El porqué de las cosejas

Dicen que comenzar un blog no es importante, que lo que de verdad importa es mantenerlo. Como todo en esta vida, la cosa está en plantear los retos como una carrera de fondo. Con esta excusa he ido escribiendo una serie de artículos basados en datos que he ido recogiendo a lo largo de los años aquí y allá y al final el resultado ha sido este: Cosejas de Alustante.

Cosejas, porque no son grandes acontecimientos los que se van a mostrar aquí, ni mucho menos hechos que hayan cambiado la historia de España. Sin embargo, leí hace poco, no sé dónde, que era imprescindible que las comunidades virtuales de nuestro tiempo conocieran la cultura de las comunidades físicas de donde proceden. Solo así se puede mantener la cultura de lugares como Alustante en la memoria de todos y todas.

Puesta de sol desde el Castillo.

Alustante, como sabemos, ha sido un pueblo de montaña que, a pesar de su altitud y sus escasos recursos, se mantuvo vivo durante siglos, con más o menos población, aunque nunca tan poca como la que menos actualmente. El último padrón marcaba 144 habitantes; que seremos alguno menos en verdad, como todo el mundo sabe.

Con esta población es imposible que una comunidad siga adelante. Sin embargo, a lo largo de la historia muchos pueblos, exiliados, deportados, aniquilados del suelo patrio, han mantenido en su diáspora particular un legado oral que les ha permitido seguir perteneciendo a una identidad determinada, a veces sin haber pisado jamás el lugar de origen.

Alustante tiene 144 habitantes, vale, pero muchas veces me pregunto cuántos somos en realidad repartidos por todo el mundo. ¿Acaso un par de millares o tres? Bien, pues este blog que hoy inauguramos trata de hacer piña en torno a una serie de microdatos que me gustaría que no se perdieran. Pues, lo mismo que muchos de ellos los recogí de los más mayores, pudieran ser de utilidad a personas más jóvenes en el futuro.

Mapa de Aragón (Fragmento). Juan Bautista Labaña (1777)

Cosejas, porque son tan pequeñas, tan diminutas, que no alcanzan el tamaño adecuado para considerarlas cosas. Cosejas porque es una de las maneras como construían nuestros antepasados los diminutivos, lo que  llamaba la atención de los vecinos aragoneses. Así, al pasar la frontera y emplear esos sufijos en –ejo o –eja, era común oír de aquellos: “¡Ya están aquí los castellanejos!”. Aunque no tenemos muy claro si lo somos, si somos castellanos o aragoneses, o las dos cosas, o incluso ninguna de ellas, en esto sí que se nos nota un poco nuestra pertenencia a la vieja Corona castellana, y es posible encontrar en muchos puntos de ella todavía, especialmente en el Reino de Toledo, en toda Castilla la Nueva, esta forma de sufijos que, al parecer provienen de la desinencia diminutiva latina –icŭlu.

Imagen de Adina Voicu en Pixabay

El empleo de estos diminutivos, al menos a quien esto escribe, recuerda a tardes de ires y venires en la cocina de varias mujeres del barrio preparando rolletes. “Yo creo –decía una- que la masa ya está bien mezclá; pero lo mismo le falta un poqu-ejo de anís –decía otra-“. Y así la masa iba creciendo, y con manos hacendosas se iban formando esas rosquill-etas (otra forma local de diminutivo), que se echaban a la sartén con el azaite caliente, y salían de él en forma de una repostería inigualable. Luego, la tía Felisa, que hacía las veces de guisandera, se quitaba el mandil y se despedía, porque iba a ver si echaba la patat -illa (más diminutivos). O sea, a ver si preparaba la cena.

Así que, cuando utilizo estas formas de sufijación, y en especial aquella en –ejo o –eja, en la denominación genérica de todo un blog, lo que primero me viene a la memoria es ese aroma a masa dulce de huevo, harina y anís.

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