De San Miguel a San Miguel

Ayer se celebró San Miguel, el ángel guerrero que vence al demonio. Siempre me ha llamado la atención la representación de este santo en el retablo mayor de la iglesia de Alustante en un puesto preeminente, como dominándolo todo. Su magnitud con respecto al resto de imágenes e historias del retablo sigue siendo –al menos para mí- una incógnita, puesto que no he hallado en Alustante ninguna celebración especial en ese día.

Cabe explicar la presencia de esta imagen, no obstante, como una alusión a la importancia civil/jurídica de esta fiesta a lo largo de la historia local, en la que se daba una gran cantidad de actos de este tipo, desde la formalización o renovación de contratos entre amos y pastores y arrendatarios y propietarios de tierras a la licitación de aprovechamiento de ciertas propiedades del concejo/ayuntamiento, pasando por  la elección de los cargos principales de dicha Casa.

San Miguel fue la fiesta de los pastores por excelencia, en la que los señores de ganados los contrataban de cara a la próxima partida a los extremos.

Local, pero también internacional, puesto que durante siglos se encuentran en toda Europa actos de este tipo, desde Portugal a Italia de Francia y Alemania hasta las Islas Británicas, donde San Miguel era  la fecha predilecta para llevar a cabo acuerdos agrarios, al tiempo que desde la Edad Media era el día de inicio del año legislativo. Así, por ejemplo, en Tolouse era el día de las elecciones municipales (Bordes, 2006) y en Inglaterra Michaelmas era la fiesta de inicio de los años agrario, comercial y hasta educativo (Barthe, 1956: 164-165).

En los reinos y señoríos hispánicos San Miguel era, desde luego, una fecha de primer orden en aspectos contractuales, como ocurría en Córdoba, donde se arrendaban a las compañías los corrales de comedias en el siglo XVII de San Miguel a San Miguel (García, 1999) o en Galicia, donde hasta la misma actualidad San Miguel el Derecho Civil recoge esta fecha como momento de inicio y expiración de los contratos de aparcería (1).

En el Señorío de Molina el fuero deja claro que ese día se procedía a la elección de juez (autoridad suprema del concejo) y alcaldes de barrio (2). Por extensión, y tal como ocurrió hasta el siglo XIX, los jurados, más tarde llamados regidores, al estilo de Castilla, eran elegidos el día de San Miguel. Dichos jurados/ regidores eran dos vecinos de cada aldea que el concejo de Molina elegía anualmente como representantes del concejo local. El día de mercado después de San Miguel era un día especial en el Señorío “en el qual todos se allegarán” (3), lo cual fue interpretado como la celebración de un concejo mayor, en el que supuestamente participarían tanto los vecinos de la villa como de las aldeas (Soler, 1921: 68).

Esta costumbre se habría mantenido también para la elección de los cargos del Común de la Tierra:

“También [en] el modo de gobierno que tienen [los aldeanos] muestran ser gente de buena policía y entendimiento, y es de esta manera: cada año se juntan los de la Tierra de Molina por el día de San Matheo en el lugar que señalan en cada sexma y allí nombran para cada una de las cuatro sexmas un diputado, dos acompañados, dos contadores y un sexmero (…). Después de nombrados los ofizios como está dicho, el domingo siguiente a el día de San Miguel de aquel año se junta el Común en el lugar que deputan cada año” (4).

Aún en la actualidad, sin duda como reminiscencia de aquello, las elecciones para los cargos de la Comunidad del Señorío de Molina, que se celebran cada tres años, tienen lugar el tercer domingo de septiembre en cada sexma, si bien el nombramiento del procurador general se ha retrasado con el tiempo al 4 de noviembre siguiente (5).

 Por lo que respecta a Alustante, todavía hay memoria de que era el día de San Miguel el predilecto para llevar a cabo los contratos, nuevos o renovados, de los pastores. Sin embargo, este era solo uno de los muchos tipos de acuerdos a los que se llegaban en este día en el pueblo. Así, por ejemplo, los contratos de dulero, porquero y vaquero se hacían de San Miguel a San Miguel.

Por lo que respecta al dulero su función consistía en guardar las caballerías del pueblo, tanto las mayores como las menores y tanto las cerriles como  las domadas. En 1841 por cada caballería el dulero, Pascual Lahoz, cobraba cuatro cuartillos de trigo, excepto las “caballerías terientas o de grangeria que van a la dula por temporada, que estas han de pagar un quarto por día, es condición que las ha de guardar de noche por termino de un mes en el berano según costumbre, sugetandose el precitado Pasqual a asistir todos los días  a la dula no tratándola a ningún muchacho” (6).

En cuanto a la vacada del pueblo, al parecer, parte de ella era trashumante: hacia Andalucía en invierno y en Sierra Molina durante algunas temporadas de primavera o verano. Así se observa que en 1841 Manuel Ximénez y Domingo Lorente se obligan “por medio de una persona útil a satisfacción del Ayuntamiento a guardar la bacada de este pueblo, abonándoles una fanega de trigo por cada par de reses y las andaluzas por mitad, según costumbre, llevando los cerriles a la Sierra por uno o dos meses, según disponga el Ayuntamiento, abonándoles un real por cada mes y cada mes” (7).

El cirujano, el médico, el boticario y el veterinario cumplían igualmente con sus funciones de San Miguel a San Miguel,  en Alustante, Adobes y Piqueras, pueblos que formaban la llamada “Junta del Pinillo” por ser este paraje el elegido por estos tres pueblos para realizar los acuerdos referidos a la sanidad. Para el caso del veterinario o albéitar, Alustante pagaba 12 fanegas de trigo, mientras que Adobes y Piqueras pagaban 3 cada uno; el boticario era pagado, al parecer, por los casados de dichos pueblos “advirtiendo a los recién casados que cuenten medio año de matrimonio al bencimiento de esta escritura han de pagar por mitad” (8).

Desde 1743 existía en Alustante la costumbre de que el maestro fuera al mismo tiempo organista y sacristán. Su contrato se hacía también de San Miguel a San Miguel. Habitualmente los niños del pueblo estaban obligados a llevar la leña, como aún llegamos a alcanzar a ver eventualmente los niños de mi generación. No obstante, Miguel Atance, maestro natural de la villa de Maranchón, exige en 1770 que los padres de los niños le lleven  a su casa “una carga de leña por la crueldad del inbierno, sin traer leña los dichos niños, como era costumbre, y se me ha de traer para este San Miguel” (9).

Existen muchos más ejemplos de contratos en ese día tan importante económicamente para las personas que nos precedieron. Lógicamente, poco a poco se han ido olvidando las fechas que marcaban los calendarios en la vida de nuestros abuelos, pero no está mal de vez en cuando mirar más allá del numeral del calendarío y en él hallar parte de nuestra cultura popular. Es otra forma de saborear el paso de los días, de las estaciones, de los años.

Notas:

  1. BOE, nº 91, 05 dic. 1963.
  2. Archivo Municipal de Molina (A.M.M.). Fuero, fol. 11v-12r.
  3. A.M.M., Fuero, fol. 8v
  4. Archivo del cabildo eclesiástico de Molina. Núñez: 172v
  5. Estatutos del Real Señorío de Molina y su Tierra [1990], Arts. 24, 25 y 26.
  6. Archivo Municipal de Alustante (A.M.A), 7.10 fol. 14v.
  7. A.M.A., 7.10 fol. 15r.
  8. A.M.A., 6.27, fol. 174v
  9. A.M.A., 6.27, fol. 37v.

Bibliografía:

BARTHE PORCEL, Julio. “La festividad de San Miguel como término y plazo de negocio jurídico” en Anales de la Universidad de Murcia, vol. 14, nº  1-2 (1956), pp. 157-166.

BORDES, François. Formes et enjeux d’une memoire urbaine au bas Moyen Âge: le premier “Livre des Histoires de Toulouse” (1295-1532). [Tesis doctoral]. Toulouse:  Université de Toulouse-Le Mirail, 2006, T. II.

Fuero de Molina (Ed.) CABAÑAS GONZÁLEZ, Mª Dolores. [Guadalajara]: Diputación Provincial de Guadalajara, 2013.

GARCÍA GÓMEZ, Ángel María. Actividad teatral en Córdoba y arrendamientos de la Casa de las Comedias: 1602-1737. Madrid: Támesis; Diputación de Córdoba, 1999.

SOLER Y PÉREZ, Francisco. Los comunes de villa y Tierra y especialmente del Señorío de Molina de Aragón. Madrid: Establecimiento Tipográfico de Jaime Ratés, 1921.

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