Y otro día amaneció raso

Los Quemados

En un año seco como este, viene a la memoria la enorme desgracia que era para los habitantes de estas tierras la falta de lluvias. En esta ocasión parece fuera de duda que esta sequía se debe a un cambio climático ocasionado directamente por el ser humano. Sin embargo, las fluctuaciones climáticas se han dado a lo largo de la historia conocida con consecuencias devastadoras en ocasiones.

Se trata de un hecho cada vez mejor conocido que el clima europeo sufrió un enfriamiento entre los siglos XIV y XIX, con periodos de hielos y grandes nevadas, pero también con repetidos episodios de grandes sequías (Fagan, 2014: 90-91). Así, se encuentran documentadas grandes nevadas en Alustante, como la de 1765, que conllevó la corta y esquilmo del Carrascal, o sequías recurrentes, como la que tiene lugar a principios del siglo XVII, de la que trata esta entrada y cuya finalización (o alivio transitorio) se documenta como un prodigio atribuido al Cristo de Alustante, a partir de entonces conocido como Santo Cristo de las Lluvias.

El río Gallo

El hecho se encuentra narrado en un librito manuscrito conservado en el archivo parroquial titulado Las cosas marauillosas que Dios Nuestro Señor ha sido servido de obrar en los deuotos del Santo Cruzifixo de Allustante, y tiene lugar el 17 de junio de 1614 Es cuando al Santo Cristo de Alustante comienza a atribuírsele la propiedad de hacer llover en momentos de sequía.

Parece ser que este año fue especialmente seco en toda la Península Ibérica, y así se encuentra el rastro de esta sequía en noticias documentales recogidas en puntos como Valladolid, donde se hicieron rogativas (Herrero, 2012: 223), el Reino de Murcia (Lisón, 2014: 150) e incluso se tiene noticias en Canarias, en cuya isla de El Hierro también se documentan rogativas por el mismo motivo.

Más cercano es el caso de Hita y su Tierra (Carrasco, 2003), donde en dicho año se celebran rogativas en torno a la devoción de la Virgen de Sopetrán, y tiene lugar un conflicto entre los clérigos de la villa y los frailes del monasterio de Sopetrán, ocasionado indirectamente por la climatología. En la Tierra de Molina 1614 también fue un año de “grande esterilidad” en el que se incrementaron las manifestaciones piadosas, como novenas y procesiones de disciplinantes por las ermitas del Señorío, promovidas por diversas órdenes religiosas. Una de ellas, la de los trinitarios, realizaba

«sus procesiones muy de mañana con extraordinarias muestras de penitencia, que el superior iba delante con la cruz cargado de hierro, todos descalzos cargados de cruces y cadenas, con ceniza sobre las cabezas, dándose con cantos en los pechos, con mordazas en las lenguas o huesos de muertos en las bocas.«

Francisco Nuñez. Archivo de las cosas notables de esta Leal villa de Molina (finales del siglo XVI-principios del siglo XVII).
El Cristo de las Lluvias.

En este contexto, se explica el clima de histeria colectiva que describe también el cura de Alustante, Felipe Tercero y León, a la llegada de los vecinos de Piqueras ante la imagen del Santo Cristo:

Año de mill y seiscientos y catorze, a diez y siete de junio en martes. Abiendo seca jeneral  por España, que todo perecía, bino el pueblo de Piqueras a este Sto. Xpo. con gran luminaria y reberencia a pedir agua a Dios y, abiendo de deçirse la misa, yo corrí el primer belo para que biesen a el Cristo; fue tan grande el alborote y aullicio que se lebantó de llorar y pedir a Dios, como por fuerça que nos socorriese, que al salir de misa se bio encima los Quemados en raso una nubeçica como belloçino metida en una tarbiera (?), y se dibidió en dos y con el aire fue llebada la una por cima de el Pinillo, y llobió en lo de Piqueras a la vna ora, y a la noche nos hiço Dios merced por aca, y otro dia amanecio raso.

Phelipe Terçero y Leon.

Es muy posible que desde entonces fueran comunes las visitas de los pueblos cercanos en rogativa hasta el Santo Cristo. De hecho en 1652 se documenta en este mismo libro una procesión en el contexto de una novena “por la necesidad en que nos allabamos de falta de agua” a la cual asisten las cruces de Orea, Alcoroches, Piqueras, Adobes, Tordesilos y Motos y en la que se señala que acudieron dos mil personas. También se da noticia de que, aunque ese día se convocó a Orihuela, no acudió porque subió a la ermita del Tremedal.

Ermita de San Sebastián. En primer plano muro de contención del antiguo camino de Molina.

A partir de entonces, y posiblemente durante siglos, las llamadas Siete Cruces se reunirían en Alustante en rogativas ante la falta de lluvia y, se cuenta, que hasta principios del siglo XX Piqueras solía acudir anualmente hasta la ermita de San Sebastián de Alustante, conmemorando aquel prodigio meteorológico que, acaecido a principios del siglo XVII, quedó grabado en la memoria colectiva de ambos pueblos.

Bibliografía:

Carrasco Vázquez, Jesús Antonio. “Un conflicto de intereses entre el clero de Hita y los monjes de Sopetrán en 1614” en Wad-al-Hayara: Revista de estudios de Guadalajara, nº. 30 (2003) pp. 101-110

Fagan, Brian. La pequeña Edad de Hielo. Cómo el clima afectó a la historia de Europa (1300-1850). Barcelona: Gedisa, 2014.

Herrero Salas, Fernando. Libros de cuentas del monasterio cisterciense de Palazuelos (1568-1832). Valencia: 2012.

Lisón Hernández, Luis. “Secuelas de la expulsión de los moriscos murcianos” en Murgetana, nº 131, año LXV (2014), pp. 139-153.

Núñez, Francisco. Archivo de las cosas notables de esta Leal villa de Molina. Archivo del Cabildo Eclesiástico de Molina de Aragón.

VV.AA. Las cosas marauillosas que Dios Nuestro Señor ha sido servido de obrar en los deuotos del Santo Cruzifixo de Allustante. Archivo Parroquial de Alustante. Ms. 20.2

[[

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *