El origen de las fiestas patronales (y III)

La colación

Otra de las celebraciones importantes de esta hermandad debió de ser lo que la documentación denomina la colación, una comida de hermandad llevada a cabo el 8 de septiembre que desde los primeros años se encuentra presente y que en principio debió de consistir únicamente en vino (castellano y aragonés), huevos, tocino, carne, miel, fruta y pan, y no todos los años todo junto; en 1616, por ejemplo, se gastan 30 cuartos de vino castellano, “del cocer, y azeyte y guebos”, más otro alquez de vino y 7 arrobas de fruta , que por lo común solían ser peras. Desde aquellos primeros años aparecen las figuras de las cocederas, mujeres encargadas de realizar algún tipo de labor de cocina en esta celebración.

Fiesta campesina. Pieter Bruegel (c. 1566)

Al parecer, igual que en el caso de la cofradía de Santa Catalina, estas colaciones se celebraban “en la sala alta de la casa de conzejo, porque es más útil y más dezente que en otra ninguna”, por lo que es posible que anteriormente se hicieran en algún otro lugar menos conveniente, ¿acaso en la propia iglesia? De hecho, en 1688 se encuentra una partida en la que el piostre “ha gastado en nieve, en la Sala, real y medio”. Hay que decir que el Ayuntamiento, la Casa Consistorial, se denominó la Sala en el habla popular hasta el siglo XX; una especie de sinécdoque en la que se nombraba al todo por la parte. Cabe suponer que la nieve era para algún tipo de postre y que provenía de la nevera localizada en las eras llamadas de Lázaro (más tarde de Juan de Lahoz), perteneciente a la Cofradía del Santísimo Sacramento.

El descubrimiento del trasfuego de una chimenea y algunos útiles de cocina (dos cucharas de madera) en lo que fue la sala capitular en el trascurso de las obras de la casa de concejos llevadas a cabo en 2005-2010, permiten corroborar la existencia de este tipo de celebraciones en dicho espacio. Al tratarse de una fiesta restringida a los hermanos de la cofradía, la entrada a la sala debía de estar custodiada por un portero, figura que aparece desde 1635 y al que se le paga 1 real (o su equivalencia: 34 maravedíes) por su trabajo.

Estas colaciones parecen provenir de una forma de entender la cofradía en esa doble vertiente civil y religiosa que provenía de la Edad Media y en las que se fue restringiendo incluso el acceso a los clérigos a raíz de la visita pastoral de 1555, en la que se determina que

“porque es cosa prohibida al sacerdoçio hallarse los clérigos en cofradías de seglares, donde comunmente suelen acontezer excesos inhonestos, por ende [el visitador] mandó que nyngún clérigo de aquí adelante se atreua de comer en las dichas cofradías de seglares so pena de dos ducados por cada vez, el uno para la yglesia y el otro para el denunçiador y demás será castigado como inobediente”.

Hay que tener en cuenta que precisamente estas colaciones o comidas populares fueron una de las razones por las que se intentó acabar en toda España con este tipo de cofradías, de modo que en la el siglo XVIII fueron objeto de críticas, tanto desde el poder eclesiástico como del civil, como parte de la piedad popular que, so pretexto de celebrar a Dios y los santos, se manifestaba muchas veces en “los bayles impuros, las comilonas, las borracheras y otras cosas de este modo” (El Censor, 1781, discurso XLVI: 737).

Escena de taberna. Adriaen Brouwer (c. 1635)
 

Sea como fuere, lo cierto es que, aunque las colaciones del 8 de septiembre dejan de documentarse en 1689, debieron de seguir celebrándose, pues de ellas provenía el convite que se hacía después de la procesión que aún muchos hemos conocido, tradicionalmente costeado por los piostres, posteriormente por el Ayuntamiento y, finalmente, suprimido hace tan solo unos pocos años.

Los difuntos

Una de las cualidades de la cultura popular es la de dejar en muchas manifestaciones festivas un lugar para los difuntos. Recordemos, por ejemplo, la costumbre de celebrar los concejos en los cementerios de las iglesias, haciendo partícipes de las decisiones colectivas, como miembros de la comunidad, a aquellos que ya no estaban físicamente presentes. De ahí que, también en la fiesta, se reserve un día para ellos, habitualmente el posterior a la celebración principal.

Esta interacción entre los difuntos y el mundo de los vivos, que se observa en casi todas las culturas del planeta, pasadas y presentes, en el cristianismo católico se explica a través de un culto destinado a la salvación de las ánimas del purgatorio, es decir, de aquellos que, sin haber sido condenados al infierno, tampoco han logrado alcanzar el cielo. Quizá hoy estos conceptos se hallan devaluados, cuando no son completamente desconocidos por una cada vez mayor parte del púbico, sin embargo, en el pasado estas preocupaciones son claves para explicar la propia existencia de las cofradías, cuya función primordial era la ayuda mutua, tanto durante la vida como tras la muerte.

Es importante destacar, además, el carácter local con que se concibe el Más Allá, de modo que la demarcación política terrena es también la que rige en el mundo ultraterreno. Tan es así que los concejos, también el de Alustante, eran patronos habitualmente de las capellanías de ánimas, competiendo a ellos el pago del clérigo encargado de realizas las misas por los miembros difuntos de la comunidad.  

Virgen del Carmen sacando ánimas del purgatorio. Iglesia de Alustante (siglo XVIII)

Asimismo, es fácil encontrar partidas de gastos para misas de sufragio (misas de difuntos) en instituciones superiores, como podría ser en nuestro caso el Común de la Tierra de Molina, en este caso destinadas a la salvación de los difuntos del territorio concreto -y no más ni menos- comprendido en las fronteras que gobernaba esta corporación.

Por ello, la cofradía estaba obligada a pagar a su capellán o capellanes una serie de misas que se decían anualmente. Éstas se celebraban los sábados y durante la cuaresma y a ellas se sumaban dos oficios anuales que correspondía cobrar al cura del pueblo. Así, por ejemplo, en 1634 se señala que se paguen al capellán 130 misas, más 80 misas de los sábados y cuaresma y los mencionados dos oficios, que debían de ser el del día de la Natividad y el oficio de difuntos del 9 de septiembre.

Por lo que respecta a los capellanes, la cofradía pudo tener uno, pero en ocasiones, se llegan a contratar hasta dos, como en 1673, año en el que se acuerda con el Ldo. Pedro de Lara Manrique, vecino del lugar, la celebración de 72 misas, y con D. Phelipe Lahoz, también vecino del pueblo, 25 misas.

En 1676, siendo piostre Joan de Lahoz Fernández, diputado de la sesma de la Sierra por el estado seglar, a la cofradía le es concedida por parte del Papa Clemente X una bula que contiene “tres jubileos plenísimos, para el día de la entrada vno, otro para el día de Nª Sª de la Natiuidad de cada vn año, y otro para el artículo de la muerte con otras inumerables indulgencias, como más largamente consta en dicha bula”. Junto a ésta, que se debió de conservar en el archivo de la iglesia, y que llegó a Alustante desde Madrid por mediación del deán de la catedral de Albarracín, el Dr. D. Francisco Xarque, capellán de honor de Carlos II, se trajo

“otra bula para el día de las Ánimas, dos de nobiembre de cada vn año, y toda su octaua, y todos los lunes del año se sacase vna ánima del purgatorio diciendo vna missa en el altar de Nª Sª de la Natividad que está en la yglesia de Nª Sª de la Assumpción de dicho lugar, a do está fundada dicha cofadría”.

Altar actual de la Natividad (siglo XVIII)

Esta bula, que tenía validez para siete años, convertía al altar de la Natividad en privilegiado, e hizo no sólo que aumentaran las misas de la cofradía en dicho altar sino también las de particulares que dejaban en sus testamentos cierto número de misas que se debían de decir en éste. Tras la adquisición de la bula el número de cofrades crece sustancialmente contándose alrededor de 300 en ese mismo año y 48 entradas nuevas al año siguiente.

Los toros

La tradición taurina en el Señorío de Molina es antiquísima, hasta el punto de que se documenta una corrida de toros ya en 1293, durante los fastos de toma de posesión del territorio por parte de los reyes de Castilla, Sancho IV y María de Molina; posiblemente se trató de un festejo de toreo a caballo, modalidad en la que participaban miembros del estado noble. Sin embargo, también debió de haber ya entonces un toreo a pie, que predominaría en el ámbito rural.

Festejo taurino en el siglo XIII. Alfonso X. Cantiga CXLIV

Ya se vio cómo existieron capeas de reses de las vacadas locales de las que, en el siglo XVII, dice Portocarrero, que “deste ganado se sacan muy brauos y feroces toros, que muchas vezes en los cosos no han çedido a los celebrados en Xarama”. Así pues, aunque el concepto de toreo moderno, con reses explícitamente criadas para él, distaba aún en llegar, cabe pensar que desde la Edad Media pudieron darse variantes de lidia en el territorio de Molina, también en Alustante.

¿Qué tenían que ver los toros con la fiesta de la Natividad? Hay noticias de que era frecuente que, cuando se hacía voto de celebrar una fiesta, que solía acompañarse con la promesa de correr toros en honor al santo que se celebraba. Estos votos no debían ser vistos con muy buenos ojos por la Iglesia, que en ocasiones son tachados como signo “profanidad y rastro de gentilidad”, es decir, como una reminiscencia de paganismo que, no obstante, era imposible contener dado el fuerte arraigo de estas costumbres debía existir ya entonces.

Curiosamente, ya en 1544, se documenta en el primer libro fábrica de la iglesia una merienda de los mozos del pueblo con la carne de un toro, por lo que quizá ya se celebraran capeas protagonizadas por el colectivo de jóvenes del pueblo, que se mantendrán durante siglos. Hay que suponer que los bueyes, toros y vacas que se lidiaban, no serían matados habitualmente, aunque hay veces que el toro semental de la vacada, por vejez u otros motivos, deja de servir, y es entonces cuando se darían corridas a muerte.

Aspecto de la plaza cerrada por barreras en su frente oeste, con las pajeras y una de las porteras

Esto sería lo que pudo pasar en 1771, año en el que, precisamente el 8 de septiembre, se acuerda en concejo “matar el toro del lugar por ser cosa que confiesan todos no haprobecha para las bacas”. Es difícil pensar que el sacrificio del animal, en una fecha tan señalada, se hiciera sin una capea previa, aunque es posible que ya se celebrara el día 9 de septiembre, dado que el propio Pío V, hacia 1570, levantó el voto de correr toros de los pueblos españoles y prohibió hacerlo los días de fiesta religiosa, por lo que los pueblos trasladan generalmente este evento al día posterior.

En la breve acta que se levanta de este acuerdo se señala que el concejo recibió por el toro 331 pesos. ¿A quién correspondía el desembolso de este dinero? La respuesta parece estar de nuevo en la comparsa de jóvenes que formaban parte de la soldadesca gobernada por un capitán de los mozos. Aunque las noticias sobre este colectivo son muy fragmentarias, y a espera de hallar nuevas noticias documentales, lo que se observa en la documentación del siglo XIX es que la comparsa era la que, de su propio bolsillo, financiaba la compra de los toros.

Aunque tardía, existe una noticia documental que atestigua todavía en 1833 la existencia tanto de los capitanes de los mozos como de corridas de toros en estas fiestas:

“Que dicho pueblo, además de celebrar de inmemorial el ocho de septiembre de cada un año la festividad de Nª Sra de la Natibidad, tiene aprobadas, veneradas y respetadas sus constituciones que ordenan el culto religioso que ha de atribuirse a María Santisma (sic), y por general y unánime consentimiento corren en celebridad de tan solemne día unos nobillos de apeos. Esta función la costean los mozos, nombrando tres de ellos que se titulan o nombran capitán y mayordomos, los cuales corren con el cargo de la fiesta así en la parte religiosa como en la pública, adelantando por lo pronto o a lo menos siendo los responsables a todos los gastos que después se escotan o reparten entre todos”.

Más tarde, en 1842, se observa que se ha incrementado a siete el número de cargos en este comparsa, a fin de repartir el gasto con menos gravamen, aunque no por ello debieron de cesar los conflictos y controversias entre los jóvenes, que habían recurrido al juzgado de Molina para llegar a un acuerdo.

Aspecto de la plaza en su frente este. La portera que se abría en esta parte se sostenía sobre dos pilares

Queda mucho por conocer de esta tradición, pero parece que, aun después de abandonarse el nombramiento de capitán, mayordomos y soldados (así eran llamados) en 1893, y hacerse cargo el municipio de los gastos en toros, se observan diferentes iniciativas a lo largo del siglo XX para la celebración de capeas de mozos. La última, la que dio lugar precisamente al segundo día de toros, llamado el Día de los Becerros o de las Vacas: fue entre el año 1971 y 1972, en el que los mozos acuerdan poner cada domingo del año un duro (cinco pesetas) para comprar un novillo. Así, tras el día de los toros, se instituyó un cuarto día de fiestas, que ha llegado hasta la actualidad.

El corrotaje

Se me disculpará haber tratado el tema de los toros con tanta brevedad, si bien cabe decir que son muchísimos los detalles que quedan en el tintero. En esta ocasión solo he tratado de buscar los orígenes remotos de un elemento aún hoy imprescindible. De todos modos, cabe añadir que no fue ni mucho menos una costumbre exenta de polémica. La hoy tan cuestionada muerte de los toros en la plaza ya fue objeto de desórdenes públicos en el pueblo, por ejemplo, en las fiestas de 1901 en las que los toreros, a la sazón mataron los toros a la francesa, esto es, únicamente señalando el lugar del estoque con la mano y devolviendo a las reses con vida al toril.

Comida del Día de la Carne en el Trinquete en los años 1970

La controversia parecía venir porque sin la muerte de los toros se privaba al pueblo de la tradicional comida popular llamada en algún documento con el nombre de corrotaje. En una sociedad con no demasiados recursos, sin hambre generalizado, pero rayano a la miseria, como decía Araúz Estremera al hablar de los habitantes del Señorío de Molina, la comida gratuita, al menos por un día al año, era enormemente valorada. Por esta razón, el Día de la Carne ha sido tan importante en el lugar, y como un atavismo, se ha mantenido viva hasta hoy. Ahora comprende y evidentemente perdona un servidor algunos gestos interpretados erróneamente, cuando en diferentes años pasados observaba el revuelo que se organizaba durante el reparto de la carne.  No era avaricia, no.

La tradición de la carne sigue viva

Era así como terminaban unas fiestas que, como se ha visto en estos días, pese a su dinamismo, su constante transformación, han llegado hasta nosotros con una cantidad considerable de elementos, de actividades, que poseen una antigüedad de centenares de años. Quizá la interpretación de los rituales ha cambiado, e incluso puede ser que se haya perdido su significado; pese a ello, se siguen repitiendo.

Es fascinante acercarse a este tipo de manifestaciones culturales, a un patrimonio inmaterial cuya pervivencia no sabemos hasta cuándo podrá mantenerse en una comunidad tan desestructurada como la nuestra. Hay, sin embargo, una oportunidad: a pesar de nuestra dispersión geográfica, quizá jamás Alustante haya estado tan intercomunicado consigo mismo. Quiera la Virgen de la Natividad —o aquello en lo que cada uno crea— que al año que viene podamos celebrar de nuevo nuestras fiestas, quizá ahora conociendo un poco mejor la semiótica de nuestros gestos aprendidos de nuestros mayores.

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