El origen de las fiestas patronales (II)

La imagen de la Natividad

Del mismo modo que se funden y confunden los patronazgos marianos del pueblo, no queda claro cuál fue la imagen original de la Asunción y cuál la de la Natividad. La imagen que se ha conocido durante los últimos siglos como la Natividad fue originalmente una talla sedente, románica de transición al gótico, que posiblemente fue la imagen patronal del pueblo desde la Edad Media. En un momento indeterminado esta imagen fue muy modificada, sustituyendo los rostros de María y Jesús por tallas de facciones de gusto barroco. Por el momento sólo se sabe que en 1696 la imagen de la Virgen ya se vestía.

Complejidad de la imagen de la Natividad. Bajo el manto conserva parte de la escultura románica, del siglo XIII, si bien el rostro de la Virgen y la totalidad del Niño Jesús fueron sustituidos en un momento en el que se buscó mayor naturalismo estético, posiblemente el siglo XVIII.

Sin embargo, esta imagen, por haber sido la patronal del pueblo, pudo sustituir a la imagen original de la Natividad, que ocuparía el retablo que encarga la cofradía en 1545. ¿Cuál pudo ser esta imagen de la Natividad?, ¿dónde se encuentra actualmente? Hasta hace unos años era posible admirar en el Museo Diocesano de Sigüenza una Virgen Niña procedente de la parroquia de Alustante. Era una imagen de pequeñas dimensiones, de estilo clásico, que perfectamente podría datar del siglo XVI. Sin embargo, con la remodelación del Museo, esta imagen hoy no es visible y es de suponer que se encuentra en los depósitos del centro. Así pues, la hipótesis es que esta Virgen Niña pudo ser la original imagen de la Natividad y que, tras el cambio de patronazgo, se mantuvo la Virgen antigua, la románica, como imagen procesional.

Procesión de los años 1940. Las andas poseían un templete, hoy desaparecido. Fte.: Alustante antes de ayer.

Sea como fuere, su retablo actual, barroco, fue obra de un escultor llamado Francisco Corvinos y se llevó a cabo su construcción en 1734, destacando en él, aparte de la imagen vestidera de la Virgen, las de San Ignacio de Loyola y San Francisco Javier a ambos lados de la hornacina central y la de San Cristóbal en el ático. La imagen de la Virgen se portaba en andas dotadas de un templete, un pequeño baldaquino, que cubría la talla durante las procesiones. Más tarde, hacia los años 1950, este templete desaparece al remodelarse las andas.

Vísperas y maitines

Las fiestas en el pasado eran muy cortas, tanto que, en origen, solo durarían un día, con su correspondiente víspera, eso sí. También hay que tener en cuenta que la festividad se centraba enormemente en los aspectos religiosos, de modo que no ha de extrañar que la totalidad de los actos, incluidas las corridas de toros, tuvieran como eje central el culto a la Virgen.

Maitines en las pasadas fiestas de 2019

Las vísperas hacen referencia etimológica a la tarde (vespera en latín) y en el sistema horario canónico se situaban entre la nona y las completas, que coincidía con el momento de la puesta de sol, que el 7 de septiembre se sitúa en esta latitud/longitud en torno a las 18.30 h solares (las 20.30 h actuales). Las vísperas se celebraban con el oficio de la tarde. Los programas de fiestas suelen recoger aquello de “vísperas con repique de campanas”, lo cual se ha ido copiando año tras año y, si bien ha perdido algo de sentido, alude al hecho de que el rezo (o canto) de vísperas se convocaba por medio de un repique de campanas. Hay que tener en cuenta que en el pasado la tarde (a partir del ocaso) ya formaba parte del día siguiente, de modo que en la víspera de ciertas festividades era habitual el repique de fiesta, en tanto que inicio del día festivo siguiente.

No se han conservado cantos especiales destinados a las vísperas de la Natividad de la Virgen, aunque, como es sabido, sí se ha mantenido la melodía de los maitines. Del mismo modo que las vísperas, los maitines son también una hora canónica con sus oraciones prefijadas que se rezan justo antes del amanecer. En este caso, deberían tener lugar en Alustante en torno a las 05.40 h solares (las 07.40 h actuales), y es posible que así se llevara a cabo durante algún tiempo.

Maitines. Estamos aquí reunidos. Esteban Lorente

Sin embargo, hay que remontarse a principios del siglo XVII para observar un cambio de horario, momento en el cual las Constituciones Sinodales permiten en el obispado de Sigüenza que el pueblo pueda acudir a los maitines de ciertas festividades, como eran el Corpus, su Octava, y la Visitación de la Virgen (31 de mayo). Para ello, se permite que pueda adelantarse el rezo de dicha hora a la prima noche, una vez puesto el sol, es decir, tras el rezo de las vísperas, acaso con un paréntesis entre ambos.

Esta sería la razón por la que los maitines se cantan a una hora tan extraña. Asimismo, es posible que las cancioncillas que hoy se cantan en la puerta de la iglesia formaran parte de algún acto completo, aunque también es cierto que dada su mezcolanza temática profano-religiosa, incluso humorística a veces, fuesen sacadas de la iglesia en algún momento, si bien manteniendo el ámbito sagrado del cementerio, localizado en el atrio parroquial para seguir allí desarrollando estos cantos, por lo demás, lugar de celebración de concejos en el pasado.

En la puerta de la iglesia/ hay una piedra redonda/ donde Cristo puso el pie/ para subir a la gloria.
Letra de uno de los maitines

Sería conveniente una recopilación de las letras que espontáneamente los vecinos y vecinas del pueblo ponían a una melodía inalterable, transmitida de generación en generación. Como decimos, la temática va desde saludos y parabienes a la Virgen a la petición de buen tiempo durante las fiestas, pasando por la crítica social, la chanza y la nostalgia por las personas perdidas.

La melodía de los maitines, con variaciones mínimas, fue recogida por Asunción Lizarazu y José Luis Mingote en Megina en el Cancionero popular tradicional de Guadalajara, en esta ocasión cantada en honor a San Roque, por lo que, unido a la similitud de los cantos de San Timoteo en Alcoroches, y una noticia aislada acerca de su posible interpretación en Motos, se puede afirmar que esta melodía fue una especie de plantilla que sirvió durante siglos a los vecinos de la Sierra de Molina para cantar a sus patronos.

La antigüedad de dicha melodía es evidente. Hay que tener en cuenta, además que la melodía se canta en una tonalidad (modo en realidad) plagal, y que por algunas de las cualidades en su ejecución arrítmica se intuye la presencia de instrumentos de acompañamiento, de viento quizá, que cubrían los silencios que en ella se encuentran, especialmente en el final de las frases musicales. Así pues, aunque hoy se interpreta a capela, el hecho de que en Megina se recordaba acompañada por gaita (dulzaina) y tamboril, pudiera dar una noción de cómo eran estos cantos originalmente.

La música

Esto nos lleva a buscar la existencia de gaiteros en Alustante. Últimamente -hablamos de los años de la posguerra- los gaiteros por excelencia fueron los Marotos de Piqueras, siendo Mariano López Rubio el más célebre y valorado de ellos por los estudiosos de la música tradicional, dado su legado a esta. Los miembros de esta familia recorrían la comarca con la dulzaina y el tambor, sin duda como herederos de una tradición larguísima de música basada en estos dos instrumentos.

Aunque no siempre, también se encuentran referencias a la música en las cuentas de la cofradía; es casi seguro que la había casi todos los años, unas veces pagada por la cofradía y otras por el propio concejo, que ya había hecho suya la fiesta de la Natividad. De este modo en 1679, en el contrato del gaitero Láçaro Belinchón de 1674, hallamos que éste ha de actuar en las fiestas principales del pueblo,

Dulzainero. Cesare Vecellio (1590)

«de modo que la fiesta de la Ascensión del Sr y la de Nª Srª de la Natividad han de pagar los regidores y mayordomos del lugar de Alustante; la fiesta del Ssmo Sacramto, el piostre de dicha Cofradía; la fiesta de Nª Srª del Rosario, su piostre; el domingo siguiente al dia del Señor, que es quando se hace en dicho lugar la fiesta, pagan los mayordomos de fiestas de cada un año«.

Todavía en 1683 se encuentra la actuación del gaitero Láçaro, al que se le pagan 2 reales “de azer son en el día de Nuestra Señora” y más adelante se vuelven a encontrar referencias a músicos (seguramente, de nuevo gaiteros) en 1708, 1712, 1759, 1760 y 1763, año en el que terminan los registros de cuentas conservados de esta cofradía.

Los piostres

Como se señalaba en la entrada anterior, la celebración de la fiesta de la Natividad estaba íntimamente relacionada con una cofradía, una hermandad que aglutinaba, no solo a los vecinos y vecinas del pueblo, sino también a personas de algunos pueblos comarcanos. Esta cofradía tenía el objeto de organizar las funciones del 8 de septiembre, de modo que a ella correspondía el pago de una serie de actos, tales como la misa de aquel día, el pago de predicadores, una comida o colación e incluso se halla el gasto de dinero en cohetes.

Todos estos gastos eran controlados por una especie de junta directiva compuesta por un receptor, denominado piostre a partir 1653, y dos contadores, una triada ejecutiva de elección anual que se mantiene hasta la supresión de la cofradía en 1799 en el contexto general de reducción de cofradías no dedicadas exclusivamente al culto, que se llevó a cabo durante los reinados de Carlos III y Carlos IV. Sin embargo, pese a su aparente abolición, los piostres se seguirán nombrando de un modo no reglado, sin una huella escrita, pero con una continuidad sorprendente, hasta el punto de que, hasta la misma actualidad, cada año los tres piostres y las correspondientes piostras, siguen apareciendo en el acompañamiento de la Virgen de la Natividad, ya, claro, sin funciones organizativas.

El día de la fiesta debió celebrarse habitualmente con una procesión en la que no eran extraños modestos espectáculos pirotécnicos; al menos desde 1650 se encuentran pequeños gastos de pólvora y en 1653 se pagaron 120 reales “de los coetes que se trujeron para las fiestas”. Seguramente como parte éstas, y parece que en el marco de la cofradía, se encuentran documentados en ese mismo año unos “capitanes de las fiestas”, que fueron Pedro López Orea y Miguel Pérez y un “capitan de los moços”, cargo que correspondió a Domingo de Salas, los cuales parecen encargados de sufragar los gastos de pólvora en los que colabora la cofradía.

Estos capitanes parecen pertenecer a una soldadesca que dotaba a la fiesta de un carácter cívico-militar, alardes que no debían de ser extraños en ambas partes de la Sierra y que, por ejemplo, se encuentran en las fiestas de la Asunción y San Roque en Bronchales en 1770 y que, todavía hoy, se conservan en cierto modo en Orea en las fiestas de la Natividad.

La bandera de las fiestas

Este sería origen del también hoy vigente bandeo de la bandera, una especie de parada militar que se hacía en honor a la Virgen de la Natividad y que se encargaba de recordar la condición de potenciales soldados a los vecinos del pueblo. De hecho, las dos versiones de la bandera conservadas, una datada en 1947, donada por Cristóbal Casinos, y la otra en 1975 por parte de la familia Lorente Fernández, contienen, aunque muy esquemático y simplificado, el sotuer de Borgoña, la cruz de San Andrés, que durante varios siglos fue la bandera de guerra española por excelencia.

Evidentemente, Alustante no fue el único pueblo de Molina que tuvo y conserva esta costumbre de danzar o bailar la bandera, de hecho, se ha conservado con diferentes tamaños y colores de bandera en pueblos como Orea, Alcoroches, Traíd, Tordesilos, Setiles, Taravilla o Lebrancón. Parece ser que el saludo del pañuelo que se hace en Checa ante la imagen de san Bartolomé podría tener este origen también.

Bandeo de la bandera en la puerta de la iglesia. Fte. Alustante antes de ayer

Son muy pocas las noticias que se tienen acerca de la bandera de Alustante, aunque cabe pensar que pudo tratarse de una bandera del colectivo de los mozos, del mismo modo que la bandera de la Asunción/San Roque lo era de los casados. Otra posibilidad es que se tratase de la bandera del pueblo, o al menos que con el tiempo fuese adquiriendo calidad de tal. De hecho, parece ser que los pueblos tenían enseñas consideradas así. De este modo, en una rogativa celebrada en Alustante en 1803, con motivo de la sequía que se registra dicho año, los pueblos de Motos, Tordesilos, Piqueras, Adobes, Alcoroches, Orea y Alustante se reúnen con sus respectivas cruces y banderas.

Más tarde, en la década de 1870, a raíz de la roturación y subas de las dehesas Somera y Bajera se encuentran una serie de pujas por parte de diversos postores en las que se encuentran, aparte de dinero, objetos tan curiosos como un vaso de colmena para fuentes como la del Gayubico, la de los Borrachos o la del Cura, gamellones para abrevaderos, alpargatas para el alguacil, zapatos para el secretario, una correa para el tambor, vino y huevos para los días de San Sebastián y San Roque. Del mismo modo, en la subasta de las suertes del espacio comunal que iba desde la presa del molino hasta el Charcón, se advierte que cada suerte llevaría un recargo de diez reales de vellón “para reparar la bandera del pueblo”, si bien, lo que da a entender a lo largo la subasta es que el dinero recaudado es para una bandera nueva.

Desafortunadamente, ni la bandera anterior a 1872 ni la renovada han llegado hasta nosotros, y las dos conservadas, si bien poseen en común el mencionado sotuer rojo sobre fondo blanco, difieren en los colores de la orla y estrella de ocho puntas central, azul celeste en la más antigua, verde en la más moderna. También se observa una sutil diferencia entre ambas, dado que en la versión de 1947 una cruz amarilla se superpone perpendicularmente al aspa roja. Ello impide saber a ciencia cierta cómo pudieron ser los primitivos modelos de bandera local. Aparte, en la foto de 1971 que se mostró en la entrada anterior se observa una bandera carmesí con cierto bordado ¿dorado?, cuya función y paradero a día de hoy se desconoce.

La carrera pedestre

Además de estas funciones, también se encuentran carreras pedestres al menos desde finales del siglo XVIII, las cuales no estuvieron exentas de controversia en cuanto al atuendo de los corredores, de lo cual se manda en la visita pastoral de 1795:

Enterado su merced del abuso con que celebran a Nra Sra en esta población el día de su Natividad, llegando el exceso a unas carreras que hacen los mozos, desnudos de otra ropa que la camisa, a vista y presencia de personas de ambos sexos de todas edades, sin que la reflexión haia retraído a los padres y madres para no consentir que los vnos las practiquen y otros las presencien, conociendo con evidencia los efectos de esta escandalosa dibersion que directamente cede en ofensas y desonor de Dios y su Madre santísima, lo qual pide remedio pronto y eficaz, para conseguirlo, desde ahora prohíve su merced las espresadas carreras vajo apercibimiento de censuras en que los declararía incursos el cura por el hecho de desobediencia, poniéndolo en tablilla como a públicos escomulgados, y si aun esto no fuese suficiente acuda a la Real Justicia de Molina.

Sin embargo, estas carreras se siguieron celebrando durante los siglos XIX y XX, y han llegado a nosotros con muy buena salud. Asimismo, se ha conservado el premio para los tres primeros participantes en llegar a la meta: tres grandes tortas decoradas y tres peras, todas ellas ensartadas en una especie de tridente que, intuyo, en otro tiempo pudo tratarse de tres lanzas o rejones vinculados con la soldadesca y los cargos de esta. No obstante, el pincho hoy lo llevan los piostres, del mismo modo que, aunque quizá no con la solemnidad de antaño, el Ayuntamiento acude a este entrañable acto.

Comitiva de la entrega de premios de la carrera pedestre, hacia 1950. Fte.: Alustante antes de ayer.

Acerca del recorrido, aunque hoy se parte del cruce de Valhondo hasta la ermita de la Soledad, parece que antiguamente la carrera partía de una cruz ubicada en la salida hacia Motos y Orihuela; de hecho, en el Amillaramiento de 1863, se habla del paraje donde se echan a correr, localizado en el camino de Motos, donde al parecer existía una cruz, que bien pudiera ser  la cruz de madera que aparece todavía cartografiada en el borrador del plano del término municipal 1:25.000 fechado en 1901, de la cual todavía hoy se conserva la piedra horadada donde estaba clavada. La meta en esta ocasión podría ser la ermita del Pilar. Más tarde, y hasta hace unos años, los corredores partían de una cruz de Ánimas ubicada en el camino de Orea, la cruz del Charcón, y llegaban hasta la ermita de la Soledad.

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