Piedras

El mal triunfa cuando los buenos no hacen nada. Martin Luther King

Cuando era chico, mi madre se me quejaba con cariño de que solo hacía fotos de piedras. Y era cierto; bien visto, cuando llegaban los sobres de fotos tras largos días de revelado en Teruel, solo había piedras en ellos. Eran arcos, vanos de puertas, pairones, majanos, poyatos, torres de iglesias. Ellos mismos —mis padres-, que vieron demoler las fuentes del pueblo y desaparecer decenas de entrañables espacios y elementos urbanos y rústicos, me habían enseñado que había que proteger las cosas antiguas, porque de la noche a la mañana venía uno con una máquina y lo arrasaba todo.

Esta tierra ha sido muy destrozona. Dicen los que estudian el patrimonio desde la vertiente psicosocial que esto viene de cuando la precariedad en el comer. Como decíamos en la entrada anterior, es cierto que casi nunca hubo hambre severa en esta tierra, que en las mesas siempre hubo un huevo, o una patata, o cantero de pan para hacer unas sopas, pero aquello marcó mucho, y cuando la gente comenzó a comer bien, a vestir bien y a tener comodidades en las casas, lo primero que hizo fue deshacerse todo aquello que recordaba a la pobreza pasada. Eso dicen los que saben.

El arco antes de su demolición. Fte: Arquitectura popular en Tierra Molina (2007)

Hay más explicaciones sobre el porqué de tanta escabechina cultural, pero, visto por de dentro, hay un matiz que no sé si conocen bien los estudiosos de estas cosas. Es una actitud ante la vida toda que se adquiere, especialmente, cuando alguien confunde su mundo con el Mundo, quien, por lo que sea, en un momento de su vida decide que ya lo sabe todo y desprecia todo lo que no entra en sus (estrechos) parámetros.

Desgraciadamente, lejos de estereotipos roussonianos, en el medio rural también existe la perversidad, alimentada muchas veces por la arrogancia de creer tener el saber absoluto, y demostrada con el desprecio, ya no solo a quienes a base de cuestionarse las cosas van desentrañando, no sin esfuerzo, errores, ni crisis personales, insignificantes pedazos de conocimiento, sino también con el desdén a la misma sabiduría de los antepasados. Uno, que ha tenido que bregar más veces de las que hubiese querido con estos pontífices de paidera, infalibles, sabe hasta qué punto resulta doloroso cuando de los dichos pasan a los hechos.

A ello se une una tradición larga de menosprecio por la cultura rural en una provincia cuya capital decidió en un momento determinado acabar con su pasado, asolando, con el beneplácito de la autoridad competente, todo aquello que la dotaba de identidad. A Guadalajara yo la imagino en su momento como un Toledo en miniatura, pero el complejillo provinciano, fermentado a la sombra de Madrid, dejó a la ciudad del Henares a camino entre lo que fue y lo que pretendía ser, a media distancia entre la Guadalajara envejecida y el Madrid moderno, es decir, en un estilo Vicálvaro. ¿Cómo se iba a recurrir a estas autoridades cuando alguien de un pueblo ubicado a casi 200 kilómetros, subido en su ego (y su tractor) decidía que algo, aunque hubiese formado parte del escenario de decenas de generaciones, debía desaparecer?

Alguien dirá que la destrucción del patrimonio es cosa del pasado, que eso fue una ventolera provocada en medio de la tormenta del desarrollismo franquista, que el destructor del patrimonio, hoy, o es un atrasado pasado de moda o un desinformado; la falta de cultura… Pero no, en esta tierra, tradicionalmente alfabetizada casi al cien por cien, se sigue perdiendo patrimonio cada día, y yo sigo echando la culpa de esto a la arrogancia, a la certeza de algunos de creerse completos, redondos, perfectamente acabados, sin resquicio para la duda o la incertidumbre, sin lugar para un interrogante que, quizá con ayuda de otro u otra, podría haber sido resuelto.

Admiro a las personas que, a pesar de su mucha edad, aun en su lecho de muerte, siguen preguntándose cosas, siguen sintiéndose pequeños, siguen creciendo.

Cirujeda, Cirujeda

El despoblado medieval de Cirujeda siempre ha sido un lugar lleno de misterios. Se dice que en él había un tesoro escondido, de cuando los moros. Un tesoro escondido, envuelto en una piel de toro, para más señas.

La verdad es que no se sabe mucho de este sitio. Un día iba en el tren, camino de Zaragoza, hojeando las fotocopias de un proceso judicial de principios del siglo XV y, de repente, di un salto en el asiento: «¡Ahí va!». La gente se volvió a ver qué pasaba. Yo, colorado, traté de disculparme. Había encontrado una mención a un tan Ferrán Martínez, vecino de Allustante, fraile de Santa María de Cirujeda.

Molino de Cirujeda

Poco más pude sacar de aquel documento, puesto que la palabra fraile podía referirse, tanto al miembro de una comunidad religiosa, como a un santero, de los muchos que hubo en tantas otras ermitas del Señorío de Molina. Sí que es cierto que Cirujeda no era solo la ermita: tenía su molino de cubo, una casa para el molinero, un pajar con su era, huertos, un colmenar, un herreñal, muchas tierras de labor y hasta se documenta una vacada propia de la ermita a principios del siglo XVI. Los restos que hay detrás de la ermita podrían corresponder a una torre defensiva. Ojalá un día no muy lejano nos puedan sacar de dudas los arqueólogos, o arqueólogas.

Sobre la posibilidad de que fuera un pequeño asentamiento medieval cristiano, no cabe duda. Cirujeda es un topónimo romance: ‘lugar de ciruelos’ . Previamente habría sido un poblado musulmán y, tal vez, retrocediendo en el tiempo, no sería ajeno a la cultura celtibérica.

Con la repoblación del Señorío de Molina en los siglos XII y XIII habría sido uno de los numerosos villares que se fundaron por doquier, de hecho en un inventario de la iglesia de Alustante datado en 1502 se señala, con respecto a las propiedades de la ermita, que las rentas estaban antes partidas entre la parroquia y la ermita «e agora está todo junto».

Esto quiere decir que, de algún modo, Cirujeda tuvo una cierta independencia con respecto a la parroquia de Alustante. La dehesa Somera o de Arriba de Alustante se denominaba, al parecer, dehesa (de) Cirujeda, con lo que es posible que dicho monte, en origen, perteneciera a este villar medieval. Hay que tener en cuenta que la dehesa Somera llegaba hasta el camino de Alcoroches y, por lo tanto, su límite norte estaba muy próximo a la ermita y al molino.

Sin embargo, en el proceso de despoblación de multitud de pequeñas aldeas que se da en el territorio molinés a partir del siglo XIV (tal vez desde fines del siglo anterior), Cirujeda pudo sufrir esta misma suerte. Muchos despoblados, especialmente los más tempranos, pasan a depender de los pueblos mayores más cercanos, lo que explicaría que, ya en 1407, Ferrán Martínez, nuestro fraile, sea considerado vecino de Alustante.

Imagen de la Virgen de Cirujeda

La imagen de la Virgen es del siglo XIII. Acaso de lo más antiguo del escaso, casi inexistente, románico molinés. Durante siglos fue objeto de culto por parte de los vecinos de Alustante, un hecho común a tantos despoblados, el cual ha sido interpretado a veces como una reminiscencia del culto que mantuvieron los antiguos pobladores y sus descendientes, a partir de su migración a pueblos cercanos, a sus antiguos santos patrones. Efectivamente, muchas romerías a ermitas ubicadas en lo que fueron antiguas aldeas parecen tener este origen.

En este caso la romería de la Virgen de Cirujeda tenía lugar el día de la letanía mayor, 25 de abril. El origen de estas letanías se encuentra en Roma, donde se acudía, y supongo se acude aún este día, a celebrar una rogativa en recuerdo de una epidemia de peste inguinaria acaecida en el año 590. Esta rogativa, que se siguió celebrando a lo largo de los siglos, terminaba en la basílica de Santa María la Mayor de Roma, de modo que, cuando se extendió la costumbre al resto de la Cristiandad, cada localidad la conducía a un lugar sagrado, preferiblemente de connotaciones marianas. Así, en Alustante la letanía mayor se hacía yendo en rogativa a Santa María de Cirujeda.

Fachada meridional de la ermita de Cirujeda

Al coincidir esta letanía con el el 25 de abril, la ermita acabó denominándose San Marcos, por ser hoy también su festividad, de modo que ya en el siglo XVIII se puede hallar esta confusión de nombres, que incluso se verá en la cartografía oficial. Sin embrago, no hay rastro documental acerca de que en dicha ermita hubiese ningún culto a este santo evangelista. Sí se sabe que durante siglos albergó un retablo (gótico posiblemente) que había estado instalado previamente en la iglesia de Alustante. También se sabe que esa ermita fue quemada durante la Guerra de Independencia y vuelta a reconstruir varias veces.

Se cuenta que aquel día de letanía, como era costumbre del país, el Ayuntamiento repartía huevos duros y vino. En un día tan hermoso como el que hoy hace, es fácil imaginar a todo el pueblo desperdigado por aquellos campos en comidas familiares y de cuadrillas de amigos. Todo aquello de las letanías mayores debió de terminar en las décadas de 1960-1970, a raíz del Gran Éxodo y de las transformaciones en la liturgia católica, quedando solo en un mero recuerdo. Aunque su techumbre fue renovada, ya nunca se ha vuelto a utilizar la ermita. Para los amantes de lo ajeno, no molestarse: está completamente vacía; las paredes, lisas y lasas.

A propósito del tesoro de Cirujeda, hay multitud de versiones de esta tradición oral, pero hoy nos quedamos con un fragmento de una de ellas que ha permanecido y que no sería bueno que se perdiera. Cuando los moros se fueron de Cirujeda, al enterrar el tesoro que no pudieron llevar con ellos -acaso a la espera de regresar a por él un día-, camino del destierro iban llorando por lo que allí dejaban, diciendo: «Cirujeda, Cirujeda, cuán rica y qué pobre te quedas».

La medida local del tiempo en Alustante (y II). El reloj

El sentido de la temporalidad en el pasado era mucho más laxo que ahora, y no importaba tanto como en la actualidad la exactitud de la hora. De hecho, aunque muchas ciudades, e incluso aldeas, llegaron a tener mecanismos de reloj desde la Edad Media, cada uno marcaba su hora local. Y no hablamos solo de desfases de unos pocos segundos.

Torre del reloj. Molina de Aragón.

Cabe destacar también que los primeros relojes que se documentan en esta zona geográfica a principios del siglo XV (1) eran manuales y que, para su mayor precisión, los toques eran controlados por cronómetros de arena, por lo que era necesario el contrato de operarios municipales o eclesiásticos encargados tanto de controlar el tiempo de estos primitivos relojes como de tocar las horas con la campana tirando de sogas. En 1467 se comienzan a documentar en Daroca relojes mecánicos, aunque de gran imprecisión (Rodrigo, 1996: 107); en Teruel el reloj mecánico municipal se instala en la  torre de San Pedro en 1484 (Morales y Torreblanca, 1989: 453).

Antiguo reloj de Aragoncillo (Foto realizada en 2004)

Para el caso de la Castilla meridional, exceptuando Toledo, que había tenido reloj (manual) en la catedral ya en el siglo XIII, regido posiblemente por una clepsidra o reloj de agua (2), los relojes parecen ser algo más tardíos. En Guadalajara se sabe que a mediados del siglo XV las horas se marcaban manualmente en la desaparecida torre de San Gil, y más tarde en ella se localizó el reloj mecánico (Mejía et al, 2007: 270), para pasar posteriormente  a trasladarlo a la casa del Concejo, construida en la antigua plaza de Santo Domingo, hoy plaza Mayor (Layna, 1995: 256).

En Sigüenza, cabeza del obispado, consta que ya había reloj mecánico en la catedral en 1520 (Pérez-Villamil, 1899: 157), mientras que Molina en la torre del Reloj  se localiza una campana gótica que podría indicar la antigüedad de su función. En Tortuera ya en 1676 existía un reloj en la torre de la iglesia (Marco, 2004, 204). Muchos de los pueblos del Señorío fueron adquiriendo relojes mecánicos en siglos posteriores pues, aunque sus mecanismos revelan la que debió de ser su escasa precisión, fueron instrumentos no solo destinados a la medida del tiempo sino también a mostrar un cierto prestigio y orgullo comunal.

Antiguo reloj de Castellar (Foto realizada en 2009)

En Alustante se tiene documentado un reloj en la torre de la iglesia al menos desde 1773 (3); por supuesto, sin esfera ni manecillas exteriores. Se emplazaba en una planta de forjado de madera ubicada entre el suelo de la torre y el techo del coro y, al parecer, combinaba mecanismos metálicos y de madera, según la tradición. También se sabe que, aunque localizado en la torre de la iglesia, pertenecía al concejo del lugar. En 1803 se documenta la compra de un campanillo para el relox que todavía permanece en la torre, al parecer obra del campanero (fundidor) Felipe Ballenilla (4).

Este reloj se mantuvo en la torre hasta la construcción de la torre del reloj en la fachada de la Casa del Lugar en 1925. No sería difícil seguir la cronología de las intervenciones que tuvo este reloj en la documentación municipal conservada. Así, por ejemplo, en 1782 se pagan 12 reales al maestro Joseph García “por el azeite para untar las campanas y el relox” y 60 reales a Matías Herrera, “reloxero, de la conposición de relox que a echo” (5).

En 1925, durante el primer trimestre del año, todavía se pagan 25 pesetas  al herrero Eusebio Casas “por regir el reloj”  (6). Sin embargo, el Ayuntamiento acuerda  en julio de ese año cortar «600 pinos del monte ‘Realenco’ y llevar a efecto la subasta con remate en la cantidad de 4.015 pesetas para dotar a la población de un reloj bueno, pues el actual es inservible» (7). Por otra parte, en la sesión de 1 de noviembre de 1925 el alcalde, D. Baltasar Pérez Sánchez, expone:

“que era preciso practicar una trasferencia de crédito para terminar y pagar la obra de refuerzo de la Casa Consistorial (…) para afianzar la pared del medio día de la Casa Consistorial que al mismo tiempo sirve para la colocación del reloj, y faltando todavía para el pago total de la obra 802 pesetas la Corporación acordó practicar en su vista la expresada transferencia de crédito destinando de esta cantidad 500 pesetas” (8).

Aspecto de la torre del reloj en la década de 1950

Fue un reloj fabricado (o comercializado) por D. Gonzalo Tena, de Segorbe, al que se le pagan 3.320 pesetas “por un reloj nuevo y sus accesorios adquirido para instalación en las Casas Consistoriales”. No obstante, la campana de hierro fundido pertenece a la factoría de Vitoria, Lecea y Murua. Asimismo, se pagan 695 pesetas a José María Martínez por materiales y obra de instalación del reloj, a Pelegrín Herranz “por sacos de cemento y otros materiales invertidos en el muro o torre construida en las Casas Consistoriales”  (450 Ptas); a D. Aurelio Casinos, de Santa Eulalia, por piedra (20 Ptas.); y al albañil Luis Lahoz por terminar la colocación del reloj y retirar los andamios(12 Ptas) (9). Consta que también participó en el montaje del reloj el polifacético carpintero Pedro Herranz Ruiz a quien, sin duda, se debe el bastidor de madera con unas iniciales en letra neogótica: B. P. (Baltasar Pérez).

Reloj de Alustante, actualmente en el salón de plenos del Ayuntamiento.

Según nos informaba Juliana Sanz  Sánchez (1913-2011) la llegada del nuevo reloj no fue muy bien recibida por el pueblo, expresándose  opiniones como: «Antes teníamos un reloj de pueblo, el de ahora es un reloj de barrio» y al alcalde Baltasar se le decía: «Balterre, el reloj va mal». Lo cierto es que el reloj tuvo algunos defectos mecánicos que se mantuvieron hasta su sustitución en 2005, esta vez conservando su maquinaria íntegramente.

Detalle de un lateral del reloj.

Actualmente cualquier dispositivo electrónico cotidiano posee un reloj cuya perfección sincrónica con el resto de dispositivos del resto del planeta puede tener a lo sumo, si es que los tiene, pequeños desfases contados en milésimas de segundo. Sin embargo, escuchar la campana del reloj del pueblo o la campana de la iglesia llamando a misa, nos debe hacer recordar que hasta hace relativamente poco el ser humano se regía por unidades temporales tan relativas y flexibles que los relojes públicos eran más un objeto de ornato y ostentación que un artefacto para controlar el tiempo. Hoy, debido a la precisión horaria, el caso ha llegado al punto contrario: el tiempo controla al ser humano hasta casi convertirlo en un objeto, una maquinaria de producción.

Notas:

(1) El primer reloj documentado en Teruel data de 1425, y parece ser un reloj de arena que indica las horas; un reloxero estaba encargado de ‘ministrar, regir e toquar  de día e de noche el dito reloig’ (Morales y Torreblanca, 1989: 423).

(2) En 1255 se inventaría en la catedral de Toledo ‘un orlogio desbaratado’, si bien no se documenta de nuevo un posible reloj en esta catedral, esta vez mecánico, hasta 1357, 1366 o 1371 (Pérez Álvarez, 2018: 51-52), lo que no quiere decir que no existieran otras formas de medir el tiempo para, a su vez, tañer horas manualmente.

(3) A raíz de unas obras en la torre de la iglesia de Alustante se lee en los gastos de 1772-1773: “Más doscientos treinta y siete reales y medio que importaron los ladrillos, yeso y madera que se gastaron en solar el piso del campanario, componer las escaleras y hechar (sic) un  balostreado sobre el relox y pagar al maestro y oficial sus jornales” (Archivo Parroquial de Alustante, 12.3, 34v.)

(4) Archivo Parroquial de Alustante, 12.3, 196v.

(5) Archivo Municipal de Alustante, Contabilidad, 1780-1783,30v.

(6) Archivo Municipal de Alustante, Diario de Intervención 1925-1926. 32.

(7) Archivo Municipal de Alustante, 8.4, 3v-4r.

(8) Archivo Municipal de Alustante, 8.4, 8r.

(9) Archivo Municipal de Alustante, Diario de Intervención 1925-1926, 33-34, 38.

Bibliografía:

Gómez Pellón, Eloy. “El tañido del tiempo” en Las campanas: Cultura de un sonido milenario. Santander: Fundación Marcelino Botín, 1997, pp. 41-65.

Layna Serrano, Francisco. Historia de Guadalajara y sus Mendozas en los siglos XV y XVI, tomo III. Guadalajara: Aache, 1995 (2ª Ed.).

Marco Martínez, Juan Antonio y Heredia Heredia, Francisco Javier. Tortuera. Una villa, una historia. Guadalajara: Aache, 2004.

Martín-Artajo G., Javier y Buey Pérez, Jacinto del. Relojes de sol de Guadalajara. Recorrido gnómico por la provincia. Guadalajara: Diputación provincial, 2004.

Mejía Asensio, Ángel, Rubio Fuentes, Manuel, Salgado Olmeda, Félix. Historia moderna de la provincia de Guadalajara : (siglos XVI-XVIII). Guadalajara: Bornova, 2007.

Morales Gómez, Juan José y Torreblanca Gaspar, Mª Jesús. “Tiempo y relojes en Teruel en el siglo XV” en Aragón en la Edad Media, nº 8 (1989), pp. 449-474.

Pérez Álvarez, Víctor. Técnica y fe: el reloj medieval de la catedral de Toledo. Madrid: Fundación Juanelo Turriano, 2018.

Pérez-Villamil, Manuel. La catedral de Sigüenza. Madrid: Tipografía Herres, 1899 (Ed. facsímil, Madrid: 1984).

Rodrigo Estevan, María Luz. “Relojes y campanas. El cómputo del tiempo en la Edad Media” en El Ruejo. Revista de Estudios Históricos y Sociales, 2 (1996), pp. 93-130.