El cultivo de las tierras del concejo

El feudalismo suele ser concebido popularmente como un sistema jurídico piramidal en el que solo participan nobles, eclesiásticos y siervos. Unos arriba, los otros abajo. Por otro lado, a muchos nos queda la idea de que este régimen  se reduce a los siglos de la Edad Media. Incluso en España se extendió la idea durante algún tiempo de que el feudalismo era cosa de los países del centro y norte de Europa, hasta el punto de que hay quien afirmó que la Península Ibérica fue una especie de “islote de hombres libres en el mar feudal” (Sánchez Albornoz) (1).

La Cosecha. Pieter Bruegel el Viejo (1565). www.metmuseum.org

Sin embargo, el feudalismo fue modo de producción global, que en realidad afectó a todos los aspectos de la vida de los hombres desde la plena  Edad Media hasta el siglo XIX y, en mayor o menor medida condicionó la vida de todos los estratos, instituciones, colectivos y todas formas de relación entre personas. Me gusta imaginar el feudalismo comparado a un líquido tan sumamente fluido que habría alcanzado hasta los recodos más recónditos de la sociedad. ¿Acaso no ocurre lo mismo con el capitalismo hoy en día?

Aunque la sociedad aldeana del Señorío de Molina podría parecer completamente ajena a las formas ‘clásicas’ del feudalismo, también estuvo inmersa en este sistema, ya no solo por las cargas tributarias y obligaciones jurídicas que soportó el campesinado, sino también por su propia organización interna. Así, en un contexto feudal, no es extraño que sus reglas de convivencia evidenciaran también formas (y fondo) feudales. Esto no solo durante la (no tan) oscura Edad Media, sino hasta el siglo XIX, a veces bien entrado este;  e incluso hasta el XX, bajo la forma de usos y costumbres inmemoriales, reminiscencias del modo de producción feudal.

En esta ocasión nos referimos a la forma de trabajo que existía sobre los bienes raíces del concejo y de otras instituciones locales. El concejo de Alustante tuvo como únicas fuentes de ingresos un arbitrio llamado de las Siete Semanas, consistente en el alquiler de los pastos del término durante finales de junio y mediados de agosto (2) y la venta del producto de los huertos y hazas o tierras de secano del  común y concejo del pueblo.

 Estas tierras, que seguramente estuvieron en manos de esta institución local desde la Edad Media, se hallan inventariadas por primera vez en la documentación conservada en el Archivo Municipal de Alustante en 1699. En ese año, por orden del corregidor de Molina, se hace relación de todos los bienes que el concejo tiene, y en ella se enumeran  16 hazas (tierras de pan llevar) y 3 huertos, que sumaban  134 medias fanegas y 2 celemines (3); aproximadamente unas 22,55 Has, según la equivalencia de la medida histórica de Molina con el sistema métrico actual.  En este documento concejil también se enumera un haza más que, parece ser, fue vendida en ese mismo año al vecino Bernardino Fernández, con lo que habría que añadir a la extensión de tierra propia del concejo otras 5 medias. Según el Catastro de Ensenada (1752), estas tierras reportaban al concejo 780 reales anuales (4).

Relación y localización de hazas y huertos del concejo de Alustante en 1699

El producto dinerario y en especie de estas tierras servía para pagar una serie de gastos y sueldos de personal, tales como el mantenimiento del encañado de la fuente, el mantenimiento de las puentes, el pago censos o préstamos hipotecarios, y el sueldo de los regidores, contadores, fiel de fechos (escribano) y los dos guardas del concejo:  el de dehesas, vedados y siembras y el de montes y reses. La misma producción estaba gravada con el diezmo eclesiástico (que recibía el obispo), el diezmo de hierbas (que recibía el cura del pueblo) y el valimiento de hierbas (que se pagaba a la monarquía y que suponía de 1/10 a  1/3 de la hierba producida). También se pagaba al cura del pueblo un derecho por la celebración de las letanías mayor (25 de abril) y menores (los tres días anteriores a la Ascensión).

Hoy, el sistema más lógico de producción para esas tierras sería el arriendo de las mismas. Sin embargo, estamos hablando de un larguísimo periodo histórico en el que la forma de ver las cosas, incluida la economía, era de otro modo. Así, aunque se trata sin duda de un testimonio tardío, en el Catastro de Ensenada se señalaque  el concejo tiene “por propio diferentes heredades de pan llebar, las que venefician los vecinos a zofra(5). Como es sabido, las zofras eran prestaciones personales, en principio obligatorias, que satisfacían los vecinos de los pueblos a sus concejos. En este mismo documento se habla de que este procedimiento también se empleaba en obras, sin especificar cuáles, aunque han llegado hasta el siglo XX las prestaciones de este tipo para el arreglo de caminos y puentes, limpieza de arroyos, limpieza de calles, etc.

Siega en un ‘manor’ inglés (siglo XIV)

Volviendo al tema de los campos de labor, en el Catastro se especifica que existía un gasto de “ciento y veinte reales que también anualmente gastan en refrescos que dan a los vezinos que concurren [… al] cultivo de las heredades del concejo(6). La gratificación: un refresco cuya receta, sospechamos, no andaría lejana a la de la cuerva, vino especiado con fruta, que ha quedado en la memoria colectiva para denominar  a la bebida que se daba a los costaleros de los pasos el Viernes Santo como pago a su esfuerzo.

Estas prácticas, que sin duda estuvieron vigentes desde los mismos albores de la repoblación del territorio, allá por los siglos XII y XIII (7), sabemos que fueron desapareciendo entre la segunda mitad del siglo XVIII y principios del XIX. En ese momento se produce un cambio estructural que comienza a concebir la economía de otro modo, incluso la hacienda del concejo, ya para entonces ayuntamiento. Del cultivo, siega y todas las demás labores que conllevaba la producción de las tierras concejiles por parte de los vecinos, de clara inspiración feudal, se habría pasado a un arrendamiento, modelo más moderno… y capitalista.

Así, en 1762, tan solo diez años después de la encuesta catastral, se reseñan ya en las cuentas comunitarias “zinquenta y seis reales, importe de siete medias de trigo en que fueron rematadas las hazas del conzexo por Fabián Martínez, becino de este pueblo, por precio de ocho reales en cada una media(8). Cabe interpretar que las tierras, o parte de ellas, ya se estaban arrendando. Ocurrió lo mismo con las tierras del Santo Cristo de las Lluvias, las cuales habían sido cultivadas a través de un sistema similar por los cofrades, si bien en 1772 ya se encuentra el arriendo de algunas de las tierras que componían el peujar o conjunto de bienes raíces de la cofradía, hasta que en 1802 se arrienda la última tierra que quedaba sin hacerlo (9).

Aspecto de las eras de la Loma o de la Soledad a mediados del siglo XX.
Fte.: VV.AA. Alustante antes de ayer. Valencia: A.C.Hontanar (2000), p. 206

Es así como termina el cultivo de hazas colectivas en Alustante. Al visitar alguna de sus hipotéticas localizaciones, no es difícil imaginar allí a los vecinos y vecinas del lugar llevando a sus animales de arada para labrar las tierras del pueblo, sembrándolas restando unos días de su propio trabajo, segándolas en estos días de verano  y, después de acarrear las mieses y llevarlas a la era realizando allí todas las labores de la trilla, almacenar el grano en el pósito del pueblo para, un año más, hacer frente a los gastos del común y concejo, de algún modo, señor feudal de los propios vecinos.

Notas:

(1) Sanchez Albornoz se refiere en esta cita a Castilla, aunque por extensión, según él y otros de los seguidores de sus tesis, los distintos reinos y señoríos peninsulares (excepto Cataluña) habrían disfrutado de esta supuesta salvedad del feudalismo europeo.

(2) No tardaremos en tratar sobre este interesante periodo anual que engrosó durante unos seis siglos las rentas de los pequeños concejos de los pueblos del Señorío de Molina.

(3) Archivo Municipal de Alustante, 1.1., 13r-16r.

(4) Archivo General de Simancas. Catastro de Ensenada. Leg. 99, 49v

(5) Archivo General de Simancas. Catastro de Ensenada. Leg. 49v.

(6) Archivo General de Simancas. Catastro de Ensenada. Leg. 99, 52r-53v

(7) La zofra o azofra, ya aparece, por ejemplo, en el fuero de Alquézar en (1069) (Líbano, 1979: 76). Procede de la palabra hispano-árabe súfra, que, entre otros, poseía el significado de ‘trabajo obligatorio o impuesto’.

(8) Archivo Municipal de Alustante. Contabilidad (1764-1798), 46r.

(9) Archivo Parroquial de Alustante. Cofradía del Santo Cristo. 20.6., 178v-179v y 217v.

Bibliografía:

Aguadé Nieto, Santiago y Joseph Pérez (Coords.) Les origines de la féudalité. Homage à Claudio Sánchez Albornoz. Madrid: Colección Casa Velázquez, nº 69, 2000

Líbano Zumalacárregui, Ángeles. “Consideraciones lingüísticas sobre algunos tributos

medievales navarro-aragoneses y riojanos” en Príncipe de Viana, nos. 154-155 (1979), pp. 65-80.

Oliva Herrer, Hipólito Rafael  et al. (Coord.). La comunidad medieval como esfera pública. Sevilla: Secretariado de Publicaciones, Universidad de Sevilla, 2014.

Peña Boscos, Esther. La atribución social del espacio en la Castilla altomedieval: una nueva aproximación al feudalismo peninsular. Santander: Universidad de Cantabria, Asamblea Regional de Cantabria, 1995.

Sarasa Sánchez, Esteban; Serrano Martín, Eliseo (Coords.) Estudios sobre señorío y Feudalismo: homenaje a Julio Valdeón. Zaragoza: Institución Fernando el Católico, 2010.

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