanos, a sus antiguos santos patrones. Efectivamente, muchas romerías a ermitas ubicadas en lo que fueron antiguas aldeas parecen tener este origen.

En este caso la romería de la Virgen de Cirujeda tenía lugar el día de la letanía mayor, 25 de abril. El origen de estas letanías se encuentra en Roma, donde se acudía, y supongo se acude aún este día, a celebrar una rogativa en recuerdo de una epidemia de peste inguinaria acaecida en el año 590. Esta rogativa, que se siguió celebrando a lo largo de los siglos, terminaba en la basílica de Santa María la Mayor de Roma, de modo que, cuando se extendió la costumbre al resto de la Cristiandad, cada localidad la conducía a un lugar sagrado, preferiblemente de connotaciones marianas. Así, en Alustante la letanía mayor se hacía yendo en rogativa a Santa María de Cirujeda.

Fachada meridional de la ermita de Cirujeda

Al coincidir esta letanía con el el 25 de abril, la ermita acabó denominándose San Marcos, por ser hoy también su festividad, de modo que ya en el siglo XVIII se puede hallar esta confusión de nombres, que incluso se verá en la cartografía oficial. Sin embrago, no hay rastro documental acerca de que en dicha ermita hubiese ningún culto a este santo evangelista. Sí se sabe que durante siglos albergó un retablo (gótico posiblemente) que había estado instalado previamente en la iglesia de Alustante. También se sabe que esa ermita fue quemada durante la Guerra de Independencia y vuelta a reconstruir varias veces.

Se cuenta que aquel día de letanía, como era costumbre del país, el Ayuntamiento repartía huevos duros y vino. En un día tan hermoso como el que hoy hace, es fácil imaginar a todo el pueblo desperdigado por aquellos campos en comidas familiares y de cuadrillas de amigos. Todo aquello de las letanías mayores debió de terminar en las décadas de 1960-1970, a raíz del Gran Éxodo y de las transformaciones en la liturgia católica, quedando solo en un mero recuerdo. Aunque su techumbre fue renovada, ya nunca se ha vuelto a utilizar la ermita. Para los amantes de lo ajeno, no molestarse: está completamente vacía; las paredes, lisas y lasas.

A propósito del tesoro de Cirujeda, hay multitud de versiones de esta tradición oral, pero hoy nos quedamos con un fragmento de una de ellas que ha permanecido y que no sería bueno que se perdiera. Cuando los moros se fueron de Cirujeda, al enterrar el tesoro que no pudieron llevar con ellos -acaso a la espera de regresar a por él un día-, camino del destierro iban llorando por lo que allí dejaban, diciendo: «Cirujeda, Cirujeda, cuán rica y qué pobre te quedas».

Carrellana

Dentro del repertorio de topónimos que se ha conservado en Alustante, existe uno cuyo nombre ha ido evolucionando a lo largo del tiempo aunque ha conservado con suficiente claridad su significado. Nos referimos en esta ocasión a Carrellana, un paraje localizado a escasos 700 metros al noreste del casco urbano del pueblo, en el área del antiguo camino de Tordesilos  (desaparecido) y la actual CM-2112.

Localización de Carrellana. Base cartográfica IGN.

Este nombre está compuesto por un sustantivo apocopado (recortado), carra,y un adjetivo: llana. Carra está directamente relacionado con la palabra medieval carrera, que en los siglos XII y XIII significaba ‘camino’. Se lee en el fuero de Molina, por ejemplo, “Las robdas curien todo el anno la deffesa e las carreras(1), lo que vendría a significar que las rondas, o funcionarios nombrados por el concejo de Molina para vigilar la dehesa de la villa (Molina) de entradas ilegales, también tenían la función de cuidar de la seguridad de los caminos durante todo el año.

Alfonso X, en sus Partidas, ordena que si algún caballero traicionase a su señor, “si algúnd ome lo quisiere prender en la carrera para lleuarlo a su señor o a la cortedel rey”, y en esa situación lo matase, se exime del delito de homicidio al que le dio muerte al traidor (Partida 7, título 8, ley 3).

Con el tiempo la palabra carrera fue dejándose de utilizar con el significado de ‘camino’ para irse por otros derroteros semánticos  (Alba, 1995: 158-151). Por cierto, ya se observan en esta misma fuente documental, cuando dice el rey Sabio que “el vino es carrera que aduze a los omes a todos los pecados” (Partida 1, título 5, ley 36); asimismo, ordena que no se hagan juegos en el momento de velar las armas por parte de los aspirantes a caballeros la noche anterior a tomar las armas, sino “rogar a Dios ellos e los otros que ý fuessen, que los guarde e los enderesçe e aliuie, como a omes que entran en carrera de muerte” (Partida 2, título 21, ley 13). Es decir, aquí la palabra carrera va tomado, por medio de una metáfora, el sentido actual de ‘curso vital’, o incluso ‘profesional’.

El adjetivo llano/ llana, no presenta dificultad especial, pues su forma es la actual, procedente del latín planus, cuyo grupo pl- dio ll- en romance castellano. Alude al discurso liso, con poca pendiente, que tomaba el camino de Tordesilos tras su salida del pueblo en la que también se llamó Vega del Pairón posteriormente. Así, la cualidad del camino acabó designando a toda un área.

Recreación hipotética del trayecto del camino de Tordesilos hacia Carrellana.

El primer documento conservado y/o localizado en el que aparece escrito este nombre es en un inventario de los bienes raíces de la iglesia datado en el año 1500 con la forma Carrera Llana: “Primeramente una pieça en Carrera Llana que dexó Rollete (sic), cabe III medias.” (1)

 Dos años después, en 1502, al parecer teniendo en cuenta un inventario anterior datado en 1463, la iglesia vuelve a registrar esta pieza de tierra en este mismo paraje, aunque con una media de tierra menos:

“Primeramente una pieça que dexó Rollete en Carrera Llana que cabe una fanega de la medida real, aledaños, surquero por la cabeçada Miguel López e por la hondonada el camino que va a Tordesylos, e por el costado de fazia Tordesylos herederos de Mingo Sánchez e por el otro costado de fazia Allustante la Muñoza.” (2)

Labores en Carrellana

Avanzado en el tiempo, ya en 1699, se halla en un inventario de las tierras del concejo un haza o pieza de labor en la Rivilla, un topónimo que se ha perdido y que aludía posiblemente al área de esa vega más cercana al royo (arroyo). Una referencia para la localización de dicha haza es la cruz de Carrellana. Una nueva forma de este topónimo que acabará llegando hasta nosotros:

“Más otra haza en donde dizen la Rivilla, que asurca por acia el lugar con Joseph de Laoz y por avaxo Jil López Martínez y Diego de Corella y acia la cruz de Carrellana con Juan de Mejina Sánchez, y acia las Vittas con Catalán y por arriva con la senda. Cave siete medias.” (3)

Con todo, la forma Carrallana todavía se conservará en el siglo XVIII cuando, en las respuestas particulares dadas por los vecinos del lugar para confección del llamado Catastro de Ensenada (1752), se enumeran propiedades de los vecinos en este paraje. Así Ángela López Salas tenía:

Una haza en Carrallana, cave quatro celemines, asurca a saliente Roque Lorente, a poniente la marquesa [de Falces], al mediodía Miguel Estevan y al norte camino de Tordesilos, produze [en] reales: 17 reales, 17 maravedís.” (4)

Cruz actual de Carrellana, construida en 2005 por Fermín Aparicio.

Quizá el elemento que aún hoy conserva el topónimo con mayor frecuencia es la cruz que, como se ha visto, se documenta ya en 1699, una cruz de Ánimas que se ha mantenido, renovándose cada cierto tiempo, hasta la actualidad.  Las cruces de Ánimas tenían como función principal la sacralización de los cruces de caminos. Desde tiempos inmemoriales y en culturas y espacios distanciadísimos, se ha creído que el cruce de caminos era un espacio de incertidumbre no solo física sino también existencial (Chevalier y Gheerbrant, 1995: 446 y ss). El cruce era también donde convergían lo terrenal y lo ultraterreno y por ello, lugar a propósito para las apariciones de difuntos (Acosta, 1996: 30-31). Lo que se hace en la Europa medieval es sacralizar estas intersecciones con cruces de madera, de piedra, etc., dedicadas a las Ánimas del Purgatorio.

No obstante, aquí no se tiene documentado ningún cruce caminos. ¿Podría hacer referencia a alguna muerte accidental? Bien pudiera ser, dado que fue muy común colocar cruces en lugares donde se habían producido muertes no regladas, esto es, la muerte de personas que no habían recibido los últimos sacramentos (Mitre, 1994: 25). Algo a lo que se tuvo un enorme temor en el pasado, también en parte por la posibilidad de que no quedara en paz el alma del difunto y por ello, según la creencia popular, el riesgo de aparición al caminante, pidiendo misas y a veces anunciando la muerte de este.

En ocasiones, sin embargo, las respuestas a los interrogantes históricos requieren acudir al lugar donde se localizan los hechos que se desean estudiar. ¿Qué ocurre en ese punto, por lo tanto, para ser indicado por medio de una cruz? Sea casualidad o no, si se sigue el trazado del camino antiguo de Tordesilos (hoy necesariamente a través de labores) y no se pierde de vista el contexto, el resultado es que el primer sitio desde el que se ve la ermita de la Virgen del Tremedal es el punto aproximado donde se localiza la cruz de Carrellana.

Hay que tener en cuenta que las romerías a la ermita de San Roque eran acontecimientos cargados de gestos piadosos, como el Rosario de la Aurora con la interpretación de ciertos cantos ya perdidos para siempre (VV.AA, 2000: 295). Tal vez uno de los puntos donde se paraba en dichas romerías era en esta cruz, para rezar a la Virgen del Tremedal. Por otro lado, la Virgen del Tremedal ha sido históricamente un lugar sagrado de enorme atracción en la Sierra, y fuera de ella (Berges e Ibáñez, 2012: 133 y ss).

El cerro del Tremedal desde la cruz de Carrellana.

Invito a todos los lectores y lectoras a que este verano, cuando pasen o paseen por la cruz de Carrellana, recuerden algunos de estos datos que convierten a este paraje, como a todos los del pueblo (como a todos los lugares del mundo), en un sitio especial. Solo es necesario dotarlos de sentido, de connotaciones propias y heredadas de siglos. En eso estamos.

Notas:

(1) Archivo Municipal de Molina. Fuero de Molina, 24r-v.

(2) Archivo Parroquial de Alustante, Fábrica, 12.1, 4r. Es curioso el uso del apodo del donante de la pieza a la iglesia: Rollete.

(3) Archivo Parroquial de Alustante, Fábrica, 12.1., 9r.

(4) Archivo Municipal de Alustante, Concejo, 1.1., 15r.

Bibliografía:

Alba Zancajo, José Luis. “El campo semántico ‘camino’ en la poesía medieval española” en Criado del Val, Manuel (Coord.). Caminería Hispánica: Actas del II Congreso Internacional de Caminería Hispánica. Guadalajara: Aache, 1996, vol. III, pp. 135-160 [pp. 148-151].

Alfonso X El Sabio. Las Siete Partidas. (Ed.) López, Gregorio. Salamanca: Andrea de Portonariis, 1555 (Ed. Facsímil, Madrid: BOE, 2011).

Berges Sánchez, Juan Manuel e Ibáñez Hervás, Raúl. El culto a la Virgen del Tremedal. Teruel: CECAL, 2012.

Chevalier, Jean y Gheerbrant, Alain. Diccionario de los símbolos. Barcelona:  Herder, 1995.

Fuero de Molina (Ed.) Cabañas González, María Dolores. Guadalajara: Diputación de Guadalajara, 2013.

Mitre Fernández, Emilio. “La muerte y sus discursos dominantes entre los siglos dominantes entre los siglo XVIII y XV” en Muerte, religiosidad y cultura popular, siglos XIII-XVIII. Zaragoza: Institución Fernando el Católico, 1994.

VV.AA. Alustante antes de ayer. Valencia: Asociación Cultural Hontanar, 2000.

Solana Juana. El cerro de la noche de San Juan.

La toponimia menor es quizá uno de los aspectos más genuinos que existe en el medio rural (y en las ciudades, claro). A falta de otro tipo de ordenación del ámbito rural, durante siglos, los habitantes de los núcleos de población que se mantuvieron o crearon tras la conquista y repoblación, se regían por un tupido elenco de nombres propios con los que se fueron bautizando áreas de labor, montes y lomas.

Todo el mundo conocía donde se encontraba tal o cual paraje, siempre denominados de acuerdo a alguna de sus características, ya fueran estas su morfología, su función para la actividad humana, la localización de una construcción o incluso el nombre propio de alguno de los que debieron ser sus antiguos propietarios.

Localización de Solana Juana. Base cartográfica IGN.

Entre las decenas de topónimos que se han conservado en Alustante hoy trataremos sobre uno con un curioso nombre: Solana Juana. Para quienes no conozcan su ubicación, se trata del cerro donde se encuentran los Arenales, en las inmediaciones del antiguo camino de Molina, a unos 1,8 km al noroeste del casco urbano del pueblo.

Como indica la primera parte del nombre, se trata de un paraje localizado en solana, esto es, orientado al sur y/o sureste. Posee, pues, una insolación prácticamente completa a lo largo del día. El problema surge en el momento de determinar qué significa eso de “Juana”.

La primera hipótesis que surge es que se trata de un antropónimo, es decir, un topónimo que surge por el nombre propio de una persona, en este caso Juan, Juana. De ser así, esta sería la solana (de) Juana, o quizá de Juan, uno de los nombres de persona más comunes en el pasado, especialmente durante de la Edad Media, momento en el que presumiblemente surge este topónimo.

Cima de Solana Juana (1.541 m.), con el camino de Molina debajo.

A este respecto hay que recordar que se trata de un paraje intensamente humanizado, con una gran corraliza en la cumbre y numerosas tablas o bancales hoy abandonados en la ladera. Es muy abundante la cerámica que se halla en estas áreas de labor, procedente de muladares donde, aparte del estiércol para abono de los campos, podían arrojarse cacharros rotos. Buena parte de esta cerámica es de Teruel, tanto de la serie verde-morada medieval como de la azul, más avanzada en el tiempo. Esto da una idea de la antigüedad de dichas tablas que, no obstante, estuvieron en uso hasta el siglo XX.

Sin embargo, observamos una cualidad de este cerro que puede ser también el origen de su nombre: en este paraje se pone el sol la víspera de San Juan, 23 de junio. Ciertamente, si se observa la puesta de sol desde el barrio viejo de la iglesia, o sea, desde el Castillo, en estas fechas del solsticio de verano, esta se produce más o menos en este punto, de modo que los últimos rayos de sol parecen iluminar el cerro.

Alustante desde Solana Juana

Esta cualidad, digamos, astronómica, hace que este cerro sea un hito en el calendario local, que se opone a otro paraje en el que, observado desde el mismo punto, desde el Castillo, se oculta el sol en el solsticio de invierno: la Umbría del Diablo, en las proximidades de Valhondo.

Una última propuesta, esta, lo reconozco, mucho más rebuscada y por ello menos probable, es que, a través de las lenguas romances que llegaron a este territorio durante la repoblación, ese Juana tuviese un origen latino en ianua, esto es, ‘puerta’. ¿Puerta de qué? Pues puerta, entrada o salida, del pueblo por el camino de Molina, que discurre por su pie. Una curiosidad urbanística de Alustante es que Solana Juana es visible desde la plaza Mayor y desde otra de las vías urbanas por las que discurría este camino procedente de Albarracín: la calle de las Cuatro Esquinas.

Solana Juana desde la plaza Mayor.

Así pues, este cerro sería también un hito caminero, una referencia para los viajeros para retomar su camino una vez llegados a Alustante. No había más que preguntar por el camino de Molina y cualquier vecino o vecina podría indicarte: “Siga vuestra merced el camino buscando aquel cerro, y por allí hallará la carrera a la villa”. Efectivamente, Carravilla es el nombre que recibió este y otros muchos caminos locales a Molina en las aldeas del Señorío. Pero este es otro topónimo que también tiene su historia.

Y otro día amaneció raso

En un año seco como este, viene a la memoria la enorme desgracia que era para los habitantes de estas tierras la falta de lluvias. En esta ocasión parece fuera de duda que esta sequía se debe a un cambio climático ocasionado directamente por el ser humano. Sin embargo, las fluctuaciones climáticas se han dado a lo largo de la historia conocida con consecuencias devastadoras en ocasiones.

Se trata de un hecho cada vez mejor conocido que el clima europeo sufrió un enfriamiento entre los siglos XIV y XIX, con periodos de hielos y grandes nevadas, pero también con repetidos episodios de grandes sequías (Fagan, 2014: 90-91). Así, se encuentran documentadas grandes nevadas en Alustante, como la de 1765, que conllevó la corta y esquilmo del Carrascal, o sequías recurrentes, como la que tiene lugar a principios del siglo XVII, de la que trata esta entrada y cuya finalización (o alivio transitorio) se documenta como un prodigio atribuido al Cristo de Alustante, a partir de entonces conocido como Santo Cristo de las Lluvias.

El río Gallo

El hecho se encuentra narrado en un librito manuscrito conservado en el archivo parroquial titulado Las cosas marauillosas que Dios Nuestro Señor ha sido servido de obrar en los deuotos del Santo Cruzifixo de Allustante, y tiene lugar el 17 de junio de 1614 Es cuando al Santo Cristo de Alustante comienza a atribuírsele la propiedad de hacer llover en momentos de sequía.

Parece ser que este año fue especialmente seco en toda la Península Ibérica, y así se encuentra el rastro de esta sequía en noticias documentales recogidas en puntos como Valladolid, donde se hicieron rogativas (Herrero, 2012: 223), el Reino de Murcia (Lisón, 2014: 150) e incluso se tiene noticias en Canarias, en cuya isla de El Hierro también se documentan rogativas por el mismo motivo.

Más cercano es el caso de Hita y su Tierra (Carrasco, 2003), donde en dicho año se celebran rogativas en torno a la devoción de la Virgen de Sopetrán, y tiene lugar un conflicto entre los clérigos de la villa y los frailes del monasterio de Sopetrán, ocasionado indirectamente por la climatología. En la Tierra de Molina 1614 también fue un año de “grande esterilidad” en el que se incrementaron las manifestaciones piadosas, como novenas y procesiones de disciplinantes por las ermitas del Señorío, promovidas por diversas órdenes religiosas. Una de ellas, la de los trinitarios, realizaba

«sus procesiones muy de mañana con extraordinarias muestras de penitencia, que el superior iba delante con la cruz cargado de hierro, todos descalzos cargados de cruces y cadenas, con ceniza sobre las cabezas, dándose con cantos en los pechos, con mordazas en las lenguas o huesos de muertos en las bocas.«

Francisco Nuñez. Archivo de las cosas notables de esta Leal villa de Molina (finales del siglo XVI-principios del siglo XVII).
El Cristo de las Lluvias.

En este contexto, se explica el clima de histeria colectiva que describe también el cura de Alustante, Felipe Tercero y León, a la llegada de los vecinos de Piqueras ante la imagen del Santo Cristo:

Año de mill y seiscientos y catorze, a diez y siete de junio en martes. Abiendo seca jeneral  por España, que todo perecía, bino el pueblo de Piqueras a este Sto. Xpo. con gran luminaria y reberencia a pedir agua a Dios y, abiendo de deçirse la misa, yo corrí el primer belo para que biesen a el Cristo; fue tan grande el alborote y aullicio que se lebantó de llorar y pedir a Dios, como por fuerça que nos socorriese, que al salir de misa se bio encima los Quemados en raso una nubeçica como belloçino metida en una tarbiera (?), y se dibidió en dos y con el aire fue llebada la una por cima de el Pinillo, y llobió en lo de Piqueras a la vna ora, y a la noche nos hiço Dios merced por aca, y otro dia amanecio raso.

Phelipe Terçero y Leon.

Es muy posible que desde entonces fueran comunes las visitas de los pueblos cercanos en rogativa hasta el Santo Cristo. De hecho en 1652 se documenta en este mismo libro una procesión en el contexto de una novena “por la necesidad en que nos allabamos de falta de agua” a la cual asisten las cruces de Orea, Alcoroches, Piqueras, Adobes, Tordesilos y Motos y en la que se señala que acudieron dos mil personas. También se da noticia de que, aunque ese día se convocó a Orihuela, no acudió porque subió a la ermita del Tremedal.

Ermita de San Sebastián. En primer plano muro de contención del antiguo camino de Molina.

A partir de entonces, y posiblemente durante siglos, las llamadas Siete Cruces se reunirían en Alustante en rogativas ante la falta de lluvia y, se cuenta, que hasta principios del siglo XX Piqueras solía acudir anualmente hasta la ermita de San Sebastián de Alustante, conmemorando aquel prodigio meteorológico que, acaecido a principios del siglo XVII, quedó grabado en la memoria colectiva de ambos pueblos.

Bibliografía:

Carrasco Vázquez, Jesús Antonio. “Un conflicto de intereses entre el clero de Hita y los monjes de Sopetrán en 1614” en Wad-al-Hayara: Revista de estudios de Guadalajara, nº. 30 (2003) pp. 101-110

Fagan, Brian. La pequeña Edad de Hielo. Cómo el clima afectó a la historia de Europa (1300-1850). Barcelona: Gedisa, 2014.

Herrero Salas, Fernando. Libros de cuentas del monasterio cisterciense de Palazuelos (1568-1832). Valencia: 2012.

Lisón Hernández, Luis. “Secuelas de la expulsión de los moriscos murcianos” en Murgetana, nº 131, año LXV (2014), pp. 139-153.

Núñez, Francisco. Archivo de las cosas notables de esta Leal villa de Molina. Archivo del Cabildo Eclesiástico de Molina de Aragón.

VV.AA. Las cosas marauillosas que Dios Nuestro Señor ha sido servido de obrar en los deuotos del Santo Cruzifixo de Allustante. Archivo Parroquial de Alustante. Ms. 20.2

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