El origen de las fiestas patronales (I)

La fiesta es un acontecimiento que parece inherente al ser humano, de ahí su importancia, de ahí lo que estamos echando de menos ese conjunto de actividades que nos sacan de la cotidianidad todos los años a finales del verano. Por esta razón, por tratarse de algo que casi forma parte de nuestro ADN, resulta interesante conocer el origen de numerosos gestos que seguimos repitiendo año tras año. Ciertamente, muchas cosas han cambiado, otras se quedaron en el camino, pero queda claro que, aunque la improvisación es parte fundamental de la fiesta, al celebrarla en su conjunto somos portadores de una larga tradición.  Comencemos pues.

De la Asunción a la Natividad de la Virgen

Quizá una de las primeras cuestiones que se han de tener en cuenta a la hora de analizar el origen de las fiestas de Alustante es el cambio de patronazgo que sufrió el pueblo en un momento, indeterminado por el momento. La tradición oral ha mantenido, seguramente con razón, que en origen las fiestas de Alustante se celebraban el 15 de agosto, festividad de la Asunción de la Virgen, y que, por estarse trabajando durante esas fechas del año en las faenas agrícolas de rigor, fue menester trasladar las fiestas al 8 de septiembre, la Natividad de la Virgen.

La Asunción de la Virgen. Tema central del retablo mayor de Alustante

Como digo, esta noticia, que se ha mantenido de generación en generación, debe de ser cierta porque todavía a finales del siglo XVII se encuentra a la Virgen de la Asunción no sólo como la titular de la parroquia sino también como patrona del lugar. Durante el siglo XVII, además, se encuentran partidas de gastos de pólvora para las funciones del 15 de agosto, la cual debía dispararse con armas de fuego durante las procesiones. Por otro lado, en la documentación municipal se halla datada en 1715 una escritura de adquisición de una “bandera de guerra de diferentes colores” para el colectivo de casados del pueblo, “que tiene por escudo a Nuestra Señora de la Asunción por la una parte y por la otra a San Roque”. Cabe pensar, pues, que esta bandera podría bandearse en ambos días sucesivos, si bien en este caso solo por parte de “los vecinos cassados de este lugar de Alustante, i no los mozos, los quales dichos cassados tienen mando i jurisdición sobre ella, i no otra persona alguna”. No en vano, fueron ellos los que desembolsaron los 750 reales que costó esta primera bandera documentada en el pueblo.

Corporación municipal en 1971 presidida por D. Aquilino Fuertes. Tras ellos, el abanderado con una bandera carmesí hoy desaparecida

La importancia de esta duplicidad festiva (la Asunción-San Roque) queda patente todavía a finales del siglo XIX, pues el día 16 de agosto era habitual lidiar en la plaza del pueblo las vacas de la vacada del lugar, constituida por las reses particulares de los vecinos. A este respecto, parece ser que, aprovechando algunas faenas propias de este tipo de ganado, como eran “herrar, castrar, destetar, acollar”, se procedía a la tienta de algunas de ellas. Estamos hablando, evidentemente, de reses en principio domésticas, utilizadas sobre todo para la labranza, pero que debido a sus encastes muchas veces de origen bravo, podían utilizarse eventualmente como animales de lidia. Estaríamos ante una de las modalidades más primitivas de corrida de toros, que todavía recogen en sendas novelas costumbristas en esta área geográfica Polo Peyrolón en Los Mayos de Albarracín (1878) y Araúz Estremera en La hija del Tío Paco (1895), para la Sierra de Molina.

Francisco de Goya. Diversión de España, serie ‘Los Toros de Burdeos’ (1824-1825). Fte.: Wikipedia

Las vacas se bajaban de las dehesas boyales al pueblo hasta la plaza del pueblo y, a pesar de su propiedad privada, la manada revertía a una especie de bien colectivo, semoviente en este caso, que era susceptible de ser disfrutado por el conjunto los vecinos del lugar por un día. A este respecto, se sabe que los vecinos de Molina tuvieron el privilegio durante los siglos XVI y XVII -tal vez desde la Edad Media- de llevar a la villa las vacadas de los pueblos que aquellos deseaban para sus celebraciones taurinas, lo que conllevó numerosos pleitos entre la villa y la tierra que se zanjaron con la suspensión de dicho privilegio en 1603.

Sin embargo, fundados en el mismo uso y costumbre, los vecinos de los pueblos, parece ser que siguieron haciendo lo propio con sus ganados comunales vacunos. Esta costumbre se cuestiona a partir de finales del siglo xix, concretamente se documenta en 1881, Blas Pérez denuncia al Ayuntamiento de Alustante por habérsele desgraciado una res en este festejo y, aunque la Corporación parece defender el derecho secular de la comunidad a hacer uso de la vacada del lugar para estos fines, finalmente ha de compensar al propietario. Lo importante de esta noticia documental es que el hecho parece suponer el cuestionamiento de la costumbre, que acabaría desapareciendo en décadas sucesivas, y de la que aún hemos oído hablar a los más mayores.

La cofradía de la Natividad de la Virgen en Alustante

Por lo que llevamos explicado, la fiesta principal del pueblo tenía lugar el 15 de agosto y el día posterior hasta un momento impreciso de los siglos XVIII o XIX, pero esto no quiere decir que la fiesta de Natividad de la Virgen no se celebrara al mismo tiempo, incluso da la impresión que con mayor boato en ocasiones. Acerca de la existencia de una cofradía de la Natividad en Alustante, se sabe que ya existía en 1545, año en el que proyecta la construcción de un retablo en la iglesia que, no hacía tanto, había sido terminada en sus obras de arquitectura. Así pues, ya entonces cabe hablar de una festividad mariana en Alustante el 8 de septiembre.

Clave de la capilla de la Natividad

Los objetivos de la cofradía y las cualidades de sus integrantes se nos escapan. Es interesante observar que en la clave de la capilla de Santa Catalina, en origen perteneciente a la cofradía hermana a la de la Natividad, se encuentra la rueda dentada, atributo iconográfico de dicha santa, mientras que en la capilla de la Natividad la clave está adornada con una serie de símbolos alusivos a ciertas herramientas de construcción: una escuadra, un compás, un mallo. Esto podría sugerir el posible origen gremial de dicha cofradía: ¿canteros, carpinteros? Sin embargo, si en sus componentes en origen se reducían a cierto oficio mecánico, cuando comienzan a abundar las noticias documentales, a partir de 1619, el número de cofrades asciende a 262, de los cuales, algunos incluso son vecinos de lugares próximos: Motos, Orihuela, Alcoroches, Adobes, Tordesilos, Setiles, El Pobo.

La población en Alustante en ese momento de principios del XVII ha de estimarse a través de dos censos, el de 1587, en el que aparece con 100 vecinos, y el llamado Censo de la Sal de 1631, con 137. Hay que señalar que las cifras que ofrecen estos censos son de vecinos, esto es, de casas habitadas, y que la dificultad que entrañan estos es qué coeficiente de conversión aplicar para estimar el número de habitantes del lugar; por ello, con toda la prudencia, aplicamos hipotéticamente un coeficiente de 3,2 habitantes/ hogar, que ofrecería una variación de 320 habitantes en 1587 a 438 en 1631. Calculamos, por ello, que esta cofradía podría aglutinar en torno a un 67% de los habitantes del lugar. No era pues, un colectivo minoritario ni cerrado.

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Parece ser, por lo tanto, que las fiestas patronales actuales recogen elementos de dos festividades históricas en las que el lugar celebró sus solemnidades y regocijos: la Asunción y la Natividad. En estos días iremos analizándolos y reconociéndolos como parte de una tradición que, si bien este año no se ha podido reproducir, es seguro que seguirá siendo una cita obligada para todos los vecinos e hijos del pueblo de cara al futuro.

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